El favor de Doña Sofía

El mediodía en El Paso pegaba fuerte ese viernes. En la taquería “El Nopalito” el ventilador del techo apenas movía el aire caliente. Cuatro motociclistas ocupaban la mesa del rincón, sus chalecos de cuero negro con el parche “Hermanos del Desierto” brillaban bajo la luz amarillenta. Uno de ellos, el más grande, calvo y con una cicatriz que le cruzaba la ceja, reía a carcajadas mientras el más joven, casi un muchacho, mordía un taco al pastor con las dos manos.

La puerta de vaivén chirrió. Nadie prestó atención hasta que el andador metálico golpeó suavemente el borde de su mesa.

Una mujer menuda, de cabello blanco recogido en un moño suelto, vestido floreado y bolsa negra colgada de la muñeca, los miraba con los ojos brillantes. Las manos le temblaban sobre los mangos del andador.

El que reía enmudeció. El joven dejó el taco sobre el plato.

—Buenas tardes —la voz de la mujer sonó apenas un hilo—. Necesito pedirles un favor… muy grande.

El grandulón de la cicatriz se recostó en la silla.

—Dígame, señora.

Ella tragó saliva.

—Me llamo Sofía Ramírez. Vivo a seis calles de aquí, en la casa azul con el porche de madera, la que tiene las bugambilias. ¿La ubican?

El motociclista de barba larga asintió.

—Mi José la construyó cuando nos casamos, hace cincuenta años. Él ya no está… —la voz se le quebró un instante—. Y ahora una compañía dice que yo firmé unos papeles vendiéndola. Pero yo nunca firmé nada. Esta tarde vienen a sacarme.

En la barra, la mesera dejó de servir horchata. Un señor que leía el periódico carraspeó incómodo. Hasta la rocola pareció bajar el volumen.

La mujer apretó el andador con fuerza.

—Piensan que estoy vieja, sola, que nadie va a defenderme. Y la verdad… no tengo a nadie.

Silencio. El grandulón intercambió una mirada con el de la barba. El barbón apretó los dedos sobre la mesa: por dentro desfiló la imagen de su abuela en Ysleta, las bugambilias igualitas, los primos con un papel y la casa perdida para siempre. Aspiró hondo y se pasó la mano por la perilla. Luego el calvo se puso de pie, despacio. La silla raspó el suelo de mosaico.

—¿Quiere que nosotros seamos sus hijos por una tarde? —dijo, como si leyera el pensamiento.

A la mujer se le escapó una lágrima.

—Solo un rato. Solo para que vean que no estoy sola.

El joven que aún tenía salsa en los dedos también se levantó. Lo siguieron los otros dos.

—Usted no está sola, doña Sofía —dijo el barbón—. Vamos a acompañarla.

En la banqueta, el barbón tomó el andador con una mano y con la otra señaló su Harley.

—Súbase atrás, doña. Así no camina las seis calles. —Sacó un casco del cofre lateral. La viejita soltó una risa nerviosa, pero trepó con agilidad sorprendente, abrazándose a la espalda del motociclista. El joven amarró el andador a su propio asiento con una cuerda elástica.

Diez minutos después, cuatro Harley-Davidson rugían frente a la casita azul. Las bugambilias tapizaban la reja blanca. Mecedoras en el porche, macetas con aloe vera, un perro chihuahueño ladrando detrás de la puerta de malla. El barbón ayudó a doña Sofía a bajar; el joven desató el andador y se lo acercó. Ella abrió la verja con llave y los hizo pasar. El interior olía a canela y café recién hecho. Sobre la mesa del comedor reposaba una Biblia abierta y un rosario.

No habían pasado quince minutos cuando se oyó el motor de una camioneta blanca estacionándose. Dos hombres de traje golpearon la puerta sin anunciarse.

—Señora Ramírez, somos de Desarrollos Paso Norte. Tiene diez minutos para desalojar.

El perro ladró furioso. Doña Sofía dio un paso atrás.

El calvo abrió la puerta de par en par. Detrás de él, los otros tres motociclistas formaron una pared de cuero y músculos.

—Dígame, jefe —la voz del calvo retumbó como un trueno—, ¿a quién viene a sacar de su propia casa?

El agente, un hombre de traje oscuro con corbata floja y lentes de sol ahumados, parpadeó confundido.

—Tenemos una orden de desalojo firmada por la propietaria…

—Mi mamá no firmó nada —lo interrumpió el barbón, señalando a la mujer que ahora sujetaba el rosario con las dos manos.

El segundo agente soltó una risita nerviosa.

—¿Su mamá? ¿Cuántos hijos tiene esta señora?

Los cuatro motociclistas dieron un paso al frente. El del tatuaje en el cuello fue el que habló:

—Somos seis, pero dos andan de viaje. ¿Quiere conocerlos a todos?

Los tipos de la camioneta intercambiaron una mirada. Uno sacó el teléfono, insistió con lo de la firma, pero el grandulón ya estaba marcando a la policía.

—Sí, oficial. Queremos reportar un intento de fraude y allanamiento. Aquí en la calle Durazno, la azul con bugambilias.

La espera duró solo unos minutos. Doña Sofía, mientras tanto, les sirvió vasos de agua de jamaica que sacó de la nevera. El chihuahueño, ya tranquilo, se acurrucó en las piernas del más joven.

Cuando llegó la patrulla, el agente principal levantó una carpeta.

—Señor oficial, aquí está el contrato con la firma de la señora Ramírez. Trae sello notarial y todo. —Señaló una rúbrica enredada al pie de la hoja.

El oficial examinó el documento con el ceño fruncido. Los motociclistas apretaron los puños; por un segundo hasta el chihuahueño contuvo el ladrido. El oficial se volvió hacia la mujer.

—Señora, ¿esta firma es suya?

Ella negó con la cabeza, pero el agente terció:

—Está notariada, oficial. Debe de haber un error…

Doña Sofía dio un paso al frente con el andador. Su voz se hizo más clara que nunca.

—Yo solo sé escribir mi nombre con letra de molde, despacito. Eso que tienen ahí no lo hice yo. Deme una pluma.

El oficial le ofreció la suya. Con pulso lento pero firme, la mujer trazó sobre el margen de un periódico: SOFÍA RAMÍREZ, en mayúsculas derechas, sin un solo rasgo ornamental. La comparación fue muda y demolidora: la rúbrica del contrato era la de un falsificador con prisa.

El oficial carraspeó. Lanzó una mirada larga a los dos trajeados y dijo algo sobre una investigación pendiente y la conveniencia de retirarse. Los hombres de la desarrolladora recogieron sus carpetas farfullando amenazas que ya nadie tomaba en serio.

La camioneta blanca arrancó calle abajo. El silencio volvió a llenarse con el zumbido de las chicharras.

Doña Sofía se enjugó los ojos con un pañuelito bordado.

—No sé cómo pagarles, muchachos.

El calvo puso una manaza sobre la mesa.

—Ya nos pagó con el agua de jamaica, doña.

Al atardecer, cuando las bugambilias se volvieron violeta con la última luz, los motores volvieron a rugir. El chihuahueño ladró un adiós desde la ventana.

La vieja mecedora se quedó meciéndose sola un rato, mientras la mujer de cabello blanco alzaba la mano en la acera hasta que el sonido de los escapes se perdió en la avenida.

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