Yo ya no alcanzo

El plástico del volante seguía caliente a las ocho de la noche. San Antonio no perdona ni en octubre. El aire acondicionado del Honda Civic de Carmen soplaba a medias, como todo últimamente. Llevaba dos bolsas del H-E-B en el asiento del copiloto, una caja de pañales para adulto y un tóper con caldo de pollo que ya se había enfriado. La casa de sus papás quedaba a dos calles, pero ella no salía del carro. Había una luz encendida en la cocina. Por la ventana se veía el borde de la mesa. Allí siempre había una silla vacía, la de su papá, que ahora miraba al techo desde la sala con un tubo de oxígeno al lado.

Apagó el motor. El silencio le reventó los oídos. De la casa de al lado salía una canción de Ramón Ayala, de esas que hablan de traiciones. Y el perro chihuahua de los vecinos ladraba a una lagartija que se metió por la reja. En el bolsillo, el teléfono vibraba. Ricardo. Otra vez. No lo contestó.

Bajó del carro con las bolsas y tocó la puerta. Su madre abrió antes del segundo golpe, como si hubiera estado vigilando.

—¿Hasta qué horas? —preguntó doña Isabel, con una cuchara de palo en la mano. Le temblaba un poco, pero el orgullo le impedía soltarla. La cocina olía a comino y a cebolla frita. En la estufa hervía una olla de frijoles. En la tele, un pastor de traje blanco le pedía a la gente que sembrara semillas de fe.

Carmen puso las bolsas sobre el armarito cerca de la puerta y suspiró.

—Mamá, ya no alcanzo.

La cuchara cayó al piso de linóleo. Toda la casa se quedó en silencio.

—¿Cómo que no alcanzas? —doña Isabel se agachó a recogerla, pero no la levantó, se quedó con las dos manos en las rodillas—. Yo crié a cuatro hijos sin quejarme, trabajé en la factoría de tortillas desde las cinco de la mañana, y tú me sales con que no alcanzas.

La semana pasada, en el CVS de Military Drive, Carmen estaba detrás del mostrador de la farmacia. Le tembló la pierna izquierda, luego la derecha. Alcanzó a ver cómo la caja de vitamina C se deslizaba por el borde y rebotaba en el suelo. Gloria, la técnica de farmacia, la agarró por el brazo y la sentó en la trastienda, entre cajas de pañales y botellas de alcohol.

—M'ija, o te bajas del tren o te arrastra —le dijo Gloria mientras le ponía un vaso de agua con hielo en la mano. El hielo sonó contra el plástico. Carmen se quedó mirando el vaso sin beber.

—Tu hermana no viene porque tú no la llamas —dijo doña Isabel, volteando desde la estufa con el cucharón goteando grasa—. Siempre quieres controlar todo.

—No es control, mamá. Es que si yo no lo hago, nadie lo hace. Se acabó el oxígeno de papá, hay que pedir cita para el neurólogo, la trabajadora social llamó dos veces. ¿Tú crees que yo quiero cargar con todo?

—¿Y ahora somos una carga? Después de todo lo que te dimos…

Carmen apretó las llaves en la mano hasta que el borde se le incrustó en la palma. El dolor fue casi un alivio.

—No dije eso. Dije que me estoy cayendo, mamá. Y nadie se da cuenta.

Salió sin tocar la puerta. La calle estaba oscura. El perro chihuahua seguía ladrando, pero más lejos. En el camino a casa, el celular sonó cuatro veces. Ella solo subió el volumen de la radio. Ponían una canción de Los Tigres del Norte. La dejó sonar.

Ricardo estaba en el sofá, con una Modelo vacía en la mesita y el fútbol a todo volumen.

—Hablé con mi mamá. Le dije que no doy más.

—Pues habla con tu hermana —dijo él, sin despegar los ojos del partido.

—Contigo también tengo que hablar, Ricardo. No solo con ella.

—¿Conmigo? Yo trabajo diez horas manejando el tráiler. No me digas que tú también quieres que yo vaya a bañar a tu papá.

—No te pido que lo bañes. Te pido que recojas a Ximena los lunes y miércoles. Que pagues la mitad de la señora que limpia. Que dejes de mirar el teléfono cuando te hablo.

Ricardo apagó la tele de golpe. El control rebotó en la alfombra.

—Ah, ¿eso es? ¿Soy yo el malo? Si tú quieres trabajar y cargar con todo, es tu problema. Yo nunca te pedí que dejaras tu trabajo.

—No me dijiste que lo dejara, solo asumiste que yo iba a hacer todo lo demás. Y te callaste cuando viste que me ahogaba.

Ricardo agarró las llaves de la Ram y salió. La puerta del garaje tardó una eternidad en abrirse. Carmen se quedó en la cocina, con el fregadero lleno de platos y una espuma gris flotando en el agua. Se sentó en el piso, de espaldas al refrigerador. Quería llorar, pero no le salía.

Ximena apareció en el umbral, con el cuaderno de matemáticas contra el pecho.

—Mami, ¿me ayudas con las fracciones?

La voz le salió chiquita, como si pidiera permiso. Carmen levantó la cabeza. Vio a su hija de nueve años con el lápiz mordisqueado y una cara de miedo que le dio más miedo que todo lo demás.

—¿Tú estás triste desde hace mucho, verdad, mami?

No era una pregunta. Era una certeza. Y lo decía una niña que había aprendido a caminar en puntitas por el pasillo para no molestar.

Carmen se puso de pie. Tomó a su hija de la mano y la llevó a la mesa. No le contestó. Partió una manzana en ocho pedazos y le explicó las fracciones con el cuchillo de mantequilla.

Al día siguiente, llamó a su hermana. Adriana vivía a quince minutos en un townhouse de dos pisos con alberca comunitaria.

—¿Ahora te acuerdas de mí? —dijo Adriana—. Te encanta martirizarte, Carmen. Siempre fuiste así, desde chiquita. «Mira, yo hago todo». Pues ahora hazlo.

Le colgó. Carmen puso el teléfono bocabajo sobre la encimera.

Esa noche, abrió el bloc de notas del celular. Tecleó despacio: “Agencia: Manos Amigas. Sylvia, CNA. $22/hr. 4 hrs x 3 días = $1,056 al mes. Dividir 3 = $352”. Luego lo cambió: “$400 cada uno. Y yo ya no pago sola”. Guardó la nota y apagó la luz.

El domingo citó a todos en su casa. Dijo que era una reunión familiar. Llegó su mamá con el rosario en la bolsa, Adriana con un café de Starbucks, Ricardo con la mirada en el suelo. Su papá se quedó dormido en la silla de ruedas, con la cabeza colgando.

Carmen puso una jarra de agua en la mesa y una carpeta azul. La abrió. Adentro estaba el contrato de la agencia, una hoja con el horario y una copia del comprobante de transferencia.

—A partir del lunes, Sylvia viene lunes, miércoles y viernes de ocho a doce. Se encarga del desayuno, los medicamentos, la limpieza y una ducha asistida si papá necesita. Aquí está el contrato. Mil doscientos al mes. Cada uno pone cuatrocientos. Acabo de hacer mi transferencia. Aquí está el comprobante.

Adriana estalló:

—¡Tú no puedes decidir por todos! ¡Yo no firmé nada! ¡Yo no estoy pagando eso!

Doña Isabel se puso las manos en la cara. No lloró. Hizo un ruido raro, como si se le hubiera roto una válvula por dentro.

—M'ija, ¿cómo me haces esto delante de tu padre?

Carmen no despegó los ojos de la jarra de agua. Sacó su teléfono. Mostró la pantalla. Transferencia de cuatrocientos dólares a “Manos Amigas Home Care”. Confirmada.

—Esto ya está corriendo. Si no quieren poner su parte, Sylvia no viene. Y si Sylvia no viene, yo lunes, miércoles y viernes no vengo. He dicho.

Ricardo tomó la copia del contrato y la estrujó en la mano.

—Tú estás loca, Carmen. ¿De dónde voy a sacar cuatrocientos dólares?

—Devuelve la Ram 2500 y compra una Silverado usada. O vende la moto. Y si no, busca otro turno. Pero de mi cuenta ya no salen los pañales de papi, ni la insulina extra, ni los taxis de mi mamá. Se acabó.

Adriana jaló su bolso y se paró. Salió por la puerta principal y la cerró de un golpe que hizo temblar el marco. Doña Isabel se levantó despacio, tomó el rosario y empujó la silla de su esposo hacia la salida. Nadie les abrió la puerta. Tuvieron que maniobrar entre la silla y el tapete.

Ricardo se quedó sentado, con la copia arrugada.

—Yo… no es justo.

—No, no es justo —dijo Carmen—. Lo justo habría sido que durante once años tú hubieras levantado el teléfono para decir “yo pago la mitad”. No lo hiciste. Ahora la cuenta se dividió.

Y se metió a la recámara. No a llorar. Se sentó en la cama y sacó la tarjeta del banco. La puso sobre la almohada. En el teléfono, un mensaje de la agencia: “Gracias por su pago. Sylvia irá el lunes a las 8 AM.”

En la sala, Ricardo encendió la tele. El presentador del noticiero hablaba del nuevo costo de la gasolina. Ximena se asomó con un dibujo en la mano. Un arcoíris y dos palitos. Abajo decía: “Mami y yo, juntas”. Carmen lo pegó con un imán del número 210 en la puerta del refrigerador. El imán sostuvo el papel sin caerse.

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