El cartel estaba pegado con masking tape a la jaula donde yo esperaba que alguien pasara de largo sin mirarme. Decía: *Adulto mayor. Regresa a casa sin costo.* Como si yo fuera un sofá viejo que hay que sacar de la acera antes del jueves de basura. Cero dólares. Ese era mi precio, aunque yo en ese momento no lo sabía.
Doce años dan para entender cómo funciona el mundo. He visto caras pegadas al vidrio de la jaula cientos de veces. Ojos que se iluminan con los cachorros, dedos que rascan la reja para los siameses de tres meses, voces que dicen *ay, mira ese*. Conmigo la gente hace otra cosa: sonríe con pena y pasa de largo. Dos veces me devolvieron. La primera porque "se queda mirando fijo y asusta a la niña". La segunda porque necesitaba cirugía dental y la señora dijo que no había firmado para eso. Tengo una oreja doblada, la mitad de los dientes menos y la lengua se me sale cuando me concentro. No soy un gato de revista.
El día que ella llegó, yo estaba en la esquina de siempre. Voluntaria nueva con uniforme azul acababa de ponerme un moño rojo en el cuello, de esos de fiesta infantil, para ver si disimulaba. Olía a desinfectante y a gato mojado —habían lavado los pisos temprano— y por la ventana entraba ese sol de enero que en Tucson no calienta pero encandila.
Ella no venía a verme. Eso se nota. Venía con la mirada puesta en la jaula de los cachorros, los que estaban trepándose unos a otros como pelotitas de peluche con electricidad. Traía una bolsa de mandado vacía doblada en la mano y el celular sonando con la canción de una telenovela que repetían a las tres de la tarde. Contestó. Escuché que decía "sí, mami, ya sé, uno chiquito para los niños".
Supe que era abuela por cómo estiró el dedo para tocar a un gris con manchas blancas. Las abuelas siempre estiran el dedo así, con cuidado, como si tocaran algo que todavía no les pertenece. Esta mujer tendría cincuenta y tantos, pelo negro recogido con una pinza de plástico, camisa de flores y cansancio en los hombros. El tipo de cansancio que no se va con una noche de sueño.
La voluntaria me señaló cuando ella preguntó algo. No alcancé a oír bien —el ventilador del pasillo hace mucho ruido— pero sé lo que dicen siempre. *Ese es Salvador. Tiene doce años. Lo devolvieron dos veces.* Lo sé porque lo he memorizado, como se memoriza uno una sentencia.
—¿Doce? —preguntó ella—. O sea que ya está grande.
—Sí, doña. No sabemos cuánto tiempo le queda.
Y entonces ella hizo algo que nadie hacía. Se agachó.
No dobló apenas las rodillas como quien mira un objeto en oferta. Se agachó hasta que sus ojos quedaron a la altura de los míos. Tenía manchas cafés en las manos, de esas que salen con la edad y el sol. Olía a mole y a jabón de avena. Se quedó callada un rato largo, mirándome con una expresión que yo conocía de reflejo en los vidrios de la jaula: la de alguien que también lo devolvieron.
—A ti también te cambiaron por algo más nuevo, ¿verdad, viejito?
No dije nada, obviamente. Pero parpadeé despacio, que es lo más cerca que tengo de un abrazo.
Supe lo de la devolución después, cuando ya vivía con ella. Valentina —así se llama— guardaba papeles en una caja de zapatos debajo de la cama. No los escondía bien; de hecho creo que quería que alguien los encontrara. Eran los documentos del divorcio. El hombre, un tal Rogelio, se había ido con una vecina catorce años más joven que trabajaba en el H&R Block de la calle Valencia. La gente le dijo lo de siempre: *ya encontrarás a alguien, échale ganas, ahora puedes hacer lo que quieras*. Frases de condolencias baratas, como las tarjetas genéricas del súper.
Esa primera noche en la casa, Valentina me dejó la caja de transporte abierta en la sala. Ella se sentó en el sillón —un sillón enorme, de tres plazas, que ahora le quedaba gigante— y se quedó viendo la tele sin prenderla. Yo salí, caminé por la alfombra que olía a limpio, pasé junto a una planta de plástico y llegué hasta la mesa de centro. Ahí estaban los papeles del divorcio amontonados, con un vaso de agua encima para que no se volaran. Me subí despacio, me acomodé encima de la primera hoja —donde decía *disolución de sociedad conyugal* en letras de máquina— y me quedé quieto.
Ella me miró. Dejó de mirar la tele apagada y me miró a mí. Tenía los ojos aguados pero no lloraba. Dejó escapar media risa, de esas que duelen.
—Ah, ¿tú también traes carácter?
A las dos horas sonó el timbre. Era la hermana, Mónica, que llegó con un plato de tinga envuelto en aluminio y una expresión de *vengo a inspeccionar*.
—¿Ese es? —dijo desde la puerta, sin soltar el plato.
—Se llama Salvador.
—Valentina, en serio… ¿un gato de doce años con la cara torcida? En el refugio había como veinte chiquitos. Estabas ahí, ¿para qué te traes el que va de salida?
Mónica entró y puso la tinga en la cocina. Yo me quedé en la mesa de centro, encima de los papeles del divorcio, con el moño rojo todavía mal puesto y la lengua de fuera. La hermana me echó un vistazo de arriba abajo, el mismo que le echa uno a la fruta madura que ya nadie va a comprar.
—¿Sabes qué parece? —dijo—. Un gato de liquidación.
Valentina guardó silencio. Agarró el plato de tinga, lo metió al refri y cerró la puerta con cuidado, como quien cierra un tema. No dijo nada, pero yo vi cómo apretó el imán del refri —uno de San Miguel de Allende— hasta que se le pusieron blancos los nudillos.
Esa noche, cuando Mónica se fue refunfuñando algo sobre veterinarios caros y comida especial, Valentina se sentó en el sillón y me dejó subir. Era la primera vez en años que yo tocaba un sillón. Me acomodé en su regazo y ella se quedó viendo la calle por la ventana. Había luna llena y el farol de la esquina parpadeaba como si estuviera a punto de fundirse. En el departamento de al lado alguien cocinaba con orégano y ajo, y la señora del piso de arriba arrastraba una silla.
—Yo creo —dijo Valentina, rascándome detrás de la oreja doblada— que a veces el amor viene con moño rojo y número de liquidación. Y uno tiene que decidir si le alcanza el corazón para pagarlo.
Yo no entendí del todo. Pero me quedé ahí, respirando con ella, hasta que el farol de la esquina dejó de parpadear.
Pasaron semanas. Valentina me compró el alimento especial que necesitaba, veintitrés dólares la bolsa pequeña, y pidió cita con un veterinario de la Nogales Highway que atendía con descuento los miércoles. Me recortó el moño rojo y me puso uno azul cielo, que según ella combinaba con mi color. Los nietos vinieron un sábado. Al principio se quedaron atrás de la abuela, viéndome con desconfianza. La niña dijo que yo estaba chueco. El niño preguntó si me dolía.
—Tiene doce años —les explicó Valentina—. Y lo devolvieron dos veces. ¿Saben lo que es que te devuelvan?
Los nietos negaron con la cabeza.
—Pues ahora vive aquí conmigo. Esta es su casa.
El niño estiró la mano y me tocó la cabeza con la punta de los dedos. La niña dijo que quería ponerme el moño ella. Y así, sin darme cuenta, me fui quedando.
Una noche, Mónica volvió a cenar. Traía empanadas de cajeta y un tema que visiblemente traía ensayado.
—Oye, Valentina. Lo del gato… yo nomás digo, ¿no te pesa? Ganas dinero con las clases de repostería, sí, pero la cirugía esa de los dientes que le tienen que hacer sale en unos ochocientos, novecientos dólares. Y no sabemos ni cuánto va a vivir.
Valentina se sirvió café. Lo revolvió con la cucharita y el tintineo sonó más fuerte de lo normal.
—¿Sabes cuánto me costó Rogelio todos estos años, Mónica?
La hermana se quedó callada.
—Once años aguantando que no servía para nada. Once años sintiéndome una cosa con defecto de fábrica que él no quería mostrar delante de sus amigos. ¿Y sabes qué me dijo cuando se fue? Que esa vecina "sí lo hacía sentir joven". —Valentina dio un sorbo al café—. Este gato nunca me ha hecho sentir vieja. Y nunca me ha devuelto.
Mónica bajó la cuchara. No dijo nada más.
La cirugía la pagó Valentina con lo que tenía ahorrado para un viaje a Guadalajara que nunca iba a hacer. El veterinario nos recibió un jueves a las siete de la mañana, en una clínica chiquita con olor a químicos y un calendario de perros en la pared. Me pusieron anestesia y cuando desperté ya no tenía dolor en las encías y Valentina estaba ahí, sentada en una silla de plástico verde con un café de máquina que no se había tomado.
—Bienvenido, viejito —me dijo—. Ahora sí estás completo.
Completo. Esa palabra me la guardé.
Han pasado casi tres años desde aquel día en el refugio. El veterinario dice que no sabe cómo, pero estoy mejor que cuando llegué. Valentina les contó a sus amigas del grupo de repostería lo del cartelito de cero dólares y ahora cada que voy a una venta de pasteles me llaman "la ganga". A mí no me molesta. Valentina se ríe y me rasca la cabeza —el hueco detrás de la oreja doblada, el que ella sola encontró— y yo cierro los ojos y ronroneo con el motor viejo que me dejó la vida.
Lo de Mónica también se arregló. El año pasado, en Navidad, llegó con una caja envuelta en papel dorado. Adentro había un moño nuevo, de terciopelo verde oscuro, con una etiqueta que decía *Para Salvador, con cariño de su tía*.
Valentina la abrazó fuerte, de esas que duran. Luego me puso el moño y dijo:
—Mira nomás, viejito. Ya no estás de oferta.
Y tenía razón. Ya no.