Santiago entró silbando, con el sol de las cuatro de la tarde de San Antonio colándose por la ventana del pasillo. Traía un ramo de girasoles en una mano y una botella de vino blanco de H-E-B en la otra. Dejó las llaves de la troca en la consola de la entrada y sonrió al pensar en los 32 años de Valeria.
—¡Llegó el marido trofeo! —anunció con voz cantarina, quitándose las botas polvorientas.
El silencio que le respondió tenía textura. Pesaba.
Cruzó la sala y se detuvo en seco bajo el arco de la cocina. El abanico de techo giraba lento, moviendo el olor a vainilla y algo agrio. Valeria estaba en cuclillas sobre la loseta fría, recogiendo con una espátula los restos de lo que había sido un pastel de tres leches. El merengue se mezclaba con pedazos de fresa y algo que parecía vidrio molido. Ella no levantó la mirada. Un hilo de crema le cruzaba la mejilla y se perdía bajo el cuello de la blusa amarilla que él le había regalado el viernes.
En la esquina opuesta, en su sillón reclinable color vino, doña Carmen hojeaba una revista de cupones sin prestarle atención a la escena. Sus chanclas de peluche apenas se movían al ritmo del abanico.
Santiago sintió que el aire se volvía sólido. Los girasoles resbalaron de su mano y quedaron atravesados sobre la mesa del comedor como un mal presagio.
Miró a Valeria. Vio sus dedos temblar al juntar los trozos. Vio el moretón nuevo en su antebrazo, justo donde alguien más había apretado demasiado fuerte.
Doña Carmen levantó la vista de los cupones, lo miró directo a los ojos y señaló a Valeria con un gesto vago de la mano.
—Tu mujer tiene manos de mantequilla, mijo. Tiró el pastel que yo le traje. Ahora que arregle su porquería.
Valeria se quedó quieta un segundo. Sus hombros se sacudieron apenas. Después siguió limpiando, más rápido, como si quisiera desaparecer dentro del mismo desastre.
Santiago no dijo nada durante diez segundos. Solo miró a su madre. La mujer que le había enseñado a rezar de niño, que le cocinaba caldo de pollo cuando tenía gripe. La misma que nunca soltaba un comentario sin filo sobre la ropa de Valeria, sobre cómo guisaba los frijoles, sobre por qué no le había dado nietos todavía.
Esa mujer estaba ahí, reinando desde un sillón que Santiago había pagado con horas extra en la construcción.
Él se acercó a la mesa. Levantó la botella de vino. La sostuvo al trasluz un momento.
—Mamá… ¿tú rompiste el pastel?
Doña Carmen soltó una risita seca, sin levantar la vista.
—Ay, Santiago, no seas tan dramático. La muchacha es bien mano floja. Yo fui a poner las velitas y se me resbaló. Un accidente.
—No fue un accidente, Carmen.
La voz de Valeria sonó hueca, rota. Seguía sin levantar la cabeza. Pero sus palabras cayeron como una piedra en un charco quieto.
Doña Carmen dejó la revista y se incorporó despacio. Su cuerpo menudo pareció crecer de pronto.
—¿Ah, no? ¿Entonces yo soy mentirosa? Pregúntale a tu marido a ver a quién le cree.
Santiago apretó el cuello de la botella. La memoria le trajo de golpe otros diciembres. Su madre llorando sola en Nochebuena porque Valeria había puesto el romerito con demasiado chile. Su madre llamando a las once de la noche para decir que se sentía mal del corazón y que él era un mal hijo por no ir corriendo. Su madre sentenciando, con esa voz melosa de mártir, que Valeria “lo estaba alejando de su sangre”.
—Val —dijo él, bajito—. Levántate, por favor.
Ella negó con la cabeza.
—Me lastimó, Santi. Me agarró del brazo y me lo torció. Luego aventó el pastel contra la pared y me dijo que lo limpiara. Como si yo fuera…
No terminó. Un sollozo le cortó la frase.
Santiago sintió un chasquido dentro del pecho. Algo se rompía, pero no era tristeza. Era otra cosa. Una claridad fría y cortante como la loseta donde su esposa estaba arrodillada.
Dejó la botella y caminó hacia su madre. Doña Carmen levantó la barbilla, como preparada para el sermón del hijo débil que ella creía haber criado.
—Mamá, dame la llave de mi casa.
La mujer parpadeó.
—¿Qué?
—La llave que te di para las emergencias. Dámela.
—Santiago, no me vas a humillar delante de…
—Es mi casa, mamá. Y aquí mandamos Valeria y yo. Ya tuviste tres años para aprender eso, y no quisiste.
Valeria levantó la cara. La crema pastelera se mezclaba con el rímel corrido. No dijo nada, pero por primera vez en meses, miró a su esposo con algo que no era resignación.
Doña Carmen respiró hondo y recurrió a su mejor arma.
—Tu papá, que en paz descanse, se estaría revolcando en su tumba. Me corres por una cualquiera que ni hijos te ha dado. Vas a ver cuando estés viejo y solo. Entonces te vas a acordar.
Santiago estiró la mano abierta. Mantuvo el brazo firme, aunque por dentro le temblaba todo.
—La llave, mamá.
Ella buscó en su bolsa de mano con movimientos bruscos. Tiró al suelo un llavero con un moño de tela estampada, el mismo que Valeria le había tejido el primer año de casados.
—Toma. Y que conste que me estás echando. Tu propia madre. Ojalá Dios te perdone.
Él recogió las llaves del piso y las guardó en su bolsillo sin prisa. Después se acercó a Valeria, se arrodilló a su lado sobre los restos del pastel y le tomó la mano manchada de crema.
—Vete a lavar las manos, mi amor. Yo termino esto.
Doña Carmen bufó, tomó su bolsa y caminó a la puerta con la dignidad de una reina desterrada. Antes de salir, se volvió una última vez.
—Me voy a la casa de tu prima Lety. Ella sí tiene corazón.
Santiago asintió sin mirarla.
—Salúdamela.
La puerta se cerró con un chasquido seco. El abanico siguió girando, recortando el silencio nuevo que llenaba la cocina. Afuera, una camioneta arrancó y se alejó calle abajo.
Valeria se quedó sentada en el piso, la toalla sucia hecha bola entre las piernas. Él se levantó, fue a la alacena, sacó un mantel limpio y lo extendió sobre la mesa. Luego tomó los girasoles y los puso en un florero con agua. Tres de los tallos estaban quebrados.
—Son para ti —dijo, tontamente.
—Ya sé.
Valeria se rió entre lágrimas. Una risa chiquita, cansada, pero real.
—Nunca me habías defendido —murmuró.
—Lo sé —dijo él, rompiendo por fin—. Lo sé. Perdóname.
Esa noche, mucho después de que la cocina quedara impecable, pidieron pizza por teléfono. Comieron en el sofá, en pijama y descalzos, viendo una comedia vieja donde nadie lloraba por un pastel. Santiago le puso una curita en el moretón del brazo. Ella apoyó la cabeza en su hombro y se quedó dormida antes del final de la película.
Tres semanas más tarde, Santiago llamó a su prima Lety.
—¿Ya se cansaron de tenerla de visita? —preguntó, medio en broma y medio en serio.
—Ay, primo —suspiró Lety—, me corrió a mi esposo de su propio sillón y el gato ya no sale de debajo de la cama. ¿Tú cuánto me cobras por aguantarla tú?
Santiago soltó una carcajada y colgó. Se asomó a la ventana del patio y vio a Valeria plantando bugambilias en una maceta grande, con las manos llenas de tierra.
La casa olía a limpio y a mujer contenta. Por fin.