Nadie me llamaba David Roizman en 1944. En los documentos del ejército aparecía como David Ross, porque mi apellido verdadero estaba anotado en listas que era mejor no dejar caer en manos equivocadas. Con ese nombre pisé la playa de Normandía. Con ese nombre entré, meses después, al campo de Dachau. Y con ese nombre, cuarenta años más tarde, me senté frente a mi hija en un restaurante cubano de Union City, Nueva Jersey, a contarle por fin lo que había dentro de mí desde el 6 de junio de 1944.
Nací en Berlín en 1921, pero crecí en Nueva York desde los cuatro años. Mi padre, Simón Roizman, tenía un taller de reparación de máquinas de coser en la calle Delancey, en el Lower East Side. No era rico —lejos de eso—, pero logró comprar, a fuerza de turnos de doce horas, un edificio de tres pisos en Brooklyn donde vivíamos con mis tíos y mis primos, todos amontonados, todos discutiendo en yiddish y en inglés al mismo tiempo. Mi padre no era un hombre de abrazos. Era un hombre de facturas pagadas a tiempo y de zapatos lustrados los domingos. Lo conocí de verdad —como se conoce a alguien, no como se obedece a alguien— recién después de la guerra.
Teníamos poco dinero para lujos, pero mi padre insistía en que fuéramos cada verano una semana a Coney Island, a nadar y comer hot dogs de Nathan's frente al mar. Yo nadaba en el equipo de la sinagoga de nuestro barrio, el Young Men's Hebrew Association, y ganaba medallas de latón que mi madre guardaba en una lata de galletas. En casa celebrábamos Pésaj y Rosh Hashaná, pero mi padre no era un hombre de rezos largos: creía más en el trabajo y en la ley que en la sinagoga.
Cuando llegaron las primeras noticias de lo que pasaba en Alemania —las cartas de un primo de Múnich que dejaron de llegar, los rumores en el periódico en yiddish que mi padre leía de punta a punta cada noche—, algo en él cambió. Empezó a hablar de alistarse él mismo, aunque ya tenía más de cuarenta años y una hernia que el ejército jamás le habría aceptado. Yo tenía diecinueve cuando bombardearon Pearl Harbor. Me alisté al año siguiente, contra la voluntad de mi madre, que lloró tres días seguidos y luego me hizo dos pares de calcetines de lana que nunca llegué a usar porque se me perdieron en el barco.
Fue un sargento de reclutamiento, un tipo canoso de Ohio, quien me sugirió cambiar el apellido en los papeles de identificación que llevaría en combate. "Si te capturan con un apellido como el tuyo," me dijo, sin mirarme demasiado, "las cosas pueden ir peor todavía." Así que en los registros del ejército quedé como David Ross. Mi madre lloró otra vez cuando se lo conté, pero entendió.
Desembarqué en Omaha Beach en la segunda oleada, dieciocho años exactos después de que mi familia llegara a este país en un barco de tercera clase desde Hamburgo. Vi morir a hombres a los que apenas conocía el nombre. Vi a un muchacho de Georgia, Danny Coker, que había compartido conmigo una lata de melocotones dos noches antes, quedar tendido bocabajo en la arena mojada sin que yo pudiera hacer nada más que seguir avanzando. Peleamos por Francia. Cruzamos Bélgica. Y en abril de 1945, mi unidad llegó a las puertas de Dachau.
No hay palabras exactas para lo que encontramos ahí, y no voy a fingir que las tengo ahora, cuarenta años después, con una taza de café con leche cubano enfriándose frente a mí. Recuerdo el olor. Recuerdo a un hombre que pesaba menos que mi hija adolescente y que me tomó la mano con una fuerza que no debería haber tenido, agradeciéndome en un idioma que no entendí del todo. Recuerdo que, esa noche, uno de mis compañeros de pelotón —un muchacho católico de Boston llamado Frank Doyle— vomitó detrás de un camión y luego se sentó en el suelo, junto a mí, y ninguno de los dos dijo una palabra durante casi una hora. A veces el silencio dice más que cualquier discurso que uno pueda ensayar.
Volví a Nueva York en el otoño de 1945 con veinticuatro años y una cabeza llena de cosas que no sabía cómo contar. Mi padre me consiguió trabajo en una fábrica de telas en Queens, pero yo no aguantaba estar encerrado entre máquinas. Terminé, casi por casualidad, entregando rollos de película para un pequeño estudio de distribución en la calle 46, cerca de Times Square. De ahí hasta los años setenta trabajé en distribución cinematográfica, primero como mensajero, después negociando contratos para llevar películas europeas a las salas de barrio de Nueva Jersey y Nueva York. Ayudé, en mi rincón modesto del negocio, a que un par de películas de James Bond llegaran a más salas de las que sus productores esperaban. Nunca fui un hombre importante en Hollywood. Fui, más bien, uno de los tantos que hicieron que las películas viajaran.
Me casé en 1949 con Rosa Blum, una maestra de escuela del Bronx que había perdido a toda su familia materna en Polonia. Tuvimos tres hijos. A ninguno le hablé jamás de Dachau. Ni una palabra, durante treinta y ocho años.
La ruptura vino, como suele venir todo lo importante, sin que yo la planeara.
Mi hija menor, Miriam, cumplía cuarenta años en 1984 y quiso festejarlo en un restaurante cubano de la Séptima Avenida en Union City —le encantaba el café cubano y los tostones de allí, decía que le recordaban a su abuela materna, aunque su abuela nunca había pisado Cuba en su vida—. Esa noche, después del pastel, Miriam sacó una vieja fotografía en blanco y negro que había encontrado revolviendo un baúl en el sótano de casa. Era yo, en uniforme, junto a Frank Doyle, frente a un portón de metal con alambre de púas. No dijo nada. Solo la puso sobre la mesa, entre las tazas de café, y esperó.
Le conté todo esa noche. El nombre falso. La playa. El hambre que vi en los ojos de hombres que ya no parecían hombres. Mi hija lloró, pero no me interrumpió ni una sola vez. Al final, cuando terminé, se quedó callada un momento, jugando con la cucharita de su café, y luego dijo algo que no esperaba: "Papá, ¿por qué nunca nos lo dijiste?" Le respondí lo único que tenía: que no sabía cómo decir algo así sin que la palabra se rompiera en el camino.
Dos años después, Miriam me llevó, sin avisarme demasiado, a hablar en una escuela secundaria de Fort Lee frente a treinta y dos alumnos de dieciséis años. Yo llevaba, guardado en un sobre de papel manila, el documento militar donde aún figuraba el nombre "David Ross" y, debajo, grapada, la partida de nacimiento con mi verdadero apellido: Roizman. Los puse uno junto al otro sobre el escritorio de la profesora, frente a esos chicos que apenas sabían dónde quedaba Baviera en un mapa, y les dije: "Este soy yo con el nombre que me protegió. Y este soy yo con el nombre de mi padre, el que nunca dejé de ser." Una alumna, al fondo del salón, levantó la mano y preguntó si todavía tenía miedo. Le dije la verdad: que el miedo se había ido hace mucho, pero que la memoria, esa, no pensaba soltarla nunca, ni falta que hacía.