Ramona notó al perro la primera noche por pura casualidad. Había salido al porche a buscar el suéter que dejó colgado en la mecedora y ahí estaba Chispa, tieso junto a la cerca de madera, con el hocico apuntando hacia la casa de al lado. No ladraba, no escarbaba, no se movía. Como si estuviera de guardia en un puesto que nadie le había asignado.
—Chispa, ven pa' dentro —llamó ella, y el perro ni siquiera volteó.
Eso sí era raro. Ocho años con ese animal recogido de la calle detrás del supermercado El Rancho, y Ramona conocía cada uno de sus mañas. Si ella chasqueaba los dedos, Chispa venía. Si abría la puerta del refrigerador, Chispa ya estaba parado a su lado. Pero esa noche no.
Ramona se acercó descalza, sintiendo el pasto mojado entre los dedos. Le tocó el lomo. El perro temblaba con una tensión que no era miedo.
—¿Qué te pasa, muchacho? —murmuró, y lo llevó adentro jalándolo con cuidado del collar.
Media hora después se asomó por la ventana de la cocina y ahí estaba otra vez. Junto a la cerca. Inmóvil. Mirando hacia el patio de la vecina.
Así pasó la segunda noche. Y la tercera. Y la cuarta.
Ramona pensó que extrañaba a su hijo. Marcos no venía a visitarla desde hacía un mes y medio. Antes aparecía cada fin de semana sin falta, con el pan dulce de La Michoacana y una caja de jugo de mango que a Ramona ni siquiera le gustaba tanto, pero que aceptaba porque se la traía él. Llegaba gritando desde la puerta: "¡Mamá, ya llegué!" y Chispa se volvía loco, daba vueltas, se tiraba al suelo panza arriba, movía la cola como si estuviera barriendo el piso de cemento.
Luego Marcos se casó con Genesis.
La muchacha era correcta, educada, con las uñas siempre pintadas y el cabello planchado. Decía "señora Ramona" con una cortesía de banco o de consultorio dental. Nunca con la soltura de quien llega a una casa ajena y la siente suya. Al principio todo siguió igual. Marcos venía los sábados. Después cada quince días. Después "la próxima semana, ma, te lo juro". Ramona dejó de creerle con el corazón, aunque con la boca decía "sí, mijo, cuando puedas".
A la quinta noche, Ramona se sentó en el escalón del porche a observarlo. Llevaba un vaso de agua de jamaica que ni probó. El reloj de la cocina dio las diez y catorce. Chispa se levantó de su cama vieja, se estiró y caminó hacia la cerca como un empleado que entra a su turno.
Y entonces Ramona vio algo.
El perro no miraba hacia la calle. No miraba hacia la entrada del driveway, por donde siempre llegaba el carro de Marcos. Miraba hacia la derecha. Hacia el lote de al lado.
Hacia la casa de doña Alicia.
Las ventanas de la casa vecina llevaban oscuras desde el lunes. A la señora Alicia se la había llevado la ambulancia. Ramona recordaba las luces rojas y azules girando sobre el pavimento mojado, a los paramédicos cargando la camilla, la cobija que se resbalaba todo el tiempo. Ella se quedó en su porche, agarrada al barandal de madera, sin atreverse a cruzar la calle.
La señora Alicia vivía sola. Viuda desde hacía años. Silenciosa, de esas vecinas con las que uno se saluda cuando sacan la basura y nada más. A veces se pasaban un tupper de arroz con leche por encima de la cerca. A veces Ramona le regalaba limones de su árbol. Alicia siempre le devolvía algo: unos tamales, un frasquito de salsa, una bolsa de pan dulce demasiado dulce, como si en su casa el azúcar nunca se acabara.
Ramona se acercó a la cerca esa quinta noche. Chispa seguía sentado, tenso, viendo fijamente el patio de al lado. Y entonces, al agacharse, ella lo vio.
Migajas de pan.
Todas amontonadas junto a un hueco que había en la base de la cerca de madera. Algunas frescas, otras ya aplastadas contra la tierra húmeda. Ramona se quedó mirándolas un buen rato. No entendía, y luego entendió tan rápido que le dolió.
La señora Alicia salía cada noche, después de las diez. Con su bata de flores y sus chanclas viejas. Se sentaba en la sillita de plástico que tenía junto a la cerca. Y le daba de comer a Chispa. Pedacito por pedacito. Seguro le hablaba también. Le contaba del precio de las tortillas. Le contaba de los pájaros que se comían sus tomates. Le contaba cualquier cosa.
Y Chispa escuchaba.
Dos criaturas solas, una de cada lado de una cerca vieja, teniendo una conversación que nadie más oía.
Ramona se sentó en el pasto. La bata que traía puesta se le mojó al instante, pero ni lo registró. Se quedó ahí, con la espalda contra la madera astillada, y por primera vez en semanas no pensó en Marcos. No contó cuántos días llevaba sin verlo. No repasó las excusas que le había dado por teléfono esa tarde, cuando le dijo "bueno, mamá, ahí vemos" y colgó rápido porque estaba manejando.
Pensó en Alicia.
Pensó en que a solo unos metros había otra mujer que también esperaba. No a un hijo. No una visita. Esperaba que la noche llegara para sentarse junto a la cerca y compartir un pedazo de pan con un perro que ni siquiera era suyo.
Ramona se levantó antes del amanecer. No hizo café. Agarró el teléfono y llamó al hospital Saint Joseph, al que se habían llevado a Alicia. La pasaron de un lado a otro. Un hombre le dijo que esperara. Una mujer le preguntó tres veces si era familiar. Ramona contestó que era la vecina, y supo que eso no valía nada. Al final le dieron el número de piso y de habitación.
Después abrió la alacena y sacó las naranjas que había comprado en el supermercado la semana anterior. Las metió en una bolsa de tela. Agarró también un pan de dulce que le sobraba de hacía dos días. Se cambió de blusa, se pasó el cepillo por el cabello y buscó las llaves del carro.
Chispa la siguió hasta la puerta, con esa cabeza ladeada que pone cuando trata de entender algo.
—Tú te vienes conmigo —le dijo Ramona.
El viaje duró veinticinco minutos. Chispa iba echado en el asiento de atrás, sin moverse, serio como rara vez lo veía. Cuando estacionaron frente al hospital, Ramona lo amarró cerca de la entrada, a la sombra de un árbol raquítico.
—Espérame aquí, muchacho —le dijo—. No tardo.
El perro se echó sobre el cemento, sin quitarle los ojos de encima. Con la misma postura de todas esas noches junto a la cerca.
Alicia se veía más pequeña de lo que Ramona recordaba. Acostada junto a la ventana, sin la bata de flores, sin sus chanclas, sin su sillita de plástico, la mujer parecía haberse encogido. Tenía las manos tan delgadas sobre la cobija que se le transparentaban las venas.
—¿Ramona? —dijo, y la voz le salió ronca, como si llevara días sin hablar con nadie.
—Le traje unas naranjas —dijo Ramona, y se sintió ridícula. A una mujer que está en una cama de hospital, lo único que se le ocurre es naranjas.
Alicia sonrió con la mitad de la boca.
—¿Y Chispa?
Ramona no contestó enseguida. Se sentó en la silla de plástico junto a la cama y dejó la bolsa en la mesita.
—Lo dejé amarrado abajo. No me dejan entrar con él.
Hubo un silencio. Después Alicia cerró los ojos, y cuando los abrió tenía el borde de las pestañas mojado.
—Me fui sin avisarle —dijo.
—Él la espera todas las noches. Junto a la cerca.
Alicia movió la cabeza despacio.
—Yo pensé que se iba a olvidar. Los perros no guardan luto, dicen.
—Este sí.
Ramona se quedó una hora. Alicia le contó, sin que ella preguntara, cómo empezó todo. Una noche oyó a Chispa llorar al otro lado de la cerca, porque Ramona había salido al mandado y el perro se sentía solo. Le habló para calmarlo. Y Chispa se calló. A la noche siguiente, Alicia salió a su patio y el perro ya estaba ahí, esperando. Le pasó un pedazo de pan por el hueco de la cerca. Después lo hizo cada noche.
—Me contaba cosas que no le cuento a nadie —dijo Alicia, y soltó una risa corta, como si se burlara de sí misma—. Las cuentas del mes, el dolor de la rodilla, un programa que vi en la tele. Tonterías.
—No son tonterías.
Alicia volteó a verla, y Ramona se dio cuenta de que no la conocía. Habían compartido calle por trece años y recién ahora la estaba conociendo.
Chispa estaba despierto cuando ella volvió. Sentado, tieso, mirando la puerta del hospital. Cuando la vio salir, se levantó y movió la cola una sola vez, como si le alcanzara con confirmar que Ramona seguía ahí.
A la semana siguiente, dieron de alta a Alicia.
Ramona la vio bajar del carro de su sobrino, despacio, agarrándose de la puerta. Llevaba puesto un suéter que le quedaba grande. Pero cuando puso un pie en su patio, Chispa salió disparado desde el porche de Ramona, se pegó a la cerca y empezó a gemir, a mover la cola tan rápido que la madera sonaba toc-toc-toc contra el poste.
Alicia se acercó. Se agachó con trabajo. Metió los dedos por el hueco de la cerca.
—Ya estoy aquí, mi muchachito —dijo—. Ya estoy aquí.
Esa noche, a las diez y diez, Chispa volvió a su puesto. Ramona estuvo a punto de llamarlo. Luego se quedó quieta.
Se sentó en la mecedora del porche, con una taza de café entre las manos, y desde ahí oyó la voz de Alicia, baja, pausada, contándole al perro no sabía qué. Oyó la risa de su vecina, esa risa con una raspadura de fumadora vieja. Oyó a Chispa mover la cola contra la madera.
Y pensó que había estado a punto de perderse eso. De pasarse la vida esperando a un hombre que no venía, mientras la vida ocurría al otro lado de su propia cerca.
Marcos llegó el domingo siguiente. Trajo un pastel de chocolate del supermercado. Se quedó una hora y media, mirando el teléfono cada tres minutos. Habló del tráfico en la interestatal, del trabajo, de Genesis, del viaje que estaban planeando para San Antonio.
A las diez menos cuarto, Chispa se levantó de su cama y se fue al patio, con esa puntualidad que ahora Ramona conocía de memoria.
—¿Y a ese qué le pasa? —preguntó Marcos, mirando al perro alejarse.
Ramona se quedó un rato callada. Podía contarle de las migajas. Del hueco en la cerca. Del hospital. De las noches que ella también se quedó escuchando la conversación a través de la madera. Podía hacerlo.
Pero entonces vio a Chispa echarse junto a la cerca, del lado de Alicia, y supo que no.
—Tiene cosas que hacer —dijo.
Marcos se encogió de hombros y volvió a mirar el teléfono.
Ramona se levantó. Fue a la cocina y volvió con un tupper de arroz con pollo que había hecho en la mañana. Se lo puso a Marcos sobre las piernas.
—Dile a Genesis que le mando esto —dijo—. Ahora, si me disculpas, voy a platicar con mi vecina.
Marcos la miró sin entender. Ramona no le explicó nada más. Salió al patio, cerró la puerta despacio y caminó por el pasto hasta quedar parada a unos pasos de Chispa. Del otro lado, Alicia ya estaba sentada en su sillita de plástico, con un pan blanco sobre las piernas.
—¿Le cuento del doctor? —preguntó Alicia, partiendo un pedazo de pan.
—Cuéntele —dijo Ramona—. Aquí estamos.
Y se sentó en el pasto, junto al perro que no era de una sola casa, y se quedó a escuchar una conversación que llevaba semanas ocurriendo a dos palmos de su puerta, sin que ella jamás hubiera levantado la vista para oírla.