La barbacoa que nadie se comió

Me llamo Lupe y vivo al lado de Marisol desde hace once años. Cada cuatro de julio, ella prende el asador de carbón en el patio trasero. Este año me pidió ayuda con las ensaladas porque su hermana Isabela venía con toda la familia. Yo no tengo nada contra Isabela, pero ya sabía cómo eran esas reuniones.

El domingo por la mañana, Marisol me escribió: "Trae papel de aluminio, que lo olvidé". Llegué a las tres y ya olía a carne asada desde la calle. Ella estaba en el patio, con un mandil rojo atado a la cintura, moviendo los muslos de pollo sobre la parrilla. El termómetro marcaba 91 grados y el sudor le corría por la frente. De fondo, la radio pasaba una cumbia vieja.

—¿Y los demás? —pregunté, mientras destapaba el guacamole.

—Mi hermana dice que salió a las dos, pero apenas se está arreglando. Mi cuñada Claudia ya vino y trajo los elotes, la horchata y dos bolsas de carbón. De mi hermana y su marido esperamos la parrillada, los refrescos y el pastel de tres leches. Lo acordamos el lunes en el grupo de WhatsApp. Todos pusieron "dale".

A las cuatro y media llegó el carro. Una Pathfinder blanca aparcó en la entrada. Bajaron Isabela, su esposo Esteban y los dos muchachos, Adrián y Kike. Ninguno cargaba nada. Nada. Ni una bolsa del super, ni un six-pack, ni una botella de agua. Solo Isabela traía su bolsa de mano, de la que sacó un espejo para retocar el labial.

Isabela entró al patio como si fuera suya. Se quitó los lentes de sol y los aventó sobre la mesa del asador.

—Ay, no te imaginas, Marisol. Un tráfico terrible en la 95. Casi no llegamos. ¿Y la carnita? ¿Ya está? Mis hijos se están muriendo de hambre.

Marisol no levantó la cara. Estaba acomodando las cebollas que acababa de cortar.

—Qué raro. Me escribiste a la una que apenas iban a salir de la casa. De ahí a que un tráfico los detenga tanto…

Isabela se encogió de hombros y se sentó en la silla plegable. Tomó un puñado de chips de la mesa.

—No nos pongamos a pelear por tonterías. El tráfico es tráfico. ¿Sirves la comida o no?

Esteban se sirvió una limonada del garrafón sin pedir permiso. Los muchachos agarraron los vasos y se fueron al fut en la sala.

Yo me quedé junto a la puerta de la cocina. Había visto esa escena antes: Isabela llegaba sin nada, comía de todo, se servía doble porción, guardaba un plato para llevar y se iba sin decir gracias. Marisol siempre lo dejaba pasar. Pero ese domingo noté algo distinto. Ella no discutió. Solo se limpió las manos en el mandil y entró a la casa.

Claudia volteó a verme y me dijo en voz baja:

—Otra vez lo mismo. Esta mujer no aprende.

Pero yo vi lo que Marisol sacó del cajón de la cocina. No era un plato ni un cuchillo. Era un candado.

Volvió al patio con el candado en una mano y una llave pequeña en la otra. Fue directo al congelador del patio, ese donde guarda las carnes para la semana. Levantó la tapa, echó un ojo a los invitados que ya se acomodaban, y luego la dejó caer. Pasó el candado por el aro y lo apretó. La llave la metió en el bolsillo del delantal.

Isabela se enderezó en la silla.

—¿Y eso? ¿Para qué le pones candado al hielo?

—Para que nadie se sirva sin pagar —dijo Marisol, sin alterarse—. Hoy cada quien come lo que trajo.

—¿Cómo que lo que trajimos? Nosotros venimos a cenar. Tú hiciste la barbacoa, Claudia trajo los elotes. Nosotros… trajimos el tráfico.

—Exacto. Trajeron tráfico. Pues cómanselo.

Me reí por lo bajo. Claudia bajó la vista hacia sus zapatos.

Isabela se puso de pie.

—No estás hablando en serio, Marisol. Mis hijos no han comido desde la mañana.

—Ah, ¿y por qué no pararon en el McDonald's? Ah, no, que había tráfico.

La discusión subió de tono. Esteban quiso intervenir, pero Marisol alzó la mano.

—No me levanten la voz en mi casa. El lunes quedamos en que cada familia traía lo suyo. Ustedes dijeron que sí. Ahora yo digo que no. Si tienen hambre, la tienda de la esquina está abierta. A dos cuadras.

Isabela agarró su bolsa.

—Vámonos, Esteban. Esta mujer se volvió loca.

Pero no se fueron. Los muchachos salieron de la sala y preguntaron por la cena. Marisol los observó sin decir nada.

Entonces Marisol fue a la nevera de la cocina, jaló la puerta y sacó siete contenedores de plástico. Empezó a llenarlos: el pollo asado, la carne, la ensalada de papa, el arroz, los frijoles, la salsa. Todo. Luego me pasó dos por encima de la cerca para mi familia. Le dio otros tres a Claudia.

—Llévenselos a tu mamá. A ella sí le gusta mi cocina.

Los dos últimos los tapó y los metió de vuelta en la nevera.

—Estos son para el almuerzo de mañana.

Isabela se quedó parada, con los brazos cruzados.

—¿Y nosotros?

—Ustedes ya se van, ¿no? Que tengan buen viaje.

Marisol entró a la casa y cerró la puerta con llave.

Yo me quedé afuera con los dos contenedores en la mano. Olían delicioso. Del otro lado de la calle, la familia de Claudia subía las bolsas al carro. Isabela seguía en el patio, viendo el asador apagado. Esteban encendía el carro. Un perro salchicha del vecino ladró dos veces desde la ventana.

La última vez que vi a Isabela esa noche, estaba sacando un billete arrugado de veinte dólares de la guantera y mandaba a Adrián a la tienda de la esquina a comprar unos Hot Pockets.

Yo me fui a mi casa con la cena servida. Marisol nunca volvió a invitar a su hermana.

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