Diecisiete kilos. Eso pesaba la maleta cuando la puse en la báscula del pasillo, y once de esos kilos eran libros. Mi hija Valentina me lo dijo por teléfono desde Orlando, entre risas: "Mamá, vas a pagar de más en el aeropuerto por cargar la biblioteca completa de la parroquia." Yo le contesté que no, que esos libros no eran para el vuelo. Eran para ella, para mis nietos, para la casa nueva que apenas estaban armando en Kissimmee después de vender el condominio de Union City.
Tengo sesenta y un años y llevo veintitrés viviendo en Nueva Jersey, desde que crucé con mi esposo Ramiro —que en paz descanse— y con Valentina de apenas cuatro años agarrada de mi falda. Trabajé limpiando casas en Fort Lee, después en una lavandería industrial de Hackensack, y los últimos doce años como auxiliar en una escuela primaria de Union City, ayudando a niños que llegaban sin hablar una palabra de inglés. Ahí aprendí algo: un libro en la mano de un niño asustado vale más que cualquier explicación.
Por eso, cada vez que voy a visitar a Valentina y a su esposo Esteban —que trabaja instalando aire acondicionado y que, para ser sincera, nunca me ha tratado mal, solo distante— llevo libros. Los compro en la venta de garaje de la biblioteca pública, a veinticinco centavos cada uno, o en el Barnes & Noble de Route 3 cuando hay liquidación. Cuentos de Rubén Darío, fábulas, un diccionario ilustrado, hasta una edición vieja de "Platero y yo" con las tapas gastadas de tanto uso.
Esta vez el motivo era distinto. Mi nieto Mateo, de nueve años, había reprobado lectura comprensiva en la escuela de Kissimmee. La maestra mandó una nota diciendo que el niño "decodifica bien pero no comprende lo que lee." Cuando Valentina me lo contó, sentí que se me apretaba algo en el estómago, como cuando a un niño en mi escuela le devolvían un examen en blanco. Así que empecé a separar libros. No cualquier cosa: elegí con cuidado, pensando en lo que a Mateo le gusta, los dinosaurios, las historias de aventuras, algo de fútbol porque el niño juega en una liga los sábados en el parque de Osceola.
El problema llegó cuando aterricé en el aeropuerto de Orlando y Esteban fue a recogerme. Abrió el maletero de su Ford F-150 y, al ver la maleta, hizo un comentario que se me quedó grabado: "Doña Rosalinda, con todo respeto, pero en esta casa ya no cabe ni un imán de nevera, menos una biblioteca." Me reí, pensando que era broma. No lo era.
Esa noche, mientras cenábamos arroz con pollo en la mesa de la cocina —una mesa nueva, de esas que se compran a crédito en el Rooms To Go de la 192— Esteban sacó el tema otra vez, ya sin la sonrisa de antes. Dijo que la casa era pequeña, que los cuartos de los niños ya estaban llenos de juguetes y ropa, que "los libros esos" solo iban a acumular polvo en un rincón. Valentina intentó defenderme, dijo que a Mateo le hacían falta, que la maestra lo había recomendado. Esteban respondió algo que todavía escucho cuando cierro los ojos: "Lo que le hace falta a Mateo es una tablet con la aplicación esa de lectura, no cien libros viejos que huelen a garaje ajeno."
Cien libros viejos. Así llamó a lo que yo había cargado con las manos, revisado uno por uno, limpiado con un trapo húmedo antes de meterlos en bolsas de plástico para protegerlos de la humedad del viaje.
No dije nada esa noche. Me fui a dormir al cuarto de huéspedes, ese que tiene una cama plegable y una ventana que da al patio trasero, donde el perro de los vecinos —un labrador que se llama Rocky, según me contó después mi nieta Camila— ladra cada vez que pasa una ardilla por la cerca. Me quedé escuchando ese ladrido, con las manos apretadas sobre la sábana, pensando en la caja de zapatos que guardo debajo de mi cama en Union City, la de los recibos y los papeles importantes.
Al día siguiente, hasta las diez de la mañana no bajé a desayunar. Cuando finalmente lo hice, encontré la maleta en el garaje, todavía cerrada, apoyada contra la lavadora. Esteban la había sacado de la sala sin decirme nada, la había puesto ahí "para que no estorbara", según explicó Valentina con la voz quebrada, evitando verme a los ojos, secándose las manos en el delantal una y otra vez aunque ya estaban secas.
Fue en ese momento cuando decidí algo que llevaba tiempo posponiendo. Saqué el teléfono y llamé a mi vecina de Union City, Graciela, que tiene llave de mi apartamento para regar las plantas cuando viajo. Le pedí un favor: que revisara en mi clóset una carpeta azul, la que dice "Escrituras" en la etiqueta, y que me confirmara un dato. Necesitaba saber si mi apartamento —el mismo donde Valentina y Esteban se habían quedado gratis los primeros ocho meses de casados, mientras juntaban el enganche para el que ahora tienen en Kissimmee— seguía a nombre mío solamente o si, como Esteban insistía cada vez que hablábamos de "planificación familiar", yo ya lo había puesto a nombre de los tres.
Graciela me confirmó lo que yo ya sabía: seguía siendo solo mío. Nunca firmé ese papel que Esteban me trajo hace dos años, ese "para simplificar las cosas en caso de que algo te pase, doña Rosalinda", porque algo en mi instinto me dijo que esperara.
Esa tarde, mientras Mateo y Camila veían dibujos animados en la sala y Valentina lavaba trastes dándome la espalda, me senté con Esteban en el porche. Le pregunté, sin rodeos, cuánto pagaba de renta en su casa anterior antes de comprar la de Kissimmee. Me dijo mil trescientos al mes, en un apartamento de dos cuartos en Kissimmee mismo, antes de mudarse a mi apartamento de Union City sin pagar nada durante ocho meses.
Le dije entonces, con la misma calma con la que le explico a un niño de siete años por qué la B no suena como la V: que ese apartamento de Union City, el que él llama "el nidito de doña Rosalinda" en broma, es lo único que tengo después de veintitrés años trabajando limpiando casas ajenas y ayudando niños que no eran los míos. Que ese apartamento algún día será de Valentina, cuando yo falte, sin condiciones ni letra pequeña. Pero que mientras yo viva, las decisiones sobre lo que entra o no entra en esa propiedad, y sobre lo que yo decido regalarle a mis nietos, las tomo yo.
Esteban se quedó con el vaso de té helado a medio camino entre la mesa y la boca. No dijo nada. Yo tampoco esperé que dijera algo.
Al día siguiente, antes de que amaneciera del todo, mientras el cielo sobre Osceola County todavía tenía ese color naranja pálido de las seis y media, saqué la maleta del garaje yo sola, la arrastré hasta la sala, y empecé a sacar los libros uno por uno. No los guardé en ningún rincón para que juntaran polvo. Los puse, con cuidado, en el librero vacío que había en el cuarto de Mateo —un mueble que Valentina había comprado hacía meses "para cuando tuviera cosas que poner"— y que hasta ese momento solo tenía trofeos de fútbol y una lámpara con forma de dinosaurio.
Cuando Mateo bajó a desayunar y vio el librero lleno, no dijo nada sobre la pelea de sus padres, porque los niños casi nunca dicen lo que ven pero siempre lo registran. Solo tomó uno con dinosaurios en la portada, se sentó en el piso de la cocina con las piernas cruzadas, y empezó a leer en voz alta, tropezándose en algunas palabras, mientras yo preparaba café.
Esa misma tarde llamé a un abogado que atiende en español, con oficina en la avenida Bergenline de Union City, el mismo que le hizo los papeles a Graciela cuando se quedó viuda. Pedí una cita para la semana siguiente, cuando regresara. No para quitarle nada a nadie, sino para poner en un testamento, con toda claridad y sin lugar a interpretaciones futuras, que el apartamento de Union City pasa a Valentina el día que yo falte, y que mientras tanto sigue siendo mío, con todos los libros, las cajas y las decisiones que eso implica.
Esteban no volvió a mencionar la maleta. Y yo, cada Navidad desde entonces, sigo llegando con una nueva, un poco más liviana que la anterior, porque ahora Mateo ya no necesita tantos: lee solo, sin ayuda, y hace dos meses la maestra de Kissimmee mandó otra nota, esta vez para decir que el niño había subido dos niveles en comprensión lectora desde el otoño pasado.