Esa madrugada en la estación de policía del centro de El Paso, el aire acondicionado llevaba dos horas muerto y el ventilador de mi escritorio giraba con un chirrido que me ponía los dientes de punta. A las 2:35 de la mañana yo solo quería terminar el turno, llenar la bitácora y salir de ahí antes de que el sol empezara a calentar el asfalto. Frente a mí estaba la taza que mi hija me regaló el Día del Padre, con café frío desde la medianoche y un anillo de grasa en el borde.
A mi espalda, el radio escupía estática cada diez minutos. Había atendido dos llamadas por ruido excesivo en la misma cuadra durante la noche y en ambas los vecinos apagaron la música antes de que llegara la patrulla. La tercera vez uno se cansa. La neta, yo ya no quería salir otra vez. Luis, mi compañero, jugaba con un clip en su escritorio y no levantaba la vista del celular.
La puerta del frente se empujó con fuerza y entró un anciano. Flaco, la camisa azul abotonada hasta el cuello, un bastón de madera en la mano derecha. Respiraba como si hubiera subido tres pisos, caminaba despacio y cada paso lo hacía contra el piso de linóleo. No me levanté. Seguí con la vista en el reporte que estaba escribiendo a mano.
—Oficial —dijo—, vengo por mis vecinos. Otra vez la música. Es la tercera noche que no duermo. Mi nombre es Abelardo Fuentes, vivo en el 431 de la calle Presidio.
Lo miré apenas por encima del hombro. —Necesito una identificación. —Saqué un formulario de la pila, más por costumbre que por ganas. El viejo empezó a buscar en el bolsillo de la camisa. Los dedos le temblaban.
—No es necesario —dijo Luis desde el otro escritorio, sin levantar la vista—. Son las tres de la mañana. Si no hay sangre ni disparos, no hay caso.
El viejo se quedó con la mano a mitad de camino hacia el bolsillo. Me miró a los ojos. Yo rompí el papel por la mitad, hice una bola y la lancé al cesto sin apuntar. La bola golpeó el borde, rebotó y cayó al suelo. Luis soltó una carcajada corta. Yo me quedé viendo la bola en el suelo y sentí un ardor en el estómago que no era del café.
—¿Me va a atender o no? —preguntó el anciano. La voz le salió más firme de lo que esperaba.
—Vuelva en la mañana —le dije—. Ahora no hay nadie.
—Entonces espero aquí. Espero al capitán. No me voy.
El viejo se dejó caer en la banca de madera pegada a la pared, como si las piernas ya no le respondieran. Al sentarse, buscó apoyo en el bolsillo interno de la camisa y de ahí se le resbaló algo: una fotografía doblada a la mitad, con las esquinas gastadas de tanto abrirla y cerrarla. Cayó boca abajo sobre el linóleo, cerca de mis botas.
Me agaché a levantarla antes de pensarlo. Le di la vuelta. Era la foto de un militar joven, uniforme de gala, sonriendo a medias frente a una bandera. Atrás, con letra de mujer, alguien había escrito a lápiz: "Tte. Gabriel Fuentes — graduación, Fort Bliss".
En ese momento se empujó la puerta del fondo. El capitán Hernán Reyes salió de su oficina con una carpeta en la mano, revisando algo en el pasillo. Se detuvo en seco al ver al viejo sentado en la banca. Caminó hacia nosotros y me quitó la foto de la mano casi sin pedir permiso. La sostuvo con las dos manos. La estudió un largo rato. Reconocí en su cara el mismo gesto que hacen los hombres cuando encuentran algo que llevan años buscando sin saberlo. Luego habló con una voz que no le conocía:
—Don Abelardo. Es usted, ¿verdad? El papá de Gabriel.
El viejo levantó la cara. —¿Usted lo conoció?
El capitán se arrodilló en el suelo, delante de la banca, con una rodilla sobre el linóleo. Yo nunca lo había visto arrodillarse ante nadie.
—Tengo su foto en mi oficina desde hace tres años, junto con los otros nueve —dijo—. Su hijo se lanzó sobre una granada en Faluya. Yo estaba a cuatro metros. Fui a su funeral en Fort Bliss, pero usted no me recuerda porque esa tarde había doscientas personas y yo era solo un sargento más.
El aire se volvió pesado, más que el calor. Luis se había puesto de pie y miraba la foto en las manos del capitán sin decir nada. Yo miraba la bola de papel caída junto al cesto. Me sudaban las palmas.
—Mateo —dijo el capitán sin levantar los ojos—, trae uno de los formularios buenos. Vamos a abrir un reporte formal ahora mismo.
Fui al archivero y saqué un formulario nuevo. No busqué la bola de papel tirada; la dejé donde estaba, como una prueba de algo que ya no quería repetir. Me senté frente a la máquina y abrí el sistema. Escribí la hora exacta: 2:47 a.m. Escribí el nombre del viejo: Abelardo Fuentes. Escribí la dirección: 431 calle Presidio, apartamento 2B. El sistema me devolvió un número de caso: 5587.
Luis se acercó sin hacer ruido. —Hermano —dijo por lo bajo—. Debimos escucharlo desde el principio.
—Sí —le contesté. No tuve ganas de decir nada más.
Terminé el reporte y se lo entregué al capitán. Él lo leyó de pie, con el viejo todavía sentado frente a él.
—Don Abelardo —dijo el capitán—, voy a mandar una patrulla a esa cuadra ahora mismo, y mañana en la tarde voy a tocar puerta por puerta yo mismo para hablar con sus vecinos. Si esto vuelve a pasar, usted me llama directo a mi celular, no a la línea general.
Le entregué una copia del reporte al viejo. La sostuvo con las dos manos, como si le pesara. Me miró. No había rencor en sus ojos. Había un cansancio de veinte años, de los que yo no sabía nada.
—Gracias, mijo —dijo.
Y yo no supe qué contestar, porque la palabra me dolió más que cualquier insulto.
Afuera, un tren de carga pasó por las vías a media milla, largo y oscuro, con el silbido atravesando el amanecer. La banca quedó vacía cuando el capitán acompañó al viejo hasta la puerta, sosteniéndolo del brazo. Luis se quedó junto al mostrador, doblando y desdoblando el clip entre los dedos.
Yo me quedé parado frente a mi escritorio, con el bolígrafo todavía en la mano, mirando la taza de mi hija. El café seguía frío.