La tumba de mi tía costaba 4,800 dólares y nadie la había pagado

Yo estaba en el turno de noche en la farmacia del Bronx cuando sonó el teléfono. Yolanda, la amiga de mi tía Isaura, me dejó un mensaje: "Mija, ven a Miami. La tumba de tu tía da vergüenza. Hasta los muertos hablan".

Antes de salir de Nueva York, llamé a Yolanda. Me dijo que la tumba estaba igual que el día del entierro: ni flores ni nada. Yo le pregunté por qué ella no la arreglaba. "Mija, yo no tengo dinero. Y Mercedes anda diciendo que ella es la heredera". Eso me hizo comprar el vuelo de Spirit esa misma noche. 187 dólares, con escala en Fort Lauderdale. En el avión, la azafata me ofreció agua por 4 dólares. No la compré. Me apreté el cinturón y miré por la ventanilla las luces de la ciudad.

Aterricé un jueves a las diez de la mañana. El taxi me cobró 23 dólares desde el aeropuerto hasta el cementerio Woodlawn. El conductor tenía la radio puesta en una emisora de salsa vieja. Hacía un calor húmedo que pegaba la ropa a la espalda.

El lote 37 estaba al fondo, pasando la sección de los mausoleos. Caminé entre palmeras secas y hormigas. Encontré la parcela de la tía Isaura por el número pintado en el bordillo: 37-B. La lápida no estaba. Solo una placa de cemento agrietada y un ramo de plástico descolorido. Una lagartija muerta yacía entre las grietas.

El cuidador, un hombre con gorra de los Marlins, me dijo: "Ese lote se venció en diciembre. La dueña anterior no renovó". Le dije que la dueña anterior era mi tía. Él chasqueó la lengua: "No, la que pagaba los últimos tres años era una tal Mercedes Varela. Después dejó de pagar".

Mercedes Varela. La exsocia de mi tía en la academia de baile. La mujer que se quedó con los videos de Isaura en Sábado Gigante, con los trajes de flamenco, con la casa en Hialeah. Yo no fui al funeral porque estaba cubriendo turnos dobles. Ahora me tocaba a mí resolver lo que no resolví en 2022.

Fui a la casa de Mercedes en Coral Gables. Mercedes apareció en la puerta con una taza de café en la mano. "¿Caridad? Pensé que vivías en Nueva York". No me invitó a pasar. Le dije lo del lote. Ella se encogió de hombros: "No tengo por qué pagar eso. Tu tía me debía dinero. Yo me cobré con el archivo". Cerró la puerta.

Me senté en la acera. Los carros pasaban por Coral Way. Un perro callejero se acercó a oler mi zapato. Lo espanté con el pie.

Esa noche fui al apartamento de mi tía en Hialeah. La llave seguía debajo del felpudo. Dentro olía a naftalina y a viejo. Encontré una caja de cartón encima del clóset con documentos. Ahí estaba el contrato de Isaura: los derechos de su archivo de baile, firmados en 2019. La beneficiaria era yo, Caridad Torres, con mi nombre completo y mi número de licencia. Al pie de la firma de mi tía había otra firma: Mercedes Varela, como testigo. La firma de Mercedes estaba torcida, como si la hubiera escrito alguien apurado. La comparé con una carta vieja de Mercedes. No coincidía la "M".

En la cocina, el grifo goteaba. Lo cerré con fuerza. El caño quedó seco. Mi tía siempre decía que lo iba a arreglar "la próxima semana". Llevaba dos años muerta.

En un estante encontré una caja de VHS. Saqué una cinta con la etiqueta "Isaura en Sábado Gigante, 1994". El reproductor de video estaba en el armario. Lo conecté al televisor. La imagen temblaba. Isaura bailaba con un vestido rojo. Sus pies golpeaban el suelo. El público aplaudía. No pude quitar los ojos de la cinta. Cuando terminó, expulsé el casete y lo metí en mi bolso.

Al día siguiente fui al banco. Tomé el turno 47. Esperé 40 minutos. La mujer delante de mí hablaba por teléfono con su hija sobre un pastel de quinceañera: "No, no puede ser de chocolate, se derrite". Yo apretaba la carpeta con el contrato. Cuando llegó mi turno, la cajera se llamaba Estrella. Le dije: "Quiero pagar 4,800 dólares por el lote 37-B del cementerio Woodlawn". Ella tecleó. "¿Usted es la titular?" Le mostré el contrato y la certificación del notario. Ella tecleó otras teclas. "Listo. Lote renovado por 25 años." Me dio el recibo impreso.

Llamé a la oficina del condado y registré la titularidad. Luego pedí una lápida de granito gris. El hombre de la funeraria me preguntó qué quería grabar. Dije: "Isaura del Mar, bailarina, 1958–2022. Su sobrina no la olvidó".

Mientras esperaba la lápida, fui a una notaría con el contrato. El notario, un señor de traje beige, revisó la firma de Mercedes. "Esta firma no coincide con la del registro. Puede denunciar." Le dije que no iba a denunciar. No tenía tiempo para pleitos. Pagué 120 dólares por la certificación de que la firma era inválida. Con ese papel, el banco aceptó el cambio de titularidad del lote sin más preguntas.

El martes siguiente fui al Miami-Dade Cultural Arts Center. Llevé 14 cajas con videos, trajes y fotos. La directora, una mujer de pelo corto, me preguntó si quería vender el archivo. Le dije que no. Firmé un documento de donación. Cedí los derechos de todo a la biblioteca del centro. Gratis. En voz baja le dije: "Que nadie le cobre a mi tía por bailar otra vez".

La mañana antes de volar, fui al cementerio. El sol apenas salía. Compré un café en la máquina por 2.50. La lápida nueva brillaba. Me detuve detrás de una palmera cuando vi a Mercedes acercarse con un ramo de rosas blancas. Se quedó frente a la placa. Leyó el nombre. Luego leyó la tablilla metálica que yo había atornillado al borde: "Propiedad de Caridad Torres". Mercedes sacó el teléfono. Marcó. En mi bolsillo vibró. Vi el nombre en la pantalla. No contesté. Toqué el contacto y lo eliminé. Mercedes siguió llamando. Yo me fui al aeropuerto.

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