La cajita de cedro

Cada 14 de febrero, Ramón y Rosa García no celebraban San Valentín con flores ni cenas en restaurantes. Se sentaban en la cocina de su casa en Boyle Heights, encendían una vela frente a la imagen de la Virgen de Guadalupe y rezaban bajito: “Madrecita, que este año sí… que este año llegue un nieto”. Después, Rosa sacaba del armario una cajita de cedro y la abría. Adentro, seis pares de botitas tejidas por ella, de lana blanca y amarilla, algunas con listón, otras con botones. Las acariciaba, las volvía a doblar y cerraba la tapa. Ramón la abrazaba por detrás y le decía: “Tranquila, vieja. Dios tarda pero no olvida”.

Así pasaron veinte años.

Su hija mayor, Elena, y su yerno, Carlos, habían perdido tres embarazos. El mayor de los varones, Javier, y su esposa Sonia gastaron los ahorros de cinco años en clínicas de fertilidad desde Oxnard hasta San Diego, sin resultado. En cada reunión familiar, los silencios se volvían más largos y las miradas se desviaban hacia el jardín. Rosa dejó de preguntar. Ramón aprendió a reconocer el timbre del teléfono que traía malas noticias.

Una tarde de marzo, Rosa estaba sola en el porche. Las bugambilias empezaban a soltar sus brácteas. Tenía en las manos un par de botitas con un detalle diminuto: un lunar bordado en la punta. “Ya debería tirarlas”, murmuró. Ramón, que llegaba de la carpintería con olor a aserrín, tomó la botita y la puso contra la luz. “No. Estas cositas ya hicieron su trabajo”. Rosa arrugó la frente. “Su trabajo es que las usen, Ramón”. “No. Su trabajo es recordarnos que vale la pena seguir pidiendo”. Ella sonrió con los ojos aguados y guardó las botitas otra vez.

Esa misma semana, en una clínica de Pasadena, Elena apretaba la mano de Carlos. La doctora revisó el monitor, sonrió y dijo: “Felicidades. Estás embarazada”. Elena no lloró de inmediato; se quedó mirando la pantalla, los dedos entrelazados al borde de la camilla. Luego la doctora añadió: “Y son dos”. Dos corazones latiendo. Elena se tapó la cara y se dejó caer sobre el hombro de Carlos. El llanto que soltó era de ésos que arrastran años enteros.

A la misma hora, en otra sala de espera al otro lado de la ciudad, Javier y Sonia escuchaban las palabras que ya no esperaban: “El tratamiento funcionó. Vamos a tener un bebé”. Sonia empezó a temblar y Javier se quedó pálido, incrédulo, hasta que la enfermera le repitió la noticia en español para que reaccionara.

Los cuatro hicieron un pacto por teléfono esa noche: ni una palabra a don Ramón y a doña Rosa. Querían que el primer encuentro con sus nietos fuera un recuerdo imborrable, no una llamada.

Sonia se abrigó con suéteres anchos; Elena cuadró las videollamadas de modo que solo se le viera la cara. En cada domingo de carne asada, Javier y Carlos se pisaban los pies por debajo de la mesa para no soltar una pista. Rosa notaba algo raro —Elena estaba más rozagante, Javier silbaba mientras lavaba los platos—, pero se prohibió hacerse ilusiones.

En septiembre, la familia entera se movió en secreto. Mientras los García creían que los muchachos andaban remodelando una bodega para un negocio, lo que hicieron fue convertir el viejo cuarto de costura de Rosa en un nido. Pintaron las paredes de color crema, colgaron estrellitas de papel, montaron dos cunas blancas y una mecedora. Elena fue a la casa de sus papás un martes, cuando Rosa estaba en el mercado, y del armario sacó la cajita de cedro. Las botitas tejidas seguían allí, intactas, oliendo a madera y a espera.

El 24 de diciembre, los García prepararon la cena como siempre: tamales de rajas, bacalao, ponche caliente con tejocotes. La casa olía a canela y a masa. De fondo, un viejo disco de Pedro Infante. Después del postre, Elena se levantó y dijo: “Tenemos un último regalo para ustedes”.

Ramón la miró por encima de los lentes. “Mija, ya nos dieron todo”.

“Falta esto. Está en la recámara del fondo”.

Rosa se incorporó intrigada. “¿En mi cuarto de costura?”.

Toda la parentela los escoltó por el pasillo. La puerta del fondo tenía un moño dorado. Elena desató el listón y puso la cinta en las manos de su madre. “Ábranla”.

Ramón empujó la puerta con el pie. La luz del atardecer entraba por la ventana y caía sobre dos cunas. En una, un bebé dormía con el puño apretado. En la otra, una niña parpadeaba con los ojos redondos. Las botitas que Rosa había tejido décadas atrás estaban puestas sobre las mantas, como si acabaran de quitárselas.

Rosa se llevó las manos al pecho y soltó un quejido muy quedo. Ramón se aferró al marco de la puerta. “¿Qué es esto?”

Elena se acercó y dijo: “Feliz Navidad, papá. Feliz Navidad, mamá. Ellos son sus nietos”.

Ramón dio dos pasos y se detuvo. Tomó al varoncito con cuidado, como quien carga un cáliz. El bebé estiró los dedos y le agarró el meñique. El viejo carpintero, que en cuarenta años no había soltado una lágrima, sintió que le corría agua por las arrugas. Rosa tomó a la niña, la envolvió en la manta que ella misma había tejido y la alzó contra su mejilla. “Casi las tiro, mija”, dijo. Elena negó con la cabeza: “Por eso no las dejamos”.

Javier puso sobre la mesa un álbum forrado de tela, con fotos del ultrasonido, las ecografías, las batas de hospital, la primera vez que se oyeron los latidos. Rosa pasaba las hojas con la punta de los dedos, como si temiera borrar algo. Ramón veía cada imagen y movía los labios sin emitir sonido.

Aquella noche, en la sala, mientras los gemelos dormían y el ponche seguía calentándose, Javier y Sonia se miraron. Javier carraspeó y dijo: “Papá, hay otra cosa”. Extendió un sobre. Adentro, una imagen granulada en blanco y negro y tres palabras escritas con plumón: **Nos vemos pronto**. Rosa se quedó mirando a Sonia y después a la foto. “¿Otro?” Sonia afirmó sin hablar. Rosa tomó aire, abrazó a Sonia y luego a Javier, y Ramón se quitó los lentes para limpiarlos con la servilleta, aunque acabaran de llorar.

Esa madrugada, cuando todos se fueron, Rosa se quedó sola en el cuarto de costura convertido en recámara de bebés. Abrió la cajita de cedro, sacó el par de botitas que faltaban, las olió y las volvió a guardar. Luego tomó el sobre con la imagen del nuevo sobrino que venía en camino y lo colocó dentro, encima de la lana blanca. Cerró la tapa y pasó la yema del pulgar por la madera. Afuera, Ramón encendía el foco de la cochera. Por la ventana se colaba la canción del mismo disco de Pedro Infante: «Cien años». Rosa se levantó, fue a la cocina, sirvió dos tazas de ponche y le llevó una a su marido. Brindaron en silencio, chocando las tazas. Ramón levantó la suya hacia la imagen de la Virgen y dijo, nada más, “Gracias”.

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