El jardín al final de Sandoval Lane

Trabajo para una pequeña empresa de jardinería en Las Cruces, Nuevo México. Tres camionetas, dos desbrozadoras que fallan cuando hace más de noventa grados y un dueño, el señor Herrera, que nos paga puntual cada viernes. A mí me toca la ruta del lado oeste de la ciudad: casas de adobe con portales sombreados, pinos piñoneros y ese olor a creosota que se levanta después de la lluvia.

Ese jueves hacía calor desde antes de las ocho. Tenía una lista de seis clientes regulares, pero el señor Herrera me llamó por radio mientras cargaba la podadora.

—Oye, Manny, salió un trabajo extra. Una casa sobre Sandoval Lane. La dueña acaba de fallecer y el abogado quiere que el jardín se vea decente para cuando venga la hija. Paga en efectivo.

Acepté. El dinero extra no cae mal cuando tu hija de tres años necesita frenos para los dientes dentro de un par de años.

La propiedad estaba al final de un camino de grava, detrás de una hilera de álamos que el viento hacía sonar como papel de estraza. Casa vieja, de puertas de madera gastada y techo de teja roja, pero no abandonada. La grama estaba cortada. Sobre la mesa del porche, un florero con margaritas amarillas que no tenían más de dos días.

Alguien cuidaba ese lugar. Y no era una empresa de jardinería.

Junto a la entrada noté un ladrillo suelto, más claro que los demás, como si alguien lo hubiera sacado y puesto de vuelta muchas veces. No le di importancia entonces. Solo até el dato: en una casa donde nadie más vivía, ese ladrillo se movía solo.

La cerradura era de las antiguas, de llave grande y pesada. La llave me la dio el abogado en un sobre manila con la dirección escrita a mano. Mi trabajo era simple: desmalezar el frente, podar los setos, darle forma al césped. Nada del otro mundo. Me puse los guantes y empecé.

A las nueve y cuarto llegó la hija.

La vi bajarse de un Honda viejo, color arena, con placas de Texas. Una mujer de unos cuarenta y pico, el pelo negro recogido con una liga blanca, zapatos de suela plana. No traía flores. Traía un sobre arrugado en una mano y lo apretaba como si se le fuera a escapar.

Se quedó parada frente a la casa, mirando el porche, las margaritas, la manguera enrollada junto al muro. No entró. Se agachó y tocó el borde del ladrillo suelto junto a la entrada, lo movió con los dedos, metió la mano en el hueco. Debajo no había nada. Se quedó un momento así, con la mano vacía dentro del hoyo, antes de sacarla y sacudirse el polvo del dobladillo del vestido.

—¿Usted trabaja aquí?

—Desde hoy por la mañana —dije yo, secándome la frente con el antebrazo—. El abogado me contrató.

—El abogado —repitió, como si la palabra tuviera otro sabor.

Le ofrecí agua de mi termo. Dijo que no, gracias. Luego preguntó si había visto a alguien en la casa. Le dije que no, que yo solo veía la propiedad por fuera, que la llave la tenía yo porque el abogado no quería mandar a nadie adentro.

—¿Tiene la llave?

Le entregué la llave sin que tuviera que pedírmela dos veces. Es de esas cosas que uno hace por instinto.

—Me llamo Celia —dijo—. La casa era de mi padre. O al menos eso me dijeron en la notaría.

La señora estaba parada frente a lo que supuestamente era suyo con la misma cara que pone mi hija cuando le digo que no hay dinero para el helado. No tristeza exactamente. Algo más parecido a la desconfianza.

Abrió la puerta. Yo me quedé en el camino, con la podadora apagada, recogiendo ramas secas. Escuché sus pasos adentro, despacio. Luego un sonido metálico, como de cacerola al caer. Después silencio.

El señor Herrera me enseñó que el trabajo de uno es estar en lo suyo. La gente en estos barrios no quiere preguntas. Pero yo no pude evitarlo: me acerqué al porche con la excusa de recoger las margaritas que el viento había volcado.

La puerta no estaba cerrada del todo. Celia lloraba dentro. No fuerte. Era un llanto corto, de respiración contenida, de esos que la gente deja salir solo cuando cree que nadie la oye.

Me agaché a levantar el florero cuando la puerta se abrió de par en par y una mujer mayor salió del interior. Llevaba un vestido floreado y delantal de cocina. Las manos mojadas. Había jabón entre los dedos.

—¿Y usted quién es? —me preguntó en español con acento de El Paso.

—El jardinero —contesté—. Vengo a arreglar el frente.

Ella miró por encima de mi hombro, buscando a Celia. Luego volvió a meterse, sin cerrar la puerta. Escuché que hablaban adentro, primero despacio y luego en un tono que subía sin llegar a gritarse. Una conversación de esas que se tienen en las cocinas, aguantando la voz para que el vecino no escuche.

Diez minutos después, Celia salió al porche. No lloraba. Traía en la mano una fotografía enmarcada, de esas que se ponen en las salas. La apretaba contra el pecho como se aprieta una bolsa contra el viento.

—¿Usted sabía? —me preguntó.

—¿Saber qué?

—Que mi padre tenía esta casa. Que había una mujer aquí. Que llevaba doce años viniendo.

Negué. Uno no miente en esos momentos. La verdad es más fácil: yo acababa de enterarme de que la casa existía.

Celia se sentó en el escalón del porche, con la foto sobre las rodillas. Era un retrato de hombre maduro, con una camisa blanca y corbata angosta. Al lado, un niño de unos tres años en una bicicleta con rueditas. El borde de la foto tenía una dedicatoria escrita con plumón: "Para la abuela, con cariño. — N."

Ella pasó el dedo por la cara del niño.

—Yo tuve un aborto espontáneo a los treinta y un años —dijo, sin mirarme—. Después el médico me dijo que no podía tener hijos. Y mi papá me acompañaba a todas las citas. Cada maldita. Él era el que me llevaba.

—¿Y el niño de la foto?

—No sé quién es. Por eso vine.

La mujer del delantal apareció en la puerta, con un trapo en la mano, secándose los dedos, uno por uno, despacio.

—Se llama Nancy —dijo, señalando la foto sin acercarse—. Mi nieto. El único que tuve.

No dijo más. No hacía falta. Celia se quedó mirando la letra de la dedicatoria, la N al final, como quien reconoce una firma después de mucho tiempo de no verla.

Un pájaro carpintero golpeó el poste de luz que estaba junto al camino. El sonido seco, repetido, como un reloj descompuesto.

—Váyase —me dijo Celia—. Ya no hay nada que cortar aquí.

Se refería al jardín. A mí me cayó como si hablara de otra cosa.

Agarré la podadora y la cargué en la camioneta. En el parabrisas había una multa de estacionamiento que el viento había pegado justo debajo del limpiaparabrisas. Ni siquiera estaba mal estacionado, pero así es el Oeste de la ciudad: las multas caen como bichos al mediodía.

Al doblar por la esquina, vi por el retrovisor que Celia seguía sentada en el escalón. Nancy se había sentado a su lado, a cierta distancia. Ninguna hablaba.

A la mañana siguiente, el señor Herrera me preguntó si volvería a Sandoval Lane.

—No —le dije—. Esa propiedad ya no necesita jardinero.

Pero volví una semana después, por mi cuenta. Al recoger la bolsa de pasto seco que había dejado apoyada contra el muro, se me cayó al piso una foto suelta que se había pegado entre las hojas: un duplicado sin marco, más pequeño, con la esquina doblada, del mismo niño en la misma bicicleta, sin dedicatoria. Debía habérsele caído a Celia esa mañana, cuando revolvía el sobre arrugado que traía en la mano. La limpié con la manga y la dejé debajo del ladrillo suelto, ese que ella ya conocía, ese donde había buscado algo antes de encontrar la casa vacía.

Al día siguiente pasé por la calle de regreso a casa. La foto ya no estaba debajo del ladrillo. El florero del porche tenía margaritas nuevas. Y en la puerta, colgado del pomo, un sobre blanco con mi nombre.

Adentro había sesenta dólares y una nota de tres palabras: "Ya no la busco".

Guardé la nota en la guantera de la camioneta, junto a la foto de mi hija en la feria de Las Cruces, la del algodón de azúcar pegado en el cabello. Esa noche, cuando llegué a casa, la encontré dormida con el diente flojo en la mano, apretando un billete de dos dólares que había recibido por amarrarle el timón a su bicicleta.

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