Era un lunes cualquiera, pasadas las once de la mañana, cuando aparecieron. Frente a la entrada principal del Hospital Metodista de San Antonio se plantaron seis perros callejeros. Dos se echaron junto a los escalones, tres se acomodaron cerca de la rampa de acceso y uno, flaco y gris, se quedó unos metros atrás, con los ojos clavados en las puertas de vidrio.
La recepcionista apenas los miró por encima del mostrador: pensó que descansarían un rato y seguirían su camino. Pero pasó la una, después las dos, y los animales ni se movieron. Al caer la tarde seguían allí, quietos, como estatuas.
Al día siguiente, martes, ahí estaban de nuevo. Y el miércoles también.
Lo más extraño era el silencio. No ladraban, no gruñían, no se peleaban entre ellos. Apenas se lamían las patas. Los pacientes que entraban y salían pasaban a su lado y ellos ni parpadeaban. Seguían mirando la entrada del hospital con una fijación que empezó a inquietar a medio mundo.
—Pobrecitos, tendrán hambre —murmuró la enfermera Rosa una tarde, mientras les dejaba dos tazones con agua y croquetas.
Ninguno se acercó. El perro gris olfateó el aire una vez, luego volvió la cabeza hacia las puertas. Rosa se quedó con los tazones en la mano, sin entender nada.
El jueves, el jefe de seguridad intervino. Varias familias se habían quejado.
—¡Fuera de aquí! ¡Váyanse, no pueden quedarse! —gritó el guardia Tomás, avanzando hacia ellos con los brazos abiertos.
Los perros se levantaron con desgana, retrocedieron unos metros y, en cuanto Tomás se dio la vuelta, regresaron a sus puestos exactos. Así tres veces en una hora. Tomás sudaba y maldecía, pero no hubo caso.
El viernes los médicos ya hablaban del tema en los pasillos.
—¿Por qué no se van? Es como si esperaran a alguien —comentó la doctora Valdez mientras firmaba unos papeles.
—Son callejeros. No tienen dueño. Quizá huelen la comida del comedor —contestó el interno Ramírez, pero su voz no sonaba convencida.
El sábado, Rosa entró al turno de la noche con una sensación rara. Algo le daba vueltas en la cabeza. Buscó en el archivo del sistema, guiada por un presentimiento, y lo que encontró la dejó helada.
Siete semanas atrás habían ingresado de urgencia a un hombre mayor, sin familia conocida. Un indigente que dormía en un callejón del West Side. Varios vecinos lo conocían como don Elías, un tipo silencioso que jamás molestaba a nadie y que siempre compartía su comida con los perros del barrio. Decían que caminaba rodeado de seis o siete callejeros, y que ellos jamás lo abandonaban. El hombre había sufrido un infarto masivo y murió a las pocas horas en la sala de emergencias. Nadie reclamó su cuerpo. Lo cremaron diez días después sin que nadie preguntara por él. El registro incluía una foto suya, con una chamarra café y una gorra deshilachada.
Rosa sintió un nudo en la garganta y salió al estacionamiento. El perro gris, el que siempre estaba apartado, se giró hacia ella. Rosa recordó entonces algo que una de las camilleras le había contado: que la noche que murió don Elías, oyeron a lo lejos unos aullidos que venían de la avenida, pero que nadie les prestó atención.
A la mañana siguiente, domingo, la doctora Valdez, Tomás y Rosa se reunieron frente a la entrada. Trajeron consigo una caja de cartón: dentro estaba la chamarra café de don Elías, rescatada olvidada en el armario de objetos personales no reclamados.
Rosa se agachó y depositó la chamarra en el suelo, a medio metro de los perros.
El perro gris fue el primero en moverse. Se acercó muy despacio, casi arrastrándose. Olfateó la tela. Luego apoyó el hocico sobre la manga y emitió un gemido bajito, largo, que le salió desde el fondo del pecho. Los otros cinco se incorporaron en ese momento y rodearon la chamarra. El guardia Tomás se llevó una mano a la boca. Nadie hablaba.
Pasaron tal vez diez minutos. Después, sin ninguna prisa, los seis perros se levantaron. El gris volvió la cabeza una última vez hacia las puertas del hospital y luego echó a andar calle abajo. Los demás lo siguieron en fila, sin volverse. Rosa se quedó mirándolos hasta que desaparecieron detrás del semáforo de la esquina, con la chamarra todavía en el suelo y los ojos llenos de algo que no supo poner en palabras.