El collar del nuevo

Nací entre los contenedores del muelle de Isla Morada, donde el olor a carnada vieja y gasolina se te pegaba al pelo como una segunda piel. Tenía las costillas marcadas y el estómago pegado al espinazo, pero era libre. Bueno, libre y estúpido, porque la libertad a veces es solo un hambre larga y un sol que te cuece las orejas.

El día que conocí al humano, yo estaba tirado en una sombra raquítica detrás de la oficina de los tours de buceo. Él salió cargando un cubo de pescado fresco —ese olor entra por la nariz y te agarra directo el estómago— y yo, que no tenía nada que perder, me le crucé en el camino. Me planté delante, con la cola tiesa como una antena, y le solté un maullido que era más un gallo que un maullido. El tipo se detuvo, con esos ojos de quien ha visto más agua que tierra, y dijo: "Conque esas tenemos, chico". Me subió a la lancha sin preguntar.

Yo no entendía nada. La lancha era un trasto ruidoso, y al cabo de un rato llegamos a un catamarán blanco y enorme, con toldos azules y olor a bloqueador solar. Ahí fue cuando lo vi.

Una mole gris, resbalosa, más grande que tres perros juntos, echada en la cubierta como si fuera el dueño del mundo. Abrió un ojo, redondo y negro como una canica de las profundidades, y sentí que el rabo se me inflaba solo. Dio un resoplido que me erizó hasta los bigotes.

Yo no sabía qué era aquello. Después supe que le decían Pancho, un lobo marino que llevaba años trabajando con Diego —así se llamaba el humano— en los tours de esnórquel de los Cayos. Pero en ese momento, para mí, aquello era un monstruo. Me paré en dos patas, saqué las uñas, que en aquella época eran casi de juguete, y solté un bufido que pretendía ser amenaza. Pancho agitó las aletas y soltó un cloqueo grave. Se estaba riendo, creo.

Esa noche no dormí. Diego me puso una caja con una toalla vieja en un rincón, pero yo me quedé vigilando a la bestia gris. Ella ni se movió. Al tercer día, el hambre pudo más que el miedo. Diego trajo un cubo con sardinas y me puso un plato justo al lado de la cama de Pancho. El monstruo ni pestañeó. Yo comí, mirando de reojo cada escama, listo para salir corriendo. Pero no pasó nada. Al quinto día, me subí a su lomo sin querer —iba persiguiendo una mosca, me resbalé— y Pancho solo soltó el aire, como quien tolera a un mosquito.

Así fue como llegué a vivir sobre una aleta izquierda. Pancho me dejaba dormir ahí, y yo, que nunca había tenido un refugio blando, lo adopté como guarida. Los turistas se volvían locos, sacaban unos teléfonos negros y planos que apuntaban y disparaban destellos. Diego se reía por lo bajo y nos daba más pescado.

La vida a bordo era un relajo extraño: yo me paseaba entre las neveras de bebidas, le robaba un camarón a la cocinera cuando se descuidaba, y Pancho hacía sus piruetas en el agua para que los turistas aplaudieran. Diego trabajaba de sol a sol, con el lomo requemado y las manos siempre mojadas. Decía que el permiso para operar en el arrecife le había costado un ojo de la cara, así que no podía parar. A mí me tenía sin cuidado: yo era el gato del barco, el que espantaba a las gaviotas y se colaba en las fotos de luna de miel.

Un martes de agosto, el mar estaba como un plato de aceite. Había unas treinta personas a bordo, todos con viseras y chalecos salvavidas de colores. Yo estaba echado en mi sitio, debajo de la aleta de Pancho, con la cabeza apoyada en su panza, que olía a sal y a algo tibio. De repente, el mundo se partió.

No fue un golpe, fue un trueno seco que salió de abajo y luego un crujido de madera y metal que te volteaba el estómago. El catamarán se alzó y cayó torcido, y todo lo que no estaba atornillado salió volando. Neveras, aletas, toallas, cuerpos. No entendí nada: un momento después, el agua me tragó entero, y el ruido se convirtió en un silencio espeso y verde.

El pánico es algo que se te mete en las patas y las vuelve piedra. Pataleaba sin dirección, con los ojos abiertos y el hocico lleno de sal. Vi sombras, piernas, burbujas. Y de pronto, una mancha gris, enorme, que cortaba el agua hacia mí.

Era Pancho.

Se me acercó con esa calma que solo tienen los que nacieron en el agua, y me rozó el costado con el hocico. Me aferré a su lomo como si fuera el último pedazo de tierra firme. Él no se quejó, no se sacudió. Salió a flote conmigo pegado a la nuca, y empezó a nadar hacia la costa. Sentía el sol pegándome en el lomo y el vaivén de sus músculos debajo de las patas. A ratos, me lamía una oreja, un gesto raro, como para decirme: no te sueltes, chico.

De la playa ya salían lanchas de rescate de la Guardia Costera. Pancho me depositó en una roca plana, junto a la orilla, y se quedó a mi lado. Me quedé ahí, empapado y temblando, mientras veía a Diego sacar del agua a un turista, luego a otro, con los brazos rojos del esfuerzo. Al rato, él mismo se dejó caer en otra roca, con la cabeza entre las manos.

Uno de los paramédicos se acercó con un botiquín y le preguntó cómo se sentía. Diego levantó la vista y nos señaló. El hombre soltó una risa breve: "¿Son suyos esos dos? No vi nada igual en veinte años de esto. ¿Cómo hizo para salvarlos?". Diego nos miró fijo. Yo en ese momento estaba enroscado otra vez bajo la aleta izquierda de Pancho, lamiéndome el pelo mojado. Pancho cloqueó bajito. Diego no dijo nada. Solo alargó la mano y le rascó a Pancho detrás de la oreja.

Pasaron los meses, y con ellos las facturas del seguro, los abogados, las noches en que Diego se quedaba despierto en la mesa de la cocina con papeles regados por todos lados. El catamarán nunca se recuperó del todo; lo vendió como chatarra a un tipo de Marathon. Durante un tiempo trabajó de mecánico en un taller de botes, y yo no lo vi casi nunca, porque volvía oliendo a aceite de motor y se dormía en el sofá sin cenar.

Fue Pancho el que no lo dejó tirar la toalla. Cada mañana, cuando Diego pasaba por el canal camino al taller, el lobo marino se asomaba y le clavaba esos ojos negros hasta que Diego se paraba, aunque fuera cinco minutos, a rascarle la panza. Un sábado, después de meses de esto, Diego se sentó en el muelle con una libreta y empezó a anotar números. Al mes siguiente pidió un préstamo pequeño en el banco de la esquina y alquiló un terreno con acceso al canal, más chico que antes, sin catamarán, sin turistas de luna de miel. Solo una piscina de agua salada, unas gradas de madera y un cartel pintado a mano.

El búngalo donde vivíamos también cambió: uno más grande, con un porche que daba al canal y una nevera que siempre estaba llena. Y empezaron los shows. No los tours de antes, sino algo distinto: un número con varios lobos marinos y gatos callejeros. Sí, gatos. Diego decía que nosotros éramos los que atraíamos a la gente, que los turistas se morían de la risa viendo a un lobo marino de trescientos kilos dejándose pasear por encima a una pandilla de mininos.

El búngalo se llenó de gatos. Diego los recogía del puerto, de los estacionamientos de los centros comerciales, de detrás de los restaurantes. Y cada vez que traía uno, miraba hacia donde estaba yo. Porque algo había quedado claro: aquí el que decidía quién se quedaba era yo.

Y así fue como, una tarde de enero, me presentaron a un nuevo. Era un atigrado flacucho, con una oreja mordida y los ojos legañosos. Diego lo puso en el suelo del porche, me miró y dijo: "A ver, jefe". Me levanté de mi cojín —una caja de fruta forrada con una toalla de un hotel de Cayo Hueso—, fui hasta el rincón donde guardaba mis cosas, y agarré con los dientes la plaquita. Era una chapa metálica, redonda, con el nombre "Chispa" grabado, que Diego me había puesto en el collar. Pero yo nunca la usé colgada: la llevaba en la boca cuando tenía algo que oficializar. Me acerqué al nuevo, lo olí, le di un lametón en la cabeza, y luego dejé caer la plaquita justo delante de sus patas delanteras.

—Bienvenido a la familia, Socio —dijo Diego, y le puso al nuevo un collar con una placa que decía "Socio". Se ve que ya las tenía preparadas, pero la última palabra la tenía yo.

Pancho, desde la piscina de agua salada, soltó un rugido corto, como un aplauso líquido.

Esa noche, mientras el búngalo se llenaba del olor a pescado frito que preparaba la cocinera y de los ronroneos de los diez gatos que ya vivíamos ahí, me subí a la mesa del porche y me senté sobre un fajo de billetes que Diego había dejado de la taquilla del show. Él me rascó la barbilla:

—Tú sigues siendo el que manda, Chispa.

El nuevo, el tal Socio, se quedó mirándome desde el suelo, con la plaquita todavía entre las patas y la cola enroscada alrededor del cuerpo, sin animarse a acercarse más.

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