El calor de la Calle Ocho se colaba por la puerta cada vez que alguien entraba al salón Chic & Glam. Isabel Morales empujó la puerta de vidrio y el aire acondicionado le golpeó la cara como un sopapo frío. Olía a perfume caro y a laca de fijación. Isabel, de sesenta y ocho años, no era de las que frecuentaban esos sitios. Vestía un cardigan de punto gris, zapatos ortopédicos desgastados y llevaba en la mano un recorte de revista arrugado.
—Buenas tardes. ¿Tienen a alguien libre para un corte de pelo?
Yadira, con una placa dorada en el uniforme, se giró hacia sus compañeras y soltó una risa corta. Mónica se acercó y arqueó una ceja.
—Mira lo que quiere esta señora —dijo Yadira, señalando el recorte.
Mónica echó un vistazo.
—Ese es un corte de muchacha de veinte años. No sé si eso le va a funcionar a usted.
Vanessa, desde su puesto, terminó de secar el pelo de una clienta y agregó sin bajar la secadora:
—Y son trescientos dólares. Se lo digo para que no se lleve una sorpresa.
Isabel apretó el recorte contra su estómago.
—Tengo el dinero.
—Ay, no lo dudo —Yadira soltó el cepillo sobre el carrito con más fuerza de la necesaria—. Es que aquí no trabajamos con… con ese tipo de corte para… En fin. Capaz le va mejor en otro lado.
—¿Y a su edad, para qué se quiere hacer eso? —añadió Mónica, sin mirarla del todo, ocupada en acomodar unos tubos de tinte—. Digo, por preguntar.
Isabel sintió que la sangre le subía a las mejillas.
—Mi esposo me decía que este corte me quedaría bien. Lo dijo hace once años.
Hubo un silencio breve, incómodo, que ninguna de las tres supo llenar. Una mujer bajo el secador, al fondo, se rió por lo bajo sin venir a cuento, como quien se ríe de otra cosa y le cae mal el momento. Isabel dobló el recorte, lo guardó en la bolsa y salió. El timbre de la puerta no sonó; llevaba una semana descompuesto y nadie lo había arreglado.
Caminó por el parque Máximo Gómez. Un vendedor de churros pregonaba a gritos y el sudor le corría por la espalda. No se sentía humillada exactamente; estaba acostumbrada a que la trataran con prisa, con esa indiferencia de las tiendas caras. Pero esa vez dolía más, porque el corte de la revista era el que Ramón le había dicho que le quedaría bien. Lo había recortado hacía once años y lo guardaba en el cajón de la mesita de noche, y ahora tenía las esquinas blandas de tanto doblarse.
Al doblar por una callejuela, vio un letrero pintado a mano: Rizos y Más. El local era estrecho, con dos sillas de peluquería y un espejo con una grieta en la esquina. Olía a manzanilla y a café recién colado, porque la dueña tenía una cafetera sobre el mostrador. Junto a la caja, una jaula con un perico gris repetía «hola, hola» cada pocos minutos. Una mujer de unos treinta años, con una cinta roja en el pelo y una curita en el dedo índice —se había cortado esa mañana con las tijeras— salió a recibirla.
—¿Qué se le ofrece, señora?
—Quiero un corte de pelo. —Isabel sacó el recorte arrugado—. Sé que es moderno, para jóvenes, pero… si se puede hacer algo parecido.
Lucia tomó el recorte, lo alisó con la palma y lo estudió sin prisa. Luego lo dejó sobre el mostrador, junto a una taza de café a medio tomar que ya se había enfriado porque llevaba toda la mañana ocupada.
—Se puede. No exactamente igual, porque su pelo es más fino, pero voy a adaptar las capas para que le den volumen. Y le sugiero un tono caoba para cubrir las canas.
—¿No le parece ridículo? Ya tengo una edad.
—Mire, yo llevo ocho años cortando pelo y todavía me equivoco con los flequillos —dijo Lucia, riéndose de sí misma—. Así que no soy quién para decirle qué es ridículo. Siéntese.
La sentó en la silla y le puso una capa negra sobre los hombros. Le lavó el pelo con un champú de manzanilla que olía a infancia, a casa de abuela. Isabel apretó en la mano el brazalete de cuentas que siempre llevaba, el que Ramón le había comprado en una feria de la Calle Ocho. Lucia le aplicó el tinte con una brocha pequeña, moviendo las manos con rapidez y tarareando algo en voz baja, desafinada, que ni ella misma parecía notar. El perico dijo «hola» dos veces. Isabel recordó a Ramón: siempre decía que ella tenía el cuello más bonito del mundo y que debía llevarlo descubierto. Por eso quería ese corte corto.
Cuando Lucia giró la silla hacia el espejo, Isabel se pasó una mano por la nuca, ahora despejada. El corte le daba aire, le quitaba años de encima sin que pareciera un disfraz.
—Son cuarenta y cinco dólares.
Isabel abrió el monedero. Sacó un billete de cien y lo puso sobre el mostrador.
—Tome cien. Quédese con el cambio.
—No, señora, es demasiado.
—Usted me trató bien sin conocerme. Eso vale lo que yo diga que vale.
Lucia la vio salir sin entender bien a qué se refería, y guardó el billete en el bolsillo del delantal, todavía dudando si debía correr detrás de ella a devolvérselo.
Esa noche, Isabel no pudo dormir. Se sentó en la cocina con una taza de té que se le enfrió sin tomar, y sacó del cajón de la mesita la carpeta con los papeles del edificio de la Calle Ocho, el que había comprado con Ramón en el noventa y ocho, cuando todavía discutían si valía la pena arriesgar los ahorros. Repasó el contrato de arrendamiento del local que ocupaba Chic & Glam. Lo había mirado por última vez hacía más de un año; dejaba esas cosas en manos del administrador, un hombre que le mandaba los cheques por correo y con el que apenas hablaba dos veces al año. Marcó su número al día siguiente, temprano, y le pidió que le adelantara la fecha de la reunión de renovación de contrato. Quería estar presente esta vez.
A la mañana siguiente, Isabel estacionó su Honda Civic del 2005 frente al salón Chic & Glam. Salió con una carpeta negra bajo el brazo. La puerta del local resplandecía con el sol de la mañana. Adentro, Yadira cepillaba el pelo de una clienta; Mónica barría recortes del piso; Vanessa atendía el teléfono. Isabel empujó la puerta y el aire acondicionado volvió a golpearla.
Yadira levantó la vista del cepillo y se quedó paralizada. Esa misma señora… pero con el pelo corto, de un caoba brillante, y la nuca al aire. Mónica se giró y se le cayó la escoba. Vanessa colgó el teléfono a media frase.
Isabel caminó hasta el mostrador. Puso la carpeta y la hojeó con calma. Extrajo un fajo de papeles.
—Quiero hablar con la gerente.
Salió de la trastienda una mujer de unos cuarenta y cinco años, con traje sastre y una placa que decía Elena Ríos, Gerente.
—¿Qué se le ofrece, señora?
—Soy Isabel Morales. Soy la dueña de este edificio.
Elena se puso pálida.
—¿Cómo? El local lo rentamos a través de una compañía administradora…
—Aquí está la escritura. Compré esta propiedad en mil novecientos noventa y ocho, con mi esposo. La administradora responde ante mí.
Yadira dio un paso al frente, con las manos todavía sucias de laca.
—Señora, nosotras no sabíamos que usted…
—No tenían que saberlo —dijo Isabel, sin levantar la voz—. Con cualquier clienta debía haber sido igual.
Dejó una copia del aviso de no renovación sobre el mostrador, junto al recorte de revista que sacó del bolso y puso al lado, sin decir para qué.
—Treinta días para desocupar. Ahí está todo explicado.
Se dio la vuelta y caminó hacia la puerta. Detrás de ella quedó la escoba tirada en el piso, donde Mónica la había dejado caer, y nadie se movió a levantarla.
El sol de Miami cayó sobre sus hombros. Caminó hacia el Honda Civic, abrió la puerta con la llave de siempre, el llavero de falso cuero gastado, y se sentó al volante. Por el espejo retrovisor vio que adentro del salón Elena gesticulaba con las manos en alto y Yadira se tapaba la cara.
Isabel encendió el motor. El aire acondicionado soltó un chorro de aire tibio. Se subió un poco la solapa del cardigan, no porque tuviera frío, sino por costumbre. El semáforo de la esquina estaba en rojo. Se pasó la mano por la nuca recién cortada. El semáforo cambió a verde. Pisó el acelerador.