# El cartaboncito de cartón de Abuela Rosa

Cuando mi hija me preguntó por qué guardaba una vieja mochila de cartón prensado en el ático de la casa, en Corpus Christi, no supe qué contestar de inmediato. Fue el otoño pasado. Estábamos separando cosas antes de poner en venta la casa donde crecí, en la calle Agnes, a dos cuadras de la bahía. El olor a sal y a lodo que entraba por la ventana entreabierta ese día me regresó cincuenta años atrás sin avisar.

Esa mochila había sido de mi madre, Rosa. Maestra en la escuela primaria del barrio durante treinta y dos años. Ella la había guardado, yo la guardé después de ella, y ahora me tocaba a mí decidir qué hacer con eso.

Rosa nunca tuvo computadora, ni fotocopiadora, casi ningún material. Un salón único, de kínder a sexto grado, cuarenta y tres alumnos un día de inicio de clases que ella todavía me contaba a los ochenta y seis años como si hubiera sido ayer. Un solo libro para tres niños, a veces. Cuadernos que se volteaban para escribir del otro lado cuando se acababa el frente. Ella siempre decía: "No teníamos nada, y aun así teníamos todo lo que hacía falta."

Yo, de niña, no entendía esa frase. Hasta me molestaba un poco, en esa época cuando mis amigas de tercer grado llegaban con mochilas Jansport nuevecitas y yo con la bolsa de tela que mi mamá me cosía cada verano. Recuerdo un jueves de noviembre en que lloré frente a la vitrina de la Kmart de South Padre Island Drive porque quería una mochila como la de Nathalie, con velcro y un llaverito de plástico colgando del cierre. Mi madre solo miró mis manos vacías frente al aparador y dijo: "Lo que traes en la cabeza nunca te lo van a poder quitar. Lo que traes en la espalda, sí." En ese momento no me consoló para nada.

El verdadero asunto, en realidad, no era la mochila. Era el pleito que llevaba meses hirviendo entre mi hermano Junior y yo por esta casa. Junior quería vender rápido, vaciar todo, tirar todo — necesitaba efectivo para su taller mecánico en Robstown, que acababa de comprarle a su antiguo jefe por ciento cuarenta mil dólares, un préstamo a doce años que lo tenía ahogado. Yo quería que nos tomáramos el tiempo. Habíamos discutido por teléfono la noche anterior, fuerte, él acusándome de "aferrarme a puras cosas viejas" mientras su negocio se le iba en números rojos, yo reprochándole que quería liquidar a nuestra madre como si fuera una línea en un balance contable.

Ese día, en el ático, con el polvo bailando en la luz que entraba por el tragaluz y el gato del vecino maullando sobre la barda de al lado, abrí la mochila. Adentro había un cuaderno de escuela amarillento, de uno de sus primeros alumnos, un tal Eddie Villarreal, 1968. En la portada, con letra apretada: "Gracias, Miss Rosa, usted me enseñó a leer mejor de lo que mi papá sabía contar dinero." Mi madre había guardado ese cuaderno sesenta años.

Junior llegó una hora después, todavía con la ropa de trabajo, oliendo a grasa del taller. Vio el cuaderno abierto sobre mis piernas, sentada en la caja volteada que nos servía de banco improvisado. Soltó ese suspiro que hace desde siempre cuando cree que estoy perdiendo el tiempo. "No tenemos tiempo para esto, Camila. El abogado viene el jueves."

Le pasé el cuaderno sin decir nada. Lo tomó, fastidiado, listo para meterlo en la caja de "tirar". Entonces leyó la frase de la portada. Se detuvo. Se sentó junto a mí, en la caja, sin decir nada por un buen rato — ese tipo de silencio que ya no acostumbrábamos compartir él y yo, después de años de llamadas apuradas y mensajes entre cita y cita.

"¿Te acuerdas," dijo finalmente, "cuando nos hacía recitar los condados de Texas caminando a la escuela porque no teníamos para el camión?" Me acordaba. Cuatro millas, todas las mañanas, con sol o con esa llovizna pegajosa del Golfo, y ella lo convertía en clase de geografía.

Pasamos toda la tarde vaciando ese ático juntos, de verdad juntos, por primera vez desde el funeral de nuestra madre dos años atrás. Encontramos más cuadernos, cartas de exalumnos que llegaron a ser médicos, plomeros, uno hasta llegó a ser alcalde del pueblo vecino. Todos decían más o menos lo mismo: ella les había dado más que sumas y dictados.

Al día siguiente llamé al abogado, el licenciado Cantú, para cambiar una cláusula. No para frenar la venta — Junior necesitaba ese dinero, era real, legítimo, yo no podía reprocharle su préstamo y sus pagos del taller. Firmamos un anexo sencillo: de los ciento diez mil dólares de la venta, diez mil se apartarían en una cuenta separada a nombre de ella — el distrito escolar aceptó que así se llamara una beca anual para un niño del barrio de Agnes Street, uno de esos que no tienen para la mochila de moda. El primer depósito se hizo en enero, para una niña de nueve años llamada Isabella, que nunca había tenido una mochila nueva.

La mochila de cartón, yo no la tiré. Está en el estante de mi oficina, en San Antonio, con el cuaderno de Eddie Villarreal encima. Junior, cada vez que viene a cenar a la casa con sus hijos, se para a mirarla dos minutos antes de sentarse a la mesa, sin decir nada. Nunca la toca. Solo mira, eso es todo, y luego se sienta con nosotros.

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