Diego empujó la puerta mosquitera con el pie, cargando un ramo de girasoles que casi le tapaba la cara. Traía una sonrisa de oreja a oreja y una botella de vino tinto en la otra mano.
—¡Llegó el festejado! —gritó, aunque Sofía no cumplía años hasta el día siguiente.
El silencio le devolvió el eco de su propia voz.
La sonrisa se le borró de golpe.
En el patio trasero, bajo la pérgola de madera que él mismo había construido el verano pasado, Sofía estaba en cuclillas recogiendo algo del suelo de cemento pulido. Llevaba puesto el vestido azul que tanto le gustaba, el que se había comprado especialmente para la cena de esa noche. Ahora estaba manchado de crema blanca y fresas aplastadas.
El pastel de tres leches —el que Diego había encargado a la mejor pastelería cubana del Doral— yacía destrozado. Trozos de bizcocho empapado, merengue por todas partes y velas partidas a la mitad.
Sofía no lo había visto llegar. Tampoco lloraba. Eso fue lo que más le dolió. Ya ni lágrimas le quedaban. Solo movía el trapo de cocina de un lado a otro, mecánicamente, como quien ya asumió que esto es lo que toca.
Del otro lado del patio, bien recostada en la mecedora de rattán, con un vaso de limonada en la mano y el ventilador apuntándole directamente, estaba Alma. La madre de él.
—Mira nada más el desorden —dijo Alma sin levantar la vista del celular—. Tu mujer no puede ni cargar un pastel sin tirarlo.
Diego no se movió por unos segundos. Los girasoles empezaron a pesarle.
Dejó el ramo sobre la mesa del asador. El golpe fue más fuerte de lo necesario.
—¿Qué pasó aquí? —preguntó con una calma que a él mismo le sorprendió.
Sofía por fin levantó la cabeza. Tenía restos de crema hasta en el nacimiento del pelo. Se lo había estado pasando bien, se notaba. Hasta que algo cambió.
—No fue a propósito —alcanzó a decir ella, bajito.
—Claro que no fue a propósito —interrumpió Alma, ahora sí mirando por encima de sus lentes de sol—. Pero si no fuera tan torpe no estaríamos en esto. Yo solo le hice un comentario. Uno chiquito, de nada.
Diego sintió cómo la sangre se le subía al cuello. No hacia el rostro. Hacia los puños.
—¿Qué comentario?
—Que a ver si ya por fin este año le dan un nieto a esta casa. Ya van cinco años, Diguito. Cinco. A mí no me vas a decir que eso es normal. Y ella se me puso sensible y zas, el pastel al suelo. Ve tú a saber si fue con intención o no.
Sofía se incorporó despacio. Tenía las rodillas raspadas de estar tanto rato arrodillada. El trapo chorreaba crema.
—Suéltalo —le dijo Diego en voz baja.
Ella negó con la cabeza.
—Suéltalo, mi vida.
Le tomó la mano. Los dedos de Sofía estaban helados a pesar del calor pegajoso de agosto en Miami. Diego la llevó hasta la cocina sin decir nada más. Abrió el grifo del fregadero y le mojó una toalla limpia. Le limpió la cara él mismo, con cuidado, como quien restaura algo valioso.
—Espérame aquí.
Regresó al patio.
Alma no se había movido ni un centímetro. Seguía meciéndose como si aquello fuera una telenovela aburrida.
—Mamá, vístete y prepara tus cosas.
—¿Cómo?
—Que te vas de mi casa. Esta noche.
La mecedora se detuvo por primera vez.
—Diego, tú estás loco. Esta casa es tan mía como tuya. Yo te parí aquí, en este país, limpiando escaleras de hoteles para que tú tuvieras donde vivir. No me vas a venir ahora con esas.
—Sí te voy a venir con esas —Diego hablaba sin gritar, y eso asustaba más—. Porque esta casa la pagamos entre los dos. Con el negocio de muebles que Sofía levantó conmigo mientras tú te la pasabas en el crucero con tus amigas. Así que sí. Te vas.
Alma se quitó los lentes con lentitud. Por primera vez no tenía respuesta ensayada.
—¿Y a dónde voy a ir yo a esta hora? ¿A un hotel como una perra? ¿Eso es lo que quieres?
—A casa de la tía Lourdes. Ya la llamé hace cinco minutos mientras le lavaba la cara a mi esposa. Te está esperando.
Sofía apareció en la puerta de la cocina. Se había amarrado el cabello en una cola alta y se había puesto una camiseta limpia. Seguía pálida.
—Diego, no es necesario que…
—Sí es necesario —la cortó él sin voltear—. Llevo años sin hacer lo necesario.
Alma se levantó de la mecedora como si el cuerpo le pesara el doble de repente. Dejó el vaso de limonada en el piso con un golpe seco.
—Está bien —dijo, con esa voz de mártir que había perfeccionado en tres décadas—. Está bien. Ya me voy. Pero acuérdate de esto el día que te des cuenta de que ella nunca va a ser suficiente para ti. Porque no lo es. Nunca lo fue.
Agarró su bolso y caminó hacia la puerta del patio. Antes de salir, se detuvo apenas.
—El pastel lo tiró ella solita. Yo ni la toqué. Eso dice más de su carácter que de mis comentarios.
La puerta se cerró con un chasquido metálico.
El silencio volvió a instalarse. Pero esta vez era distinto.
Diego se acercó a Sofía y la abrazó sin importarle que todavía oliera a leche condensada y a llanto seco. Ella se quedó rígida unos segundos, como si no supiera qué hacer con la ternura. Luego se derrumbó.
—Perdón —murmuró contra su pecho—. Perdón por el pastel.
—No me pidas perdón por un pastel. Pídeme perdón por haberte dejado aguantar esto tanto tiempo.
Esa noche no hubo cena de cumpleaños. Pidieron pizza y se sentaron en la grama del patio, justo donde había estado el desastre. Diego encendió una vela que había rescatado entre los restos y la clavó en un panqué que encontró en la alacena.
—No es de tres leches —dijo él.
—No importa —Sofía sonrió, la primera sonrisa real en toda la noche—. Pide un deseo.
El teléfono de Diego vibró. Un mensaje de la tía Lourdes: «Tu mamá ya está aquí. Viene hecha un basilisco. Mañana hablamos.»
Apagó la pantalla y guardó el celular boca abajo.
—Ya pedí mi deseo —dijo—. Ahora sóplala tú.
Sofía cerró los ojos un instante. La llama tembló con la brisa cálida de agosto. Y la apagó de un soplo.