Nunca me gustó esa casa en Albuquerque. La rentamos porque era lo único que alcanzaba después de que Eric se largó cuando yo tenía siete meses de embarazo, y las escrituras de mi tía Clara, que en paz descanse, todavía estaban en la corte del condado de Bernalillo. Mi tía Ramira fue la primera en decírmelo:
—Ese lugar tiene algo, mija. Yo no sé qué, pero algo. Las paredes rezuman.
Yo me reí. Pero dos semanas después de mudarme con Diego, ya no me reía.
Lo primero que noté fue que Laika no dormía conmigo. Desde que era una bolita de pelo café en el refugio de Eastside, dormía a mis pies. Ahora, en cuanto yo apagaba la luz, ella se iba al cuartito de Diego. Se echaba justo entre la cuna y la pared del fondo, donde la pintura hacía una burbuja del tamaño de una cara. Y se quedaba ahí tiesa hasta que el sol empezaba a asomar por las Persianas Náuticas de la ventanita.
Yo pensé que era celos, o que el llanto del bebé la ponía nerviosa. Mi tía Ramira me metió más veneno:
—Los perros huelen la muerte, Claudia. Tu mamá tenía uno igualito que le ladraba a la pared del cuarto de tu abuelo. Es la señal de San Pascual Bailón, te lo digo yo. Algo no está limpio.
El viernes, cuando Diego cumplió tres meses, me armé de valor y puse mi celular viejo en la repisa del librero, con la cámara apuntando a la cuna. Lo conecté a una extensión y lo dejé grabando toda la noche. Tenía el corazón en la garganta. No dormí ni diez minutos.
A las seis de la mañana, con el biberón en una mano y Diego en el otro brazo, le di play al video. Mi tía estaba en la cocina calentando agua para el café de olla. Al principio no se veía nada: solo la respiración de Diego y los reflejos de los carros que pasaban por Central Avenue, a lo lejos.
Luego, a las dos y cuarto, Laika se levantó de golpe. No fue un movimiento normal de perro somnoliento. Fue de resorte. Las orejas pegadas al cráneo. El lomo erizado como un cepillo.
Del respiradero del calentador —un ducto viejo en la pared que la casera me dijo que estaba "descontinuado"— empezó a salir una sombra alargada. Luego otra. Y otra.
No eran ratas del desierto, de esas flacas y rápidas. Eran enormes, de esas de alcantarilla que uno ve en los canales de drenaje por la Isleta. Ratas noruegas, me dijo después el del control de plagas. Cuatro, cinco, ya perdí la cuenta.
La primera corrió directo a la cuna. Escuché el chillido agudo, ese que te pela los dientes, cuando Laika la agarró por el lomo y la sacudió como un trapo. Otras dos se dispersaron hacia la cómoda. La perra no ladró ni una sola vez. Solo trabajaba en silencio. Su cuerpo era una barrera nerviosa y caliente entre los roedores y las barras de la cuna donde Diego dormía con el puño apretado.
Se tardó casi cuarenta minutos en arrinconarlas. No las dejaba pasar. Las guiaba a mordidas cortas, sin juego, pura amenaza de canino, de vuelta al ducto. Una de ellas llegó a trepar por la pata de la cuna; Laika la interceptó en el aire. La golpeó con el pecho. La tiró al suelo y la siguió hasta que la rata desapareció por la rejilla metálica.
Mi tía Ramira, que se había asomado por detrás de mí con la taza, soltó un "ave maría purísima" que todavía me retumba. Yo no podía soltar a Diego. Lo apreté más fuerte, oliendo su cabeza a jabón de manzanilla, y las lágrimas me rodaban por la nuca sin hacer ruido.
Llamé a Félix, el hermano de mi vecina, que tiene su camioneta RAM 1500 y se dedica a la construcción. Es un tipo callado y honesto. Vino en veinte minutos. Le mostré el video y se quedó pálido.
—Voy a necesitar la sierra.
Levantó tres duelas del piso cerca del respiradero. Lo que había debajo era un colchón de mugre, excremento seco, pedazos de aislante, huesos pequeños y bolsas de plástico roídas. Un nido activo de más de un año, dijo Félix, que se comunicaba directamente con el calentador antiguo que perforaba la solera y daba acceso desde el suelo de tierra. Los roedores salían solo de noche, cuando la temperatura del motorcito del calentador bajaba. Diego dormía a menos de un metro del agujero.
El equipo oficial de la ciudad de Albuquerque vino a las tres horas. Tuve que pagar ochocientos cincuenta dólares. Mi tía Ramira puso la mitad sin que yo se lo pidiera, con la condición de que le dejara hervir romero en todas las ventanas.
Esa noche, después de que Félix sellara el hueco con cemento hidráulico y malla de acero, y de que un muchacho de la compañía de control de plagas inyectara un gas que olía a azufre, me senté en el suelo de la duela nueva, con las piernas cruzadas. Laika estaba echada a mi lado, con la cabeza sobre mi muslo. Le palpé las costillas; tenía una rozadura en el hocico que no había visto en el video. Se la limpié con un algodón y agua oxigenada. Ella ni se quejó.
Fui a la cómoda y saqué una carpeta. Ahí estaba el borrador del documento que había escrito a mano, con la letra temblorosa, antes de decidir poner la cámara: *"Se busca nuevo hogar para perra de dos años, raza pitbull azul. Motivo: conducta impredecible cerca del bebé."*
Lo rompí en seis pedazos y los quemé en la hornilla de la estufa, uno por uno, mientras Laika me miraba con sus ojos de miel desde el marco de la puerta de la cocina. El olor a papel quemado se mezcló con el del café de olla de mi tía. Después agarré a Diego, le di su biberón, y me fui a la computadora.
Transferí ochocientos cincuenta dólares exactos de mi cuenta de ahorros del Wells Fargo a la clínica veterinaria del sur de la ciudad. Compré el paquete anual más caro: vacunas, limpieza dental, radiografías y consultas ilimitadas por doce meses. Eran las dos y cuarto de la mañana cuando la transferencia se completó.
Esta mañana mi tía Ramira trajo pan dulce del Golden Crown. La vi mirar el ducto sellado y santiguarse. Dejó dos veladoras en la ventana y un plato con agua bendita bajo la cuna. No le dije nada.
Laika, mientras tanto, sigue durmiendo en el cuarto de Diego. Solo que ahora tiene una cama nueva, de memory foam, justo al pie de la cuna. Cuando paso de puntillas para verlos, ella no me mira: mantiene los ojos fijos en la pared, las orejas en alerta suave y el hocico apoyado entre las patas.
El respiradero no se ha movido. Pero ella lo sigue vigilando.