El estudio de grabación en San Antonio no era gran cosa: una caja de cemento en la South Alamo Street, con un ventilador que rascaba el techo y una cafetera que nadie limpiaba desde Navidad. Yo llevaba once años produciendo corridos y norteño para sellos pequeños; había grabado a media docena de vocalistas que prometían llenar el Alamodome y terminaban cantando en quinceañeras. Ya no esperaba sorpresas.
Marta entró con una carpeta de letras bajo el brazo y un café de la gasolinera Valero. Ni saludo de cortesía. Puso su demo sobre la consola y dijo que si iba a juzgarla por ser mujer en el regional mexicano, que se lo dijera de una vez para no perder la tarde.
No lo dije. Puse play.
Su voz no era potente. Era otra cosa: un filo sereno que cortaba la mezcla sin levantar la voz. Mientras la escuchaba, apagué el ventilador. Hacía un calor de cuarenta grados afuera, pero en ese cuarto se hizo un silencio raro, como cuando la misa de doce termina y la gente se queda sentada un momento sin razón.
Marta había crecido en El Paso, hija de un afinador de pianos que cruzaba a Ciudad Juárez cada martes. Había pagado su primer demo trabajando en una panadería de la Alameda, donde el dueño la dejaba ensayar a las cinco de la mañana entre charolas de conchas. No buscaba fama. Buscaba que su abuelo, que aún vivía en un asilo cerca de la Misión de San José, escuchara una canción suya en la radio antes de morir.
Ese detalle me tumbó. Yo no grababa por amor a la música desde hacía años. Grababa para pagar la troca y el seguro médico de mi madre.
Trabajamos juntos ocho meses. Ella corregía sus letras en servilletas; yo le prestaba un teclado que olía a cigarro. Nunca hubo nada romántico al principio. Solo dos personas en un estudio sofocante, tratando de que una canción sonara a verdad.
Hasta la noche que terminamos la mezcla de *La Puerta de Al Lado*. Serían las once y media. Marta bajó el volumen y se quedó mirando los medidores. No dijo nada. Yo tampoco. Las agujas seguían moviéndose solas, como si la canción respirara.
—¿Y si no le gusta? —preguntó.
No aclaró si hablaba de su abuelo o del público.
—Le va a gustar.
—No me refiero a la canción.
Ahí supe que ya no estábamos hablando de música.
Lo que ella ignoraba era que yo cargaba una cláusula de vida firmada hacía veintidós años. Desde que mi padre dejó a mi madre por la secretaria de su taller mecánico, me juré que el matrimonio era para los tontos. No por miedo al compromiso; por respeto. Yo veía lo que una traición le hacía a una mujer que no se lo merecía, y no pensaba cargar con una culpa así. Por eso mis relaciones tenían fecha de caducidad antes de empezar. Seis meses, a veces nueve. Después, la puerta.
Con Marta fue distinto. No me pedía que me quedara. No vigilaba mi teléfono ni me hacía escenas en H-E-B. Se plantaba en el estudio, producía sus propias sesiones, le bajaba el volumen a mis excesos. Era una socia, no una sombra.
El disco salió en marzo. La primera vez que sonó en la estación de San Antonio, Marta estaba abriendo el consultorio dental de su prima en Stone Oak; me mandó un video corto: una bocina de la sala de espera, su canción de fondo, dos pacientes moviendo la cabeza sin saber que la compositora estaba parada junto al mostrador. Al final del video, su risa se quebraba.
Tres semanas después, su abuelo murió.
No alcanzó a escucharla en vivo, pero alcanzó a tener la canción en un casete. Marta lo puso en el pecho del viejo durante el velorio, y cuando llegó el momento de cerrar la caja, dejó el casete adentro.
Esa noche, en el estacionamiento de la funeraria Mission Park, me preguntó si pensaba hacerla perder el tiempo.
No lo dijo con rabia. Lo dijo con el cansancio de quien ya ha puesto flores en suficientes entierros.
—No quiero ser tu anécdota, Eugenio —me dijo—. No quiero ser la historia que le cuentas a la siguiente en un bar de Southtown. Si no quieres casarte, dímelo. Pero no me tengas aquí esperando a que se te quite el miedo.
Le prometí pensar. Y pensé. Lo que pasa es que yo no creía en el matrimonio, pero sí creía en ella. Eso me desarmaba más que cualquier argumento.
Mi madre, que se había pasado la vida amargada por lo de mi padre, me dijo una frase rara la mañana que fui a visitarla a su casa de Converse:
—No te cases para no ser como tu papá. Cásate para no ser como tú: solo.
Me reí. Ella no.
El 14 de septiembre, un sábado, Marta y yo estábamos en la cocina de su apartamento en Medical Center. Ella desgranaba maíz para un elote en vaso; yo fingía leer el recibo de la luz. Entonces sonó su teléfono.
Era el abogado del sello discográfico.
No voy a olvidar la cifra jamás: doscientos ochenta y cinco mil dólares de regalías retenidas. El contrato que ella había firmado a los veintitrés inclinado sobre el capó de un Toyota en un estacionamiento de McAllen incluía una cláusula de exclusividad que la convertía en propiedad del sello hasta 2031. Las canciones que grababa conmigo legalmente no existían. Y para salir, debía pagar una multa por incumplimiento que ninguna artista sin herencia podía juntar.
Marta colgó. Siguió desgranando maíz. Sus manos no temblaban. Solo desgranaban.
—Tengo un plan —dijo.
Lo escuché.
Eso no me gustó.
Su plan era simple: demandar. Usar sus ahorros. Perder dos o tres años en tribunales. Y si no, entregar las canciones al sello para no morir en la raya.
Yo llevaba dieciséis años en la industria. Sabía lo que un litigio le hacía a un artista joven. Sabía lo que significaba entregar las canciones: desaparecer.
Esa noche no dormí. A las tres de la madrugada me levanté, encendí la computadora de la oficina y abrí la carpeta de contratos. Busqué el mío. El de productor independiente. Lo leí tres veces, con el ventilador apagado para oír mis propios pensamientos.
Y entonces vi algo.
Una línea al final de la cláusula 9. Algo que ningún abogado del sello había notado en once años. Yo la había negociado en 2013, una madrugada de despecho, solo para fastidiar al representante. La cláusula decía que si un productor independiente coproducía más del sesenta por ciento de un material original, el sello no podía reclamar exclusividad sobre ese material sin ofrecer al productor una audiencia de arbitraje en el condado de Bexar.
El sello había cometido un error: al grabar el disco conmigo, sin notificar la audiencia, había anulado su propia reclamación sobre las canciones de Marta. No porque yo fuera listo. Porque en 2013 me dolió un contrato y puse una trampa por orgullo.
A la mañana siguiente llamé al abogado de Marta. Le leí la cláusula.
Hubo un silencio. Luego una risa. Luego:
—¿Tú firmaste eso? —preguntó el abogado.
—Sí señor.
—¿Y nadie lo impugnó?
—Lleva once años durmiendo en el archivo.
Esa semana, el abogado convocó al sello. Les mostró la cláusula. Les dio diez días.
El lunes 1 de octubre, a las nueve y cuarto de la mañana, un mensajero de la oficina del sello llegó al estudio con un sobre manila.
Adentro había un cheque a nombre de Marta Saldívar por doscientos ochenta y cinco mil dólares y una carta de liberación.
Marta no lloró. Tomó el cheque, lo puso en la mesa de mezclas y se quedó viendo las bocinas.
—¿Quién eres? —me preguntó.
—El tipo que no quería casarse —dije—. Y ahora no sabe si el matrimonio es una jaula o una coartada.
Ella levantó el cheque.
—¿Y esta cosa?
—Tuya. Siempre fue tuya. Yo solo tenía la llave.
Esa noche, en el estacionamiento del estudio, Marta me pidió que nos casáramos.
No de rodillas. No con anillo. Parada junto a su Nissan Altima, con el cheque en la guantera, me dijo:
—No quiero un héroe. Quiero un socio. Si te casas conmigo, te casas también con mis demandas, mis giras por el Valle y mi abuela que ronca. ¿Aceptas?
Le dije que sí sin pensarlo.
El 12 de marzo nos casamos en la capilla de El Camino, en San Antonio. Mi madre lloró. La abuela de Marta durmió en la segunda fila. El padrino fue el dueño de la panadería de la Alameda, que llevó una charola de cochinitos para el brindis.
Ahora, al contar esto, han pasado tres años. Marta no ha parado de crecer. Yo sigo en el estudio, pero ya no grabo por pagar cuentas: grabo por quedarme cerca de su voz.
El otro día, su abogado me llamó por teléfono.
—Oye, Eugenio —dijo—. ¿La cláusula 9? La coproducción.
—¿Qué pasa?
—Que ya no aplica para el contrato nuevo. El sello cambió de dueños. Marta es libre.
Colgué. Fui a la cocina, donde Marta calentaba tortillas en el comal. Le puse el teléfono en el bolsillo del delantal.
—Eres libre —le dije.
Ella no volteó. Solo dio vuelta a la tortilla.
—Ya lo sabía —dijo—. Por eso me quedé.
No sé cuánto tiempo me quedé parado en la puerta, escuchando el chasquido del comal. Suficiente para entender que yo no la había salvado. Ella me había dejado entrar.
Esa noche, sin decirle, tomé mis viejos contratos, los metí en una caja de cartón del H-E-B y los dejé junto al contenedor de reciclaje de la colonia.
La caja pesaba once años.
La cargué con las dos manos.