# En algún lugar de las afueras de El Paso

Tomás no dormía bien desde hacía tres noches. No porque estuviera de guardia —sus turnos ahora eran solo diurnos—. Simplemente, en el apartamento de arriba llevaba una hora llorando un bebé, y afuera, bajo su ventana, una alarma de carro no paraba de chillar. Se quedaba mirando el techo, pensando que después de doce años trabajando en una clínica veterinaria todavía no había aprendido a desconectarse del sufrimiento ajeno.

La historia no empezó con él. Empezó con don Refugio, que en septiembre salió a revisar si la lluvia de cuatro días había inundado la reja de su rancho.

La lluvia llevaba varios días cayendo sobre el pueblo, cerca de Fabens, al sureste de El Paso —no un aguacero, sino una llovizna terca que venía del desierto. Parecía que le pagaban por cada hora que seguía cayendo. El camino de tierra se había vuelto lodo, y por las roderas corría agua color óxido. En la parte baja, detrás del potrero viejo, donde desde siempre decían "ahí siempre se encharca", se había formado una laguna completa. Refugio se puso las botas de hule, se echó encima la chamarra de lona y caminó junto a la cerca, maldiciendo un poste que se había ladeado.

Iba pensando que tendría que comprar un poste nuevo, pero de dónde sacar esos ochenta dólares —en la ferretería los cobraban a ese precio la pieza. Fue entonces cuando lo escuchó.

Un sonido delgado. No era un pájaro. Era algo vivo.

Se detuvo. Solo se oían las gotas golpeando las hojas de mezquite. "Me lo imaginé", masculló, y dio unos pasos más. Y otra vez, el maullido débil, casi imperceptible.

Refugio apartó el zacate mojado con la punta de la bota y vio el registro de concreto. Un pozo de drenaje viejo, de cuando todavía había ranchos ganaderos por ahí. Lo recordaba desde niño: de chamacos tiraban piedras adentro y escuchaban cuánto tardaban en caer. La tapa no estaba —se la habían llevado para vender el metal hacía décadas. Treinta años el pasto había cubierto ese hoyo, y como nadie había caído nunca, todos se habían olvidado de él.

Refugio se agachó.

Abajo había agua. Oscura, con lodo, casi hasta el borde superior. Y en el agua estaba parada una gata. Pequeña, gris y blanca, tan flaca que el pelo se le pegaba al cuerpo como un trapo mojado sobre unos palos. No nadaba. No trataba de trepar. No rasguñaba la pared. Estaba parada en las patas traseras, estirada hacia arriba, apoyando las delanteras contra el concreto áspero. El agua le llegaba al pecho. El cuello estirado al máximo. Y entre los dientes traía un gatito. Mojado. Vivo.

Refugio contó después que en el primer segundo ni siquiera entendió lo que veía. Su cerebro se negaba a armar la imagen. Llevaba sesenta y cuatro años viviendo ahí, había visto gatos en los árboles, bajo las llantas, en las pilas de agua de lluvia. Pero eso, nunca.

La gata miraba hacia arriba. Hacia la luz.

Sacó el celular con los dedos mojados y le marcó a su vecino Beto. Este contestó al tercer timbrazo, con voz de sueño:

—¿Qué le pasa, tan temprano? Son las siete y media.

—Trae una cuerda y una cubeta.

—¿Qué?

—Que traigas, le digo. Aquí hay una gata en el pozo. Con una cría.

—¿Está hablando en serio? ¿Dónde?

—En el drenaje viejo, atrás del potrero. Apúrese.

Beto llegó a los diez minutos, con la chamarra abierta sobre la camiseta, un rollo de mecate al hombro y una cubeta vieja de las de alimento para ganado. Se asomó. Se quedó callado.

—¿Cuánto tiempo lleva ahí? —preguntó por fin.

—La lluvia lleva cuatro días —dijo Refugio—. Entonces cuatro días lleva ella también.

—Deme la cuerda y ya no cuente más —se cortó a sí mismo.

Amarraron la cubeta, la bajaron. La gata no brincó. Refugio se tiró boca abajo en el lodo y estiró el brazo hacia adentro. Su esposa Lupita después se pasó dos días tallando esa chamarra y no dijo nada.

—Tranquila, tranquila, tontita. Ya. Ya está —murmuraba, sin saber muy bien a quién le hablaba.

Cuando subió la cubeta, el agua se derramaba por los lados. La gata iba de costado. No soltó los dientes. El gatito seguía colgando, sostenido con cuidado por el pellejo del cuello, como cargan a los suyos.

Refugio puso la cubeta sobre el pasto. Y hasta entonces ella abrió la boca. El gatito cayó al zacate. Mojado, frío, pero no en el agua. Movió una patita.

Lupita llegó corriendo con una caja de cartón y un suéter viejo. Levantó al gatito con dos dedos, como quien levanta un cascarón.

—Dios mío. Está helado.

—¿Está vivo?

—Respira.

La gata trató de pararse. Las patas traseras se doblaron debajo de ella como mecates mojados. Cayó de lado. Lupita se llevó la mano a la boca.

Refugio se hincó ahí mismo, en el lodo. La veía respirar —rápido, entrecortado. Y cómo, aun tirada, volteaba la cabeza hacia donde estaba el gatito.

La acomodaron en una caja de madera de las de herramienta. Lupita corrió a la despensa y sacó una sábana limpia del clóset. No quiso poner al gatito adentro.

—Que se quede ahí —dijo—. La mamá lo entendería.

El camino a El Paso les tomó cuarenta minutos, pero se sintió como tres horas. Atrás, en la cajuela, a veces la gata respiraba con dificultad, a veces el gatito soltaba un maullido débil. Lupita iba sentada junto a la caja, repitiendo:

—Aguanta, mija. Aguanta. Ya hiciste todo lo que tenías que hacer.

No se lo decía al gatito. Se lo decía a la gata.

En la clínica los recibió la doctora Esperanza, una mujer como de cincuenta años, pelo corto y canoso, expresión completamente serena. Miró al gatito. Después a la gata. Tomás notó que empezó a moverse un poco más rápido de lo normal. Los veterinarios con experiencia no se sobresaltan. Simplemente empiezan a apurarse.

Se llevaron al gatito bajo la lámpara de calor. A la gata la pusieron sobre la mesa, y Tomás empezó a secarla con cuidado, como si temiera borrarle las pocas fuerzas que le quedaban.

—¿Cuánto tiempo pudo haber estado ahí? —preguntó la doctora Esperanza, sin dejar de examinarla.

—Cuatro días —dijo Refugio—. Justo lo que llovió. Yo casi no voy para ese lado del potrero, ya no hay ganado ahí.

Ella no contestó nada. Miraba las almohadillas de las patas, la piel del abdomen, la mandíbula.

—Tomás. Las bolsas de agua caliente. Y una cobija seca y tibia.

El estado era grave. Hipotermia severa. Las almohadillas se veían blancas e hinchadas —así se pone la piel cuando pasa demasiado tiempo mojada. La parte baja del abdomen y las patas traseras estaban irritadas por el agua sucia del pozo. Los músculos de las patas traseras casi no respondían. La cola colgaba sin moverse.

Pero lo peor era la mandíbula. Tomás fue el primero en notar que la gata no podía cerrar bien la boca —los músculos parecían congelados en la posición en la que había sostenido al gatito. No un minuto. No una hora.

La doctora Esperanza pidió silencio y empezó a masajear la mandíbula con mucho cuidado. No había fractura. Había agotamiento. Había dolor. Y había una memoria muscular que llevaba demasiado tiempo ejecutando una sola orden: no sueltes.

El gatito, mientras tanto, ya respiraba más parejo. Débil, deshidratado, demasiado liviano para su edad. Pero los pulmones limpios. No había agua en ellos. El pelo mojado solo por arriba, por la lluvia, no empapado con ese lodo oscuro del fondo del pozo.

—De verdad lo sostuvo fuera del agua —dijo la doctora Esperanza—. Casi todo el tiempo. Cómo es posible esto…

Después se lo explicó a Refugio con palabras sencillas, y él se lo contaba a todo el que le preguntaba.

Cuando la gata y el gatito cayeron al pozo, había poca agua. Ella podía pararse tranquilamente en las cuatro patas. El gatito estaba echado a su lado. Pero la lluvia seguía. El agua fue subiendo. Cuando llegó al pecho, el gatito ya no podía quedarse acostado. Entonces ella lo tomó entre los dientes.

El agua siguió subiendo. Ella se paró en las patas traseras.

Más arriba todavía, y tuvo que estirarse con todo el cuerpo, con la cabeza en alto. Cada hora se volvía una tortura. Cada respiro exigía quedarse quieta. Cualquier intento de salvarse a sí misma significaba perderlo a él.

Tenía una opción. Ponerse en las cuatro patas, trepar por el concreto, buscar una salida, intentar brincar. O quedarse parada.

Eligió quedarse parada.

Lupita no lloró cuando escuchó esto. Lloró al día siguiente, cuando el gatito por primera vez empezó a buscar a su mamá con el hocico. Le dieron fórmula con un gotero, tomó unos sorbos, y aun así se estiró hacia la orilla de la caja, hacia donde estaba ella.

La primera noche fue la más dura. La gata no comía sola. La hidrataban gota a gota con una jeringa sin aguja. Se dormía y despertaba con cada maullido. Cada vez que el gatito hacía ruido, ella intentaba levantar la cabeza. Tomás le repitió varias veces una frase, en voz baja, casi para sí mismo:

—Aquí está. ¿Lo oyes? Está cerca.

Por la tarde movió la caja del gatito más cerca de la mesa. La gata movió la pata delantera. No alcanzó. Entonces Tomás tomó al gatito y lo puso junto a su pecho. El gatito enterró el hocico en el pelo desgastado.

La gata cerró los ojos. No como quien se rinde. Como quien por fin escuchó la respuesta que esperaba.

A los dos días quedó claro que el gatito iba a sobrevivir. A la semana ya tomaba con ansias del gotero y maullaba por toda la clínica pidiendo más. A las dos semanas caminaba con seguridad sobre la mesa, como si nunca hubiera colgado sobre agua helada.

Le puso nombre Danna, la nieta de Refugio. Tiene ocho años.

—Se va a llamar Rayito —dijo—. Porque lo tenían cerca de la luz.

Los adultos se miraron y no discutieron.

A la gata, al principio, le decían "la Callada" en la clínica —casi no maullaba. Después Tomás dijo que el nombre no le quedaba.

—No es callada. Nomás que ya dijo todo lo que tenía que decir, allá en esa agua.

Empezaron a llamarla Gerda. Se le pegó de inmediato.

Gerda estuvo internada seis semanas. Parte del pelo del abdomen y las patas traseras nunca le volvió a crecer. La piel sanaba despacio, con recaídas. Las patas traseras empezaron a responder, pero no como antes. Podía levantarse. Podía dar unos pasos. Después se sentaba.

Tomás anotaba cada día, en la hoja de observación, las pequeñas victorias:

"Comió sola. Se dio la vuelta sin ayuda. Reaccionó al gatito. Tres pasos. Cinco pasos. Se cayó. Lo intentó otra vez."

Lupita llevaba toallas viejas y suaves. Refugio llevaba comida y se quedaba parado en la puerta, callado, mientras Tomás le contaba las novedades. Danna iba a ver al gatito y un día preguntó si podría llevárselo a la casa cuando creciera.

Refugio miró a Tomás. Tomás miró a la doctora Esperanza.

—Se puede —dijo la doctora—. Pero solo si te acuerdas siempre a quién le debe la vida.

Danna asintió con esa seriedad con la que asienten los niños cuando entienden más de lo que los adultos esperan.

El gatito se fue a vivir con Refugio a las dos semanas. Dormía junto a la estufa, perseguía bolitas de estambre y le tenía miedo a una sola cosa: cuando la llave del agua se quedaba abierta demasiado tiempo. Entonces se escondía debajo del sillón y no salía.

Con Gerda fue más complicado. Una gata con las patas traseras parcialmente paralizadas, con la cola inmóvil, que no brinca ni corre, no es de las que la gente se apura a adoptar.

Cuando llegó el momento de decidir, Tomás dijo:

—Yo me la llevo.

Nadie se sorprendió. Él había sido quien la calentó la primera noche. Había escuchado cómo trataba de levantar la cabeza con cada maullido. Había visto cómo un animal que ya ni siquiera podía pararse, aun así, se arrastraba hacia la caja.

Tomás vive en un apartamento pequeño por el sur de El Paso, cerca de la Zaragoza. Le hizo una cama baja junto a la ventana, puso los platos de comida a un nivel donde no tuviera que brincar. La primera noche en casa, Gerda tardó casi un minuto en recorrer la distancia entre la cama y el plato. Las patas traseras se arrastraban. La cola le iba detrás por el piso.

Tomás se sentó en el suelo y no la ayudó. La vio, centímetro a centímetro, avanzar sola ese metro y medio, y ni una sola vez estiró la mano.

Llegó. Comió un poco. Regresó a la ventana. Y durmió treinta y seis horas casi sin parar. El primer sueño de verdad en muchos días.

A la semana, Refugio regresó al pozo viejo. Llevó una reja de metal soldada, la máquina de soldar y a Beto. Trabajaron en silencio. El pasto alrededor del hoyo ya empezaba a crecer de nuevo, como intentando cerrar la boca del pozo otra vez. Refugio lo apartó con la bota.

Beto sostenía la reja. El metal cayó sobre el concreto con un golpe sordo y pesado.

Cuando terminaron, Refugio se quedó parado un buen rato, mirando hacia abajo entre los barrotes.

—¿En qué piensa? —preguntó Beto.

Refugio no contestó enseguida.

—Sabe, en la vida he perdido de todo. Se me ahogaron becerros, se me llevó la creciente la milpa, se me quemó el tractor. Ha sido duro. Pero no es por eso que no puedo dormir.

—¿Y por qué es?

—Es porque yo pude haber caminado por el otro lado. Pude no haber escuchado. Pude decirme que me lo estaba imaginando. Pude decir "después voy a ver".

Se quedó callado un momento.

—Y ella hubiera seguido ahí parada. Con él entre los dientes. Hasta que las patas ya no aguantaran.

Beto se quedó pensando un rato. Después preguntó:

—¿Usted cree que lo hubiera soltado?

Refugio miró la reja.

—No. Creo que no.

Pasó un mes. Gerda se acostumbró al apartamento como uno se acostumbra no a un lugar nuevo, sino a un cuerpo nuevo —de a poco, centímetro por centímetro. Al alféizar de la ventana no brinca: Tomás le puso un escaloncito al lado. No persigue juguetes, pero a veces engancha con la pata algún cordón si lo tiene cerca. Al baño nunca se acerca.

Rayito a veces viene de visita con Danna —la niña insistió en que debía conocer a su mamá. Ya creció y es un gato grande, gris, atrevido y curioso. Pero cada vez que lo ponen junto a Gerda, se queda quieto, le huele el hocico. Ella tolera sus travesuras unos segundos, y después le pone la barbilla encima de la cabeza.

Una tarde Tomás estaba hojeando la vieja hoja de observaciones y se topó con la primera anotación: "Patas traseras sin respuesta. Mandíbula rígida. Al ingreso: 3:00 a.m., temperatura corporal 93.4°F." Debajo de la línea, su firma y la de la doctora Esperanza.

Tocaron la puerta.

En el umbral había un hombre como de cincuenta años, con una chamarra sucia y botas de trabajo. Lupita después supo quién era: Genaro, que vivía del otro lado del pueblo, el mismo que años atrás le había quitado la tapa al pozo para vender el metal. En el pueblo ya llevaban una semana comentando que por la gata rescatada y el gatito habían pagado dinero —que alguien de la clínica había recibido un bono, que alguien había visto un anuncio pidiendo donaciones para el tratamiento. Los rumores crecieron rápido, y al final resultó que por los animales "habían dado buen dinero".

—Esa es mi gata —dijo Genaro desde la puerta—. Es de mi terreno, de mi pozo. Si por ella están dando dinero, a mí me toca la mitad. O si no, me la llevo, a ella y al gatito, y hagan lo que quieran.

Tomás, sin decir nada, le extendió el recibo —la copia del último pago, ochocientos cuarenta dólares, y el contrato de custodia del animal.

—Aquí está el costo del tratamiento —dijo—. Nadie ganó nada con esto. Si quiere la gata, devuelva esa cantidad a la clínica y a Refugio, que fue quien la sacó. Entonces hablamos de quién es.

Genaro le dio vueltas a los papeles, leyó las cifras, hizo una mueca y no contestó nada. Se quedó parado un rato más en la puerta, como esperando que algo cambiara, después le devolvió las hojas a Tomás y se fue sin despedirse.

Tomás cerró la puerta. En la cocina ya hervía el agua para el café.

Gerda levantó la cabeza, escuchó cómo se alejaban los pasos afuera, y despacio, terca, caminó hacia la ventana —hacia donde ya se juntaba el último sol de la tarde.

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