Los dos maletines seguían junto a la entrada, alineados como dos perros viejos que ya nadie quiere. Yo los había arrastrado hasta ahí a las seis de la mañana, después de vaciar el clóset del pasillo. En Tucson, a finales de agosto, el aire afuera olía a creosota y a tierra mojada, ese aroma raro que aparece justo antes de la tormenta de monzón. El perro del vecino, Chato, no ladraba. Eso me puso más nerviosa que el silencio de mi propio teléfono.
Once días antes, Ricardo se metió a la ducha y dejó su celular en la repisa de la entrada. La pantalla se encendió con un mensaje de “Lety 🦋”: “Amor, ya no aguanto. ¿Cuándo le dices a la vieja?”.
Lo leí tres veces. Luego puse el teléfono exactamente donde estaba, con la pantalla hacia abajo. Esa noche cociné chiles rellenos y escuché una historia larguísima sobre un cliente de la compañía de transportes que no quería pagar.
Durante once días me porté como si nada. Le planché las camisas azules de trabajo, le calenté las tortillas, le pregunté por su espalda. Y cada mañana, cuando su camioneta se perdía por la Sunrise Drive, yo sacaba del cajón de las verduras un fajo de papeles amarillos y leía los números una y otra vez.
Lo peor no fue la infidelidad. Lo peor fue descubrir que mi miedo de quedarme sola a los cincuenta y siete años me había tenido pagando facturas de dos vidas sin darme cuenta. Eso me daba más vergüenza que cualquier engaño.
Esta mañana, apenas sentí que la camioneta se alejaba, saqué del armario dos maletas negras con ruedas. Metí camisas, pantalones, dos pares de botas de trabajo, su loción, su cargador. Cerré las cremalleras despacio. Las puse junto a la puerta. Después descolgué la llave de Ricardo del gancho de la cocina y la metí en una bolsita Ziploc que guardé en el bolsillo de mi bata.
No esperaba visitas. Pero a las once y cuarto sonó el timbre. Chato, por fin, soltó dos ladridos secos. Fui a la puerta y hice girar la manija.
Del otro lado había una muchacha de unos veintiséis años. El vientre se le notaba redondo y alto, empujando la tela de un vestido de rayón color arena. En el cuello le brillaba una cadena fina de oro, y en la mano derecha traía una bolsa de lona con las iniciales LV. Me miró de arriba abajo sin ninguna prisa. Un mechón oscuro le caía sobre la frente.
—¿Usted es Carmen Lugo? —preguntó, sin saludar, con una voz tan chillona como el timbre—. Yo soy Leticia. La futura esposa de Ricardo. Tenemos que hablar como adultas.
No esperó a que yo la invitara. Entró, empujando la puerta con el hombro. El borde del vestido rozó la vitrina del pasillo y dejó una marca húmeda de sudor. El aire acondicionado zumbaba, pero la casa de pronto se sintió angosta, caliente, ajena.
Se quitó las sandalias y con el pie apartó mis chanclas de la entrada.
—¿Dónde está el baño para lavarme las manos? —dijo, como si viviera ahí desde hacía años.
—Por el pasillo, la segunda puerta —respondí, y escondí mis manos, llenas de tierra de las macetas, en los bolsillos de la bata.
Mientras el agua corría en el baño, me quedé en la cocina. Me lavé las manos con jabón blanco y vi cómo el agua turbia se llevaba la mugre de las plantas. Los dedos me temblaban. Me sequé con el trapo colgado en la estufa. El trapo olía a suavizante de lavanda, al último viaje al supermercado, al orden que yo creía tener.
Leticia entró en la cocina. Pasó los dedos por la mesa de granito desgastado, inspeccionó los azulejos verdes, abrió uno de los gabinetes y lo cerró sin cuidado. Luego jaló una silla y se sentó pesadamente, con las manos sobre el vientre.
—No le voy a ofrecer café —le dije.
—Mejor. El café me cae mal ahora —respondió, acomodándose—. Ricardo es muy blando, Carmen. Le da pena herirla. Así que yo decidí venir a poner las cosas claras. Nosotros vamos a tener un niño. Mi apartamento es de una recámara en el complejo de al lado de la carretera. Ahí no cabe un bebé. Y andar pagando renta cuando existe esta casa es una tontería.
Hablaba despacio, repartiendo las frases como quien da instrucciones. Agarró una concha de la panadería que yo había puesto en un plato de peltre blanco. La mordió. Mientras masticaba, miraba las paredes verdes y hacía una mueca.
—Usted ya crió a sus hijas, ya vivió su vida —continuó, con la boca llena—. Lo más lógico es que se mude con su hermana al parque de casas móviles en Sahuarita. Ricardo dice que ahí hay mucho viejito, pero usted encaja bien. Nosotros nos quedamos aquí. Hay una primaria a tres calles.
Dio otra mordida. De repente dejó de masticar. Escupió el bolo a medio morder directamente sobre mi servilleta de lino bordada, justo al lado del azucarero. Con la uña larga de un dedo, untó la masa húmeda sobre la tela blanquísima.
—Odio cuando la concha trae pedazos de granito —dijo, y limpió los dedos en la misma servilleta.
Me quedé viendo la mancha marrón, pegajosa, extendida sobre las flores azules del bordado. Fue como si alguien apagara un interruptor.
Dejé de temblar. Dejé de inventar excusas para mí. Me puse de pie sin ruido. Fui a la ventana y cerré la hoja corrediza para que el ruido de los carros no se metiera. Volví a la mesa. No me senté. Apoyé las palmas en la orilla fría del granito y ladeé la cara para verla sin que le quedara duda.
Leticia se echó un poco hacia atrás. Hasta la cadena de oro pareció detenerse.
—¿Qué le pasa? —preguntó, y por primera vez su voz sonó menos dueña de sí—. No se ponga dramática. Podemos resolver esto sin abogados. Usted recoge sus cosas antes del viernes y ya.
—Leticia —dije, con la garganta apretada por un odio nuevo y limpio—, ¿Ricardo no te contó lo más importante?
—¿Qué cosa?
—¿No te contó que esta casa nunca fue de él? —hice una pausa corta, viendo cómo la sombra le bajaba por la cara—. Me la regaló mi mamá antes de que firmáramos el acta de matrimonio. Está escriturada a mi nombre. Ricardo no aparece ni en el registro, ni en las escrituras, ni en los pagos del predial. Yo hasta lo registré en casa de mi prima para no pagar más impuestos. Aquí, legalmente, no es nadie.
Sus labios se abrieron un poco, pero no salió nada. Los dedos le recorrieron el borde del plato de peltre.
—Usted me está inventando cosas para espantarme —dijo, recuperando una sonrisa torcida—. Ricardo me enseñó los recibos de la remodelación. Él pagó por la cocina.
—Él pagó la cocina con un préstamo que le pidió a mi hermano mayor —respondí—. Hace seis años. Y eso no es lo peor. ¿Sabías que Ricardo ya no trabaja? ¿Que la empresa de transportes, “Lugo Logistics”, quebró hace año y medio? ¿Que lo buscan dos agencias de cobranza por deudas de tarjetas y refacciones?
Leticia se quedó quieta. La mano derecha se resbaló por el vestido, como si ya no supiera dónde colgarla.
Me moví hacia el refrigerador. Abrí el cajón de las verduras y saqué una carpeta de plástico color mantequilla. La puse sobre la mesa, frente a ella.
—Todo lo que Ricardo te ha pagado —dije—, las cenas en el Blanco Tacos, las rosas de tallo largo, las idas al cine, hasta los depósitos para tu apartamento… todo salió de mis tarjetas de crédito o de préstamos que él pidió a espaldas mías. ¿Sabes cuánto debe? Doscientos cuarenta y siete mil seiscientos dólares. Casi un cuarto de millón.
Abrí la carpeta. Primero salió una copia del aviso de embargo del banco, con la cifra en amarillo. Luego un estado de cuenta de la tarjeta Chase con compras de florería y restaurantes marcadas con rojo. Luego la carta del abogado de cobranza.
—Aquí está —dije, pasando los dedos por la pila—. Y no es lo único que hice esta mañana.
Abrí la puerta de la cocina y jalé los dos maletines que estaban junto a la entrada. Las ruedas rechinaron contra el piso de loseta. Los puse en medio del pasillo, al lado de sus sandalias.
—Estas son todas las pertenencias de Ricardo —señalé con la punta del pie—. Hace una hora moví ocho mil cuatrocientos dólares de la cuenta compartida a mi cuenta personal en el Desert Financial. La de él queda con once dólares y doce centavos. El número de su celular lo bloqueé desde las diez de la mañana.
La muchacha se había puesto del color del vestido. Dos manchas oscuras le empapaban las axilas. Movía los labios sin sonido.
—Hoy en la noche va a llegar a tu apartamento —seguí—, no con la llave de una casa grande, sino con estas dos maletas y con una deuda que no va a pagar ni trabajando hasta los sesenta.
—Eso… eso no puede ser —tartamudeó, y se le quebró la voz—. Él me dijo que ya no estaba con usted. Que usted era un estorbo.
—Pues ahora vas a tener lo que querías. Vives con él.
Se llevó las manos a la cara. El rímel se le corrió en hilos negros por las mejillas. Los hombros le brincaban. Se levantó tan rápido que la bolsa de lona cayó al piso con un golpe seco. Salió trotando hacia la puerta, pisando con las medias empapadas el borde de una de las maletas. Jaló la manija dos veces, porque no acertaba con el seguro. Descorrió el pasador y salió sin volver a ver hacia atrás. La puerta golpeó contra el marco y Chato empezó a ladrar como loco.
Me quedé un momento mirando los dos maletines. Luego fui a la cocina, tomé la servilleta manchada con la concha a medio masticar y la tiré al bote de basura. Llené una cubeta con agua tibia y un chorro de Fabuloso rojo. Trapeé cinco veces la entrada, borrando las marcas de sus sandalias. Después lavé la cubeta, la dejé a escurrir, me quité la bata y salí al patio trasero.
El cielo ya estaba morado como una uva. Regué los cactos, las suculentas, el pequeño arbusto de romero. La tierra caliente se chupó el agua. El olor a creosota se hizo más fuerte, como si la lluvia estuviera a dos calles de distancia.
Adentro, me senté en el comedor. Busqué en el cajón de la cháchara el talonario de cheques. Escribí uno por diez mil dólares a nombre de una abogada de divorcios que había encontrado en línea, una mujer menuda con oficina en Broadway Boulevard. Lo guardé en un sobre amarillo, junto con las copias de las escrituras y los estados bancarios. Luego metí la llave de Ricardo en la bolsita Ziploc y escribí su nombre con marcador negro.
El teléfono vibró sobre la mesa. Un número desconocido. Lo vi brillar hasta que se apagó. Volvió a vibrar. Lo apagué y lo dejé boca abajo.
La primera gota cayó sobre el techo plano con un ruido pequeño, casi tímido. Luego vino el aguacero de golpe, llenando la casa con un tamborileo parejo, como si el cielo estuviera tallando algo por dentro.