La mujer que fue por un solo gato

Dicen que cuando uno se queda solo, la casa crece. No en metros cuadrados — en silencio. Y fue eso exactamente lo que me pasó a los cincuenta y cuatro años, cuando mi hija Mariana se casó y se mudó a San Antonio, y el eco del velorio de Ricardo todavía rebotaba entre las paredes.

Al principio no cocinaba. ¿Para quién? Una taza de café recalentada a las siete de la mañana, un pan duro a las tres de la tarde. Regresaba del trabajo a un departamento en Phoenix que olía a limpio, a cloro, a nada. Los vecinos se saludaban en el estacionamiento, las familias arrastraban hieleras los sábados, los niños corrían por el pasillo con tenis nuevos. Y yo me sentaba frente a la televisión apagada para no ver la pantalla negra reflejando una mujer que ya no se movía.

Fue Raquel, la vecina del 3B, la que un martes me dijo mientras le prestaba una extensión eléctrica:

—Mira, Yolanda. Cómprate un gato. O dos. Estás hablando con las plantas, y ni siquiera tienes plantas.

Me dio risa. Y el jueves siguiente estaba en la página del refugio del condado, deslizando fotos de gatitos con el pulgar mojado de lágrimas que no supe que había llorado.

El refugio quedaba junto a la interestatal, en una nave de lámina con ventiladores industriales y olor a desinfectante de pino. La voluntaria, una muchacha de cejas tupidas que se llamaba Ximena, me llevó por los pasillos de jaulas. Cada vez que se detenía a acariciar un lomo, el ventilador le movía el fleco y ella hablaba de los animales como si fueran primos suyos.

—¿Busca cachorro o adulto? Los adultos son más tranquilos. Casi nadie los quiere. Todos vienen por los chiquitos, usted sabe.

—Uno chico —dije, con la voz de quien había ensayado la respuesta en el coche—. Nomás uno. No me puedo con más.

Estaba decidida. Un gato gris o naranja. Tierno, sí, pero calmado. Que no rasguñara el sillón que Patricia, mi comadre, me regaló en Navidad y que todavía olía a forro nuevo. Entré por uno y salía con uno.

Y entonces los vi.

Estaban en la jaula del rincón, pegados como si los hubieran metido a presión. Dos gatos atigrados, tal vez de seis meses, con los ojos azules de un color imposible para esa hora de la tarde. El más flaco se levantó en dos patas y se colgó de la rejilla, estirando las manitas hacia mí. El otro no se movió. Se quedó atrás, con la cabeza baja, mirándome como se mira a alguien que uno sabe que no se va a quedar.

—Ah no, esos son pareja —dijo Ximena—. Hermanitos. Los dejaron en una caja en un estacionamiento de Walmart. No los podemos separar, se mueren de tristeza.

Di un paso atrás.

—No. Dos no puedo. Vengo por uno.

—Claro. Le enseño los otros.

Me enseñó tres más. Un naranja que ronroneaba como una licuadora descompuesta. Una negra de ojos verdes que se enredaba entre mis tobillos. Un blanco, ciego de un ojo, que dormía con la pata sobre la cara. Y a cada uno lo cargué, le pregunté su historia, le rasqué detrás de las orejas. Pero mis ojos se iban solos al rincón. Al flaquito de las manitas estiradas. Al otro, que seguía con la cabeza baja, como si ya me hubiera despedido.

No sé por qué, pero no podía.

—¿Puedo ver otra vez a los hermanitos? —oí mi voz antes de mandar callar a mi orgullo.

Ximena sonrió con la boca chiquita, como si supiera que yo ya estaba perdida y solo me faltaba darme cuenta. Abrió la jaula. El flaco se subió a mi brazo sin permiso, se pegó a mi axila y empezó a ronronear. El otro se acercó despacio. Me olió el dorso de la mano. Luego apoyó la frente en mi muñeca, cerquita de donde me llega el pulso, y no se movió.

Dos cuerpos tibios. Dos respiraciones chiquitas contra mi pecho. Dos miradas azules que no pedían nada y ya me lo habían pedido todo.

—Usted dijo que solo uno —me recordó Ximena mientras yo firmaba los papeles con una letra que no parecía mía—. ¿Está segura?

—Estoy segura de lo que siento. No de lo que dije.

Compré en la tienda de la esquina una caja de arena, dos platos de plástico azul, una bolsa de 25 dólares de croquetas de salmón que no sabía si les iban a gustar. En el camino a casa, con la jaula en el asiento del copiloto, el flaco no paró de maullar. El otro iba callado, con los ojos fijos en mí por entre los barrotes.

Nadie me preguntó por los nietos. Ese era un lujo que ya no me daba la vida.

Esa noche rompí mi propia promesa. Los dejé entrar. A los dos. A mi cama, a mi cobija, a ese espacio tibio que Ricardo dejó vacío y que yo creía que ya no se podía volver a llenar. El flaco se llamó Tito, y a las diez ya había descolgado la cortina de la sala. La otro, más callada, la llamé Lucila, y la encontré a medianoche dentro de una caja de zapatos, dormida sobre mis recibos de luz hechos bolas.

Ay, Dios mío, cuánto la regañé esa noche. Y cuánto la abracé.

Dicen que uno adopta una mascota y le salva la vida. A veces pienso que a mí me salvaron ellos. A los tres días volví a cocinar, porque Tito me miraba con una cara de huérfano que me hacía partirle un pedacito de pollo. A las dos semanas volví a cantar en la regadera, desafinada, como siempre, pero cantando. Y a las tres semanas, cuando Raquel me tocó la puerta para cobrarme dos pesos de una apuesta de fútbol, me encontró tirada en el piso de la sala.

No muerta. Jugando. Con una bolita de estambre que me había costado un dólar en el mercado de la 27.

—¿Y luego? ¿No que comprabas uno? —me dijo, con una ceja levantada y los brazos cruzados como si me hubiera pillado en una infidelidad.

—Era una oferta —contesté, sin aguantarme la sonrisa—. Llévate dos y el estambre te sale gratis.

Raquel se agachó a moverle una varita con plumas a Lucila. Y Lucila, que era la más desconfiada, se dejó acariciar por ella. Y yo sentí un calor chistoso en el estómago, un orgullo raro, como si mis gatos le hubieran dado visto bueno a la única amiga que me quedaba.

Ahora son las once de la noche y escribo esto con Tito dormido en el teclado de la computadora que ya no uso y Lucila mirando por la ventana la luna llena que se asoma detrás de la palmera del estacionamiento. El sillón nuevo ya tiene dos raspaduras, las cortinas de la sala no cierran bien, y hay arena de gato en la junta de las baldosas del baño y también en la oreja del teléfono. No me importa.

La soledad no era la quietud de la casa. Era no tener a nadie que te obligara a levantarte a abrir una lata de comida a las seis de la mañana.

Y aquí ando. Con dos testigos azules que no me quitan los ojos de encima.

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