El calor del desierto de Sonora todavía palpitaba en las piedras, incluso una hora después de que el sol empezara a caer detrás de las montañas de Tucson. Maricela terminó su turno en el centro de salud comunitario de la South 6th Avenue, se desató el cabello recogido y decidió no ir directo a casa. Necesitaba el aire seco del cañón para despejar la cabeza después de un día de papeleo y quejas. No era un sendero difícil, el de Pima Canyon, al menos el primer tramo que ella se sabía de memoria. Avanzó entre ocotillos y chumberas, con el arrullo constante de las palomas de alas blancas como única banda sonora.
A unos dos kilómetros del estacionamiento, donde el sendero se estrecha entre rocas erosionadas, un destello blanquecino en el suelo le llamó la atención. No era una rama. Era una serpiente. Una de cascabel de diamante del oeste, de casi metro y medio, de un tono arena y blanco tan puro que parecía una pieza de joyería polvorienta. Pero se movía de una manera extraña, en un vaivén angustioso y sin ritmo. Estaba enredada. No entre ramas, sino en una vieja línea de pesca de nailon fluorescente, abandonada por algún imprudente. El hilo, casi invisible a plena luz, se había tensado hasta cortar la áspera piel escamada del animal varias vueltas. Cuanto más tiraba la serpiente, más se hundía la trampa sintética en su carne.
Maricela se quedó quieta. Sabía la regla de oro del desierto, la misma que le enseñó a sus hijos cuando llegaron de Hermosillo: no te metas con la fauna. Menos con una víbora de veneno hemotóxico que puede inyectar una dosis letal en un abrir y cerrar de ojos. Su instinto básico le gritó que caminara de vuelta mirando al suelo y fingiera no haber visto nada. Así lo haría cualquiera. Dio dos pasos para continuar la marcha, pero se detuvo por completo al oír un chirrido seco, como de lija sobre plástico, que la serpiente emitía al rozar sus duras escamas contra la única roca que tenía cerca. No era un ataque, era un estertor de puro agotamiento.
Bajó la vista hacia su propia mano derecha. Tenía una cicatriz en la palma, un recuerdo de una cortada con un alambre de púas hace once años, ayudando a su abuelo a reparar un corral. Se había curado sola, con sábila y trapos limpios, porque la sala de urgencias más cercana quedaba a cuarenta millas. Esa cicatriz le mandaba una señal más fuerte que el miedo. Pensó en el bote de basura del centro de salud, lleno de vendas sucias, y en lo absurdo que era ignorar una herida.
Respiró hondo, se agachó a unos tres metros de la serpiente y se quitó el cinturón sin hacer ruido. Con la hebilla metálica, podía intentar enganchar la línea y romperla. La serpiente, al sentir la vibración, levantó la cabeza de músculos tensos y la cola comenzó a sonar: un zumbido agudo y electrizante que llenó el estrecho paso de rocas. Pero no atacó. La boca abierta no buscaba su pierna, sino aire. Tenía los ojos velados, a punto de mudar la piel, una fase en que son más vulnerables y ven muy poco.
Maricela introdujo la punta de la hebilla entre el nailon y la tierra, justo donde el hilo se anclaba en una grieta. Hizo palanca hacia arriba. El nailon, viejo y quebradizo por el sol de verano, a mil quinientos metros de altitud, no resistió un tercer movimiento. Se partió con un chasquido sordo. La presión cedió de golpe. La serpiente, sintiendo la libertad, dejó de emitir el zumbido de advertencia al instante. Se quedó quieta.
Un suspiro salió de los labios de Maricela. Se pasó el dorso del antebrazo por la frente llena de sudor, aliviada de que todo hubiera terminado sin incidentes. Fue en ese breve parpadeo de autocomplacencia, en ese segundo de "lo logré", cuando el animal repentinamente lanzó un golpe seco y sin previo aviso. No fue una mordida completa, fue un roce defensivo, un coletazo a ciegas producto del shock de la liberación, pero sintió un ardor instantáneo en el tobillo izquierdo, justo por encima de la lona de su zapato deportivo derecho. La sangre caliente le empapó el calcetín antes de que pudiera gritar.
Aquello no fue lo peor. Lo que la heló fue el segundo zumbido, mucho más agudo, que venía de un pequeño promontorio de granito junto al tronco caído de un mezquite. Una segunda serpiente, más pequeña, quizás un macho que había estado rastreando a la hembra enredada, salió de su escondite enfurecida por el olor a sangre. En el cañón, no había espacio para correr. Maricela trastabilló hacia atrás, cayendo sobre la gravilla, y sintió cómo se le aflojaba el talón del zapato izquierdo, ya salpicado de sangre. De haber estado de pie, con el tobillo más expuesto, la mordedura habría sido en el gemelo.
Se quedó inmóvil, con la espalda pegada a la roca y el corazón queriendo romperle las costillas. La serpiente que había salvado, liberada ya del nailon y con el cuerpo lleno de surcos, empezó a deslizarse despacio, sin mirar atrás, entre los matorrales de chamiso. La segunda, tras un minuto de amenaza silbante, la siguió, desvaneciéndose en la creciente oscuridad del sendero.
No iba a pedir ayuda a gritos. Estaba a casi dos kilómetros del auto y no había cobertura en el fondo del cañón. Se incorporó con la cara desencajada, apoyándose en un palo seco que encontró en el suelo. La herida seguía sangrando, pero no era profunda. Sin embargo, no sabía si los colmillos le habían inyectado veneno o si solo era un rasguño mecánico. La enfermera en ella tomó el mando: nada de correr, nada de torniquetes apretados que pudieran concentrar el veneno en un solo punto y pudrir el tejido. Había que mantener la pierna quieta, el pie más bajo que el corazón para no acelerar la circulación de vuelta al pecho, y caminar solo lo indispensable, despacio, respirando por la nariz.
Se sacó la agujeta del zapato derecho, el que todavía tenía puesto con firmeza, y la usó para atarse una férula improvisada con el palo seco a lo largo de la pantorrilla izquierda, inmovilizando el tobillo sin apretar la circulación. Se quitó el zapato izquierdo, ya inservible con el talón suelto, y avanzó descalza de ese lado, apoyándose en el palo como bastón, con el pie herido siempre un poco adelantado y bajo, nunca en alto. Cada veinte pasos se detenía a respirar y a comprobar que no le temblaran las manos.
Al llegar a la curva donde se veían las luces lejanas del vecindario Starr Pass, se quitó la gorra de béisbol de los Diamondbacks y la colgó bien visible en la rama de un sahuaro, apuntando hacia el lugar exacto del incidente. Por si alguien, mañana, quería saber dónde había empezado todo.
Tardó cuarenta minutos en llegar al estacionamiento, cojeando y deteniéndose cada tanto para no forzar el pulso. Ya en el Honda Civic azul, se sentó de lado en el asiento del conductor, con la pierna izquierda estirada sobre la consola central para mantenerla elevada por debajo del nivel del corazón mientras arrancaba el motor con la derecha. Manejó con el tobillo apoyado en el borde del asiento, usando el pie derecho para el acelerador y el freno, quince minutos hasta el Banner University Medical Center, parando dos veces en el semáforo de la Craycroft para revisar que la piel alrededor de la herida no se pusiera morada.
La noche del desierto bajó rápido. A las diez y media, tras cinco horas de observación en la sala de urgencias, no había hinchazón mayor, ni necrosis, ni síntomas neurológicos. El doctor que la atendió, un tipo joven que no paraba de mirar los bordes cortados del nailon que Maricela le había mostrado, dijo que había tenido suerte, y que había hecho exactamente lo que se debía hacer con una mordedura de cascabel: nada de torniquete, inmovilización y calma. La suerte de los tontos con instinto de enfermera, pensó ella al salir.
No regresó a casa en un taxi. Condujo ella misma de vuelta al estacionamiento del Pima Canyon a las seis de la mañana siguiente, cuando el filo de la luz dorada apenas rozaba las cumbres. El motor del Honda se quedó apagado frente al mismo letrero de la entrada. El dolor en el tobillo vendado era solo un recordatorio punzante. Sacó del asiento trasero la bolsa de nailon fluorescente que había recogido del suelo la noche anterior —la misma trampa— y un rollo de cinta adhesiva de la guantera. Cojeando de nuevo hacia el inicio del sendero, apoyada en el mismo palo, pegó un cartel improvisado en el poste del registro de excursionistas. Decía, escrito con marcador negro sobre el cartón de una caja de cereal: "Cuidado. Serpientes de cascabel en muda. No molestar." Debajo, pegó con la misma cinta el pedazo de hilo enredado.
Se quedó un momento mirando cómo el cartón se pegaba bien al poste de madera, presionando las esquinas con el pulgar hasta que no quedó ninguna burbuja de aire. Luego dio media vuelta, subió al Honda con el tobillo vendado por delante, y arrancó rumbo a la ciudad.