Valeria dejó caer las llaves sobre la mesa de la entrada con un tintineo seco. Frente a ella, flanqueada por dos maletas rosadas de tela barata, estaba Doña Socorro. Su exsuegra. La mujer sostenía una copia de la llave del apartamento que Valeria le había dado tres años atrás, cuando aún estaba casada con Raúl, "para cualquier emergencia".
— Puedes irte olvidando de que me voy, Valerita —dijo la anciana, quitándose los mocasines con una calma exasperante—. Mi hijo se dejó el lomo trabajando para comprar este sitio. Tú vives demasiado bien para ser una divorciada. Es hora de poner las cosas en su sitio.
Valeria sintió un golpe de adrenalina. Ese apartamento en West Kendall no lo había pagado Raúl. Lo había comprado ella con el dinero de la venta de la casa de sus abuelos en Cuba, antes siquiera de conocerlo. Durante el matrimonio, él había "aportado" deudas de juego y una pereza monumental. Cuando se divorciaron, lo único que Raúl se llevó fue su amargura y un acuerdo para no reclamar nada del inmueble a cambio de que ella no lo denunciara por haber vaciado la cuenta de ahorros universitaria de la niña.
— Socorro, aquí Raúl no ha puesto ni un centavo. Se fue hace dos años. ¿Qué justicia quiere hacer? ¿La de su mente? —preguntó Valeria, alzando la voz.
— La justicia divina. —respondió la vieja, mientras colgaba su cartera de la percha como si estuviera en un hotel—. Tú con tu carro nuevo, tu niña en escuela privada y mi hijo durmiendo en un sofá viejo en Hialeah. Él está en la ruina. No te pienso dejar en paz hasta que le pases la mitad de este apartamento o le compres uno.
Valeria soltó una carcajada amarga. La sangre le bombeaba en las sienes. Raúl llevaba meses sin pasar la manutención. Le debía casi quince mil dólares. Y ahora su madre venía a cobrarle a ella.
— Lárguese ahora mismo o llamo a la policía —amenazó Valeria, sacando su teléfono.
— Llámala —la retó la suegra, sentándose en el sofá de la sala—. Yo les digo que tú estás mal de la cabeza y que me estás echando a la calle después de que vine a cuidar a mi nieta. A ver quién te cree. Tú, que eres la jefa en tu trabajito de diseño, ¿vas a aguantar el bochorno de una patrulla en la puerta?
Valeria apretó el teléfono entre sus dedos. La furia le nublaba la vista. La pequeña Amelia estaba en casa de una amiga, pero no tardaría en volver. No quería que la niña viera ese circo.
— ¿Qué quiere? Vamos al grano, Socorro. Usted no viajó desde el downtown con dos maletas llenas de menjunjes solo para hablar de justicia —dijo Valeria, cruzándose de brazos.
— Quiero que le devuelvas su vida —contestó la vieja, clavándole la mirada—. Si no me das la propiedad, vendo yo esto y le doy la mitad a él. Y quítame la demanda por pensión. Así mi hijo respira tranquilo.
Valeria sintió que flotaba. Estaba en una pesadilla. No solo quería dinero, quería borrar las consecuencias de los actos de su hijo. Raúl las había dejado sin nada, y ahora ellas eran las culpables.
— Está loca. —susurró Valeria.
— Loca, pero dentro de tu casa. Hasta que firmes. —dijo la mujer, cruzando los brazos.
En ese momento, se abrió la puerta. Era Isabel, la vecina y mejor amiga de Valeria, que traía a Amelia de la mano. La niña de seis años entró corriendo, pero se frenó en seco al ver a la desconocida.
— Mami, ¿quién es esa señora?
— Es tu abuelita, mi cielo —canturreó Socorro, abriendo los brazos con una sonrisa falsa—. Ven a darme un beso.
Amelia se escondió detrás de su madre. Isabel evaluó la situación inmediatamente. Vio las maletas baratas, el rostro pálido de Valeria y la postura intrusa de la vieja.
— Val, ¿todo bien aquí? —preguntó Isa en un susurro tenso.
— Mi exsuegra. Quiere el apartamento —respondió Valeria con los dientes apretados.
Isabel se plantó delante de la anciana, cuadrándose con la mandíbula tensa. — Señora, recoja sus cosas y váyase por las buenas. Esta no es su casa.
— ¡Métete en tus asuntos, escandalosa! —chilló la vieja sin levantarse—. Esto es un tema de familia.
Valeria cargó a la niña y la llevó al pasillo. — Bebé, ve al cuarto con Isa un momentito. Mamá tiene que hablar de cosas aburridas de adultos.
Cuando la puerta del dormitorio se cerró, Valeria se transformó. El miedo inicial se disolvió en una calma gélida. Caminó hacia la ventana, donde las luces del strip mall de al lado parpadeaban en la noche de Miami.
— ¿Así que esto es un atraco, Socorro? —dijo Valeria, sin mirarla—. Usted se mete en mi casa a la fuerza y amenaza con arruinarme la reputación…
— No es un atraco, es justicia.
— Perfecto. —Valeria se giró con una sonrisa afilada—. Pues hablemos de justicia. Raúl me debe quince mil dólares de la niña. Y hay un interés legal. Empecemos por ahí. ¿Me va a pagar usted? Porque si representa a su hijo, hágalo bien.
Socorro parpadeó, rascándose la barbilla.
— Yo soy una pensionada. No tengo esa plata.
— Yo tampoco tengo un apartamento para regalarle al vago de su hijo. —replicó Valeria, avanzando hacia ella—. Mire, hagamos una cosa. Raúl tiene una Dodge Ram que usa para trabajar en el yard sale. Está registrada a su nombre en la dirección de su casa vieja, ¿no es así, Socorro? Me dijo el banco que todavía la está pagando.
La suegra palideció. Esa camioneta era el orgullo de Raúl, lo único que le quedaba.
— Tú no te atreverías a tocarla —balbuceó.
— ¿No? —Valeria cogió un fólder de la mesa de centro y sacó un documento—. Su hijo no ha pagado manutención en siete meses. Aquí tengo el abogado en marcación rápida. Si usted no recoge sus maletas ahora mismo y se va, dejo este papel en la corte mañana a primera hora. Embargamos la camioneta por deuda alimenticia. No va a servir ni para vender mangos en la calle.
— ¡Es un monstruo, Valeria! —gritó la vieja, poniéndose de pie de un salto y desordenando la pila de revistas del mueble—. ¡Una víbora sin corazón!
— Soy una mujer que aprendió a defenderse —contestó Valeria, abriendo la puerta principal de par en par. El aire húmedo de la noche inundó el pasillo—. Tiene tres minutos para salir de aquí. Si no, pierde la camioneta. Usted decide.
El labio le temblaba a la anciana. El chantaje era su terreno, pero Valeria acababa de girar las cartas. Perder el apartamento era una fantasía, pero perder la camioneta era una realidad devastadora para Raúl. Se movió rápido, torpemente, metiendo las blusas en las maletas sin doblarlas.
— Esto no se queda así, Valeria. Le voy a decir a Raúl que eres una diabla.
— Dígale lo que quiera. Que se prepare para pagar lo que debe, o nos vemos en la corte.
Socorro arrojó el llavero al suelo con desprecio. Las llaves se deslizaron sobre la cerámica fría. Salió arrastrando las maletas, murmurando insultos entre dientes, su figura encorvada desapareciendo en la penumbra del pasillo.
Valeria cerró la puerta y echó el cerrojo. Su cuerpo temblaba como una hoja. Se deslizó hasta quedar sentada en el suelo, apoyando la espalda contra la madera. Sintió el aroma del café que Isa había preparado en la cocina. La puerta del dormitorio se entreabrió y unas manitas pequeñas se posaron sobre sus rodillas.
— ¿Se fue la señora mala, mami?
Valeria abrió los ojos y miró los ojitos oscuros y confundidos de su hija. Le acarició la mejilla, sintiendo el calor suave de su piel. Toda la rabia se desvaneció, reemplazada por un alivio denso y cálido.
— Sí, mi amor. La señora se fue para siempre.
Isabel se asomó por la puerta, sirviendo tres tazas de chocolate caliente en la mesa del comedor.
— ¿A que no vuelve, Val?
— No —respondió Valeria, incorporándose y cargando a la niña sobre su cadera—. Le dije que el abogado le quita la troca a Raúl si se vuelven a aparecer. Eso les dolió más que cualquier cosa.
Caminaron a la cocina entre risas suaves y el tintineo de las tazas. Afuera, las luces del vecindario brillaban tranquilas. Adentro, reinaba la paz de una guerra ganada sin disparar una sola bala.