La mujer que sonreía con los ojos cerrados

Joaquín dejó el tenedor sobre el plato con un golpe seco, como quien pone punto final a una conversación que ni siquiera ha empezado.

— Mira, Valeria, te lo voy a decir claro. Ximena está embarazada. Es mío. Y tú… pues tú ya sabes que no puedes. Así que acostúmbrate.

Valeria no levantó la vista de su café. Lo removió despacio, tres veces en un sentido, dos en el otro, mirando cómo el remolino se tragaba la espuma. Llevaban diez años casados, y en ese tiempo ella había aprendido que las palabras de Joaquín eran como el aire caliente de un secador: hacían ruido, movían cosas, pero no construían nada.

— ¿Me estás escuchando? — insistió él, molesto por el silencio.

— Te escucho — respondió ella al fin.

— ¿Y ya? ¿No vas a llorar, ni a gritar, ni a tirarme el café en la camisa?

— No.

— Claro — Joaquín soltó una risa corta, de esas que no llegan a los ojos — . Porque eres de hielo, Valeria. Siempre lo has sido. Ni para esto tienes sangre en las venas.

Ella apoyó la taza en el platillo con un sonido apenas audible, como si cerrara una puerta con cuidadito para no despertar a nadie. Lo miró. Joaquín esperaba una escena, algo que le confirmara que todavía tenía poder sobre ella. Pero Valeria había pasado demasiados años horneando cerámica en su taller como para no saber que el barro se trabaja con paciencia, no a golpes.

— ¿Estás seguro de lo que dices? — preguntó ella.

— Claro que estoy seguro. Diez años contigo y nada. Ni un retraso, ni una mancha en el predictor gestacional. Y con Ximena, a la primera. La naturaleza habla, Valeria, y dice que el problema eres tú.

— Ya veo.

— Pues eso. Me voy unos días a casa de ella. Tú quédate con la casa, no soy un monstruo. Pero no me montes números, que no estoy para dramas.

— No te preocupes — dijo Valeria — . No habrá drama.

Joaquín se levantó, agarró las llaves del auto y se fue sin mirar atrás. Ella se quedó sentada en la cocina, con la taza aún caliente entre las manos, y los ojos fijos en el cajón del aparador donde guardaba un sobre blanco que había llegado tres semanas antes.

Un sobre con el membrete del laboratorio clínico. Un sobre que Joaquín nunca se molestó en abrir, porque él ya había decidido quién era culpable.

Dos días después, Valeria estaba en una cafetería del centro de Albuquerque con su amiga Carmen. Afuera, el sol de octubre pegaba fuerte en los toldos de lona, y adentro olía a canela y a café recién hecho.

— No puede ser — Carmen dejó caer la cuchara sobre la mesa — . ¿El muy imbécil te dijo eso así, como quien anuncia el clima?

— Más o menos.

— ¿Y tú qué hiciste?

— Le ofrecí un café.

— ¡Valeria! — Carmen alzó la voz, y una señora de la mesa de al lado giró la cabeza — . ¿Un café? ¿Al hombre que te acaba de decir que espera un hijo con otra? ¿Estás bromeando?

— No. Se lo ofrecí en serio. Pero no lo quiso.

— Claro que no, porque los cafés no se ofrecen, ¡se tiran a la cara! Yo le habría estampado la cafetera entera, con todo y filtro.

Valeria sonrió apenas. Carmen era así, volcánica y leal, de esas amigas que te defienden hasta de lo que no ha pasado todavía.

— ¿Y ahora qué? — preguntó Carmen, ya más calmada — . ¿Vas a esperar a que vuelva con el rabo entre las patas?

— No. Voy a esperar a que se lea sus propios análisis.

— ¿Qué análisis?

Valeria abrió el bolso y sacó el sobre blanco. Lo puso sobre la mesa, al lado del plato con conchitas que ninguna de las dos había tocado.

— Joaquín se hizo unos estudios hace un mes. Se los pidió el urólogo porque yo insistí. Dijo que iba a demostrarme que él estaba perfecto. Que el problema era yo.

— ¿Y?

— Y los resultados llegaron por correo hace tres semanas. Él ni los abrió. Dijo que no necesitaba un papel para saber que era potente como un toro. Así, con esas palabras.

Carmen agarró el sobre y lo abrió despacio. Leyó. Sus ojos se abrieron como dos lunas llenas.

— Valeria… esto dice que él… que Joaquín es estéril.

— Lo sé.

— ¿Que no puede tener hijos?

— Lo sé.

— ¿Y CUÁNDO PENSABAS DECÍRMELO? — Carmen casi grita, y la señora de al lado volvió a girar la cabeza, ya descaradamente metida en la conversación.

— Ahora — respondió Valeria con calma — . Necesitaba estar segura de una cosa.

— ¿De qué?

— De que Ximena está embarazada. Y si Joaquín es estéril, entonces el hijo no es suyo. Y si no es suyo, esa mujer le está mintiendo. Y si le está mintiendo, yo quería verle la cara cuando se diera cuenta.

— Eres peligrosa — murmuró Carmen, dejando el papel sobre la mesa — . Peligrosa y paciente. La peor combinación.

— No soy peligrosa. Solo sé trabajar con barro.

— ¿Y qué tiene que ver el barro?

— Que si lo golpeas cuando está húmedo, se deforma. Pero si esperas a que seque un poco, puedes darle la forma que quieras. Joaquín lleva diez años moldeándome a mí. Ahora me toca a mí.

Joaquín apareció tres días después en el taller de cerámica de Valeria. Era un galpón grande en el North Valley, con el piso de cemento y las paredes llenas de estantes con piezas a medio terminar. Olía a arcilla mojada y a esmalte, un olor terroso que a él siempre le había parecido incómodo, como de cosa sucia.

— Vine por mis herramientas — dijo desde la puerta, sin pasar del todo — . Las de soldadura. Me hacen falta para un trabajo en Santa Fe.

— Están en el cuarto de atrás — respondió Valeria sin levantar la vista. Estaba lijando una vasija grande, de boca ancha, y el polvo blanco le cubría las manos hasta las muñecas.

— ¿Sabes? — Joaquín dio un paso adentro — . Podrías ponerme las cosas más fáciles.

— ¿Más fáciles que prestarte la casa y no pedirte un centavo?

— No me refiero a eso. Me refiero a… no sé, aceptar la realidad. Sin rencores.

Valeria dejó la lija y se limpió las manos en el delantal de lona. Lo miró. Joaquín estaba incómodo, balanceándose de un pie al otro, como un niño al que llaman a la dirección.

— A ver, Valeria, no me mires así. Tú sabes que yo te quise. Pero diez años sin hijos desgastan a cualquiera. Y Ximena me da lo que tú no puedes darme.

— Un hijo — dijo ella.

— Exacto. Un hijo. Mi hijo.

— ¿Estás seguro de que es tuyo?

La pregunta cayó como una gota de esmalte sobre una pieza recién horneada: pequeña, pero capaz de rajarlo todo.

— ¿Qué insinúas?

— Nada. Solo pregunto. ¿Estás seguro?

— Claro que estoy seguro. Ximena no es de esas.

— ¿De cuáles?

— De las que mienten. No como… — se detuvo, pero la frase ya estaba flotando en el aire, incompleta y filosa.

— No como yo, ibas a decir.

— Yo no he dicho eso.

— No hacía falta. Lo has dicho durante diez años, Joaquín. Cada vez que alguien preguntaba por qué no teníamos hijos, cada vez que tu mamá me miraba el vientre como quien mira un horno apagado. Siempre fui yo, ¿verdad? La rota. La incompleta.

Joaquín desvió la mirada hacia las vasijas. Había una grieta pequeña en la que estaba secando sobre la mesa, una línea finita que partía la pieza justo por el centro.

— Bueno, ¿y qué quieres que te diga? — soltó al fin — . Los hechos son los hechos.

— Entonces vamos a los hechos — Valeria caminó hasta el armario donde guardaba los esmaltes y sacó el sobre blanco — . Esto llegó hace tres semanas. A tu nombre. Lo abrí yo.

— ¿Y qué es?

— Tus análisis. Los que te hiciste en el laboratorio de la avenida Lomas.

Joaquín se quedó quieto. La mandíbula le tembló un instante, apenas un tic.

— ¿Los leíste?

— Sí.

— ¿Y?

— Léelos tú.

— No tengo por qué. Ya sé lo que dicen.

— ¿Ah, sí? ¿Qué dicen?

— Que estoy bien. Que soy fértil. Que el problema lo tienes tú, como siempre.

— Entonces no tendrás problema en leerlo en voz alta — Valeria le tendió el papel — . Léelo, Joaquín. Aquí, delante de mí.

Él agarró el sobre con un gesto brusco, sacó la hoja y empezó a leer. Sus ojos saltaban de una línea a otra, y a medida que avanzaban, el color se le iba yendo de la cara como agua sucia por un desagüe.

— Esto… esto no puede ser.

— Léelo en voz alta — repitió ella, y su voz ya no era suave.

— "Diagnóstico: azoospermia obstructiva. El paciente presenta ausencia total de espermatozoides en el eyaculado. Condición irreversible."

Las palabras cayeron al suelo del taller y se mezclaron con el polvo de arcilla.

— ¿Entiendes lo que dice? — preguntó Valeria — . Significa que tú jamás has podido tener hijos. Ni conmigo, ni con Ximena, ni con la reina de Saba si se te hubiera ocurrido. El problema nunca fui yo, Joaquín. Fuiste tú. Siempre fuiste tú.

Joaquín se quedó blanco. El papel le temblaba entre los dedos manchados de grasa de motor.

— Pero entonces… Ximena…

— Ximena te mintió. Y tú le creíste porque te convenía. Porque era más fácil culparme a mí que hacerte un examen, que preguntar, que dudar un poquito de ti mismo.

— Voy a matarla — dijo él, y ya no había arrogancia en su voz, solo un odio pequeño y recién nacido.

— No vas a matar a nadie — Valeria le quitó el papel de las manos — . Vas a ir a su casa y vas a preguntarle de quién es ese hijo que espera. Y luego vas a hacer lo que quieras, pero lejos de aquí.

— Valeria… — Joaquín alargó una mano, torpe, como si quisiera tocarle el brazo — . Perdóname.

— No.

— ¿No?

— No te perdono. Llevas diez años haciéndome sentir incompleta, rota. Diez años en los que cada cena con tu familia era un juicio silencioso. Y ahora resulta que el roto eras tú, pero nunca te molestaste en comprobarlo. Preferiste buscar a otra. Fabricarte una historia donde tú eras el fuerte y yo la débil. Así que no, Joaquín. No te perdono. Y no vuelvas.

Él se fue. Salió del taller con las herramientas olvidadas en el cuarto de atrás, con el sobre blanco arrugado en el bolsillo, con la cara de quien acaba de perderlo todo sin darse cuenta de que lo perdió hace mucho.

Valeria y Carmen estaban sentadas en la misma cafetería de Albuquerque una semana después. Esta vez sí se estaban comiendo las conchitas, y Carmen tenía migas de azúcar en la comisura de los labios.

— Cuéntamelo todo — dijo — . ¿El muy desgraciado volvió a llamar?

— Tres veces.

— ¿Y?

— La primera vez lloró. La segunda me ofreció un viaje a Cancún. La tercera me dijo que yo tenía la culpa por no habérselo dicho antes.

— ¡Ah, caray! ¿Culpa tuya?

— Según él, si yo hubiera abierto el sobre en su cara en vez de guardarlo, él no habría hecho el ridículo con Ximena. Que lo humillé a propósito.

— ¿Y qué le dijiste?

— Nada. Colgué.

Carmen soltó una carcajada que hizo temblar las tazas.

— ¿Y qué pasó con Ximena?

— Ahí se puso interesante — Valeria removió su café — . Resulta que Joaquín fue directo del taller a casa de ella. La encaró. Y Ximena, acorralada, terminó confesando que el hijo es de un compañero de la oficina. Un chico nuevo, de veinticinco años, que entró en enero.

— No me digas.

— Sí. Y lo mejor es que el chico se llama igual que Joaquín. Joaquín también. Así que cuando ella decía "es de Joaquín", técnicamente no mentía.

— ¿Técnicamente? ¡Pero qué retorcida!

— Lo sé. Joaquín montó un escándalo en el condominio de ella. Llamaron al guardia de seguridad. Hubo gritos, un portazo, y Ximena terminó pidiéndole que se fuera y no volviera más.

— O sea, que se quedó sin mujer, sin hijo y sin orgullo.

— Exacto.

Carmen se reclinó en la silla, satisfecha como gato que acabó con la lata de atún.

— Y tú, ¿cómo estás?

Valeria pensó un momento. Miró por la ventana hacia la calle donde la gente caminaba con prisa, cargando bolsas del supermercado, de la lavandería, vidas normales que seguían su curso.

— ¿Sabes lo que hice ayer en el taller?

— ¿Qué?

— Terminé la vasija que estaba lijando cuando vino Joaquín. Esa que tenía la grieta.

— ¿Y?

— La grieta no desapareció. Pero la rellené con polvo de oro. Quedó preciosa. Más bonita que si nunca se hubiera roto.

— Como tú — dijo Carmen, y no era una pregunta.

— Como yo — confirmó Valeria — . Los defectos no se borran, Carmen. Se doran. Y luego sigues.

Pagaron la cuenta y salieron al sol de octubre. Valeria llevaba en el bolso las llaves de su taller, donde la esperaban docenas de piezas de barro, y en su teléfono, un mensaje sin abrir de Joaquín que decía "¿podemos hablar?". No lo abrió. No hacía falta.

Ya había dicho todo lo que tenía que decir. Y lo había dicho con un sobre blanco y una grieta dorada.

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