San Antonio, Texas, hierve en julio como una olla de frijoles negros. El aire acondicionado del apartamento en la South Flores zumba desde marzo y no da abasto. Yo estaba sentada en el borde de la cama, con los dedos todavía oliendo a masa de tamales que había preparado para la quinceañera de mi ahijada. El vestido azul colgaba del clóset, listo para la fiesta. Pero la llamada de Rubén lo cambió todo.
Saqué el teléfono del cargador. Vi las letras que se iluminaban: "Rúben, 9:47 p.m.".
—Marisol —dijo, y la voz le salía desde un pecho que conozco mejor que el mío—. Necesito firmar los derechos de "La Estrella del Westside" para el sello nuevo. Si no, perdemos Publio.
Publio. El maldito Publio. Mi compadre, el que nos salvó en 2016 con quinientos dólares prestados para el alquiler del estudio. El tipo que apostó por dos chamacos que cantaban rancheras por veinte dólares la noche en el mercado La Gloria.
—Ese pinche Publio ya se llevó la camioneta de mi primo —le dije.
—No es lo mismo. Ahora hay contrato. Si no firmo, me cae la demanda.
Yo no sabía nada de contratos. Sabía de cajas de resonancia, de mezclas, de armonías que nacen en la garganta y se van directo al vientre. Sabía que mi nombre estaba en esas canciones tanto como el suyo. Él cantaba; yo escribía. Él ponía la voz; yo ponía las tripas. Ese era el trato desde que nos conocimos en el camellón de la Plaza del Zacate, cuando yo vendía aguas frescas y él cargaba una guitarra sin cejuela.
—Ven al estudio —me dijo, y colgó.
Manejé por la I-35 con el codo en la ventana. En el retrovisor, el letrero de una iglesia bautista decía: "No traigas culpas a la iglesia, trae tamales para la rifa". Me reí sola. Los postes de luz pasaban como latigazos. Llegué al estudio en la Nogalitos poco antes de las diez. El estacionamiento estaba vacío, salvo por el Chevy Malibu de Rubén y una Ford F-150 con placas de Oklahoma que no reconocí.
Entré. El olor a cable caliente y alfombra vieja me golpeó la cara. Rubén estaba sentado en el sofá roto. A su lado, un hombre con camisa de guayabera y anillo de graduado de Texas A&M. Abogado, me dije. Hasta la hebilla del cinturón le brillaba como si la puliera todas las mañanas.
—Marisol —empezó Rubén—, el licenciado Treviño viene de San Antonio Music Group.
—¿Y qué hace con un contrato sobre mis canciones?
El licenciado sonrió. No con la boca, con los dientes. Sacó de un maletín café una carpeta con hojas intercaladas, como menú de restaurante elegante.
—Señorita, su voz no está registrada en el catálogo. Sólo la de Rubén. Y la letra de "La Estrella del Westside" está a nombre de un tal Publio Garza.
Me quedé helada. El aparato del aire acondicionado escupió un golpe seco. Volteé a ver a Rubén. Él miraba la punta de sus botas.
—¿Publio Garza? —repetí, como si el nombre me mordiera—. Publio no sabe ni leer partituras. Yo escribí cada maldita palabra de esa canción.
El abogado cerró la carpeta y me dejó dos hojas en la mesa. Una pluma Bic azul. Dijo:
—Si Rubén no firma la cesión de derechos, el contrato con el sello se cae. Su single del año pasado desaparece de las plataformas. Y Publio puede demandar por regalías no pagadas. Usted decide, señorita.
Rubén me ofreció la pluma. Tenía las uñas comidas y un hilo rojo atado a la muñeca.
—Sólo firma, Mari. Luego lo arreglamos.
Yo agarré la pluma. Pesaba más que la guitarra de Rubén. La tinta azul contra la luz de la lámpara de escritorio. Sentí el sudor en la nuca.
No firmé.
Salí del estudio. El calor me cacheteó. Un perro chihuahua de la vecindad ladraba a una bolsa de basura que rodaba por el lote. Me subí al carro y lloré por nueve minutos exactos, porque diez me parecía excesivo. Luego manejé a casa de mi tía Chole. Ella vive en una casita de ladrillo en la Southcross, con un letrero de "Se rentan cuartos" y un níspero en el patio.
Tía Chole me dio café de olla y un pan dulce de la panadería La Esperanza. No me preguntó nada. Sólo puso el noticiero TeleFutura y se quedó dormida en el sillón. Yo me quedé mirando la foto en la pared: ella y yo bailando en el quinceañero de la hija de Marta, dos años después de que Rubén me dejara por primera vez.
El teléfono vibró tres veces. Mensajes de Rubén.
"No firmaste."
"El licenciado se fue."
"Necesito que me llames."
No llamé. Serví más café. Eran las doce y veinte. Prendí un cigarro sin filtro, de los que escondo en la lata de galletas danesas. El humo subió hasta la virgen de Guadalupe que cuelga sobre el fregadero. Le hablé bajito, como se le habla a una vecina chismosa.
—Doña Lupita, ¿tú crees que me pase de lista?
Ella no contestó, pero el noticiero cambió a comerciales y vi un anuncio del festival Tejano: dos cantantes abrazados, con sombreros vaqueros. Me reí por no llorar.
Al día siguiente me levanté con la espalda rígida y el cabello aplastado del lado derecho. Mi prima Laura me mandó un mensaje: "Oye, ¿viste el TikTok de Rubén? Dice que va a lanzar 'La Estrella' nueva, con otro dueto."
Me fui directa a la biblioteca pública de San Antonio, sucursal Central. Allí pedí una computadora de las largas, negras, con el teclado pegado a la torre. Busqué el registro de la canción. No aparecía mi nombre. Sólo Publio Garza, con domicilio en un lote de la Jefferies.
Llamé a Publio desde el estacionamiento. Me contestó al cuarto timbrazo, con tos de fumador de desayuno.
—Marijose, mi reina. ¿Me traes unos chicharrones?
—Necesito que me digas por qué tienes la letra registrada a tu nombre.
—Porque Rúben me la dio. Me dijo: "Publio, tú que pusiste la lana, el nombre es tuyo". Y yo le dije que no. Y él insistió. Y pues…
Colgué. Ahí entendí. No era Publio. Era Rubén. Desde 2015. Un año después de que firmáramos el primer contrato a ciegas.
Esa noche fui al estudio. Sin avisar. Usé la llave que todavía guardaba en el llavero de San Judas. La puerta se abrió con un quejido. Rubén estaba ahí, solo, grabando una voz guía con audífonos. No me oyó llegar. Me paré detrás del vidrio. Vi su nuca, la misma de siempre, con el remolino en la izquierda. Conté hasta doce, porque ese era el número de compases de la intro de "La Estrella del Westside".
Cuando se quitó los audífonos, me vio. Soltó una palabra que no voy a repetir. Luego dijo:
—No puedes andar entrando así.
—Publio me contó lo del 2015.
Rubén se frotó la cara. Encendió un cigarro. Esto en un estudio lleno de letreros de "No fumar". El humo produjo un eco de fantasma en el cristal.
—¿Y qué querías que hiciera? —dijo—. Tú no sabes de negocios. Publio puso la feria. El sello quería un nombre limpio. Nombre de hombre. No te querían a ti.
—Era mi letra.
—Era tu letra en mis labios. Sin mí, nadie la cantaba.
Abrí el maletín que llevaba —uno rojo, de mi trabajo de maestra de música— y saqué las dos hojas que me había dado el abogado. Las puse en la consola. Saqué una pluma Bic azul.
—Muy bien —dije—. No voy a firmar. Vas a firmar tú.
Rubén soltó una risa breve, extraña.
—¿Yo? ¿Qué voy a firmar?
—Esto.
Saqué un documento que preparé en una computadora de la Casa de la Cultura. No había dormido. Me pasé la noche entera buscando la forma. Redacté una cesión inversa: Publio Garza me devolvía la titularidad de la letra; Rubén renunciaba al registro de la canción a su solo beneficio; y el sello quedaba fuera de toda negociación, salvo que me incluyera a mí como voz principal en el dueto.
Rubén lo leyó sin mover la cara. Sólo al final, cuando vio la firma de Publio, quedó pálido.
—¿Publio firmó?
—Ayer. Le llevé un six de Chelada y la camioneta prestada de mi tío para que viajara a vendimias. Me firmó sin leer.
Rubén apretó la hoja. La arrugó.
—Esto no vale.
—Vale —dije—, y lo valida el notario público de la calle San Bernardo. O lo validan los chats de texto que me mandaste. Tú decides.
Nos quedamos en silencio. Oí el zumbido de la podadora del vecino. Alguien afuera ponía música de Valentín Elizalde. Un gallo cantó en un patio cercano. San Antonio es así: ciudad de claxon y gallos.
Rubén miró mi mano. La pluma seguía entre mis dedos. Por la ventana, el letrero de neón del mercado La Gloria parpadeaba en rosa y azul. Fue ahí donde nos conocimos, justo al lado del puesto de nieves de leche quemada. Yo le canté "La media vuelta" en voz baja, con vergüenza. Él me acompañó con la guitarra sin cejuela.
—Mari, ¿qué quieres? —preguntó, y por fin vi un destello.
No sabía si era miedo o rendición.
—Quiero que firmes que ahora entro yo al dueto —dije—. El sello me tendrá a mí. O no tendrás sello.
—Eso es venganza.
—No —dije —. Es mi nombre. Son mis tripas. Son mis veintitrés canciones que no aparecen en ninguna parte porque "no tenías nombre limpio".
Rubén tomó la pluma. Firmó despacio, con el hilo rojo de la muñeca agitándose. El rasgueo de la tinta duró más que un compás. Luego empujó el contrato hacia mí.
Yo tomé las dos hojas. No las metí al maletín. Las doblé en cuatro, como se dobla la estampa de un santo. Salí del estudio.
El estacionamiento seguía vacío, excepto por un troque gris con una calcomanía de la Virgen en el medallón. Me subí al carro. Encendí la radio. Sonó "Botella tras botella". La cambié. No quería llorar de nuevo.
Pasé por el mercado La Gloria. El dueño estaba bajando la cortina. Le compré un elote con chile y limón y le di los nueve dólares exactos. Comí sentada en la cajuela, viendo el letrero del mercado.
Veintitrés canciones. Nueve años. Un nombre.
Esa noche, la quinceañera de mi ahijada siguió sin mí. Me quedé en casa de tía Chole, pintándome las uñas de rojo con un esmalte que olía a acetona vieja. La foto de la pared seguía ahí. Doña Lupita seguía colgada sobre el fregadero.
Mi teléfono vibró una última vez. Era el abogado Treviño. No respondí. Sólo escribí en mis notas:
"El dueto empieza el sábado. Ahora la estrella soy yo."
Y guardé el teléfono en la lata de galletas danesas, junto a mi última cajetilla de cigarros sin filtro.