El pequeño Mateo Castillo tenía solo ocho meses. A esa edad debería haber llenado la casa de risas, llantos fuertes y energía inagotable.

El pequeño Mateo Castillo tenía solo ocho meses.

A esa edad debería haber llenado la casa de risas, llantos fuertes y energía inagotable.

Pero algo estaba terriblemente mal.

Cada semana parecía más delgado.

Más pálido.

Más débil.

Sus pequeños gemidos apenas se escuchaban desde la habitación infantil.

En la lujosa mansión de la familia Herrera, a las afueras de Valencia, todos repetían la misma explicación.

“Es una condición digestiva rara.”

“Los médicos están supervisándolo.”

“Necesita una alimentación especial.”

Pero Rosa Martínez no estaba convencida.

Había trabajado para la familia durante casi veinte años.

Había visto al empresario Andrés Herrera construir su fortuna.

Había compartido la alegría de su esposa, Lucía, cuando quedó embarazada.

Y había llorado cuando Lucía falleció poco después del nacimiento de Mateo.

Aquel día, frente a la tumba, Rosa hizo una promesa silenciosa.

—Cuidaré de tu hijo.

Ahora sentía que el tiempo se estaba agotando.

Todo empezó cuando Adriana Fuentes llegó a la mansión.

Joven.

Elegante.

Sofisticada.

Siempre impecable.

Andrés creía haber encontrado una nueva oportunidad para ser feliz.

Pero Rosa veía algo diferente.

Veía el fastidio que aparecía en los ojos de Adriana cada vez que Mateo lloraba.

Veía cómo evitaba acercarse a la cuna.

Y cómo delegó todos los cuidados del bebé a una niñera recién contratada llamada Patricia.

Cuando Andrés expresaba preocupación por la salud de su hijo, Adriana siempre tenía una respuesta preparada.

—Es completamente normal.

—Los especialistas están satisfechos.

—Solo debemos ser pacientes.

Andrés quería creerla.

Por eso nunca investigó más.

Pero Rosa sí.

Había criado a sus propios hijos.

Sabía reconocer cuándo un niño estaba siendo privado de algo esencial.

La verdad apareció una tarde cualquiera.

Rosa estaba limpiando cerca de la despensa cuando escuchó voces detrás de una puerta mal cerrada.

Miró discretamente.

Dentro estaban Adriana y Patricia.

La niñera preparaba el biberón de Mateo.

—No uses tanto hoy —dijo Adriana en voz baja—. Andrés ya comenta que el niño parece demasiado débil.

Patricia sacó un pequeño frasco de cristal.

No tenía etiqueta.

No tenía ninguna marca.

Vertió varias gotas transparentes dentro de la fórmula.

Rosa sintió que el corazón le daba un vuelco.

—¿Estás segura de que nadie sospechará? —preguntó Adriana.

Patricia soltó una sonrisa tranquila.

—Nadie.

Agitó el biberón.

—Esto lo mantiene somnoliento.

—Le quita el hambre.

—Y cada día come menos.

Adriana observó el líquido.

—¿Y cuándo terminará todo?

Patricia respondió sin emoción.

—Desnutrición severa.

—Fallo de órganos.

—Todos pensarán que fue una tragedia inevitable.

Rosa dejó de respirar por un instante.

Las piernas le temblaron.

Porque acababa de descubrir algo monstruoso.

Mateo no estaba enfermo.

No estaba empeorando por una enfermedad rara.

Alguien dentro de la mansión estaba provocando su deterioro poco a poco.

Y si ella no hacía algo pronto, el hijo que prometió proteger podría no sobrevivir.

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Rosa obligó a su respiración a mantenerse estable.

Si Adriana o Patricia descubrían que había escuchado aquella conversación, Mateo estaría en un peligro aún mayor.

Se alejó de la puerta con cuidado.

Paso a paso.

Como si no hubiera ocurrido nada.

Pero por dentro sentía que el corazón iba a salírsele del pecho.

Aquella noche, Andrés regresó tarde de una reunión.

Parecía agotado.

Las semanas de preocupación por la salud de su hijo comenzaban a reflejarse en su rostro.

Lo primero que hizo al entrar fue subir a la habitación de Mateo.

Rosa lo observó desde el pasillo.

Andrés tomó al bebé en brazos.

Y algo cambió en su expresión.

Mateo apenas pesaba.

Su cabeza descansaba débilmente sobre el hombro de su padre.

Sus ojos permanecían medio cerrados.

—Está más delgado otra vez —murmuró.

Patricia respondió de inmediato.

—Es parte del proceso de recuperación.

Andrés frunció el ceño.

—Llevamos meses escuchando eso.

Antes de que pudiera decir algo más, Adriana apareció en la puerta.

—Los especialistas ya nos advirtieron que habría altibajos.

Andrés guardó silencio.

Pero Rosa notó algo importante.

Por primera vez, no parecía convencido.

Aquella pequeña duda le dio esperanza.

Más tarde, cuando todos dormían, Rosa entró en la habitación infantil.

La luz de la luna iluminaba la cuna.

Mateo estaba despierto.

Sus ojos siguieron lentamente sus movimientos.

Rosa se acercó y le tomó una pequeña mano.

Los dedos del bebé se cerraron débilmente alrededor de los suyos.

Las lágrimas acudieron a sus ojos.

—Resiste un poco más, pequeño —susurró—. Se lo prometí a tu madre.

A la mañana siguiente tomó una decisión.

Necesitaba pruebas.

No sospechas.

No corazonadas.

Pruebas.

Al mediodía vio a Patricia preparar otro biberón.

Y otra vez apareció el pequeño frasco de cristal.

Esperó.

Observó.

Y cuando la niñera salió unos minutos para responder una llamada, actuó.

Entró rápidamente en la cocina.

Tomó una pequeña muestra de la fórmula.

La guardó en un recipiente estéril.

Y la escondió en el bolsillo interior de su bolso.

Sus manos temblaban.

Sabía que estaba arriesgándolo todo.

Justo cuando iba a salir, una voz la detuvo.

—¿Buscas algo?

Rosa se quedó inmóvil.

Patricia estaba en la puerta.

Observándola.

Sonriendo.

Pero aquella sonrisa carecía de cualquier rastro de amabilidad.

—Solo revisaba los suministros —respondió Rosa.

Patricia mantuvo la mirada fija en ella durante varios segundos.

Demasiados segundos.

Luego sonrió de nuevo.

—Después de tantos años aquí, deberías saber cuándo no hacer preguntas.

La amenaza quedó suspendida en el aire.

Rosa no respondió.

Simplemente salió de la habitación.

Aquella misma tarde condujo hasta un laboratorio privado dirigido por un antiguo conocido de la familia.

Entregó la muestra.

—Necesito resultados urgentes.

Dos días después recibió una llamada.

La voz del técnico sonaba tensa.

—Rosa… hay algo muy grave en esa muestra.

El mundo pareció detenerse.

—¿Qué encontraste?

Hubo un largo silencio.

Luego llegó la respuesta.

—No era un medicamento para tratar ninguna enfermedad.

Rosa sintió un escalofrío.

—Entonces, ¿qué era?

—Una combinación de sustancias diseñada para provocar somnolencia extrema, pérdida de apetito y deterioro progresivo.

Rosa cerró los ojos.

Porque aquello confirmaba sus peores temores.

Pero aún no había escuchado lo peor.

—Además —continuó el técnico— encontramos algo más.

—¿Qué?

La respuesta llegó en apenas un susurro.

—Si siguen administrándoselo, Mateo podría no sobrevivir mucho más tiempo.

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