Cómo el chofer de un autobús vio que un boleto de ida se quedó sin usar

Manejo la ruta Wichita–Salina desde hace catorce años. Greyhound, turno de tarde, la misma parada de descanso en la gasolinera Casey's en Hutchinson, siempre veinte minutos, ni uno más. Uno ve de todo en ese asiento: quinceañeras nerviosas, soldados que vuelven a Fort Riley, señoras con tamales envueltos en papel aluminio para los nietos. Pero lo de aquel jueves de octubre no se me olvida, y ya van casi dos años.

Subió un señor mayor, setenta y tantos, con una guayabera azul que le quedaba grande y una maleta de esas con ruedas chuecas que no dejan de sonar en el pasillo. Se sentó en el 14-B, junto a la ventana, y en todo el viaje no soltó un sobre que traía en la mano. Yo lo noté porque casi nadie viaja así, agarrando un papel como si fuera lo único que le quedara.

Cuando paramos en Hutchinson para la pausa, la mayoría bajó a estirarse, a comprar café del Casey's, a fumar junto a la máquina de hielo. Él se quedó sentado un rato, hasta que le sonó el teléfono. Yo estaba afuera, checando las llantas, y por la ventana abierta alcancé a oír pedazos: "¿Está en el hospital?", después silencio, después algo como "¿Quién viene?". La voz se le quebró en una palabra que no entendí bien, pero até cabos después.

Cuando bajó, ya no traía la misma cara con la que había subido en Wichita. Se acercó al mostrador del Casey's, se paró junto a la máquina de café, y ahí se quedó, mirando el estacionamiento como si esperara ver salir a alguien de la tierra misma. Yo tenía que avisar la salida en diez minutos, protocolo de la compañía, así que me acerqué.

—¿Sigue con nosotros, señor? —le pregunté, señalando el autobús.

Negó con la cabeza. Casi ni me miró. Tenía los ojos fijos en un Honda Civic gris que acababa de entrar al estacionamiento con las luces intermitentes puestas.

Del carro bajó una mujer joven, apurada, y detrás una señora mayor en un abrigo rojo —raro para octubre en Kansas, todavía no hacía tanto frío— que caminaba despacio, apoyada en el brazo de la más joven. Traía puesta una de esas pulseras de plástico que dan en los hospitales. Eso sí lo reconocí de inmediato: llevo a mi mamá al Wesley Medical Center cada tres meses y siempre le ponen una igual.

El señor de la guayabera dejó su maleta tirada junto a la bomba de gasolina número tres y caminó hacia ellas. No corría bien —se notaba que las rodillas ya no le respondían como antes— pero avanzaba como si el estacionamiento fuera lo único que le quedara por cruzar en la vida. Yo me quedé ahí, con la lista de pasajeros en la mano, sin poder dejar de ver.

La señora del abrigo rojo se paró en seco cuando lo vio. Traía algo en la mano, una foto vieja, de esas con el borde blanco que ya casi nadie imprime. Él dijo un nombre —me sonó a "Alicia" o algo así, no alcancé bien— y ella dio un paso, se tambaleó, y la joven la sostuvo del brazo justo a tiempo.

Le pedí a mi copiloto que se hiciera cargo de la salida. En veinte años de este trabajo uno aprende cuándo diez minutos de retraso no importan nada.

Se quedaron parados frente a frente, sin abrazarse todavía, como si ninguno supiera qué hacer con las manos. Fue ella la que se movió primero: le tocó la cara. Until entonces yo no sabía si él estaba llorando o si era el viento. Los dos se rieron con lágrimas, esa risa rara que sale cuando algo duele y alegra al mismo tiempo.

No quise acercarme más. No era asunto mío. Pero los llevé a la cafetería de al lado —una Waffle House pequeña que hay pegada a la gasolinera— porque afuera empezaba a lloviznar y la señora mayor no se veía con fuerzas para seguir de pie. Les guardé una mesa en la esquina, la que tiene el vinil del asiento roto y remendado con cinta, y les llevé café sin que nadie me lo pidiera. Ese es mi trabajo también, aunque no me paguen por eso.

La ambulancia llegó como quince minutos después. El paramédico —joven, con el logo de un servicio de El Dorado en la camisa— entró a hablar con ellas en voz baja. Yo fingía limpiar la máquina de café, pero oí lo suficiente: algo de una cirugía de corazón, algo de que ella se había salido del hospital esa misma mañana sin autorización. El señor de la guayabera se quedó pálido cuando escuchó eso.

Mi turno terminaba a las seis, así que no pude quedarme para saber el final completo. Cargué la maleta de ruedas chuecas hasta la banca de afuera, se la entregué y le dije que su boleto de regreso quedaba abierto, que Greyhound permite cambios sin costo si uno avisa. Me miró como si no entendiera la pregunta, y me contestó algo que no se me olvida:

—No voy a necesitarlo. Ya llegué a donde tenía que llegar.

Meses después, ya cambié de ruta —ahora hago Salina–Topeka— pero un compañero que sigue en la de Hutchinson me contó que a veces ve pasar a un señor mayor con una mujer de abrigo rojo, caminando despacio por la acera frente al Casey's, siempre los sábados por la mañana, siempre tomados de la mano. Dice que un día los vio sentarse en la misma banca donde dejé la maleta, y que el señor sacó una cajita de madera y le mostró algo a un niño chiquito que los acompañaba —un nieto, supongo, aunque eso ya no lo sé de cierto.

Yo solo sé lo que vi esa tarde de octubre: un boleto de ida que nunca se usó, un café que se enfrió sin que nadie lo tomara, y un hombre que soltó su maleta en medio de un estacionamiento de gasolinera porque había algo más importante que llegar a tiempo a ningún lado.

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