El departamento, en el tercer piso de un edificio sin elevador, amanecía patas arriba. La niña, Ava, de cinco años, había regado sus juguetes como una metralla de plástico por la sala. El fregadero acumulaba platos desde el jueves. Valeria salía de casa a las seis y media cada mañana para dejar a la niña en la guardería y tomar la autopista IH-35, donde el tráfico era una bestia insaciable. Regresaba a las siete de la noche, agotada, con la batería social por los suelos y los nervios a punto de reventar.
El sábado, cuando por fin alcanzaba una hora extra de sueño, su hija le metía un dedo en el ojo. Así empezaba todo. Valeria preparaba el desayuno mientras veía cómo la pequeña Ava embarraba mermelada en la mesa recién limpiada el viernes. Tras la comida, siempre el mismo ritual: obligarla a vestirse para ir al parque. La niña pataleaba, lloraba a moco tendido, se arrancaba el vestido de princesa. En el parque, columpio va, resbaladilla viene, Valeria le rogaba por ir al H-E-B. Al salir del súper, cargada con dos bolsas que le cortaban la circulación de los dedos, Ava entendía que la diversión se terminaba y armaba una pataleta en el estacionamiento, a pleno sol de mediodía texano.
Para colmo, la única ayuda que Valeria recibía en casa era la de su hermano menor, Rigo, que vivía con ellas desde que se quedó sin trabajo. «Yo cuido a la niña, hermana, pero no me pidas que limpie el baño. ¿Qué tal si me hablan para una entrevista y yo estoy todo sudado? Esa no es mi batalla», decía desde el sofá, sin despegar los ojos de la pantalla del celular. Ella se mordía la lengua. A veces soñaba con lanzarle la escoba por la cabeza.
Ese sábado en particular, el calor ya apretaba fuerte. Valeria estaba trapeando la cocina, con las rodillas dolidas por el piso de loseta fría, cuando el celular de Rigo vibró.
—Oye, Val, ¿recuerdas a Marisela y Javier, los de Houston?
—Claro, tus amigos de la universidad.
—Van a venir mañana. Les dije que se quedaran aquí el fin de semana, para no gastar en hotel. Llegan como al mediodía.
Valeria sintió que el piso se abría bajo sus pies.
—¿Qué? ¿Estás loco? ¡Mira cómo está esto! No he terminado de organizar, ni tengo comida para invitados, ¡y me avisas con un día! —le espetó, apretando el trapo en un puño.
—Ay, mujer, no es para tanto. Ellos son buena onda. Además, podemos pedir pizzas y ya.
Pero para Valeria no era «pedir pizzas y ya». Se crió en una familia mexicana donde recibir visitas con las manos vacías o con la casa sucia era una deshonra. No podía permitir que Marisela pensara que era una dejada. Soltó el trapo, se subió a una silla y empezó a bajar la vajilla del aparador que no usaba desde Navidad pasada. Las copas tenían una película de polvo grasiento. Los cubiertos del cajón mostraban manchas de agua seca. Las ollas estaban manchadas de sarro por el agua dura de San Antonio.
—Rigo, deja el teléfono y ponte a tallar esto. ¡No me importa si suda la gota gorda! —gritó ella, señalando una pila de sartenes que parecían salidos del taller mecánico de su ex.
El domingo amaneció húmedo. Valeria madrugó a preparar un guisado de puerco en chile colorado, arroz y frijoles charros. La casa olía a gloria. Rigo, con cara de mártir, pasaba la aspiradora mientras Ava bailaba a su alrededor. A las doce en punto, el timbre sonó. Valeria se secó las manos en el mandil, respiró hondo y abrió la puerta con una sonrisa radiante, lista para el abrazo.
Pero la sonrisa se le fue apagando conforme veía lo que traían en las manos. Javier cargaba una hielera grandota de las que se llevan al tailgate. Marisela venía detrás con una bolsa de mandado de tela, de la que asomaban paquetes de pan Bimbo.
—¿Y esto? Pasen, pasen… ¿pero por qué traen todo eso? —preguntó Valeria con un nudo en la garganta.
—¡Ay, amiga, no te me vayas a ofender! —se apresuró a decir Marisela, dejando la bolsa en la mesita de la entrada para abrazarla—. Pero nosotras venimos con todo lo nuestro. Traemos hasta agua y la botana, así no te estresas. Mira, yo hice lasagna, un poco de tinga…
—Pero Marisela… —Valeria se quedó viendo cómo la mujer iba sacando tuppers, cubiertos de plástico, un termo de café e incluso un rollo de papel de baño—. ¿Trajiste papel higiénico a mi casa?
Javier soltó una risa nerviosa, rascándose la nuca.
—Es que, verás, es una costumbre nueva. Desde que pasó lo de mi prima Diana, ya no podemos llegar a casa ajena sin provisiones.
Valeria se cruzó de brazos. La sangre le hervía. Aunque Marisela insistía en que no era por ella, la acción le parecía un insulto directo. ¿Acaso creían que ella era una muerta de hambre? ¿Una tacaña?
—Siéntense y cuéntame esa historia —dijo Valeria, con la voz un poco tensa—. Porque de verdad, no sé si sentirme ofendida o preocupada por ustedes.
Se acomodaron en la mesa del comedor. Valeria sirvió el guisado, que estaba en su punto exacto, y una jarra de agua de jamaica, mientras Marisela y Javier se servían el café de su propio termo. Ava, ajena al drama, jugaba con un muñeco que la visita le había regalado.
—Mira —empezó Marisela, revolviendo su café—, hace como ocho meses fuimos a visitar a mi prima Diana y su esposo a Laredo. Ellos tienen dos niñas y acababan de comprar casa. Quedamos en vernos un sábado en la tarde. Salimos de Houston con el tiempo justo. El viaje se complicó por las obras en la carretera y llegamos a Laredo ya de noche, muertos de hambre. De camino no paramos porque queríamos cenar con ellos, ¿no? pues para convivir.
Valeria asintió, sirviéndole frijoles a Javier.
—Cuando entramos a la casa —continuó Marisela—, olía delicioso, pero resultó ser una vela aromática. En la cocina no había nada. Pero nada, nada. Abrí el refrigerador por inercia, y solo tenía un bote de catsup y unas tortillas tiesas. Ni un huevo. Y ya eran las nueve de la noche. Las niñas brincaban como chivitas, nadie las mandaba a dormir.
—Ay, no… —murmuró Valeria.
—Yo pensé: «seguro ya pidieron algo». Pasó media hora, una hora. A mí me rugía el estómago, sentía que me iba a desmayar. Diana, encantada de la vida, nos dijo: «Oigan, ¿vamos al parque? así conocen la colonia». ¡A las diez y media de la noche! Y yo, con el ojo cuadrado del hambre.
Valeria se llevó la mano a la boca. Conocía esa sensación de cortesía tóxica, pero jamás la aplicaba en su casa.
—Total, salimos. Caminamos como idiotas por el fraccionamiento hasta que vi un seven-eleven abierto. Me metí como alma que lleva el diablo y me compré una dona glaseada y un jugo. Cuando salí, le di una mordida, y en eso, las hijas de Diana se me quedaron viendo… con una cara de hambre que me partió el alma. Literal, como si no hubieran comido en todo el día.
—¡No inventes! —exclamó Rigo, que se había sentado a escuchar.
—Les partí la dona a la mitad. Diana solo se reía: «Ay amiga, es que estos chamacos son bien tragones». De regreso, pasamos a un supermercado que estaba abierto las veinticuatro horas. ¿Y sabes qué compró mi prima para la cena? Papas fritas congeladas. Dijo que las iba a meter al microondas. Yo ya iba al borde del colapso, así que compré pechugas de pollo, verduras… pensando en hacerme algo. Pero resulta que su estufa llevaba un mes descompuesta. ¡Un mes, Valeria! Así que metí el pollo en su congelador y ahí se quedó. Cenamos papitas y a dormir.
Valeria se quedó mirando el festín que ella misma había cocinado. Su guisado humeaba, nadie lo había tocado. Sintió un vacío en el pecho, un agravio latente.
—Ay, Marisela —suspiró Valeria, limpiándose una migaja de la mesa—. Entiendo lo de tu prima. Pero, ¿yo qué culpa tengo? En todos los años que tenemos de conocernos, ¿alguna vez te he recibido con las manos vacías? Hemos organizado baby showers, cumpleaños, hasta el velorio de mi mamá y nunca te pregunté si traías sopa instantánea en la bolsa. ¿Qué concepto tienes de mí?
—No te enojes, Wera —intervino Javier, usando el apodo cariñoso.
—Claro que me molesta —replicó Valeria, sin alzar la voz pero con una firmeza que retumbó en la sala—. Porque el problema no es la dona, ni el pollo. El problema es que, por lo que sea, ustedes vieron mi casa, mi nombre en el celular, y pensaron: «Mejor llevemos todo, no vaya a ser que salga como Diana». Me pusieron al mismo nivel.
—No, Val, espérate —Marisela soltó la cuchara, con los ojos aguados—, no es al mismo nivel. Es que esa noche en Laredo sentí algo horrible. Sentí que no me querían allí, o que no les importaba lo suficiente como para prender el horno. Y me juré no volver a pasar por eso. Pero tienes razón, contigo no es. Es un trauma mío, y te lo acabo de restregar en la cara sin querer.
—Pues ya no lo hagas, tonta —dijo Valeria, destapando la olla del guisado, que soltó un aroma embriagador—. Porque te perdiste el hambre para disfrutar mi comida de verdad. Ahora van a comer doble, para compensar.
Marisela soltó una carcajada nerviosa, y la tensión se rompió. Javier aplaudió, Rigo destapó dos cervezas de la hielera que, sorpresivamente, traían los invitados, y Ava pidió que le pusieran la lasaña de tía Marisela.
—Pero eso sí —sentenció Valeria, masticando un taco de guisado mientras el sol de la tarde texana entraba por la ventana—, ese papel de baño y el pan Bimbo te los llevas de vuelta. Que aquí no es zona de desastre.
—Está bien, está bien —rio Marisela, alzando las manos en señal de rendición.
A la mañana siguiente, cuando se despidieron, Valeria les llenó una bolsa con tamales de dulce que le habían sobrado, un tupper con frijoles y una piñata en miniatura para las niñas de Diana.
—Toma, llévale esto a tu prima. Y dile que si lo vuelve a hacer, la próxima visita me la traigo para acá. A ver si come bien por una vez en su vida.
Marisela guardó la bolsa en el coche, se limpió una lágrima traicionera con el dedo y le dio un último abrazo a Valeria.
—La próxima vez, no traemos nada. Ni la sombra.
—Exacto. Porque para eso es la familia y para eso son los amigos. Para tener hambre juntos y resolverlo, no para cargar la despensa en la cajuela —respondió Valeria.
Mientras el auto se perdía en el bulevar, Valeria regresó a la cocina. El olor del guisado aún flotaba en el aire. Sirvió un plato limpio, se sentó frente a la ventana, y por primera vez en meses, disfrutó el silencio. Atrás quedaba otro sábado de batalla. Pero este, al menos, lo había ganado con sobremesa.