Mi caballo quería matarme, o eso creí

El sol todavía no asomaba por el cerro cuando llegué al establo aquella mañana. En la cocina de la casa principal el reloj de pared marcaba las cinco y veinte. La cafetera ni siquiera había empezado a borlotear. Pero yo ya estaba de pie, con la sudadera puesta y el cubo del alimento balanceado en la mano, porque así habían sido las cosas durante nueve años. Desde que Rayo era un potrillo tembloroso que no me llegaba a la cintura.

Lo había recibido el mismo día que nació. La yegua, una cuarto de milla llamada Ceniza, no pudo con el parto, y ahí estuve yo, con las manos metidas hasta los codos, ayudando a que aquella cosita mojada y huesuda saliera al mundo. Le di leche en biberón las primeras semanas. Le limpié las legañas cuando tuvo una infección a los tres meses. Y cuando cumplió un año y se enredó en un alambre de púas en la parte trasera del rancho, allá en el condado de Pima, Arizona, fui yo quien pasó tres noches durmiendo en el establo para que no se arrancara los puntos.

Rayo me reconocía desde lejos. En cuanto oía mis botas sobre la grava, soltaba un relincho corto, como un saludo, y asomaba la cabeza por encima de la puerta del establo. Le gustaba restregar el hocico contra mi hombro. Un caballo de seiscientos kilos que se dejaba tocar las orejas y se quedaba dormido mientras yo le cepillaba el lomo. En todos esos años jamás, ni una sola vez, me había enseñado los dientes.

Por eso aquel jueves no esperaba nada raro.

Pero en cuanto abrí la puerta del establo supe que algo andaba mal.

Rayo resopló con una fuerza que no le conocía. Tenía las orejas aplastadas contra el cráneo y golpeaba el suelo con la mano izquierda. No era el golpeteo tranquilo de cuando pedía su ración. Era un martilleo seco y nervioso que levantaba polvo del piso de tierra.

—Buen día, muchacho —dije igual, porque a veces los caballos amanecen raros y se les pasa.

No se le pasó.

Di un paso más hacia su pesebrera y entonces el animal se alzó. Seiscientos kilos de músculo y hueso que se levantan del suelo en un segundo. Las manos —las pezuñas delanteras— pasaron a centímetros de mi cara. Grité algo, ya no sé qué. El golpe que repartió contra la pared de tablas me sacudió el pecho como un tamborazo. Astillas de pino volaron por el aire y el polvo del henil me dejó ciego un momento.

Cuando quise reaccionar, Rayo ya se me había echado encima. Me prensó contra la pared con todo el costillar. La espalda me crujió contra las tablas. No podía respirar. El hocico me quedaba a un palmo de la frente, y las pezuñas delanteras golpeaban el piso a mis pies, una y otra vez, como martillos.

—¡Rayo! ¡Tranquilo, carajo!

Pero el caballo parecía otro animal. Los ollares se le abrían y cerraban soltando chorros de aire caliente. Tenía los ojos desorbitados, con el blanco a la vista. Seguía golpeando. Mi compañero, mi amigo, el que yo mismo había ayudado a nacer, me estaba aplastando contra la pared de su establo sin ninguna intención de parar.

Logré zafarme por un espacio entre su cuerpo y el marco de la puerta. Me arrastré hacia afuera casi a gatas, tragué aire con desesperación y cerré la puerta de un tirón. Del otro lado seguían los relinchos, los golpes secos de las pezuñas contra la madera.

Don Ramón, el capataz, llegó corriendo desde la troje con el sombrero torcido.

—¿Patrón, qué pasó?

—El caballo se volvió loco —dije, y no reconocí mi propia voz. Tenía las manos temblorosas.

—¿La mordió?

—No mordió. Me quería matar.

Llamaron al veterinario del pueblo de Sahuarita. El doctor Benavides llegó en su camioneta pasadas las diez, revisó al animal con el lazo puesto y dos peones sujetando la cuerda desde afuera. Le miró las encías, le tomó la temperatura, le revisó las pupilas con una linterna pequeña.

—Clínicamente este caballo está sano —dijo—. Rabia no es. Cólico tampoco.

—¿Entonces qué tiene?

El doctor se encogió de hombros.

—A veces se quiebran de la cabeza. Como las personas.

Los días siguientes fueron todavía peores. Rayo no dejaba que nadie entrara al establo. Si alguien se acercaba a la puerta, empezaba a relinchar y a golpear el suelo como poseído. Una mañana uno de los peones, Juan Carlos, quiso meterle comida por la ventana del fondo. El caballo se abalanzó contra la pared con tal furia que rajó dos tablones y por poco le quiebra la mano.

A la tercera noche tomé la decisión.

No dormí. Me quedé sentado en el porche de la casa con un vaso de whisky de garrafón, viendo las luces del establo y pensando en nueve años. En el potrillo que me seguía por toda la parcela como un perro faldero. En las tardes de verano, cuando yo me sentaba en una paca de alfalfa y él se quedaba a mi lado, masticando, sin pedir nada.

Pero también pensé en mi nieta, Valentina, que ahora andaba a gatas y que en unos meses empezaría a caminar y corretear por el rancho como lo hacían todos los niños de la familia. No podía arriesgarme a que un caballo inestable anduviera suelto.

El sacrificio humanitario estaba programado para el viernes a las siete de la mañana. Yo mismo hice la llamada. Colgué el teléfono de la cocina y me quedé mirando el calendario de la Cooperativa de Productores del condado, colgado junto a la alacena. Un dibujo de una vaquilla premiada. Se me nubló la vista, pero ya estaba hecho.

El jueves en la noche no pegué ojo. Y el viernes, antes que llegara el veterinario con la inyección, me fui caminando al establo. Quería verlo una última vez. A solas. De hombre a caballo.

Esta vez no llevé cubo ni lazo ni riendas. Solo las botas puestas y el miedo de no saber cómo iba a reaccionar.

Al cruzar la cerca de postes de mezquite, oí el mismo relincho de siempre. Fuerte. Desesperado. Pero algo me hizo detenerme a mitad del camino.

El sonido no venía solo del establo.

Debajo del relincho —o más bien, mezclado con él— había otra cosa. Un sonido que al principio no supe identificar. Como un maullido, pero no. Más débil. Más humano.

Agarré una linterna del taller. Me acerqué al establo, y Rayo seguía golpeando, pero esta vez los golpes iban todos al mismo lugar. La esquina del fondo, donde el piso de tierra había estado hundiéndose desde hacía años. Un rincón que tapábamos con pacas viejas porque a nadie le importaba.

Aparté las pacas a empujones. Lo que había debajo era un agujero irregular, disimulado con tablones podridos que ya habían cedido en parte. Apunté la linterna hacia abajo.

Lo que vi me dejó helado.

Era un aljibe abandonado. Uno de esos pozos viejos de los años cuarenta que mi abuelo había mandado cavar cuando el agua corriente no llegaba a esta parte del valle. Debía tener unos cinco o seis metros de profundidad, las paredes de adobe medio derrumbadas y el fondo lleno de escombros y basura.

Y ahí abajo, encogida contra una pared de tierra, con las piernas llenas de raspones y los ojos hinchados de llorar, estaba Valentina.

Mi nieta. La hija de mi hija mayor. La que supuestamente estaba en su casa, a dos kilómetros de distancia, con su mamá. Pero no. Estaba ahí, en el fondo de un pozo que nadie recordaba que existía, temblando y con un hilo de voz que apenas se oía.

Me tiré al suelo y metí medio cuerpo por el agujero.

—Valentina, mi vida, ¿me oís?

La niña levantó la cabeza. Tardó un segundo en ubicarme. Y después soltó un llanto tan desgarrador que todavía me zumba en los oídos.

Lo que supimos después fue que el domingo anterior —el día antes de que Rayo empezara con su comportamiento extraño— mi hija había venido a visitarme. Valentina se había escapado mientras los adultos charlaban en el porche. Siguió a un gato del establo hasta el rincón del fondo, pisó los tablones podridos y se los tragó la tierra. El gato salió corriendo. La niña no.

Los tablones cedieron, ella cayó, y las pacas de alfalfa que estaban encima se deslizaron de tal manera que volvieron a tapar casi todo el agujero. Casi todo menos un espacio por donde cabía justo un brazo flaco de niña de tres años, y por donde salía un llanto demasiado débil para que lo escuchara un humano a diez metros. Y las pacas quedaron inclinadas en un ángulo que ocultaba el hueco si uno no lo buscaba a propósito.

La policía del condado, los bomberos de Green Valley, media docena de vecinos, todos estuvieron peinando el desierto durante tres días. Buscaron en los canales de riego, en las zanjas del otro lado de la interestatal, en los corrales abandonados. A nadie se le ocurrió mirar debajo del establo.

Nadie excepto Rayo.

Porque un caballo oye lo que nosotros no oímos. Y Rayo llevaba cuatro días escuchando los lloriqueos de una niña debajo de sus patas sin poder hacer nada. El día que yo entré al establo y di un paso hacia la esquina del fondo, justo encima del aljibe, el animal enloqueció. No era agresión, no era rabia. Era la única manera que tenía de decirme: «Ahí atrás no pises, que está la niña».

Me empujó contra la pared para alejarme del agujero.

Golpeaba el suelo para señalarme dónde estaba el peligro.

Y yo, el idiota de su dueño, estuve a punto de sacrificarlo por intentar salvar a mi propia sangre.

Los bomberos sacaron a Valentina en una camilla de rescate vertical. Tardaron casi dos horas en estabilizar el pozo. La niña tenía deshidratación, golpes en las piernas y un raspón profundo en el hombro, pero los médicos del hospital de Tucson nos dijeron que se recuperaría sin secuelas.

Esa misma tarde, cuando el último patrullero se fue levantando una polvareda por el camino de tierra, volví al establo.

Rayo estaba en su pesebrera. Tranquilo. Con una pata ligeramente flexionada, como hacía siempre cuando descansaba. Me vio entrar y soltó ese resoplido suave que yo conocía desde que era potrillo.

No dije nada. Le pasé la mano por el cuello, despacio, sintiendo el calor del pelaje contra la palma. Las crines, ásperas del polvo del desierto. El músculo firme debajo. Y me quedé así un rato largo, con la frente apoyada en su costillar, escuchando su respiración y el zumbido de una mosca en alguna parte.

El cepillo seguía colgado de su gancho, junto a la puerta. Lo agarré y empecé a pasárselo con calma sobre el lomo, como hacíamos todas las mañanas desde aquel primer año en que él todavía me seguía a todas partes como si yo fuera su madre.

Rayo cerró los ojos. Ya ni siquiera relinchó.

Esa noche me quedé en el establo hasta que las estrellas salieron sobre el cerro. Tenía la mano izquierda apoyada en su cruz y no podía moverla. O no quería. Cuando la nieta me preguntó al día siguiente por qué le había puesto Rayo a un caballo tan manso, me reí y le dije que era porque de potrillo corría como un trueno.

Pero la verdad es que ahora suena distinto. Ahora el nombre quiere decir otra cosa.

Y cada mañana, a las cinco y veinte, cuando el reloj de la cocina todavía no termina de marcar la hora, yo ya estoy en el establo. Con el cubo en una mano y el cepillo en la otra. Y un caballo de seiscientos kilos que se deja tocar hasta las orejas mientras espera, como siempre, a que empiece el día.

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