El juez se quitó los lentes y los dejó sobre el expediente. En la sala del tribunal de El Paso hacía un calor seco, de esos que se meten por la ventilación y dejan la garganta como lija. La abogada de la parte contraria, una mujer bajita con un portafolio de cuero gastado, se acercó a la mesa y levantó una hoja.
—Señor Delgado, ¿usted reconoce esta cuenta?
Roberto se puso del color del yeso. Su abogado, un hombre de traje azul marino que había estado mirando el teléfono toda la mañana, se incorporó, pero no llegó a hablar.
—Es una transferencia de doscientos sesenta mil dólares a una cuenta en las Islas Caimán —continuó la abogada—. Se hizo tres semanas antes de que usted presentara la demanda de divorcio. El mismo día, según este correo, pidió a su contador que reportara ingresos por debajo de la mitad para reducir la pensión y la manutención de los niños.
El juez hojeó las hojas. La sala estaba llena de ese silencio que se siente en el estómago. Yo apreté el borde de la carpeta que llevaba en el regazo, la misma donde guardaba los estados de cuenta de la taquería y las facturas del seguro de los gemelos.
—Señor Delgado —dijo el juez.
Roberto se levantó. Se notaba que quería parecer tranquilo, pero la mano derecha no le dejaba de temblar.
—Su Señoría, esto está fuera de contexto. Yo protejo a mis hijos. Quería asegurarles estabilidad. Mi esposa nunca trabajó, no tenía ingresos propios.
—Su esposa —lo interrumpió la abogada— es la administradora legal de la franquicia de comida rápida que su padre fundó. Y según el acta firmada hace once años, tiene derecho al cuarenta por ciento de las acciones de la empresa que usted está tratando de esconder. Incluida la casa de la calle Cebolla.
Roberto apretó los dientes. Su madre, sentada en la primera fila, se llevó una mano a la cadena de oro que llevaba al cuello. No paraba de mover el pie.
—Suficiente —el juez alzó la palma—. Escuché lo que necesitaba. Mañana reviso la evidencia. Mientras tanto, los menores quedan bajo custodia temporal del condado. Y usted, señor Delgado, no puede vender, transferir ni tocar ningún activo sin autorización de este tribunal.
—¡Eso es una locura! ¿Qué se supone que haga con el restaurante?
—Que no fue el único —dijo el juez sin levantar la voz—. Siéntese.
Afuera, el sol de El Paso pegaba como un comal. Caminé hacia la camioneta de la trabajadora social sin sentir las piernas. Los gemelos iban adelante, Santiago con su mochila de los Astros de Houston a la espalda, Valentina apretando una bolsita de gomitas que le había comprado en la gasolinera. No lloraban. Eso me dolió más.
Me agaché frente a ellos.
—Van a estar unos días con una señora buena. Yo tengo que arreglar unos papeles.
—¿Con papá no, verdad? —preguntó Valentina.
—Conmigo. Luego vienen conmigo.
Santiago me buscó la mano. La tenía sudada.
—Yo sabía que ibas a venir —dijo.
Del otro lado del estacionamiento, Roberto estaba recargado en su troca negra. Su abogado le hablaba al oído, movía las manos, señalaba el juzgado. Él no lo escuchaba. Me vio y cruzó los brazos.
—Deberías darle las gracias —le dije sin alzar la voz, pero el viento seco llevó las palabras—. Todo lo que escondiste va a pagar lo que les debo a mis hijos.
No contestó. Se subió a la camioneta y cerró de un golpe.
No fui a casa. Fui a la taquería. Abrí con mi llave, la misma que mi suegra me quiso quitar un mes antes, y encendí la luz del letrero. El olor a cebolla y a tortilla del día anterior se había quedado en las paredes. Me senté en la caja registradora y marqué el número de mi abogada.
—¿Ya se puede hacer lo de la marca?
—Sí. Si el juez firma la medida, mañana presento la orden. Usted tiene derecho a retirar el nombre de su marido de la sociedad. Y a cerrar el acceso a las cuentas.
Descolgué el teléfono de la pared y apagué el módem. Después fui al archivero metálico que estaba detrás de la cocina y saqué la carpeta de color naranja donde estaban los contratos originales. Los fotografiaba uno por uno con el celular. Nada de ir a hacer coraje a la corte. Los papeles hablan mejor que yo.
A las nueve de la noche, cuando el calor por fin aflojó, sonó el teléfono. Era Roberto.
—¿Cerraste el restaurante?
—Está a nombre de los dos. Tú escondiste las cuentas, ya no puedes tocar la caja.
—¿Qué te pasa, Claudia? Esa taquería es la herencia de mi papá.
—La tuya. La mía también. Y la de tus hijos. Por eso se llama “Delgado Hermanos”, no “Roberto y Accesorios”.
—Te estás pasando de lista. Mira que no nací ayer.
—Ya lo sé. Por eso el contador forense ya está viendo las cuentas. Duerme bien.
Colgué. No por coraje. Porque no tenía nada más que decirle. Afuera, un perro callejero se echó junto a la puerta, como si llevara años viviendo ahí.
La mañana siguiente, la corte olía a café recalentado y a papel nuevo. La trabajadora social declaró que los gemelos habían pasado la noche tranquilos, que Santiago había preguntado por mí a las dos de la madrugada. El contador forense presentó un reporte de treinta y cuatro páginas. Yo no entendía todo, pero sí lo importante: faltaban casi cuatrocientos mil dólares. En una cuenta en McAllen. En ventas no declaradas de tres locales. En un cheque de veinte mil a nombre de la novia de Roberto, el mismo mes que yo estaba llenando solicitudes de ayuda para pagar el bono del seguro médico.
El juez firmó la orden de custodia temporal a mi favor. Ordenó que Roberto devolviera lo escondido y que se levantara un acta de embargo sobre la troca y la casa de la calle Cebolla. La madre de Roberto, que hasta entonces no había hablado, se paró.
—Señor juez, mi hijo es un hombre trabajador. Ella lo está acusando de cosas feas para quitarle todo.
—Señora, siéntese —dijo el juez—. Su hijo ocultó activos. Eso no es cosa fea. Eso es fraude.
La mujer se quedó de pie un segundo, agarró su bolsa de mano con las dos manos y salió de la sala. No volvió a mirarme.
Saqué mi cartera y le pedí a la abogada un favor.
—Quiero poner una orden de restricción por el local. Roberto no puede entrar a la taquería hasta que se resuelva lo de la sociedad.
—Va a tomar unos días.
—Da igual. Los días pasan igual.
Roberto salió por la puerta lateral, con el abogado pegándole al hombro. Se veía más flaco, como si la noche le hubiera quitado diez años de encima. No quiso cruzar mi mirada.
Esa tarde, con los niños sentados en el asiento trasero de mi carrito gris, pasé por la casa de la calle Cebolla. Me detuve en la esquina. Valentina señaló la ventana del cuarto que ahora estaba vacío.
—¿Ya no vamos a vivir ahí?
—No. Vamos a vivir en la de la abuela. La que tiene naranjo.
—¿Papá va a estar solo?
Suspiré. El perro de la taquería cruzó la calle, se rascó detrás de la oreja y siguió de largo.
—Sí, mija. Vas a ver que va a estar bien.
—Tengo hambre —dijo Santiago.
—Vamos por pan dulce. Y luego a la casa de la abuela.
En el semáforo, marqué a la abogada y le dije que ya tenía los documentos. Que iba a ir al banco a cerrar la cuenta mancomunada. Que quería abrir una cuenta nueva, solo a mi nombre, para la taquería y para lo que viniera. Que iba a pedir el cambio de titularidad del local y del letrero. Ya no “Delgado Hermanos”. Solamente “Hermanos”. Por Valentina y por Santiago.
El teléfono vibró otra vez. Era Roberto.
—Te va a salir caro esto, Claudia.
—Ya me salió caro. Once años de pagar tu silencio.
Colgué y vi el semáforo ponerse en verde. Los gemelos cantaban una canción de la escuela en el asiento de atrás. Olía a café y a tierra seca. Por el retrovisor, vi la casa de la calle Cebolla encogerse despacito.
La historia no terminó ese día. Terminó cuando metí la llave en la puerta de la casa de mi madre, encendí la luz del pasillo y dejé la carpeta naranja sobre la mesa del comedor. Ahí estaban los papeles que todo este tiempo me dijeron que no podía tocar. Los puse en tres montones: la taquería, la casa, los niños.
Luego fui al banco en línea y moví el dinero de la cuenta mancomunada a la nueva. Sesenta y ocho mil pesos que no era mucho, pero era mío. Mío y de ellos.
Marqué a la abogada.
—Ya quedó. Ahora el nombre.
—Mañana mismo le envío el contrato. Usted firme y yo lo registro.
—Quiero que se llame “Hermanos Delgado”. Nada más.
—Anotado.
Esa noche, mientras los niños dormían en la recámara que había sido de mi madre, me senté en el porche con una taza de té de canela. El perro de la taquería apareció de nuevo, se echó junto al escalón. Le di un pedazo de tortilla.
El teléfono se encendió una última vez. Era la abogada.
—Roberto acaba de llamar. Dice que va a pelear la custodia.
—Que le pelee a los papeles.
Me reí sin querer. No de gusto, sino de cansancio. De ese cansancio que se siente cuando por fin bajas la guardia.
—Voy a registrar la marca mañana a las nueve —dijo la abogada—. Llegue con una identificación.
—Voy a llevar la credencial vieja. La que no tiene su apellido.
—Mejor. Nos vemos.
Me metí a la casa, puse el teléfono boca abajo y subí a ver a los niños. Valentina dormía con la boca abierta, abrazada a un peluche de tigre. Santiago tenía la cobija de los Horned Frogs de TCU enrollada en los pies. Les di un beso a cada uno y apagué la luz del pasillo.
En la cocina, el reloj de la abuela marcaba las once y cuarto. Moví la carpeta naranja de la mesa y saqué la pluma que tenía dentro. Firmé la hoja que decía: “Solicitud de cambio de nombre comercial”.
Después la metí en un sobre, le puse la estampilla y la dejé junto a mi bolsa. Afuera, el perro ladró una vez y todo quedó en silencio.