Camila Romero estuvo a punto de seguir conduciendo.

Camila Romero estuvo a punto de seguir conduciendo.

Ahora se alegraba de no haberlo hecho. ⛽🏍️

La carretera parecía interminable aquella noche.

Oscura.

Silenciosa.

Vacía.

Cuando vio las luces de una estación de servicio a lo lejos, decidió detenerse unos minutos.

Necesitaba combustible.

Y un descanso.

Estacionó junto a un surtidor y salió de su automóvil.

Todo parecía normal.

Hasta que llegó una camioneta.

Cuatro hombres descendieron de ella.

Al principio, Camila no pensó demasiado en ello.

Era una parada de carretera.

La gente iba y venía constantemente.

Pero algo comenzó a incomodarla.

Uno de los hombres permaneció demasiado cerca de su coche.

Otro se colocó junto al surtidor.

El más alto sonrió mientras se acercaba.

—¿Viajas sola?

Camila mantuvo la calma.

—Solo estoy repostando.

Los hombres intercambiaron miradas.

Después llegaron algunas risas.

Nada que pareciera grave.

Nada que justificara una reacción inmediata.

Pero suficiente para que sus instintos se activaran.

Camila miró hacia la tienda.

El empleado estaba distraído.

Nadie parecía prestar atención.

Nadie excepto un motociclista.

Se encontraba junto a una motocicleta negra.

Su nombre era Sebastián Castillo.

Aunque ella todavía no lo sabía.

Llevaba botas de trabajo y un viejo chaleco de cuero.

No parecía preocupado.

No parecía nervioso.

Simplemente observaba.

Sebastián miró a Camila.

Después a los cuatro hombres.

Y finalmente sacó su teléfono.

La llamada duró menos de quince segundos.

Unas pocas palabras.

Nada más.

Después guardó el móvil.

Los hombres permanecieron donde estaban.

Camila continuó llenando el depósito.

La estación seguía tranquila.

Pero en algún lugar más allá de la oscuridad, varios motores acababan de ponerse en marcha.

❤️ Encontrarás la continuación en los comentarios. Nos encantaría saber qué opinas de esta historia.

 

Camila intentó concentrarse en terminar de llenar el depósito.

Solo unos minutos más.

Después podría marcharse.

Pero los cuatro hombres seguían allí.

Observando.

Sonriendo.

Acercándose cada vez un poco más.

El más alto volvió a hablar.

—No es muy seguro conducir sola por aquí.

Camila no respondió.

Su instinto le decía que terminara cuanto antes.

Uno de los hombres apoyó una mano sobre su automóvil.

Otro dio un paso más cerca.

La incomodidad se convirtió en preocupación.

Miró nuevamente hacia la tienda.

El empleado seguía sin prestar atención.

Parecía no darse cuenta de nada.

Sebastián, en cambio, sí lo había notado todo.

Permanecía junto a su motocicleta.

Tranquilo.

Silencioso.

Atento.

Entonces aparecieron unas luces en la distancia.

Primero un vehículo.

Luego otro.

Y después varios más.

Tres camionetas entraron lentamente en la estación de servicio.

Los cuatro hombres dejaron de sonreír.

El ambiente cambió de inmediato.

Las puertas se abrieron.

Varios hombres descendieron de los vehículos.

No parecían buscar pelea.

Ni provocar problemas.

Simplemente observaban.

Sebastián finalmente se puso de pie.

Con calma.

Sin apresurarse.

Caminó hasta donde estaba Camila.

—Disculpe —dijo con tranquilidad—. ¿Podría ayudarme con algo un momento?

Camila parpadeó confundida.

Entonces entendió.

Le estaba ofreciendo una salida.

Una razón para alejarse.

—Claro.

Se acercó inmediatamente a él.

El hombre alto observó la escena con evidente molestia.

Sebastián se colocó junto a Camila y cruzó los brazos.

Por primera vez, miró directamente al grupo.

Uno de los hombres lo reconoció al instante.

Y el cambio fue inmediato.

Porque Sebastián Castillo no era un simple motociclista.

Era propietario de varias empresas importantes en la región.

Conocía a empresarios.

Autoridades.

Y líderes locales.

Su nombre era respetado en varios condados.

Los cuatro hombres lo sabían.

Entonces otro vehículo llegó a la estación.

Una patrulla del sheriff.

El silencio se volvió absoluto.

El agente descendió del vehículo y observó a todos los presentes.

—¿Hay algún problema aquí?

Nadie respondió.

Porque todos entendieron el verdadero significado de aquella pregunta.

Los cuatro hombres comenzaron a retroceder.

Sin bromas.

Sin comentarios.

Sin sonrisas.

Pocos segundos después subieron a su camioneta y desaparecieron por la carretera.

Camila soltó lentamente el aire que había estado conteniendo.

Sus manos temblaban.

Sebastián lo notó.

—¿Se encuentra bien?

Camila intentó sonreír.

—Ahora sí.

El sheriff asintió.

—Hizo bien en confiar en sus instintos.

Camila miró a Sebastián.

—¿Usted hizo esa llamada?

Sebastián sonrió ligeramente.

—Solo avisé a algunos amigos.

Solo entonces comprendió lo que había ocurrido.

Aquella llamada de quince segundos nunca fue para iniciar un conflicto.

Fue para evitar uno.

Y por primera vez desde que había llegado a la estación, volvió a sentirse completamente segura.

Lo que ninguno de los dos imaginaba era que aquel encuentro no terminaría allí.

Porque meses después, Camila volvería a encontrarse con Sebastián.

Y esa segunda reunión cambiaría el rumbo de sus vidas para siempre. ⛽❤️

Rating
( No ratings yet )
Like this post? Please share to your friends:
Leave a Reply

;-) :| :x :twisted: :smile: :shock: :sad: :roll: :razz: :oops: :o :mrgreen: :lol: :idea: :grin: :evil: :cry: :cool: :arrow: :???: :?: :!:

20 − 20 =