Se llamaba don Rogelio, aunque yo tardé casi un año en aprenderme su nombre. En el barrio de Pilsen, en Chicago, todos lo conocían por otro apodo: "el señor de los gatos". Salía cada mañana, sin falta, con una bolsa de plástico en la mano, encorvado, con una gorra de los Cachorros tan vieja que ya casi no se le distinguía el logo. Caminaba despacio por la calle 18, pasando frente a la lavandería, la tienda de la esquina que vendía elotes en vasito, y esa casa de ladrillo rojo con las ventanas tapiadas que llevaba como cinco años vacía.
La primera vez que lo vi de verdad —no de pasada, sino con atención— fue un martes de octubre. Yo estaba sacando la basura y lo vi detenerse justo frente a esa casa abandonada, la de los Reyes, que se habían mudado a Arizona cuando el hijo consiguió trabajo allá. Don Rogelio se agachó, dejó un plato en el suelo del porche y empezó a servir algo de un termo. Y entonces, de entre la maleza del jardín trasero, de debajo del porche destartalado, empezaron a salir gatos. Uno atigrado, otro completamente negro con una oreja mordida, uno blanco con manchas grises que cojeaba un poco. Salían sin prisa, con esa confianza que solo tienen los animales que reconocen unos pasos.
Ahí entendí algo que no se me olvidó: esos gatos conocían el sonido de sus zapatos antes de verlo.
En esa bolsa siempre traía algo. A veces era arroz cocido sin sal —porque, según él, la sal les hace daño a los gatos—, otras veces pan remojado en leche tibia. Cuando le alcanzaba el dinero, compraba latas de atún, y no las más baratas. Yo lo vi una vez en el Aldi de la calle Cermak, parado frente al estante como diez minutos, leyendo las etiquetas como si estuviera comprando para sus nietos.
—Don Rogelio —le dijo un día doña Carmela, la vecina de la esquina, una señora buena pero de esas que siempre tienen que decir lo suyo—, ¿para qué los mal acostumbra? Se van a reproducir y luego, ¿quién carga con eso?
Él se enderezó despacio, la miró sin ningún reproche y contestó bajito:
—También fueron de alguien, Carmela. Nomás que la gente se fue.
Y siguió su camino con el termo bajo el brazo. Nosotras nos quedamos ahí, calladas, porque en esa frase había demasiada verdad como para contradecirla.
Me quedé pensando en eso mucho tiempo. Porque cuando una casa se vacía, no solo quedan las paredes solas. Queda el rosal que alguien sembró junto a la cerca, la mecedora en el porche donde se sentaban al anochecer a ver pasar los carros, el jardín que alguien regó con manguera todos los veranos. Y quedan ellos: los perros, los gatos, que no entienden por qué la puerta ya no se abre.
La gente se va. Unos a Arizona, otros de vuelta a México, algunos a otros estados donde consiguieron mejor trabajo. Otros simplemente se mueren, y la casa se queda ahí, con el reloj de pared detenido y las cortinas descoloridas por el sol de tantos veranos. Pero el animal no sabe nada de eso. El gato llega al porche, se sienta, espera. Ayer estaba la señora, le rascaba el lomo, le servía leche en un plato. Hoy hay silencio. Mañana también. Y aun así vuelve, porque no sabe hacer otra cosa. Porque para él, esa sigue siendo su casa.
A esas casas es a donde va don Rogelio.
Lo curioso es que él no le veía nada de heroico a lo que hacía. Un día me animé a preguntarle si no le pesaba, tanto caminar cada mañana a su edad. Se encogió de hombros.
—Qué va a pesar. Me estiro las piernas, ya.
Aunque se notaba que las piernas ya no eran las mismas. Caminaba con un bastón, y en invierno, cuando el hielo cubría las banquetas, su esposa lo acompañaba hasta la puerta y se quedaba viéndolo hasta que doblaba la esquina. Vivían solos los dos; los hijos estaban en Milwaukee y venían por Acción de Gracias y Navidad. Y él, cada mañana, hacía su ronda: de casa en casa, en pleno enero cuando ni los jóvenes querían sacar la nariz a la calle, en primavera cuando todo se derretía y las banquetas se llenaban de charcos.
Un día no salió.
Yo lo noté porque tres gatos se quedaron sentados frente a la casa de los Reyes toda la tarde, sin moverse, esperando algo que no llegó. Al día siguiente pregunté por él y me enteré: se había caído en el baño, se había roto la cadera, estaba en el Hospital Cook County. Su esposa, doña Refugio, andaba entre la casa y el hospital, agotada, sin tiempo para nada más.
Fui a verla al tercer día. La encontré sentada en su cocina, con una olla de arroz a medio hacer sobre la estufa —el mismo arroz sin sal de siempre— y no supe si era para don Rogelio o para los gatos que él ya no podía alimentar.
—No sé qué hacer con esto —me dijo, señalando la olla con la cuchara—. Él pregunta todos los días si alguien les está dando de comer.
Ahí fue cuando entendí que no podía quedarme mirando desde mi ventana como había hecho todo ese año. Le pedí la receta, tal cual, sin sal, con el arroz bien cocido. Y al día siguiente salí yo con el termo.
No fue fácil al principio. Los gatos no confiaban en mis pasos; se quedaban escondidos bajo el porche, esperando a que me fuera. Tuve que aprender su paciencia: dejar el plato, sentarme en los escalones de la casa vacía, esperar sin mirarlos directamente, como me explicó después la propia doña Refugio que hacía él. A la segunda semana, el gato negro de la oreja mordida ya se acercaba antes de que yo terminara de servir.
Corrí la voz en el barrio. Hablé con doña Carmela, que al final resultó no ser tan dura como parecía —terminó donando bolsas de comida seca que le sobraban de cuando tuvo su propio gato—. Hablé con el señor de la tienda de la esquina, que empezó a apartarme las sobras de pollo que ya no podía vender. Entre cuatro o cinco vecinas nos organizamos un calendario, como el que se hace para llevar comida a una familia de luto, pero para las rondas de los gatos de las casas vacías.
Don Rogelio salió del hospital seis semanas después, con un andador y la cadera todavía resentida. La primera vez que pudo caminar hasta la esquina, tres meses más tarde, ya con el bastón otra vez, lo acompañé yo. Cuando llegamos frente a la casa de los Reyes, el gato negro salió de debajo del porche y se quedó parado, mirándolo.
Don Rogelio no dijo nada dramático. Solo se agachó, con trabajo, apoyándose en mi brazo, y dejó en el suelo un pedacito de pan que traía guardado en el bolsillo del abrigo desde antes de salir de su casa.
—Ya volví —le dijo al gato, como quien le habla a un vecino que no ve hace tiempo.
Ahora hacemos la ronda entre los dos, algunos días él con su bastón y yo cargando el termo, otros días solo yo cuando el frío de Chicago le castiga demasiado las articulaciones. La olla de arroz sin sal sigue hirviendo cada mañana en mi cocina, y en la suya, y en la de doña Carmela cuando le toca turno. Ninguna lo llamamos caridad. Es, simplemente, lo que se hace cuando alguien se va y deja atrás algo que todavía espera en la puerta.