Marta Ibáñez llevaba once años dando clases de Literatura Clásica en Miami Dade College, y esa noche de octubre estaba corrigiendo exámenes en la cocina de su apartamento en Westchester, con el ventilador de techo girando despacio y el ruido de la I-95 filtrándose por la ventana entreabierta. Sobre la mesa, junto a un café cortado ya frío, tenía tres traducciones distintas de un mismo verso de La Odisea. Y en las tres, la misma palabra griega —dmōaí— aparecía traducida como «sirvientas».
Su hija, Camila, de diecinueve años, estudiante de primer año en Florida International University, entró a buscar algo en el refrigerador.
—¿Sigues con eso?
—Es que no cuadra —dijo Marta, sin levantar la vista—. El griego dice una cosa. Y el inglés dice otra.
Camila se apoyó en la puerta del refrigerador, con un vaso de agua en la mano.
—¿Qué cosa?
—Que eran esclavas. No sirvientas. No empleadas que un día decidieron trabajar ahí.
Su hija se quedó un momento callada, como si estuviera pensando en otra cosa, y luego dijo lo que de verdad la había traído a la cocina:
—Mamá, el profesor Duncan me devolvió el ensayo. Otra vez.
Ahí empezó todo, aunque Marta tardaría semanas en entenderlo así.
El profesor Robert Duncan llevaba veintidós años en el departamento de Clásicas de la universidad, y tenía fama —silenciosa, nunca escrita en ninguna evaluación— de ser especialmente duro con las estudiantes que se atrevían a cuestionar las traducciones canónicas que él mismo enseñaba desde 1998. Camila había entregado un trabajo comparando tres versiones inglesas de un mismo pasaje de La Odisea, el de las mujeres de la casa de Odiseo colgadas al final del poema, y había escrito, con la misma seguridad heredada de su madre, que la palabra elegida por los traductores clásicos —«maids», doncellas— ocultaba lo que el texto griego decía sin rodeos.
Duncan le puso una C. En el margen, con lápiz, había escrito: «Estás leyendo política donde hay literatura».
Marta reconoció la letra apretada de esa frase porque, dieciocho años antes, cuando ella misma cursaba su doctorado en Chapel Hill, un profesor le había escrito algo casi idéntico en un margen parecido.
—¿Qué vas a hacer? —le preguntó Camila esa noche, sentada en el sofá con las piernas cruzadas, mientras en la televisión pasaban las noticias de Univisión sin que nadie les prestara atención.
—Nada, todavía —dijo Marta—. Voy a leer bien lo que escribiste.
Leyó el ensayo dos veces. Encontró errores menores de estilo, sí. Pero el argumento central era sólido: Camila había citado, entre otras, la traducción de Emily Wilson de 2017, la primera hecha por una mujer al inglés desde el griego original, donde esa misma palabra aparecía sin disfraz —«esclavas»— y donde Penélope dejaba de ser la esposa paciente que teje y desteje en silencio para convertirse en alguien que calcula, que retrasa, que pone a prueba al hombre que vuelve antes de aceptar que es realmente su marido.
Marta decidió no pelear la nota directamente. Sabía cómo terminaban esas peleas: con una reunión incómoda, un decano que no quería líos, y la estudiante cargando la fama de «conflictiva» el resto de la carrera. En cambio, hizo algo distinto.
Pidió una reunión del comité de currículo del departamento —ella tenía asiento ahí desde 2019— y propuso, con toda la calma que pudo reunir, que el curso introductorio de Épica Griega incluyera, junto a las traducciones tradicionales, la edición de Wilson como lectura obligatoria, no optativa.
La reunión se hizo un martes de noviembre, en una sala sin ventanas del tercer piso, con café de máquina en vasos de cartón y doce personas alrededor de una mesa ovalada. Duncan estaba sentado justo enfrente de Marta.
—Con todo respeto —dijo él, cruzando los brazos—, no necesitamos convertir el sílabo en un manifiesto. Wilson es una traducción más. Interesante, pero una más.
—Es la primera hecha por una mujer en dos mil años de historia de esta traducción al inglés —respondió Marta—. Eso no la hace automáticamente mejor. La hace necesaria de tener en el salón, junto a las otras. Para que los estudiantes vean que traducir es elegir, no copiar.
—Elegir bien o elegir mal —dijo Duncan.
—Exacto —dijo Marta—. Y quiero que sean ellos los que decidan qué elección les convence, comparando. No que se los digamos nosotros desde un solo texto.
Alguien en la mesa, una profesora nueva de Estudios de Género que llevaba apenas un semestre en el departamento, apoyó la moción en voz baja. Otro colega, viejo amigo de Duncan desde los años en Princeton, se quedó callado, mirando su vaso de café. La votación terminó siete a cinco. A favor.
Duncan no dijo nada más esa tarde. Salió de la sala antes que los demás, dejando su vaso de café a medio terminar sobre la mesa.
Lo que vino después fue lento, casi silencioso: correos formales pidiendo revisar el sílabo «por razones de carga académica», una queja anónima ante el decanato sobre «politización del currículo clásico» que Marta sospechó, sin poder probarlo nunca, que venía de la misma oficina de siempre. Nada explotó. Nada se resolvió con un portazo.
Lo que sí cambió fue el examen final de Camila. Otro profesor, no Duncan, lo calificó esa vez. Sacó A menos.
En enero, cuando empezó el nuevo semestre, Marta llevó a su primera clase de Épica Griega tres ediciones distintas de La Odisea puestas una junto a otra sobre el atril: la de Robert Fitzgerald, la de Robert Fagles, y la de Emily Wilson. Pidió a los veintitrés estudiantes que abrieran las tres en la misma página, el verso 1 del canto primero, donde Homero describe a Odiseo con esa palabra griega difícil de fijar —polýtropos— que unos habían traducido como «ingenioso», otros como «versátil», y Wilson como «un hombre complicado».
—Ninguna de las tres está mintiendo —les dijo Marta, de pie frente a ellos, con la ventana del salón mostrando el cielo gris de un enero en Doral—. Pero ninguna dice exactamente lo mismo tampoco. Y eso que ustedes eligen creer, sin saberlo, ya es una decisión sobre quién fue Odiseo. Sobre quién fueron esas mujeres. Sobre quién decide, en esta sala, qué cuenta como verdad.
Camila estaba sentada en la tercera fila, tomando notas, sin decir nada. Pero cuando terminó la clase, se acercó al atril, sacó de su mochila el ensayo con la C tachada en rojo por Duncan meses antes, y lo dejó, sin comentarios, encima de las tres traducciones.
—Guárdalo tú —le dijo a su madre—. Yo ya sé lo que dice.