El asiento junto a la ventana

Marisol Reyes limpiaba el vidrio del autobús 47 todos los días a las cinco y media de la mañana, antes de que nadie subiera. Llevaba dieciocho años manejando esa ruta en El Paso, desde la calle Alameda hasta el hospital Del Sol, y conocía a sus pasajeros mejor que a algunos de sus propios primos.

Don Refugio subía en la parada de la panadería La Bella, siempre con una bolsa de conchas y un vaso de café de la gasolinera. Se sentaba en el mismo asiento, el segundo detrás del conductor, y le contaba a Marisol sobre su esposa, que había muerto hacía seis años, y sobre su nieta, que estudiaba enfermería en El Paso Community College y venía a visitarlo los domingos con menudo que ella misma preparaba, aunque le quedara siempre un poco soso.

—Ese caldo necesita más chile —le decía Marisol, y él se reía enseñando el diente de oro que llevaba desde que trabajaba en las minas de Chihuahua.

Marisol había subido a ese tren —así le gustaba pensarlo, aunque fuera un autobús con olor a diésel y asientos de vinil agrietado— el día que nació en una casa de la colonia Segundo Barrio, hace cuarenta y cuatro años. Sus papás la bajaron de la vida cuando ella tenía veintitrés: su mamá de un infarto en la cocina, mientras hacía tortillas de harina, y su papá ocho meses después, de tristeza más que de cualquier otra cosa, decían los doctores, aunque en el papel pusieron insuficiencia cardíaca.

Después subieron otros. Un esposo, Ernesto, que se bajó en la estación del divorcio después de once años, dejándole la casa de Yandell Drive y una deuda de tarjetas de crédito de nueve mil dólares. Un hijo, Beto, que ahora vivía en Phoenix y llamaba los domingos por la tarde, después del partido de los Cowboys. Una hermana, Chela, que seguía subida en el mismo tren, sentada dos filas atrás, siempre discutiendo por el aire acondicionado.

Y estaba Rosa Elena. La mejor amiga de Marisol desde el kínder en la primaria Alamo. Rosa Elena trabajaba en el Walmart de Zaragoza, en el departamento de fotografía, y todos los viernes se juntaban en el Bowie Bakery a comer empanadas de calabaza y platicar de todo y de nada. Rosa Elena se bajó del tren un martes de octubre, sin avisar, de un aneurisma mientras dormía. Tenía cuarenta y un años.

Ese día Marisol no manejó su ruta. Se quedó tres días sin subir al autobús, algo que no había pasado en dieciocho años, ni siquiera cuando se rompió la muñeca cayéndose de una escalera pintando la cerca. Cuando regresó, dejó el asiento junto a la ventana, el que siempre ocupaba Rosa Elena cuando la acompañaba en su día libre para hacerle compañía en el turno de la tarde, completamente vacío. Nadie se sentó ahí en dos semanas. Los pasajeros regulares, sin decir una palabra, parecían saber que ese asiento estaba guardado.

Fue don Refugio quien finalmente rompió el silencio, un jueves de noviembre, con el cielo cargado de esa luz gris de las Franklin Mountains antes de que cayera la primera helada del año.

—Usted sabe, Marisol, que yo también dejé asientos vacíos.

Ella lo miró por el espejo retrovisor.

—Mi esposa se sentaba siempre en el lugar de las escaleras, cerca de la puerta, para bajarse rápido cuando llegábamos a la iglesia. Y mi hijo mayor, el que se nos murió en el ejército, allá en el noventa y uno, se sentaba justo donde va usted, en el volante, porque de niño quería ser chofer de camión.

Don Refugio se quedó viendo la bolsa de conchas sin abrirla.

—Uno no puede quedarse esperando a que todos los asientos se llenen otra vez. El camión sigue andando, aunque uno quiera para las llantas y quedarse ahí, parado en la esquina de siempre.

Marisol no contestó. Pero esa tarde, cuando terminó el turno, no fue directo a su casa en Yandell Drive. Manejó hasta el cementerio Concordia, donde habían enterrado a Rosa Elena, y se sentó en el pasto seco junto a la lápida con una empanada de calabaza que había comprado camino allá, todavía tibia en la bolsa de papel.

—Te traje tu favorita —dijo, y se comió la mitad, dejando la otra mitad sobre la lápida, como si Rosa Elena todavía fuera a llegar tarde, quejándose del tráfico en la I-10, a terminársela.

Al día siguiente, Marisol hizo algo que no había hecho en dieciocho años de manejar esa ruta: le pidió permiso a su supervisor, un señor llamado Guillermo que llevaba el pelo peinado hacia atrás con demasiado gel, para cambiar el itinerario de su descanso de las diez de la mañana. En vez de comer su lonche sentada sola en el autobús estacionado, empezó a caminar dos cuadras hasta el Walmart de Zaragoza, al departamento de fotografía, donde ahora trabajaba una muchacha nueva, Yolanda, de veintidós años, que había llegado hacía apenas un mes desde Las Cruces y no conocía a nadie en El Paso.

—¿Le gustan las empanadas de calabaza? —le preguntó Marisol la primera vez, dejando una bolsa del Bowie Bakery sobre el mostrador.

Yolanda la miró con desconfianza, como quien no está acostumbrada a que la gente sea amable sin motivo.

—Nunca las he probado.

—Pues hoy se le va a acabar esa mala racha.

Empezaron a comer juntas los viernes. No era lo mismo, Marisol lo sabía bien: Yolanda no conocía las mismas canciones de Juan Gabriel, no se acordaba del maestro de sexto grado que las dos habían tenido en común con Rosa Elena, no entendía las bromas viejas que solo entienden quince años de amistad. Pero Yolanda tenía una risa fácil y contaba historias de su abuela en Las Cruces que cultivaba chile en el patio, y de a poco el asiento junto a la ventana del autobús 47 dejó de sentirse como un hueco y empezó a sentirse, otra vez, como un lugar donde alguien podía sentarse.

Pasaron los meses. Don Refugio dejó de subir en enero, no porque se hubiera muerto, sino porque su nieta se graduó de la carrera de enfermería y se lo llevó a vivir con ella a Albuquerque. El último día, le dejó a Marisol un frasco de miel que él mismo cosechaba de unas colmenas en su patio, con una nota escrita en letra temblorosa: "Gracias por dieciocho años de buenos días."

Marisol guardó esa nota en la guantera del autobús, junto a una foto vieja de Rosa Elena riéndose en la boda de Beto, con confeti en el pelo.

Un sábado de agosto, dos años después de que Rosa Elena se bajara del tren, Marisol cumplió cuarenta y seis años. Su hermana Chela organizó una carne asada en el patio de su casa en el Lower Valley, con carne al carbón y una piñata que nadie quiso romper porque ya nadie tenía la edad. Beto llegó desde Phoenix con su esposa y su hija de tres años, que se llamaba Rosa, en honor a la mujer que Marisol nunca conoció como abuela pero de la que hablaba todo el tiempo. Yolanda llegó con un pay de calabaza hecho en casa, todavía caliente, que puso sobre la mesa junto a las conchas que alguien había mandado desde Albuquerque en una caja, cortesía de don Refugio.

Esa noche, cuando todos se fueron y Marisol se quedó recogiendo los platos en la cocina, se sentó un momento en el porche con una taza de café ya frío. Sacó su teléfono y buscó el número de Chela.

—Oye —le dijo cuando contestó—, ¿te acuerdas que hace tres años me peleé contigo por lo de la herencia de mamá, por los aretes esos que ella quería que fueran míos?

—Me acuerdo. Todavía los tengo guardados.

—Quédatelos. Ya no importa. Lo que importa es que sigues subida en este camión conmigo, y no quiero que el día que alguna de las dos se baje, lo último que quede sea un pleito por unos aretes de oro que ni siquiera nos gustaban tanto.

Del otro lado hubo un silencio, y luego la voz de Chela, más suave de lo que Marisol la había escuchado en años.

—Mañana te los llevo. Y de paso te traigo unos tamales que me sobraron.

Marisol colgó y se quedó viendo el cielo de El Paso, sin una sola nube, con las luces de Ciudad Juárez brillando del otro lado de la frontera como un reflejo lejano de las suyas. Pensó en don Refugio manejando ahora las calles de Albuquerque en el asiento del copiloto del carro de su nieta. Pensó en Yolanda, que ya se sabía tres canciones de Juan Gabriel. Pensó en el asiento junto a la ventana, que ya no estaba vacío, aunque nunca dejaría de ser, un poco, el asiento de Rosa Elena.

Al día siguiente subió al autobús 47 a las cinco y media de la mañana, como siempre, y limpió el vidrio con el mismo trapo de toda la vida. Cuando llegó la primera parada, en la panadería La Bella, subió una señora que nunca había visto antes, cargando una bolsa del mandado y un bebé dormido contra el pecho.

—Buenos días —le dijo Marisol—. Siéntese donde guste.

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