A la gata del refugio la devolvieron tres veces, hasta que los voluntarios entendieron que el problema no era ella.

En el expediente de Rubia figuraban tres devoluciones en menos de dieciocho meses. Los voluntarios del centro de adopciones de San Bernardino ya ni discutían a quién ofrecérsela después. Mariana dejó la transportadora sobre el piso de linóleo y corrió el cierre. La gata tricolor salió con paso lento, olió la esquina de la jaula, rodeó el bebedero y se sentó de espaldas a la puerta. Cuatro kilos largos de calma tozuda. Hacía lo mismo cada vez, y Mariana ya lo sabía: no iba a darse la vuelta. El turno de la tarde había terminado, todos se habían ido, y allí quedaban solo los que nadie se llevaba a casa. Apoyó los dedos en el enrejado frío.

—Bueno, Rubia. De vuelta.

La gata no se movió.

Al día siguiente, Mariana sacó los tres formularios de devolución y los puso sobre la mesa, uno junto al otro. Se sirvió un café tibio de un termo viejo y empezó a leer.

La primera familia: una pareja joven, departamento en el Valle, balcón con vista a un estacionamiento. Motivo de la devolución: “agresiva, se esconde, no se deja tocar”. Duraron once días.

La segunda: una señora de cuarenta y tantos, estudio recién remodelado en West Covina. “No se adapta, bufa, se mete debajo de la lavadora”. Ocho días.

La tercera: un papá con su hija de siete años. “La niña se pone triste, la gata no juega, se queda en un rincón”. Una semana justa.

Mariana releyó los tres papeles y se frotó el entrecejo. Olían a tóner de impresora y a cocina ajena. Las frases se parecían demasiado, y en esa semejanza había algo que le molestaba, como una etiqueta de camisa nueva que roza el cuello, pero no alcanzas a quitártela. Todas las familias habían pasado la entrevista. Todos habían firmado el contrato de adopción responsable. Todos habían prometido paciencia.

Simón se asomó al cubículo, apoyado contra el marco de la puerta. Flaco, alto, con un suéter gris desteñido y unos lentes redondos que siempre se le resbalaban hasta la punta de la nariz.

—¿Otra vez Rubia, eh?

—Ajá.

—Igual es así, Mari. Hay gatos que son así.

—¿Cómo “así”?

Se encogió de hombros.

—Así de… salados. De mala suerte.

Eso se quedó flotando entre los dos. Mariana apretó el vaso de cartón y el plástico se hundió con un crujido seco. Lo apartó. Un charquito de café avanzó por la mesa hacia el borde de uno de los formularios.

A la segunda familia la llamó poco después del mediodía. Contestaron al quinto tono.

—¿Bueno? Ah, sí, la gata. La tricolor. Rubia. No, mire, nosotros estamos bien sin ella, gracias.

La voz de la mujer sonaba pareja, casi aburrida de puro educada. Detrás se oía una televisión con risas grabadas, como si en aquel hogar todo marchara según lo previsto.

—Cuénteme qué pasó el primer día.

—¿El primero? Se metió detrás de la lavadora y no salió. La llamamos, la buscamos, le pusimos el plato de comida delante del hocico. Bufaba. Al segundo día traté de acariciarla. Me arañó. Me sacó sangre.

—¿Y después?

—Después pensé que si una gata no quiere estar con gente, para qué forzarla.

Mariana apretó el teléfono contra el hombro y escribió en su libreta: “la buscaron detrás de la lavadora”. Lo subrayó dos veces.

—¿Le dieron tiempo de estar sola? Sin intentar tocarla.

—Pausa. Carraspeo al otro lado de la línea.

—Si no la voy a tocar, ¿para qué tener una gata?

No dijo nada más. Colgó, dejó el teléfono bocabajo sobre la mesa y se quedó con la barbilla apoyada en la palma de la mano. Afuera la lluvia de noviembre golpeteaba el toldo metálico, rítmica, como un metrónomo viejo. En la página anterior de la libreta encontró la nota que había dejado meses atrás, con la primera familia: “trataron de cargarla desde la primera noche”. Eran las mismas palabras, ordenadas distinto.

El sábado Simón se quedó hasta tarde. Mariana entró al refugio sin hacer ruido. Solo estaba prendida la luz del pasillo del fondo, donde guardaban las jaulas de estancia prolongada. Simón estaba en cuclillas frente a la de Rubia. Sin hablar. Sin moverse. La gata detrás de la reja hacía lo de siempre: espalda a la puerta, cola enrollada sobre las patas, orejas un poco echadas hacia atrás. Mariana iba a llamarlo. Pero se frenó.

Porque lo oyó.

Rubia ronroneaba. Bajito, casi al borde de lo audible. Un zumbido parejo, grave, como el motor de un refrigerador viejo en plena madrugada, pero más suave. Como si adentro de la gata se encendiera un motorcito que solo arrancaba en el silencio. Cuando nadie estiraba la mano ni le ponía comida bajo la nariz.

Simón se levantó, se giró y casi se la lleva por delante.

—Ah, yo solo… estaba checando los platos.

—Está ronroneando.

—Ajá. Lo hace seguido. Cuando cree que está sola.

—¿Desde cuándo sabes?

Se acomodó los lentes.

—Desde octubre, más o menos. Aquella vez que se me olvidaron las llaves y me regresé a media noche. Estaba ahí, ronroneando, a todo lo que daba. Abrí la puerta y se calló. Como si le apagaran el interruptor.

Mariana se recargó en la pared. El yeso raspaba, frío, contra los omóplatos. Del interior de la jaula no salía ni un ruido. Rubia había enmudecido al detectar a la segunda persona. Y en ese silencio entendió al fin a qué le sonaban los tres formularios. No al perfil de una gata difícil. Al de personas que querían amor inmediato. Cariño en chasquido. Agradecimiento la primera noche, contacto a pedir de boca, como un interruptor de pared: aprietas y se enciende.

Tres familias habían adoptado a Rubia y en el acto habían extendido las manos. La sacaban de su escondite. La ponían sobre las piernas. La acercaban a la cara. Y cuando el animal respondió del único modo que tenía, escondiéndose, bufando, encogiéndose, ellos llenaron su formulario con letra cuidadosa: “agresiva”, “no se adapta”, “no juega”.

Mariana buscó en su libreta la tercera nota, la que había escrito al recibir la última devolución pero no había sabido leer: “La niña lloró porque la gata no quería que la cargara”.

El lunes reescribió el instructivo de adopción. La versión vieja, la que les daban a todos los adoptantes, empezaba: “El gato necesita cariño y paciencia”. La nueva empezaba distinto. Se la leyó a Simón en voz alta, con la hoja en la mano, como si no confiara en su propia letra:

—Primera semana: no tocar. No llamar. No buscar. Poner plato, agua, caja de arena y cerrar la puerta del cuarto donde esté. Entrar solo para alimentar. No mirarla a los ojos. No intentar acariciarla. Nada.

Simón soltó un silbido.

—Pero si esa es la guía para ignorar al gato.

—Es la guía para no estorbarle mientras aprende a quererte.

Guardó silencio y luego añadió, más bajo:

—Llevamos año y medio explicándole a la gente que es una gata difícil. Y no es difícil. Es prudente. Y la mandamos a casas donde confunden paciencia con exigencia.

—¿Cuál es la diferencia?

—La exigencia espera un resultado. La paciencia no espera nada.

Simón alargó una vocal, como hacía siempre, y se quedó callado. El tubo de luz del pasillo parpadeó y Rubia, desde el fondo, giró apenas la oreja izquierda. Esa que tenía una muesca diminuta en la punta.

La cuarta familia llegó tres semanas después. Una señora de unos cincuenta y cinco, manos morenas de jardinera, voz baja. Escuchó el nuevo instructivo de pe a pa y solo hizo una pregunta:

—¿Y si después de un mes sigue sentada de espaldas?

Mariana le sostuvo la mirada lo que dura una respiración.

—Entonces va a necesitar más de un mes.

La señora asintió. Y cargó la transportadora. Rubia adentro, en silencio. Espalda contra la rejilla, cola recogida, orejas un poquito hacia atrás.

Como siempre.

La foto llegó un mes después. Sin texto. Sin explicación. Un alféizar amplio, detrás del vidrio un jardín de invierno, macetas con romero y menta. Y la gata. Tricolor, con el pecho blanco y esa muesca en la oreja izquierda. Estaba sentada de frente a la habitación, mirando a quien sacaba la foto.

Mariana le enseñó la imagen a Simón. Él se bajó los lentes, la observó, volvió a subírselos. Carraspeó bajito y dijo, sin alargar ninguna vocal:

—Entonces no era ella.

Mariana guardó el teléfono en el bolsillo de su bata. Sacó el expediente de Rubia de la carpeta que decía “estancia prolongada” y lo puso en el cajón de abajo del escritorio. Ese donde dormían las pocas historias que ya no necesitaban contarse. Bastaba con no olvidarlas.

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