No voy a mentir, cuando metí la tarjeta al cajero de la gasolinera y la pantalla me dijo «fondos insuficientes», sentí que el pecho se me cerraba. La saqué, la volví a meter, como si el plástico fuera a arrepentirse. Nada. Dos veces más. La cajera, una muchacha con el pelo recogido y uñas postizas que nunca había visto, me miró con esa mezcla de lástima y prisa que una aprende a reconocer en el East End de San Antonio. Devolví los dos litros de leche y el paquete de tortillas de maíz que ya había escaneado. Me fui con las manos vacías.
El sol de las dos de la tarde me pegaba en la nuca mientras caminaba de vuelta al condo que me compró Rubén. Tres cuadras. En cada esquina, los vendedores ambulantes ofrecían elotes y fruta con chile. Un señor afilaba cuchillos en una bicicleta oxidada. De una casa con la puerta abierta salía la canción de Ramón Ayala que tanto le gustaba a mi hermana Teresa antes de que su marido se fuera. Iba pensando en esa llamada que habíamos tenido tres días atrás, cuando ella me dijo que Juan Carlos, su hijo, ya no podía seguir durmiendo en el sofá de la sala porque los niños estaban creciendo y necesitaban el espacio. «Necesito dos mil quinientos para terminar el cuarto, hermana, aunque sea que me prestes quinientos», dijo. Y yo, como siempre, le prometí que sí.
El problema era que Rubén ya me había quitado la tarjeta.
Pero para entender cómo llegué a ese mediodía con la cartera vacía y las manos oliendo a nada, hay que devolverse unos meses.
Mi hijo Rubén es tozudo como su padre. De eso no tengo duda. Cuando su papá nos dejó por aquella secretaria del consulado mexicano, yo no quise pelear. Me fui con lo puesto y una maleta de ropa. Ni siquiera reclamé la mitad del remolque que habíamos comprado juntos en Houston. La gente me decía: «Alma, pelea, ese hombre te debe la mitad de todo». Pero yo no servía para eso. La boca se me secaba nada más de imaginar una corte. Así que renté un cuarto en una vecindad de la calle Flores, donde el baño era compartido y las cucarachas parecían mascotas. Rubén tenía doce años entonces. Se volvió desconfiado como un perro callejero.
A los quince se fue a estudiar un técnico en electrónica a Dallas, y desde entonces nunca se detuvo. Para cuando cumplió veinticinco ya tenía un taller de reparación de laptops en un strip mall del West Side. Después abrió dos locales más y una tienda de accesorios en el Mercado. La vida le sonrió, gracias a Dios. Yo no le pedía nada, pero él sentía que debía rescatarme, como si yo fuera un animalito herido. Me compró este condo con dos recámaras cerca del Mercado de Puros, un lugar donde siempre huele a masa de tamales y los sábados se arma el baile de los viejitos en el parque. Lo acepté con vergüenza, pero también con un alivio que me quemaba.
Luego se casó con Alejandra, una muchacha de Laredo que trabaja en una clínica dental. Buena persona, pero de esas que cuentan hasta el último centavo. Ella nunca estuvo de acuerdo con que Rubén me pasara dinero. Una vez los oí discutir en la cocina mientras yo cuidaba a las niñas en la sala. Alejandra decía: «Tu mamá ya tiene casa, ya tiene seguro social, ¿qué más necesita?». Rubén contestó: «Tú no entiendes cómo vivimos cuando yo era chico». La puerta se cerró y no escuché más.
Lo cierto es que Rubén me abrió una cuenta en el banco y cada mes, el día quince, me caían cuatrocientos dólares en la tarjeta de débito. Como un relojito. Yo pagaba la luz, el agua, compraba mis frijoles, mis verduras en la frutería La Morelense, y a veces hasta un mole en pasta para hacerle a Teresa cuando venía de visita. Pero nunca lograba terminar el mes.
El año pasado, cuando mi hermana Teresa se atrasó con la renta porque a Juan Carlos lo corrieron de la bodega de la fruta, me pidió dinero. Yo le di trescientos. Luego vino con que el chamaco estaba construyendo una casita en el terreno de atrás porque la suegra ya no lo aguantaba. Faltaban bloques, varilla, cemento. Yo le daba lo que podía. A veces me quedaba sin comer dos días seguidos. Pero, ¿cómo le iba a negar yo a la hermana que me cuidó cuando tuve la fiebre del dengue y Rubén era un bebé? No podía.
Un jueves de noviembre, Rubén llegó de sorpresa. Tocó la puerta mientras yo veía la telenovela de las nueve. Traía una bolsa del H-E-B con pollo asado y una charola de arroz. Yo me alegré, pero también me asusté porque la alacena estaba prácticamente vacía. Él fue directo al refrigerador y lo abrió. Vio la botella de salsa Valentina y un pedazo de queso seco.
—Mamá, ¿qué pasó con el dinero? Te deposité hace dos semanas.
Lo que le dije fue la verdad, pero a medias. Que los precios están por las nubes, que el doctor me recetó unas pastillas para la presión que el seguro no cubre. Mentira. Las pastillas sí me las cobran, pero no tanto. Rubén se quedó callado, con la mandíbula apretada como su papá cuando se enojaba.
En diciembre, me llamó para decirme que había visto el movimiento de la tarjeta: dos retiros grandes en un cajero de la gasolinera de la Roosevelt, justo el mismo día que él deposita. Yo no supe qué contestar. Él me preguntó si alguien me estaba quitando dinero. Le dije que no. Pero él insistió. Entonces, un sábado por la mañana, me esperó afuera de la gasolinera con su camioneta Tacoma negra. Me vio sacar los cuatrocientos, metérmelos en el monedero y caminar directo a la parada del bus para ir a casa de Teresa.
No voy a olvidar la escena. Estaba yo comprando medio kilo de masa en una tortillería de la Nogalitos, cuando Rubén apareció por la espalda. Me tomó del brazo. No me lo gritó, pero sus ojos hablaban por él.
—¿Se puede saber desde cuándo eres el cajero automático de mi tía?
Yo intenté explicarle. Que Teresa está sola desde que el marido la dejó. Que Juan Carlos es su único hijo y que esa casita es lo único que van a tener. Que a mí me sobra la casa, pero a ella ni un techo propio le queda si no termina esa construcción. Él no quiso escucharme. Dijo que ni mi hermana ni su hijo movían un dedo, que Juan Carlos se la pasaba tomando con sus amigos los fines de semana y que el tal cuarto seguía en obra negra desde hacía un año.
—Lo que estás haciendo no es bondad, mamá. Es miedo. El mismo miedo que tuviste cuando la tía se quedó con la casa de la abuela y tú no dijiste ni pío.
Eso me dolió más que si me hubiera cacheteado. Porque era verdad. Cuando murió mi mamá en Monterrey, Teresa se fue a vivir a la casa de la colonia Mitras y nadie reclamó nada. Yo me quedé viendo la fachada desde la banqueta mientras mis hijos jugaban con el polvo. Mi marido me arrastró al carro y me dijo «no hagas olas». Y yo no hice olas.
Regresamos en silencio a mi condo. Las niñas estaban sentadas en el escalón de la entrada dibujando con gises en el cemento: una mariposa y un sol. Rubén me quitó la tarjeta del monedero. La sostuvo un momento entre los dedos y luego la partió en dos sobre la rodilla. Después me dijo algo que me heló la sangre:
—En adelante, mamá, lo que necesites me lo pides y yo te lo compro. Así de simple.
Se metió a la casa, sacó una caja de leche, una bolsa de manzanas, pan Bimbo y una docena de huevos. Lo puso todo sobre la mesa y se fue sin despedirse de las niñas.
Me quedé sola en la cocina, mirando el plástico roto. A las seis de la tarde tocó el teléfono. Era Teresa. Me preguntó si ya había podido sacar algo. «¿Aunque sea cien dólares, hermana?». Sentí un nudo en la garganta. Le contesté que no había nada. Que no me funcionaba la tarjeta. Colgué rápido y me puse a llorar frente al sartén vacío. El loro del vecino, ese que siempre anda suelto en el balcón, repitió tres veces «ya no, ya no, ya no».
Esa noche no pude dormir. Caminé hasta la sala a oscuras. Encendí la veladora de la Virgen de Guadalupe que siempre tengo en la mesa chica junto al retrato de mi abuelo. El olor a viejo y a cera derretida me trajo el recuerdo de las noches en que Rubén llegaba de la escuela con los zapatos rotos y yo le calentaba frijoles refritos en una estufa de dos hornillas. Le prometí que algún día él no tendría que pasar hambre. Y él cumplió su promesa. Ahora yo rompía la mía, no por dinero, sino por no saber decir que no.
A la mañana siguiente, me puse el vestido oscuro y me fui caminando a la panadería La Reina. Ahí pregunté por trabajo. El dueño, don Gustavo, un señor gordo con bigote de candado que llevo conociendo desde que llegué al barrio, me dijo que necesitaban a alguien para la caja, tres horas al día, el sueldo mínimo más una bolsa de pan duro. Acepté. La primera semana guardé los billetes en una lata de café, debajo del fregadero.
El viernes, al salir del turno, pasé por la casa de Teresa. Le puse cincuenta dólares en la mano. «Es lo que tengo», le dije. Ella me miró con los ojos aguados. Me pidió que no le contara a Rubén. Yo no dije nada.
Camino a casa, me paré en la frutería y compré cuatro aguacates maduros y un manojo de cilantro fresco. El vecino, desde su balcón, silbó una melodía de mariachi. El loro chilló: «¡Ahora resulta!». Y me reí. No una carcajada, pero la boca se me arqueó así, de lado, como hacía mi madre cuando todo iba a salir bien.
No sé cuánto tiempo va a durar este arreglo. Sé que Rubén me sigue queriendo y que su modo de amar es proteger sin preguntar. Pero a mi manera, con mi pedacito de sueldo y mi secreto, yo también estoy empezando a decir que sí a lo que importa, y de a poco, a decir que no a lo que me vacía.
El domingo, cuando las niñas vinieron a visitarme, les hice guacamole y las senté en la mesa que da al pasillo. Rubén llegó más tarde, sin Alejandra. Me miró las manos manchadas de verde y el monedero vacío sobre la silla. Abrió el refrigerador y vio la comida. No dijo nada. Me abrazó y me apretó fuerte, como cuando él era chico y yo lo cargaba para cruzar el lodo después de la lluvia.
—No te vayas a cansar tanto, mamá —dijo por fin, con la voz ronca.
—No me canso, hijo. Es lo único que sé hacer.
Y soltamos el aire al mismo tiempo, como dos fuelles viejos que todavía tienen algo de viento adentro.