Yo limpio las jaulas del refugio del condado de Hinds los martes, jueves y sábado, turno de seis a dos. Llevo ahí siete años y ya casi nada me sorprende, pero aquella mañana de octubre me tocó ayudar a bajar del camión a cuatro perros que venían de una incautación, y uno de ellos —un macho grande, o lo que quedaba de él— me hizo parar en seco con la manguera todavía goteando en la mano.
No tenía pelo en el lomo. Se le marcaban las costillas como los tablones de una cerca vieja, y cuando lo pusimos en el suelo del pasillo B no se movió: se quedó ahí, encogido contra la pared de cemento, como si esperara que alguien le diera una patada. La ficha que trajo la oficial de control animal decía "raza: mezcla, posiblemente malamute", con signo de interrogación, porque la verdad es que costaba adivinarlo. Los malamutes son animales grandes, con ese pelaje espeso de dos capas que aguanta la nieve de Alaska; este apenas tenía piel sobre hueso, con manchas rojizas de sarna y una costra alrededor del cuello, marca de una cadena que llevaba puesta hacía tiempo.
Le pusieron por nombre Copo, no sé quién lo decidió, capaz alguien de la oficina de adopciones con ganas de que sonara bonito. Yo, la verdad, cuando lo vi la primera semana pensé que no lo íbamos a sacar adelante. Había visto perros en mal estado, pero este apenas comía; la veterinaria, la doctora Reyes, venía dos veces por semana desde Jackson nada más para revisarlo, y una tarde la escuché decirle a la directora del refugio que el análisis de sangre mostraba anemia severa y que si en diez días no subía de peso, no iba a aguantar.
Yo llevaba años ahí y sabía que no debía encariñarme con ninguno —regla de oro, si no, uno se rompe el corazón cada semana—, pero le empecé a guardar, sin decirle a nadie, un poco del pollo hervido que sobraba de la cocina de los cachorros, y se lo dejaba en el tazón cuando limpiaba su jaula. Al principio ni se acercaba hasta que yo cerraba la reja y me alejaba unos pasos. Después empezó a esperar, sentado, mirando la puerta.
El caso de la incautación salió hasta en el noticiero del canal 3, porque encontraron a Copo y a otros tres perros encadenados en un terreno a las afueras de Raymond, sin agua limpia, sin sombra, comiendo lo que caía de un comedero oxidado. Los dueños —una pareja de mediana edad que ya tenía denuncias previas por negligencia— alegaron que "no tenían dinero" para cuidarlos. El juez del condado les prohibió tener animales por diez años y les impuso una multa. A mí esas audiencias no me tocan, yo solo limpio jaulas y doy de comer, pero la oficial de control animal, Denise, me contó los detalles un día que nos tomamos un descanso en el estacionamiento, con su café del Circle K de la esquina en la mano.
Pasaron como seis semanas. Copo empezó a subir de peso, le creció el pelaje de a poco, primero como pelusa gris alrededor de las orejas, y un día —me acuerdo porque fue justo antes de Acción de Gracias, y en la oficina ya habían puesto la guirnalda de plástico en la puerta de entrada— lo saqué al patio de ejercicio y corrió. No mucho, unos quince pies, dando vueltas como cachorro torpe, y se tropezó con sus propias patas. Fue la primera vez que lo vi hacer algo que no fuera sobrevivir.
Ahí fue cuando empezaron a subir sus fotos a la página de Facebook del refugio, "Cuenta con el condado de Hinds" o algo así se llama la cuenta, y la gente empezó a compartirlas. Llegaron mensajes de Louisiana, de Tennessee, hasta uno de alguien en Texas preguntando si se podía adoptar a distancia. Pero la que se quedó con él fue una señora de Clinton, a como quince minutos de Jackson, que se llama Marisol Ontiveros. Trabaja de enfermera en el Hospital Merit y había perdido a su perro, un husky, hacía dos años, de cáncer. Vino un sábado por la mañana, se sentó en el piso del pasillo B —cosa que no todo el mundo hace, casi nadie se ensucia los pantalones así nomás— y se quedó ahí como cuarenta minutos sin tocarlo, dejando que Copo se acercara cuando quisiera.
Yo estaba trapeando el pasillo de al lado y la vi por el rabillo del ojo. Copo tardó, pero al final le puso el hocico en la rodilla. Marisol firmó los papeles esa misma tarde.
Lo que pasó después me lo fui enterando de a poquitos, porque Marisol volvía cada tantos meses a hacerle una revisión con la doctora Reyes y de paso pasaba a saludar, a veces con una bolsa de donas de la panadería que hay cerca de su casa para el personal del refugio. La primera vez que volvió, unas ocho semanas después de la adopción, casi no lo reconozco: tenía el pelaje completo, blanco y gris, esponjado, y esa cola enroscada que tienen los malamutes cuando están contentos. Pesaba el doble. Caminaba con el pecho hacia adelante, no arrastrando las patas como antes.
Marisol contaba que dormía en su cuarto, en una cama ortopédica que le compró en la tienda de mascotas de Clinton, y que los fines de semana lo llevaba al Parque LeFleur, cerca del río Pearl, donde hay un sendero largo bajo los robles. Decía que al principio Copo se asustaba con cualquier ruido fuerte, un portazo, una moto pasando, y se metía debajo de la mesa de la cocina; que ella se sentaba en el piso al lado de la mesa, sin forzarlo a salir, hasta que él decidía asomar la cabeza solo.
Hubo un episodio que ella me contó riéndose, ya bien entrado el segundo año: en julio, para el 4 de julio, los vecinos tiraron fuegos artificiales toda la noche y Copo se subió a la cama y se metió debajo de las cobijas, temblando, y ella tuvo que dormir así, hecha un ovillo con sesenta libras de perro encima, hasta que amaneció. Dijo que no le importó ni un poquito.
Yo dejé de trabajar en el refugio hace un año y medio —me ofrecieron un puesto de coordinadora en la clínica veterinaria de bajo costo que hay en West Jackson, mejor horario, mejor paga— pero seguí en contacto con Marisol por Facebook, y hace como tres meses subió una foto de Copo tirado panza arriba en el patio de su casa, con el pasto bien verde, una manguera de jardín tirada al lado y un ventilador de esos de pie apuntándole directo porque, según ella escribió, "a este señor de Alaska no le gusta nada el calor de Mississippi". En los comentarios alguien preguntó si todavía se acordaba de dónde había salido. Marisol contestó que no sabe si se acuerda, pero que cada vez que pasan cerca del refugio en el carro, él pega la nariz contra el vidrio y no deja de moverse hasta que doblan por otra calle.
No sé si eso significa algo. Yo nomás lo cuento porque lo vi entrar arrastrándose por el pasillo B una mañana de octubre, y lo vi salir por esa misma puerta, cuatro años después, con la correa floja en la mano de una mujer que se sentó cuarenta minutos en el piso sin pedirle nada a cambio.