# El gato que llegó en diciembre
Diego llevaba puesta la chaqueta de trabajo todavía, sentado en el escalón de la entrada de su casa en Paterson, Nueva Jersey, con los codos en las rodillas. Un hombre de cuarenta y nueve años, casi un metro noventa, hombros de cargador, apretujado en ese escalón helado, llorando como un chiquillo. La lluvia de diciembre le había calado hasta los huesos y ni cuenta se había dado.
Ese lunes se le vino todo encima de una sola vez, como si el mundo hubiera estado esperando el momento exacto para tirarle la carga completa.
A las seis de la mañana llamaron del Saint Joseph's Medical Center: su madre había entrado en coma. Dos días antes le habían operado la cadera y todo iba mejorando, o eso decían. Mientras Diego corría por la Ruta 80 hacia el hospital, con el celular sonando sin parar en el asiento del pasajero, la contadora de su taller de camiones llamó para avisarle que el IRS había congelado todas las cuentas del negocio. Todavía en la sala de espera del hospital, con el café frío en la mano, le llegó un mensaje del despachante de aduanas: la carga que esperaba desde México estaba retenida en la frontera de Laredo por un papeleo mal llenado, había que resolverlo ya. Y el golpe final se lo dio la mujer que más quería en este mundo: su esposa, Carolina.
—Diego, sé que te voy a hacer daño, pero ya no te quiero. Llevo medio año tratando de decírtelo y no me salía. No puedo seguir así. Y hay algo más: el bebé que espero no es tuyo.
Diego se quedó con la mano apretada contra el volante, mirando el semáforo en rojo de la Broadway sin verlo.
—Ese hijo era lo único que me quedaba en pie de todo esto, Carolina.
—Lo sé. Y por eso mismo te lo tengo que decir ahora, no dentro de seis meses.
Podía aguantar cualquier catástrofe de trabajo, hasta la enfermedad de su madre lo había encontrado de pie, pero la traición de la persona que dormía a su lado todas las noches lo tumbó. Se le mezcló todo en la cabeza: el dolor que no dejaba respirar, la rabia que le apretaba la mandíbula, la sensación de estar caminando sobre un piso que ya no existía. En ese mismo semáforo giró el volante sin pensarlo, casi se metió en sentido contrario; el carro de atrás pegó un frenazo y se salvaron los dos de milagro.
Llegó a su casa —un dúplex en la calle Presidential, con el jardín ya pelado por el invierno— y ni se dio cuenta de que había dejado la puerta principal entreabierta. El viento la hizo crujir y él se sobresaltó, como si algo viniera a buscarlo también a él. Por la puerta entró un gato, empapado, sucio, flaco.
—¿Y tú quién eres? —le preguntó Diego, todavía con la voz rota.
El animal caminó hasta él, saltó sobre sus piernas, le puso las patas en los hombros y lo miró fijo con esos ojos ámbar. Se quedaron así un buen rato. Después el gato saltó al piso, caminó hacia la puerta y volteó a mirarlo. Diego, sin saber muy bien por qué, se levantó y lo siguió.
El gato lo llevó hasta el edificio de al lado, uno de esos triples de ladrillo típicos del barrio. Debajo de la escalera del primer piso algo se movía y chillaba bajito. Diego encendió la linterna del celular. Sobre un pedazo de cartón mojado había una gata blanca, y pegados a ella, todavía resbalosos, tres gatitos recién nacidos.
—Qué chiquititos están —dijo, y algo en su cara, tensa desde la mañana, se aflojó un poco.
Se acercó más y entendió que la madre no lo había logrado. El parto la había matado.
—Con que por eso viniste a buscarme. Pero yo no tengo ni idea de qué hacer con esto, socio. Bueno, vamos a averiguarlo.
Se quitó el gorro de lana, lo forró con un pañuelo del bolsillo y acomodó ahí a los tres gatitos.
—Vámonos, papá. Hay una clínica veterinaria en la Market, cerca del McDonald's. Que nos digan qué hacer con tus hijos.
La veterinaria los bañó con cuidado y le enseñó a Diego a alimentarlos con un gotero. Todo el rato el gato se quedó sentado en una silla, vigilando cada movimiento sobre sus crías como capataz de obra. Después volvieron los cinco juntos, en el carro, con la calefacción a full y el gorro de lana en el regazo de Diego.
—Se van a quedar en el cuarto de invitados. Ahora me cambio de ropa y nos bañamos a ti, papá.
Acomodó a los gatitos en una caja con una almohadita. El gato aguantó el baño con dignidad, dando algún maullido bajito, estornudando cuando el agua le entraba en la nariz, con las uñas saliendo y entrando de puro nervio. Cuando Diego lo secó con la toalla, apareció debajo todo ese pelaje anaranjado, brillante, digno de comercial de Fancy Feast.
—Eres un galán, tú. ¿Cómo te voy a poner?
Diego lo miraba, todavía con las mejillas mojadas, pero ya con un amago de risa.
—Tigre, Rufo, Simba… —fue repitiendo los nombres de gato más conocidos.
—Nada me convence. ¿Y si te llamo Félix?
Se acordó del gato de los dibujos animados que veía de niño los sábados en la tele. El animal dejó de lamerse una pata, lo miró y abrió la boca en esa mueca que en los gatos pasa por sonrisa.
—Te gustó, ¿eh? Entonces así quedamos. De ahora en adelante eres Félix. Bueno, a dormir, que mañana tengo un montón de líos que resolver.
Diego ya se estaba quedando dormido cuando escuchó un arrastre insistente. Félix, empujando con la cabeza, había movido la caja de los gatitos hasta el cuarto de Diego. La acomodó en una esquina frente a la cama, se metió adentro y se echó alrededor de sus hijos, con la mirada puesta en el hombre hasta que este cerró los ojos.
Los días que siguieron fueron un desfile de salas de espera y oficinas con luz fluorescente. El martes por la tarde Diego se sentó frente a un agente del IRS en las oficinas de Newark, con una carpeta de comprobantes que Yolanda, la contadora, había armado en tiempo récord.
—Señor Reyes, aquí dice que el número de identificación patronal de su negocio no coincide con el que tenemos registrado —le dijo el agente, sin levantar la vista de la pantalla.
—Llevo doce años pagando con ese mismo número. Tiene que ser un error de ustedes.
—Puede ser. Vamos a revisarlo, pero eso toma tiempo, señor.
—No tengo tiempo. Tengo una carga parada en Laredo, mi madre en coma y un negocio con las cuentas congeladas. Revíselo ahora, por favor.
El agente lo miró un momento, algo se le ablandó en la cara —quizás el cansancio de Diego, quizás la carpeta ordenada— y tecleó de nuevo. Encontró el dígito cambiado en el sistema. Esa misma tarde liberaron las cuentas. Con la aduana de Laredo fue más lento: dos llamadas, un fax reenviado tres veces porque el número no funcionaba, y al final una multa de setecientos dólares que Diego pagó con los dientes apretados, pensando en todo lo que había temido perder.
Por las noches manejaba hasta el Saint Joseph's y se sentaba en las sillas de plástico verde de la sala de espera, esas que no dejan dormir bien a nadie. Una madrugada, la enfermera de turno lo despertó tocándole el hombro.
—Señor Reyes, su mamá abrió los ojos.
Diego entró al cuarto y encontró a su madre con la mirada perdida en el techo, pero consciente, moviendo los dedos cuando él le tomó la mano.
—Ma, aquí estoy.
—Diego… ¿qué hora es? —preguntó ella, con la voz rasposa de tantos días sin usarla.
—La hora de que descanses. Ya después hablamos de todo.
Los médicos prometieron que estaría en casa para Nochebuena, y cumplieron.
Del matrimonio, en cambio, no hubo milagro rápido. A fines de enero le llegó a Diego la notificación de la audiencia en la corte del condado de Passaic. Se presentó con su abogado, un hombre bajito de traje gris que no paraba de revisar papeles, y del otro lado estaba Carolina, ya con la panza marcada bajo el abrigo, sin poder sostenerle la mirada más de dos segundos seguidos.
—¿Algún reclamo sobre bienes gananciales? —preguntó el juez, sin mucho ánimo, como quien repite una pregunta por milésima vez.
—No, Su Señoría —dijo el abogado de Carolina—. Mi clienta no reclama nada del taller ni de la propiedad.
Diego escuchaba sin moverse de la silla, con las manos entrelazadas sobre la mesa. Cuando terminó la parte legal, mientras los abogados guardaban carpetas, Carolina se acercó un paso.
—Diego, yo sé que no tengo derecho a pedirte nada, pero quería decirte que lo siento. De verdad.
Diego la miró un momento largo antes de contestar.
—Te creo. Pero eso no me devuelve los meses que pasé pensando que ese hijo iba a llevar mi apellido, Carolina. Espero que te vaya bien con el bebé. Con él no tengo ningún problema, el problema fue con vos.
No hubo gritos ni portazos, solo esa frase seca y las dos firmas al final de la página. Diego salió del edificio de la corte, se metió en el carro y se quedó un rato con las manos en el volante sin encender el motor, hasta que se dio cuenta de que en la casa lo esperaban cuatro gatos con hambre.
Pasaron tres meses y Félix, con su camada, ya eran dueños completos de la casa, más que Diego mismo. No pasaba nada en ese dúplex sin la aprobación del gato: se sentaba en la mesa de la cocina a supervisar cuando Diego cocinaba, dormía sobre los papeles del taller cuando este trabajaba de noche, se plantaba frente al televisor si algo no le gustaba.
—Ya es hora de ponerles nombre a estos tres. Ya están grandotes y siguen sin nombre —dijo Diego una noche de marzo, acariciando a los cuatro gatos amontonados en el sofá.
Félix se sentó al lado con cara de que también tenía opinión. Dos horas estuvo Diego buscando nombres en Google mientras el gato aprobaba o torcía el hocico. Al final quedaron bautizados: Garfield, el más anaranjado, calcado a su padre; Coco, blanco con una mancha canela entre las orejas; y Ceniza, un gatito de un gris raro que no se parecía a nadie de la familia.
—Oye, Félix. Recién ahora caigo en cuenta de que fuiste tú el que me sacó de ese hoyo en diciembre. Me hubiera derrumbado del todo esa noche si no llegas a aparecer.
Félix, acostado en sus piernas, se levantó despacio y volvió a poner las patas sobre sus hombros, esos ojos ámbar clavados en él, fijos, sin apuro. Se quedaron así un rato largo. Después el gato le pasó la lengua por la nariz.
—Está bien, está bien, yo también te quiero un montón —le dijo Diego, pasándose la manga por la cara.
Esa misma semana, un jueves, Diego llamó a un abogado de bienes raíces que le había recomendado un cliente del taller. No era nada urgente, dijo por teléfono, pero quería adelantar el testamento antes de que se le siguiera pasando el año.
Se sentó en la mesa de la cocina con los papeles del abogado desplegados, y en dos minutos Félix ya estaba encima, acostado sobre la primera hoja como si la estuviera revisando línea por línea.
—Muévete, socio, que esto es serio.
Félix no se movió. Diego terminó escribiendo alrededor del gato: el taller de camiones en la avenida Market pasaba a nombre de su sobrino Andrés, que llevaba cuatro años trabajando ahí sin quejarse nunca; la cuenta de ahorros de doce mil dólares que tenía separada para "emergencias familiares" —la misma que Carolina había mencionado tantas veces sin que él nunca se la diera— la cerró esa tarde en el banco y la repartió entre el fondo del hospital donde había estado su madre y la clínica veterinaria de la Market. Y la casa, a su nombre, con una cláusula nueva: quien viviera ahí después de él tenía que quedarse también con los gatos, los cuatro, hasta que se murieran de viejos.
Cuando terminó de firmar la última hoja, Félix se estiró, bostezó mostrando toda la dentadura, y se subió encima de las páginas firmadas para dormir la siesta, exactamente como si acabara de aprobar el trato.
—Sí, ya sé, ya sé. Ahora son tuyas también.