La besé para que escapara de su problema — no sabía que había elegido al mafioso más temido de Miami

Aquella noche en el Faena, yo solo estaba cerrando un trato menor con un concejal. El salón hervía de vestidos caros, champán y la risa falsa de gente que se cree intocable. Mis hombres vigilaban las entradas. Yo llevaba un traje Brioni color pizarra que me había costado once mil dólares y una paciencia de mierda que se agotaba por minutos. Entonces salí al pasillo privado de la terraza interior para hablar con Enzo sobre un cargamento que debía llegar a la bahía antes del amanecer.

El pasillo olía a madera encerada y a jazmín. La alfombra amortiguaba los pasos, pero no pudo ocultar el sonido de unos tacones que corrían. Una mujer apareció doblando la esquina, envuelta en un vestido verde oscuro que no le pertenecía — se notaba en cómo se lo ajustaba con una mano. Venía pálida, con los ojos muy abiertos y la boca entreabierta, como un animal acorralado. Detrás, un hombre con el nudo de la corbata suelto y aliento a whisky gritó: “Valentina, no te hagas la difícil.”

No me miró a la cara. Solo vio un cuerpo ancho, una silueta que podía servirle de escudo. Avanzó, me agarró las solapas y me plantó los labios en la boca.

Me quedé de piedra medio segundo. El beso sabía a lápiz labial barato y a miedo. Le metí una mano en la nuca, le enredé los dedos en el pelo suelto y la sostuve firme. A mi espalda, Enzo ya había sacado la SIG Sauer con silenciador, pero le hice un gesto mínimo con la otra mano. El idiota del pasillo se detuvo a tres metros, vio a mis hombres salir de las sombras con las armas en alto y echó a correr como si lo persiguiera el diablo.

La mujer se apartó jadeando. Tenía los labios hinchados y una mancha de carmín coral en la comisura. “Gracias. Perdón. Ese tipo… no me dejaba en paz, necesitaba que—” Se calló al verme bajo la luz del aplique. Soy Santiago Delgado, y hasta las paredes del condado me conocen. El corte de navaja que me cruza la mandíbula izquierda avisa antes que yo. Mis ojos, según me han dicho, no tienen piedad.

—¿Sueles lanzarte sobre desconocidos en los pasillos oscuros, tesoro? —le pregunté, y mi voz sonó como el ronquido de un motor de ocho cilindros.

Ella tragó saliva, soltó un “fue un error, disculpe” y levantó la falda del vestido prestado para salir corriendo hacia la salida de emergencia. Dejó un rastro de perfume dulzón y el eco de sus tacones.

No pensé volver a verla. Me equivoqué.

Tres días después, Enzo dejó sobre mi escritorio de caoba una fotografía de ocho por diez. La había tomado un fotógrafo del Miami Herald que en realidad trabajaba para Armando Castillo, el cabrón que controlaba las apuestas clandestinas en Hialeah y me debía dos favores y una afrenta. La imagen nos mostraba a mí y a la muchacha del pasillo en pleno beso, con el ángulo justo para que pareciera un encuentro apasionado. En la intimidad de mi estudio, con el aroma del tabaco oscuro flotando en el aire, supe que Castillo iba a usar esa foto para presionarme. La mujer no era nadie: se llamaba Elena Morales, veintisiete años, auditora junior en una firma mediana, con deudas universitarias por encima de sesenta mil dólares y una madre en una residencia en Homestead. Pero para el mundo de Castillo, si yo había permitido que se me acercara tanto, significaba que me importaba. Y lo que a mí me importa se convierte en blanco.

Mandé a Enzo a buscarla. No le pedí permiso.

Ella salía tarde de la oficina, un viernes de lluvia cerrada. El estacionamiento subterráneo olía a humedad y a escape de gasolina. Mi Escalade negro le bloqueó el Honda destartalado. Cuando Enzo la interceptó, ella apretó las llaves del carro y dio un paso atrás. La puerta trasera se abrió y yo la esperé con el expediente sobre las piernas.

—Entre.

Obedeció. Se sentó frente a mí, tiesa como un palo, oliendo a café de cafetería y a miedo fresco. El interior del vehículo tenía aroma a cuero y a mi colonia. Cerré la carpeta.

—Elena Morales. Graduada con honores. Sin antecedentes. Madre enferma. Una vida notablemente aburrida.

—¿Qué quiere? —su voz tembló, pero me sostuvo la mirada.

Le expliqué lo de la foto, lo de Castillo, el juego en el que se había metido sin querer. Que si huía, la interceptarían en el aeropuerto. Que el único modo de protegerla era que fingiera ser mi prometida, se instalara en mi finca de Coral Gables y se dejara ver a mi lado hasta que yo desenmascarara al traidor que le pasaba información a Castillo.

—Me está usando de carnada —dijo, con una lágrima rodándole por la mejilla.

—Le estoy ofreciendo un mes de vida. Luego podrá irse.

Aceptó porque no tenía opción. Y porque yo no suelo dar segundas ofertas.

Las dos semanas siguientes fueron una coreografía de mentiras. Le compré un anillo de compromiso de la joyería de un armenio en Coral Way, un diamante de tres quilates tasado en noventa mil dólares. La llevé a cenas benéficas en la Sociedad de la Orquídea, a subastas de arte en el Pérez Art Museum, a un partido privado de jai alai que organicé en mi propiedad. En público, le apretaba la cintura, le rozaba los labios con el pulgar, le susurraba cosas en español al oído para que los demás la vieran ruborizarse. A solas, apenas cruzábamos palabra. Ella dormía en la suite de invitados con sábanas de mil hilos y una pistola pequeña en el cajón de la mesita. Yo trabajaba hasta la madrugada desmantelando las rutas de lavado de Castillo.

Una noche, después de un evento en el Biltmore, me quedé en el estudio repasando los partes de seguridad. Elena apareció en la puerta, descalza, con una bata de seda y el pelo recogido con una liga cualquiera.

—¿Por qué hace esto, Delgado? —me preguntó—. Podría haberme metido en un avión y olvidarse.

Le serví un Macallan sin hielo. —Porque si Castillo te toca, aunque sea un dedo, todos van a decir que Santiago Delgado no pudo proteger a su mujer. Y en mi mundo, eso es una sentencia de muerte.

—No soy su mujer.

—Esta noche lo eras. Y bastante convincente.

Se acercó y vi cómo le palpitaba la vena del cuello. El ventilador del techo movía el olor a suavizante de su bata. Le di la espalda y me puse a revisar un mensaje de Enzo: habíamos interceptado una señal de un prepago. El topo era Mateo, mi segundo al mando, que le había vendido a Castillo los horarios de mis camiones y la ubicación de la caja fuerte.

Supe entonces que la trampa se cerraría en la gala de la Fundación Vizcaya, dos días después. Castillo iba a estar allí con su séquito. Mateo le había confirmado que yo llevaría a Elena. Era la noche en la que todo reventaba.

Le dije a Penélope —mi estilista— que preparara el vestido rojo, el de escote bajo y abertura hasta el muslo derecho. Le mandé poner una pistolita derringer con cachas de nácar en una pistolera sujeta al muslo. Cuando se la coloqué yo mismo, el roce del metal frío contra su piel caliente nos dejó en silencio a los dos. Aproveché ese instante para mirarla de frente.

—Si algo sale mal, corres hacia Enzo. No hacia mí. Entiendes?

—Entiendo que usted tampoco quiere que me pase nada, Santiago.

Me llamó por mi nombre de pila. Nadie lo hace. Sonó extraño y, al mismo tiempo, demasiado natural.

La mansión Vizcaya estaba iluminada con velas y orquídeas. Los invitados exhibían diamantes y escoltas como quien muestra un bolso nuevo. Entramos cogidos del brazo. El vestido rojo de Elena encendió miradas incluso entre los guardaespaldas. Castillo estaba junto a las columnas del patio, con su pelo plateado engominado y una copa de Château Margaux en la mano. Mateo, a su lado, sudaba.

Nos acercamos. Los corrillos se abrieron sin que nadie diera la orden. Castillo alzó la copa.

—Santiago, qué gusto verte fuera de las sombras. Y ella es… la afortunada, supongo.

—Mi prometida —dije, y la palabra cayó como una losa—. Elena Delgado en breve.

Elena me apretó el antebrazo. No se esperaba ese apellido. Nadie se lo esperaba. Pero el teatro requería elevar la apuesta. Castillo sonrió con suficiencia. Mateo casi derrama el champán.

Entonces Elena se inclinó hacia mí, me acarició la solapa y dijo con una voz dulce como la miel: —Mi amor, hace calor aquí. ¿Podrías pedirle a Mateo que nos traiga algo de beber?

Mateo se quedó blanco. Sus dedos temblaron camino a la solapa, buscando el arma. Elena lo miró directo a los ojos, y en esa mirada no había miedo: había la seguridad de quien ya sabe que el traidor está sentenciado.

Mateo desenfundó. No me apuntó a mí —sabía que no le daría tiempo—, sino a Elena. Le agarró del brazo desnudo y le puso el cañón en la sien.

—¡Nadie se mueva! —gritó, mientras los invitados se tiraban al suelo y las copas estallaban contra el mármol.

Enzo y mis hombres tenían línea de tiro, pero no podían disparar sin arriesgarla a ella. Yo me quedé inmóvil, con la rabia ardiéndome por dentro. Verla así, con el vestido rasgado y el metal hundiéndole la piel, me hizo sentir algo que no sentía desde que era un chaval en La Pequeña Habana: miedo. Y odio. Pero sobre todo, un deseo brutal de arrancarle la cabeza a Mateo con mis propias manos.

—Suéltala —mi voz fue un susurro que heló el salón—. Un solo tiro en la cabeza si lo haces. Diez si no.

Mateo retrocedía hacia los ascensores de servicio. Castillo, protegido por sus matones, se reía. Pero Elena hizo algo que no esperábamos. Dejó caer todo el peso de su cuerpo de golpe, se dobló como un trapo, y la inercia desestabilizó a Mateo lo justo para que su mano resbalara. Ella metió la mano bajo la abertura del vestido, sacó la derringer, apuntó hacia arriba sin mirar y disparó. El estampido reventó los tímpanos. La bala le entró a Mateo por el hombro y le destrozó la clavícula. Cayó al suelo chillando y soltó la pistola.

Antes de que el cuerpo tocara el suelo, yo ya estaba moviéndome. Crucé la pista de baile con la SIG en la mano, esquivé a un guardaespaldas y vacié el cargador sobre Castillo. Tres tiros al pecho. Cayó sobre la fuente de champán, manchando todo de rojo.

Enzo y los míos limpiaron la sala en veinte segundos. Yo agarré a Elena del talle, la arrastré detrás de una columna mientras las sirenas empezaban a ulular a lo lejos.

—¿Te hirieron? —le revisé los brazos, el cuello, las costillas. Mi mano derecha quedó teñida con la sangre de Mateo que le había salpicado el vestido.

—No —tenía la derringer vacía en una mano y la otra aferrada a mi chaqueta—. Usted me dijo que fingiera que le pertenecía. No iba a dejar que me llevaran.

La besé. Sin cámaras, sin testigos, con el sabor a pólvora y a lágrimas entre los dos. Fue un beso de verdad, desesperado y ardiente. Cuando nos separamos, apoyé la frente en la suya y respiré hondo.

—Se acabó, Elena. Castillo está muerto. Mateo también. Ya no hay amenaza.

Metí la mano en el bolsillo interior de la chaqueta y saqué un sobre abultado. Se lo puse en el regazo. Dentro había un pasaporte nuevo, una tarjeta de crédito con cincuenta mil dólares, un boleto de avión a Madrid y la llave de un apartamento en Sol a su nombre. Todo limpio. Sin rastro mío.

—Enzo te lleva al aeropuerto ahora mismo. Puedes volver a tu vida.

Ella miró el boleto, la llave, y luego me miró a la cara. La sangre se le estaba secando en el escote y aún tenía el pelo revuelto de la pelea. Vi cómo sus dedos rozaban el anillo de compromiso que le había puesto en la primera semana.

—Santiago Delgado —dijo, con la voz quebrada pero firme—, ¿esto es lo que usted cree que quiero?

—Es lo que mereces. Una vida sin mi mundo de mierda.

Entonces hizo lo que yo no esperaba. Arrancó el boleto de avión en dos, luego en cuatro, y dejó caer los pedazos al suelo. Agarró la llave del apartamento en Madrid, la tiró por encima del hombro y me tomó la mano izquierda. Se quitó el anillo falso que yo le había dado al principio —un diamante de imitación que usamos para las primeras fotos— y me lo devolvió. Luego, sin apartar los ojos de los míos, deslizó la sortija de compromiso real, la de noventa mil dólares, hasta el nudillo del dedo anular.

—Usted me metió en esto —dijo—. Ahora me quedo.

Le agarré la nuca, la besé otra vez, y entre dientes, casi sin voz, le dije: —No sabes la tormenta que acabas de aceptar, mi niña.

—Lo sé —respondió, y por primera vez en todo el mes, sonrió de verdad—. Pero esta vez no voy corriendo.

Enzo arrancó el Escalade. La lluvia se llevó la sangre del mármol mientras nosotros nos perdíamos en la noche de Miami, camino a casa.

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