El día del funeral de Carmen, mi madrastra, el calor de San Antonio hacía vibrar el aire sobre el asfalto. Yo llevaba más de once años ayudándola, llevándola al médico cada jueves, cocinándole caldo de pollo cuando se resfriaba, organizando sus papeles del banco. Valeria, su hija de sangre, aparecía en Navidad y en los cumpleaños, siempre con prisa y algún regalo de última hora. Aun así, cuando Carmen se fue, Valeria tardó veinte minutos en reclamar la casa de dos plantas con buganvilias en la entrada, el Toyota Camry gris estacionado bajo la jacaranda y hasta las joyas que Carmen guardaba en una caja de lata envuelta en plástico.
A mí me entregó una maceta con un cactus cubierto de espinas finas y una nota doblada a la mitad. La nota, escrita con letra torcida y tinta violeta, decía: «Mamá te tuvo cerca solo por conveniencia. Espero que ahora entiendas todo». Valeria me la puso en la mano apoyando las uñas en mi palma, giró sobre sus tacones y se fue a atender a las visitas que llegaban con pastelitos.
Me quedé inmóvil en el porche, con el cactus en una mano y la nota en la otra. El perro del vecino ladró dos veces y un gallo respondió desde algún corral cercano — ese gallo que siempre cantaba a deshora. Respiré hondo, bajé los tres escalones y caminé hasta mi apartamento en la calle Guadalupe, un estudio con la estufa a un metro de la cama. Dejé la maceta en el alféizar, entre el foco de la cocina y el sobre de las facturas, y no volví a mirarla hasta bien entrada la noche.
Serían las once y media cuando abrí la nevera solo para encontrar un yogur vencido y un limón arrugado. Cerré la puerta y mis ojos se toparon con la maceta. La nota seguía sobre la mesa. La tomé dispuesta a romperla y tirarla al cubo, pero al darle la vuelta vi una segunda línea, al pie de la página, escrita con la misma letra pero más pequeña, como si Carmen hubiera añadido algo a escondidas: «Revisa la raíz, hija».
Se me fue el aire. Esa palabra, «hija», ella nunca la usaba conmigo delante de Valeria. Me arrodillé en el suelo de linóleo y metí los dedos en la tierra seca del cactus. Una espina se me clavó en la yema, pero seguí escarbando hasta que toqué algo plástico. Saqué una bolsa con cierre hermético, de las que se usan para el hielo, y dentro un sobre blanco doblado en tres.
Dentro del sobre encontré dos papeles. El primero: una escritura de propiedad del inmueble de Carmen, el de las buganvilias, con mi nombre completo, Mariana Torres, como única propietaria, firmada ante notario cinco años atrás. El segundo: un estado de cuenta del credit union La Esperanza, con un saldo de 127 400 dólares a mi nombre, con movimientos mensuales automáticos desde una cuenta que Carmen mantenía para mí desde que yo tenía diecisiete años.
No pude dormir. Me quedé con la espalda apoyada en la nevera, el zumbido del motor llenándome la cabeza, y los papeles sobre mis muslos. El olor a tierra se mezclaba con el olor a café viejo. Afuera, el gallo cantó otra vez, cerca de las tres de la madrugada, y un auto pasó con el corrido a todo volumen.
A las ocho de la mañana ya estaba en la sucursal del credit union. La cajera, una mujer con una placa que decía «Socorro», verificó mi identidad y activó la cuenta a mi nombre sin más trámite. Me entregó una tarjeta nueva y un folleto plastificado con los horarios. Metí la tarjeta en la cartera y, antes de salir, pedí un café en el círculo de la esquina. Allí, con el vaso de unicel calentándome la mano, marqué el número de un abogado que alguna vez había ayudado a Carmen con un asunto de linderos. Le expliqué todo en cinco frases y quedamos en vernos frente a la casa a las doce en punto.
Valeria estaba en el jardín delantero, regando los geranios con una manguera verde. El chorro de agua cortaba el aire cuando me vio llegar con el abogado. Soltó la manguera a un lado y el agua siguió corriendo por la banqueta, arrastrando hojas secas.
—¿Y ahora qué quieres? —dijo, cruzando los brazos sobre el pecho—. Si vienes a pedir algo, ya mamá te dejó bien claro dónde estabas.
No contesté. Abrí el sobre plastificado y le tendí la escritura. Ella la tomó, leyó las primeras líneas y su cara cambió: las cejas se le juntaron, las aletas de la nariz se le abrieron. Levantó la vista y volvió a leer la fecha y el sello notarial. El abogado, un hombre calvo con bigote fino, carraspeó y dijo:
—La propiedad está registrada a nombre de la señorita Torres desde hace más de cinco años. Es inapelable.
Valeria rompió el papel por la mitad. Los pedazos cayeron sobre el pasto mojado.
—Eso no vale nada —soltó, pero la voz le tembló un poco—. Esta casa es mía. Yo viví aquí con ella.
—Es copia —dije, sin alterar la voz—. El original está en la caja de seguridad del banco, junto con el estado de cuenta.
Valeria se quedó en silencio unos segundos, la boca entreabierta y los ojos fijos en los trozos de papel. Después giró, entró a la casa y volvió a salir con una bolsa de mano que arrojó al asiento trasero del Toyota. Arrancó el motor con un chirrido y el coche se perdió entre los carros estacionados, doblando en la esquina donde el camión de los elotes siempre se detiene.
Me quedé en la entrada, con los dedos manchados de tinta por la copia rota. El abogado me dio una palmada breve en el hombro y se despidió. Llamé a un cerrajero de la zona. Llegó en una camioneta blanca con el logotipo de una llave en la puerta. En cuarenta minutos cambió las dos cerraduras: la de la puerta principal y la de la cocina. Me entregó tres llaves nuevas unidas por un aro de metal y me cobró ciento treinta dólares. Le di un billete de veinte de propina porque traía las herramientas ordenadas y no intentó hacerme conversación.
Ya con el pestillo puesto, recorrí la casa. En la cocina, sobre la encimera, estaba el mismo cactus que yo había dejado en mi estudio; uno de los vecinos lo había traído hasta aquí mientras yo iba al banco. Lo puse en un rincón del patio trasero, lejos del alcance del sol directo, y volví a plantar las raíces en una maceta de barro nueva que encontré en el cobertizo.
Preparé café de olla en la estufa, serví una taza y salí al porche trasero. El calor ya empezaba a ceder. El gallo del vecino volvió a cantar, esta vez más cerca. La buganvilia seguía ahí, recargada en la reja, igual que siempre. Metí la mano en el bolsillo y toqué las tres llaves nuevas. El metal aún estaba frío. Mañana iría al banco a poner mis documentos en la caja de seguridad. Pero hoy, solo quería terminar el café mientras oscurecía.