Les voy a contar algo que nunca le dije a nadie del canal, ni siquiera a mi mamá, que me llama todos los domingos a las siete de la mañana como si todavía viviera en la casa de la abuela en Laredo. El veintitrés de septiembre me vestí en el estacionamiento de la estación, en mi Corolla del 2012, porque no quería llegar al camerino y que me vieran las manos. Me tiemblan desde chiquita, cuando algo importa de verdad — no es nervios, es otra cosa, como si el cuerpo supiera antes que uno que la vida se parte en dos.
A las cuatro y cuarto de la mañana ya estaba en el baño de la gasolinera de la esquina, la del Circle K de Hillcroft, retocándome el delineador en el espejo manchado de huellas de dedo ajeno. La señora que trapeaba me miró con cara de “otra loca”. Tenía puesto un vestido azul rey que compré en Ross por diecinueve dólares, y unas zapatillas prestadas de mi hermana que me apretaban el dedo chiquito. El show arrancaba a las seis en punto, y yo iba a ser la nueva conductora de *Despierta Houston*, el matutino que mi papá veía cada mañana mientras tomaba su café de olla antes de irse a la construcción. Ese hombre nunca supo que su hija terminó trabajando en el mismo canal que él prendía a oscuras, a las cinco y media, sentado en el borde de la cama para no despertar a nadie.
Todo empezó tres semanas antes, cuando despidieron a la conductora de toda la vida — una cubana explosiva que se fue entre rumores de pleito con el productor y una demanda que nadie confirmaba pero todos comentaban en los pasillos con el mismo tonito de “ya te lo dije”. La mañana del anuncio, el productor ejecutivo, un argentino medio calvo que siempre olía a cigarro, me paró en el cubículo donde yo llevaba seis años editando los textos que otros leían en cámara. Se apoyó en la esquina del escritorio y me soltó: “Marisol, vos vas al aire pasado mañana. Prueba de fuego, sin red.” No fue una pregunta, fue un empujón.
Mi estómago se cerró como puño. Llevaba años soñando con ese momento, pero así no. Así era una apuesta. El lunes siguiente, cuando entré a la sala de juntas, las caras de los otros productores eran un poema. Una de las redactoras, una chicana con el cabello rojo, ni siquiera se molestó en fingir: me pasó por al lado y dijo en voz baja, apenas moviendo los labios: “la cuota de relleno”.
Eso me quedó zumbando toda la semana. Cuota de relleno. Como si yo estuviera ahí para llenar un requisito, para que el canal dijera que tenía una conductora nacida en este lado del río, hija de mexicanos, acento de aquí. Me fui a casa y lloré en el fregadero mientras enjuagaba los platos del desayuno. Pero no dije nada. El miércoles, un hora antes del ensayo general, el director de cámaras, un tipo grandote que nunca me había dirigido la palabra, se me acercó al pasillo donde están los lockers y, sin preámbulo, me dijo: “La otra traía rating, mija. Tú vas a necesitar más que una sonrisa.” Apoyó la mano en la pared, junto a mi cabeza, y se quedó viéndome como quien espera que uno se eche para atrás.
Eso fue lo que más me dolió. No lo que dijo, sino el “mija”. Me trató como si fuera la sobrina que viene a pedir chamba. Como si yo no hubiera escrito tres mil guiones, como si no me hubiera quedado hasta las once de la noche en la isla de edición cuatrocientas veces, como si no supiera que las luces calientes te secan los lentes de contacto y que hay que hablar con el diafragma porque si no, a las dos horas te quedas ronca.
El día del debut, cuando por fin crucé el estacionamiento y entré al estudio, el frío del aire acondicionado me golpeó la cara. Eran las cinco y veinte. El set olía a café derramado y a polvo de maquillaje. El reloj de la pared, un Mondaine que estaba torcido, marcaba algo que yo no podía mirar. Me senté en el sillón del foro, ese sillón color mostaza que se hunde del lado derecho. Mi compañero de conducción, un locutor puertorriqueño que ya llevaba dos años en el programa, me saludó con un abrazo rápido y un “éxito, hermana” que me supo falso pero lo agradecí. El piso del set estaba rayado y alguien había dejado un termo de metal debajo de la mesita de centro, como si la prisa de la otra todavía estuviera ahí, como un fantasma.
A las seis menos cinco minutos, el productor me habló por el intercomunicador del oído: “Con energía, Marisol. Si no levantas la curva de audiencia en los primeros quince minutos, mañana repiten con el suplente de deportes.” Yo traía el pulso en la garganta. Me acordé entonces de mi papá, de sus botas llenas de cemento, de cómo llegaba a casa con las manos partidas y nunca se quejó. Me acordé de mi hermana prestandome las zapatillas a pesar de que ella también las necesitaba para su trabajo en el call center. Y me acordé del “cuota de relleno” de la pelirroja, y del “mija” del grandote. En ese instante, algo se reacomodó en mi pecho, como cuando la abuela metía la aguja en el cojín y lo atravesaba hasta encontrar el respaldo de la silla.
El director contó: “Tres, dos…” y yo hice algo que no estaba en el guion. Me levanté del sillón, me acerqué a la cámara dos y dije: “Buenos días, Houston. Hoy no voy a leer noticias. Les voy a contar por qué este sillón huele a café derramado y por qué estoy aquí, a las seis de la mañana, con un moretón en el dedo chiquito del pie.” En la cabina de control se hizo un silencio que casi podía oler. El productor alzó las dos manos como preguntando qué demonios hacía. Pero yo seguí. Les conté lo del estacionamiento, lo del vestido de Ross, lo de mi papá mirando el mismo show a oscuras. Les conté que una vez, a los nueve años, me paré en una silla del comedor para “dar las noticias” con un cepillo de micrófono, y que mi mamá me aplaudió con una cuchara en la mano. Y luego, respiré hondo y anuncié la primera nota del día.
Lo que pasó después me lo contaron, porque yo no lo vi. El teléfono de la producción, ese aparato gris que nadie pela, empezó a sonar. No paró en cuarenta minutos. Los mensajes de texto del canal se llenaron de capturas: “¿Quién es esta mujer?”, “No la saquen nunca”, “Me hizo llorar en el tráfico”. El rating, ese monstruo que se mide en números, saltó cuatro puntos antes de las siete. La pelirroja salió de la sala de guionistas con una taza de café vacía y no me miró en todo el día. El grandote de las cámaras, ese que me había llamado “mija”, se me acercó al terminar el programa y me puso una mano en el hombro. “Te pasaste, chica. Pero la próxima vez no improvises tanto, ¿eh?” Me reí. Creo que era la primera vez que ese hombre me veía como alguien que podía improvisar.
A las ocho y media, cuando ya el sol de Houston pegaba fuerte contra los cristales del estudio, salí al estacionamiento. Mi Corolla seguía ahí, con una mancha de polvo en la ventana del conductor. Me quité las zapatillas prestadas ahí mismo, en el asfalto, y caminé descalza unos pasos sintiendo el calor áspero y las piedritas. Llamé a mi hermana desde el altavoz, con los pies apoyados en el tablero. “Gorda”, le dije, “ya me están pidiendo que me quede.” Ella soltó un grito que me dejó el oído zumbando. “¡Te lo dije, tonta, te lo dije!”, y se le quebró la voz. Detrás de ella oí a mi sobrino preguntando si tía ya salía en la tele.
Arranqué el carro y me quedé un rato en el estacionamiento, con el motor encendido, mirando la puerta por donde había entrado esa mañana. No sentí alegría. Sentí lo que siente uno cuando por fin se quita una astilla que traía clavada desde no sabe cuándo. Respiré hondo, puse la radio en la estación de música tejana que le gustaba a mi papá y dejé que el locutor, otro que empezaba su turno, anunciara la temperatura con la misma voz de todos los días. Eran las nueve y doce. El tráfico en Hillcroft avanzaba lento, y una señora en el carro de al lado cantaba algo con las ventanas abajo. Yo no sabía qué iba a pasar al día siguiente, pero tenía claro que esa mañana, durante quince minutos, nadie en ese canal había podido apagarme. Y eso, en este negocio, vale más que cualquier contrato.