Tengo ochenta y siete años y recuerdo perfectamente el olor del pegamento de papel tapiz que mi esposo usó para empapelar nuestro primer apartamento en el sur de Chicago. Barato, comprado en la ferretería de la esquina de la 26 con Kedzie. Ramón no llegó a los cuarenta y cinco. Se lo llevó el corazón, un miércoles, durante el desayuno, con una tostada en la mano que nunca alcanzó a morder.
Me quedé con cuatro hijos. La menor, Carmen, todavía usaba pañales por las noches.
No hubo tiempo para el duelo. Por las mañanas llevaba a los niños a la escuela, luego iba a la lavandería de la calle 18, donde planchaba manteles para restaurantes, y por las noches limpiaba una oficina de contadores en el tercer piso de un edificio en Cicero Avenue. El elevador llevaba descompuesto desde el setenta y nueve, lo recuerdo bien porque fue el año en que nació Carmen.
Había noches en que me temblaban las manos de cargar la cubeta de agua. Pero a las cinco y cuarenta y cinco sonaba el despertador y yo me levantaba. Siempre.
Los muchachos crecieron rápido, porque tuvieron que hacerlo. El mayor, Miguel, a los doce años ya hacía las compras solo y se aseguraba de que Carmen comiera antes de que yo regresara del segundo turno. Yo quería para ellos algo más de lo que tuve yo — que no tuvieran que contar los días que faltaban para el próximo cheque.
El apartamento de la calle Girasol, cuarenta y dos metros cuadrados, dos recámaras con cocina, lo compré con un préstamo que pagué durante dieciocho años. Los azulejos del baño se agrietaron desde los noventa, pero nunca hubo dinero para cambiarlos. Me quedé ahí cuando los hijos se fueron — primero Miguel a Milwaukee por trabajo, luego Carmen se casó y se mudó a Pilsen, literalmente diez minutos en autobús, pero aun así llamaba una vez por semana, no más.
Por las tardes me sentaba en el balcón, del tamaño de dos losetas de banqueta. Tenía geranios en macetas de plástico compradas en el Dollar Tree y una taza vieja de mi mamá, con una mella en el asa, de la que tomaba café descafeinado porque el normal ya me hacía daño al estómago. Enfrente, en una ventana de la planta baja, mi vecina Herminia criaba un canario que cantaba más fuerte justo a la hora del atardecer. Me gustaba eso.
En septiembre Carmen llamó y dijo que el domingo vendrían todos juntos, que hacía tiempo no nos veíamos, que iríamos a dar una vuelta.
Me alegré. Me puse ese suéter azul que Miguel me trajo una vez de un viaje.
Fuimos en la camioneta por la I-55, doblamos por algún lado cerca de Bolingbrook. Nos detuvimos frente a un edificio con un letrero que decía "Casa de Descanso Otoño Tranquilo". Miguel sacó de la cajuela mi maleta — la misma que había empacado el día anterior, sin que yo lo supiera.
—Mamá, así vas a estar mejor. Ya no puedes con esas escaleras tú sola.
Carmen me besó la mejilla y dijo que vendrían todos los domingos. Luego se subieron a la camioneta y se fueron, y yo me quedé parada con la maleta frente a las puertas automáticas, que justo en ese momento no querían abrirse.
Ahora mi día se divide entre comidas a las siete, la una y las seis de la tarde. Una enfermera llamada Yolanda me toma la presión y lo anota en una tabla. Es amable, a veces me trae el periódico. No me tienen descuidada — mi cuarto está limpio, la comida caliente, las pastillas servidas en una charola de plástico con los días de la semana marcados.
Pero no tengo mi propio balcón. En su lugar, un pasillo con un foco fluorescente que zumba tanto que después de las nueve de la noche lo escucho hasta con la puerta cerrada.
Extraño la taza con la mella. Al canario de Herminia. El poder decidir yo misma a qué hora desayunar y si acaso levantarme de la cama antes de las nueve.
Dicen que necesito cuidados. Puede que sí. Pero además de cuidados, también necesito que alguien me pregunte mi opinión antes de empacar mi maleta.
Durante los primeros tres meses llamaba a Carmen todos los domingos por la noche, después de que terminaba en la sala común el programa de concursos que todos veían porque no había otra cosa. Carmen siempre tenía poco tiempo. Miguel no vino ni una sola vez, se excusaba con el trabajo en Milwaukee.
Hasta que un domingo, en noviembre, cuando afuera llovía a cántaros, me llamó la vecina del cuarto de al lado, doña Rosario, y me dijo que su nieta era abogada y venía de visita la semana siguiente. Me preguntó si quería hablar con ella.
La nieta se llamaba Ana, tenía, según recuerdo, unos treinta y tantos años y un maletín lleno de papeles de su abuela. Se sentó conmigo en una mesa de la sala común, me ofreció unas galletas de un paquete que había traído, y me preguntó directamente si el apartamento de la calle Girasol seguía a mi nombre.
Sí lo estaba. Nadie lo había transferido todavía, aunque Miguel ya había preguntado dos veces por teléfono "si no convendría arreglar eso, mamá, por si las dudas".
Ana me explicó con calma qué significaba un poder legal y qué una donación, y que ambas cosas podía revocarlas o simplemente no firmarlas hasta que yo misma decidiera qué quería hacer.
En diciembre, dos semanas antes de Navidad, le pedí a Yolanda que me pidiera un taxi. Me preguntó a dónde. Le dije que a la notaría de la avenida 26, la misma donde años atrás Ramón y yo habíamos firmado el contrato del préstamo.
Fui sola, con un maletín donde llevaba las escrituras del apartamento y mi identificación. Hice mi testamento — el apartamento de la calle Girasol se lo dejé a Carmen y a Miguel por partes iguales, tal como de todos modos habría quedado, pero agregué una cláusula: mientras yo viva, nadie sin mi consentimiento por escrito tiene derecho a venderlo, rentarlo ni sacar nada de ahí. También pedí que quedara asentado que el poder para disponer de mi cuenta, la del Seguro Social, se lo otorgaba únicamente a Yolanda, de la casa de descanso — para pagar mi estancia y nada más.
El notario, un señor mayor de lentes, me preguntó si estaba segura de no querer dejárselo a mis hijos directamente. Le respondí que precisamente por eso me lo dejaba a mí.
Carmen llamó en enero, cuando apareció en el registro de propiedad la anotación de la restricción. Tenía la voz aguda, atropellada.
—Mamá, ¿qué hiciste?, ¿por qué no nos dijiste antes?, Miguel dice que ahora ni siquiera podemos rentar el apartamento para cubrir tu estancia ahí…
Le dije con calma que mi estancia la pagaba con mi pensión y con lo que había ahorrado en cuarenta años planchando manteles ajenos, y que nadie tenía que rentar el apartamento porque yo pensaba regresar ahí.
Hubo un silencio del otro lado, de esos en los que solo se oye la respiración.
En marzo llegaron los dos, Miguel y Carmen, juntos por primera vez desde aquel domingo de la camioneta. Se sentaron frente a mí en la sala común, Miguel traía en la mano una copia impresa del acta notarial.
—Mamá, pensamos que así ibas a estar más segura.
—¿Más segura para quién, hijo?
No levanté la voz. Me serví té de un termo que siempre tengo junto a la cama, porque el de aquí sale muy aguado.
—¿Me preguntaron alguna vez si quería estar aquí? ¿O si prefería regresar a Girasol, aunque las escaleras me dolieran más que el elevador de tu edificio?
Miguel no contestó. Carmen lloraba, pero no dejé mi té para consolarla.
En mayo contraté a una señora, doña Graciela, que viene a verme a Girasol tres veces por semana, pagada de mi propia cuenta, esa misma a la que solo Yolanda y yo tenemos acceso. Me salí de la casa de descanso en abril, cuando empezó a hacer más calor. Los geranios se habían secado durante el invierno, pero compré unos nuevos, en las mismas macetas de plástico del Dollar Tree.
El canario de Herminia sigue cantando al atardecer. Me siento en el balcón con la taza de mi mamá y escucho.