La primera vez que Don Ruperto vio al gato anaranjado fue un martes a las seis y cuarto de la mañana. Estaba sentado en la orilla del camino de caliche, justo frente a la barda de malla ciclónica, con las patas delanteras juntas. No maullaba. No se movía. Solo alzaba la pata derecha y la dejaba suspendida en el aire, doblada en un ángulo que no era normal. Como si la ofreciera a quien pasara por enfrente.
Don Ruperto dejó la taza de café sobre la repisa del porche y se levantó del sillón de madera. Su casa era la última de la Calle Durazno, después venía el llano y los mezquites hasta la torre de agua oxidada. Por ahí no pasaba mucha gente. Pasaba la camioneta del correo a las diez. Pasaba Beto, el muchacho que vendía elotes en una bicicleta con hielera. Pasaban las trocas que iban a la bodega de melones. Y ahora pasaba también este gato.
El animal no se quitaba. Si alguien se acercaba más de dos metros, se paraba en tres patas y daba un paso atrás, pero la pata mala la mantenía en alto. Como si supiera que esa pata era la única explicación para estar ahí, pidiendo.
No era un gato callejero. Tenía el pelo limpio, no estaba flaco, y no se escondía entre los matorrales como hacen los callejeros de verdad. Un gato así, o lo acababan de abandonar, o se había perdido de una casa donde lo trataban bien. En Las Palmas nadie iba a admitir haberlo echado, de todos modos.
Don Ruperto lo observó desde el porche durante tres días. Le dejaba agua en un envase de mantequilla y un pedazo de tortilla con frijoles. El gato tomaba el agua. La tortilla no la tocaba.
El lunes, la señora Chuy, la vecina de enfrente, lo vio desde su ventana y gritó algo que Don Ruperto no alcanzó a oír. No cruzó la calle. El del correo se bajó de la camioneta, dejó un sobre en el buzón, miró al gato de lejos y se fue. Beto, el de los elotes, le arrimó la bicicleta y el gato retrocedió sin bajar la pata. «Ay, pobrecito», dijo Beto, y siguió pedaleando.
El sábado por la tarde, Don Ruperto marcó el número de un refugio de gatos que había visto en una lona en la gasolinera de la carretera 83. La lona decía «Bigotes del Valle — Rescate de gatos». Le contestó una mujer.
«Buenas tardes, hablo de Las Palmas», dijo Don Ruperto. Se rascó la nuca. «Mire, no sé si ustedes vengan hasta acá, es que hay un gato chiquito afuera de mi casa con la pata mala. Lleva días aquí. Yo no puedo… » Se detuvo. «Yo no lo puedo alzar, tengo la pierna mala y mi troca está parada desde febrero.»
La mujer del teléfono se llamaba Jimena. Le dijo que quedaba a hora y media de McAllen. Don Ruperto no dijo nada por unos segundos. Oyó a la mujer teclear en una computadora.
«Mire, le voy a ser honesto», dijo él. «Yo sé que es mucho pedir. Por un gato de la calle, ni modo. Pero es que el animalito… » Hizo una pausa. «Es que enseña la patita. Usted no sabe cómo la enseña.»
«¿Me manda su dirección?», dijo Jimena.
Don Ruperto le dictó: Calle Durazno, lote 14, Las Palmas, Texas.
Jimena salió de McAllen el domingo a las seis y media de la mañana. Su carro, un Honda Accord del 2007 con un tapón de rueda perdido, venía con un ruidito raro en el aire acondicionado que sonaba como un chasquido cada vez que daba una vuelta a la izquierda. Puso un podcast, lo apagó. Pensó en que era su día libre. Pensó en que el refugio tenía trescientos cuarenta dólares en la cuenta y en que una cirugía de pata, si era lo que sospechaba, no bajaba de ochocientos.
Tomó la carretera 83 y luego la 107. Pasó la última gasolinera con los letreros en inglés y español, y el camino se volvió de caliche. El polvo blanco se metió por las rendijas del carro y dejó una película fina sobre el tablero. En la esquina de una calle había una casa con un Santa Claus de plástico todavía colgado de la barda, descolorido por el sol de marzo.
El GPS se perdió en cuanto salió del asfalto. La pantalla del celular mostraba la flecha del carro girando en un espacio vacío. Llamó a Don Ruperto.
«¿Ya viene?», dijo él. «Agárrese por la calle del poste doblado, luego la que tiene un tambo azul en la esquina. Si ve tres buzones de lámina, ya se pasó.»
Jimena apuntó las señas en el reverso de un recibo del HEB.
Llegó a la hora y cuarenta minutos del viaje. Don Ruperto la estaba esperando en el porche, con un sombrero de paja y una camisa de cuadros. A su lado, en el suelo de concreto, estaba el envase de mantequilla vacío.
«No lo he visto desde ayer», dijo Don Ruperto. «Ayer vino dos veces a tomar agua. Hoy todavía no.»
Jimena barrió el camino con la vista. Mesquites, una barda de malla, una casa de lámina al otro lado. Y ahí, debajo de un árbol, sentado, un gato anaranjado con la pata derecha alzada en el aire.
«Ahí está», dijo Jimena.
«¿Dónde?» Don Ruperto entrecerró los ojos.
Jimena caminó despacio hacia el mezquite. El gato no corrió. La vio venir, se paró en tres patas, y volvió a sentarse cuando ella se agachó a dos metros.
«Hola, chiquito», dijo Jimena. «Hola, Canelo.»
El gato maulló. Fue un maullido corto, como un quejido, y luego volvió a alzar la pata. La tenía hinchada, torcida hacia afuera de una manera que hizo que Jimena apretara los dientes.
Sacó de la mochila una toalla vieja y un transportín de plástico. El gato dejó que lo cubriera con la toalla. Ni siquiera se tensó. Se quedó quieto, entregado, como si hubiera estado esperando exactamente eso durante días.
De vuelta al carro, Don Ruperto le acercó una bolsa del HEB con algo adentro.
«Tenga, pa'l gasto», dijo. Era una bolsa de croquetas para gato. «Yo no sé de estas cosas, pero la señora Chuy me dijo que era buena marca.»
Jimena la guardó en el asiento de atrás. «Le voy a hablar, Don Ruperto. En cuanto sepamos algo.»
«Ándele pues», dijo él. Y se quedó en el porche, con las manos en los bolsillos del pantalón de mezclilla, viendo la nube de polvo blanco que dejaba el Honda.
El viaje de regreso fue peor. El gato no se acomodaba en el transportín. Daba vueltas, se rascaba contra el plástico, lloraba bajito. Cada vez que lo hacía, Jimena le hablaba por el retrovisor, pero no ayudaba. El gato quería salir.
A la altura de la carretera 107, el gato arrancó un pedazo de toalla, lo amontonó en una esquina del transportín y se recostó con la pata mala colgando en un ángulo extraño. Cerró los ojos. Se quedó quieto, respirando profundo.
Y entonces Jimena pensó: cuántas casas habrá visitado, cuántos porches, cuántas puertas, antes de que alguien hiciera una llamada.
El gato se dejaba tocar. Ronroneaba si le rascabas detrás de las orejas. Estaba limpio, no tenía pulgas, y supo usar el arenero apenas llegó a la casa de paso. Un animal así no nació en el monte. Alguien le puso un plato, alguien lo cargó, alguien le enseñó a confiar. Luego, no sé qué pasó. La gente no deja a un gato así en un camino de caliche por accidente.
Eso le dio más rabia que tristeza. Y la rabia le sirvió para hacer las llamadas que había que hacer.
El lunes por la mañana, Jimena llevó al gato a la clínica veterinaria de la calle Nolana. El doctor Efraín Aguilar lo puso sobre la mesa de exploración y le pasó los dedos por la pata, presionando con cuidado. El gato no se quejó. Solo ronroneó.
«La fractura es vieja», dijo el doctor. «Se consolidó mal. Hay daño en los tejidos. Pero la pata no está muerta.» Hizo una pausa larga. «La podemos salvar. Habría que quitar el tejido dañado y va a quedar un poco más corta que la otra. Va a cojear, pero va a caminar.»
«¿Cuánto?», preguntó Jimena.
«Entre la cirugía, los antibióticos y el seguimiento… novecientos veinte.»
Jimena vio la pantalla del celular: el refugio tenía trescientos cuarenta dólares en la cuenta.
«Lo hacemos», dijo.
No sabía de dónde iba a salir el resto. Pero el gato, en ese momento, se estiró sobre la mesa de acero inoxidable y puso la barbilla sobre la mano del doctor. Empezó a ronronear con una fuerza que llenaba el consultorio. Al doctor se le escapó una risa corta.
Mientras esperaban las radiografías, el gato se quedó dormido sobre la mesa. No se acurrucó. Se estiró todo lo largo, con las patitas colgando, como si estuviera en el sofá de una casa. La asistente, una muchacha joven, se quedó junto a la jaula viéndolo.
«Nunca había visto un gato de la calle tan tranquilo aquí», dijo.
«No era de la calle», contestó Jimena.
La cirugía duró dos horas y media. El doctor Aguilar salió con la pata vendada y un fijador externo metálico que parecía sacado de una maqueta. La pata quedó más corta, pero derecha.
Durante los días siguientes, Jimena durmió en el sofá de la casa de paso. Publicó fotos del gato en las redes del refugio. Contó la historia de la Calle Durazno, de Don Ruperto que le dejaba agua en el envase de mantequilla, de cómo el gato alzaba la patita como si la ofreciera.
El refugio recibió mil ciento cuarenta dólares en donaciones en tres días. Gente de McAllen, de Edinburg, de Pharr. Una señora mandó veinte dólares con una nota que decía «para el gato de la patita». Con eso pagaron la cirugía y sobró para la siguiente cuenta.
Seis semanas después, Jimena estacionó el carro frente al departamento de Vanessa, la asistente de la clínica, en la calle Ware. El gato iba en el transportín, ya sin vendaje, con un mechón de pelo más corto donde le habían rasurado para la cirugía.
Vanessa salió al estacionamiento antes de que Jimena apagara el motor. Traía un arenero azul en una mano.
«¿Es él?», preguntó.
Jimena sacó el transportín del asiento trasero. El gato maulló.
En la sala del departamento, sobre una mesa de centro de vidrio, Vanessa había puesto un plato de cerámica blanca y una cama de felpa doblada. Jimena colocó el transportín sobre la alfombra y levantó la puerta de la jaula.
El gato salió. No corrió. Dio tres pasos, se sentó, y luego caminó hacia la alfombra beige, con la pata derecha apenas tocando el suelo. Se subió a la cama de felpa, giró dos veces y se acostó. Alzó la pata derecha y la dejó suspendida por un segundo, como si recordara cómo se hacía. Luego la bajó, la encogió y se quedó dormido.
Vanessa se sentó en el piso junto a la cama. Jimena sacó de la mochila el contrato de adopción y un bolígrafo.
«Son ochenta y cinco dólares», dijo.
Vanessa firmó en la línea de abajo, escribió la cantidad en la casilla del cheque y se lo pasó a Jimena. Jimena escribió «Canelo — adoptado» en la parte de arriba del expediente, le tomó una foto al contrato con el celular y guardó el papel en la mochila.
«Mira nomás», dijo Vanessa.
El gato ronroneaba. No fuerte, no escandaloso. Un ronroneo constante, como el de un motor lejano. Tenía la pata recogida bajo la barbilla, y de vez en cuando la estiraba, la veía, y la volvía a recoger. Como si ya no necesitara enseñársela a nadie.