La hija que nunca llamó

A finales de noviembre trajeron a don Efraín al asilo. Lo encontró un trailero en la I-35, como a unos veinte kilómetros de San Antonio. Iba caminando por el acotamiento, tropezando, con la ropa sucia y los ojos vacíos. El trailero, un hombre chaparro que venía de Laredo, frenó la troca y se le acercó. Le preguntó de dónde era y a quién buscaba, pero el viejito nomás se quedó viendo sin responder, apretando un puñito de tierra mojada en la mano izquierda. Pidió una ambulancia y así fue como don Efraín terminó en el Hogar de Ancianos San Martín, un edificio de pasillos largos y olor a linóleo con cloro, al sur de la ciudad, donde las jacarandas de la calle ya habían soltado casi todas las flores.

No tenía papeles, no traía cartera, ni un número anotado en un sobre. Decía que su casa, un mobile home en un parque de trailers por el condado de Guadalupe, se la había llevado un tornado en octubre. A veces mencionaba el nombre de un pueblo, a veces otro; la memoria le hacía trampa. Lo único que repetía con claridad era que su hija Marisol andaba por Chicago, trabajando en una fábrica de empaque. En la ficha escribieron: *Efraín, identidad sin confirmar*.

A mí me tocó ser su auxiliar de enfermería. Me llamo Valentina, tengo veintiséis años y ya llevaba dos en San Martín. Mis compañeras me regañaban de cariño cada vez que me encariñaba de más con un residente. «Tú no sirves para esto, Vale, te va a dar una úlcera», me decía Lucy, la jefa de piso, mientras revolvía un café de olla. Pero yo no sabía hacer las cosas de otro modo.

Desde el primer día don Efraín me partió el alma. No se quejaba, no pedía nada. Sólo miraba por la ventana y esperaba. Cada vez que sonaba el teléfono del pasillo —un aparato negro de disco que nadie usaba y que a veces repicaba por error—, él alzaba la cabeza y me preguntaba: «¿Era mi muchachita?». Y yo tenía que responder que no, que no era ella, y él asentía despacito y se volteaba hacia la pared. Traía siempre en el bolsillo de la bata una foto arrugada, el retrato de una quinceañera con vestido color lila. «Es Marisol, la mera mera», decía pasando el pulgar sobre el plástico, y luego se le llenaban los ojos de agua.

El doctor Mendoza nos confirmó lo peor: cáncer de páncreas, avanzado, semanas de vida. Cuando salió del cuarto, me tocó el hombro. «Ya no sufre mucho, pero el final está cerca», me dijo.

Esa tarde me quedé con don Efraín más tiempo del que me tocaba. Le llevé un pan dulce de la panadería La Estrella, de esos que tienen grageas de colores, y se lo partí en pedacitos porque casi no podía masticar. Él sonrió —una de las poquísimas que le vi— y dijo: «Mi hija me compraba conchas en la Juárez, allá en el pueblo». Luego sacó la foto y me la mostró otra vez. Yo miré ese retrato borroso y vi algo que no había visto antes: en la esquina, escrito con pluma dorada, decía *Marisol, 2002, Eagle Pass*. Un dato concreto, real.

Esa noche no pude dormir. A las tres de la mañana bajé a la cocina, me serví un vaso de leche y pensé en el sonido de aquel teléfono del pasillo. Entonces la idea me cayó encima como una cubetada de agua fría.

Al día siguiente, esperé a que el turno estuviera tranquilo y Doña Chayo, la de la limpieza, anduviera pasando la jerga. La llamé al cuartito de los artículos de aseo. «Oye, Chayo, necesito que me hagas un favor, pero no me preguntes nada». Ella dejó el trapeador contra la pared y se secó las manos en el mandil. «Tú dirás, m’ija». Le expliqué el plan: en cuanto sonara el teléfono del pasillo, ella tenía que levantar el auricular y luego ir por don Efraín para que él tomara la llamada. Chayo parpadeó fuerte, como si acabara de ver al mismo san Pedro, pero no dijo nada.

Salí al patio trasero, donde están los botes de basura y una banca de fierro. Agarré mi celular y marqué el número fijo del asilo. Timbrando, timbrando. Vi a través de la ventana cómo Chayo se asomaba al pasillo, levantaba la bocina y la dejaba sobre la mesita. Luego abrió la puerta del cuarto de don Efraín y le hizo una seña. El viejito se incorporó con trabajo, se ajustó la bata y caminó esos diez metros como quien cruza un puente.

Me latía el corazón en los dientes. Cuando escuché su voz temblorosa —«¿Bueno?»—, respiré hondo y hablé con la garganta apretada.

—Papá, soy yo… Marisol.

El silencio duró tres segundos que pesaban como tres horas. Luego un hipo, un sollozo ahogado.

—¿Mi muchachita? ¿De veras eres tú, mi vida? ¿Cómo me encontraste?

—Eso no importa, papá. Cuéntame cómo estás, ¿te están cuidando bien?

Platicamos como quince minutos. Le inventé que estaba en Chicago, que el trabajo en la empacadora no me dejaba llamar antes, que lo quería mucho. Él me contó lo del tornado, que la gente buena del asilo le daba de comer, que una muchacha llamada Valentina le llevaba pan dulce. Y de repente, con una voz que no era la del viejito encogido del cuarto, sino la de un papá entero, me dijo: «Estoy bien, hija, ya estoy bien. Sólo quería oírte».

Cuando colgué, me quedé en la banca. Chayo salió al patio con una taza de café y me la puso en las manos sin decir palabra. Las dos estábamos llorando.

Don Efraín vivió cuatro días más. Ya no preguntó por la hija. Se acabó el pan dulce que le quedaba, pidió que le subieran un poquito la persiana para ver las nubes y una tarde se durmió. Cuando entré a tomarle los signos, ya se había ido, con la foto de Marisol sobre el pecho. No le conté mi mentira, pero tampoco me arrepentí.

Los del turno juntamos dinero para el funeral. La directora, la señora Gutiérrez, me llamó a su oficina y, sin levantar la vista de unos papeles, soltó: «Tirar el dinero en un indigente que nadie reclamó… ustedes y su sentimentalismo». Yo saqué un cheque de mi bolsa, lo puse sobre su escritorio y dije: «Son cuatrocientos sesenta dólares. El resto lo cubre la colecta. La lápida ya está encargada». Y nada más. Me di la vuelta y salí. La lápida decía: *Efraín Herrera, 1945–2023. De tu hija que nunca te olvidó*.

Casi tres semanas después, yo estaba doblando sábanas en el almacén cuando Lucy metió la cabeza: «Vale, teléfono por ti, una mujer de Chicago». Sentí un nudo frío. Tomé la bocina.

—¿Hablo con alguien del asilo San Martín? —la voz era firme, arrastraba el acento del norte—. Mi nombre es Marisol Herrera. Estoy buscando a mi papá, Efraín. Perdí todo en el tornado y apenas ayer una tía me dijo que quizá lo habían traído aquí.

Me dio un vuelco el estómago. Había una Marisol de verdad. Había existido siempre.

Le conté todo. Que su papá llegó sin papeles, que estuvo bien cuidado, que hablaba de ella a todas horas y que yo… Le confesé lo del teléfono. Hubo una pausa larga, llena de respiraciones.

—Voy para allá —dijo, y colgó.

Llegó un viernes por la mañana. Una mujer en sus cuarenta, con el mismo mentón redondo que don Efraín, el mismo pliegue entre las cejas. La llevé al cuarto que había sido de él, ahora vacío, con la cama tendida. Le entregué una cajita de cartón con la foto de la quinceañera, un rosario de madera y una grabadora digital chiquita que yo había comprado en la pulga.

—¿Qué es esto? —preguntó, dándole vueltas en las manos.

—La última llamada que él recibió. La grabé.

Encendí el aparato y lo puse sobre la mesita de noche. Mi voz salió del altavoz, un poco ronca: «Papá, soy yo… Marisol». Y luego la de don Efraín, llena de una alegría que ya no le cabía en el cuerpo: «¡Mi muchachita!».

Marisol se quedó de piedra. Luego se sentó en la cama, apretó la cajita contra el estómago y se dobló hacia adelante, sacudiéndose en silencio, con la grabadora todavía sonando.

Salí al pasillo dejando la puerta apenas entornada. Afuera, Chayo pasaba el trapeador y tarareaba una de Vicente Fernández. Del altavoz llegaba la risa de don Efraín, su bendición de despedida.

Me limpié los dedos mojados en la bata y me fui caminando hacia la cocina. Había que preparar los cafés de la tarde.

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