—¿Cuánto tiempo?
La doctora Elena Maren no desvió la mirada. Sebastián Castillo se lo agradeció en silencio, incluso a través de la bruma de los analgésicos y el ardor sordo que le subía desde el hombro, justo donde la bala le había desgarrado el músculo tres días antes.
—Sin el desfibrilador y un plan de tratamiento completo, no puedo darle una cifra —dijo ella—. Podrían ser años. Podría ser la próxima vez que su ritmo cardíaco se acelere bajo estrés. Así funciona la miocardiopatía arritmogénica, señor Castillo. No avisa. Simplemente se detiene.
—¿Y con el tratamiento?
—Con el dispositivo, la medicación y cambios reales en su estilo de vida —menos estrés, no más—, podría vivir una vida larga. Incluso normal. Pero debo serle sincera. El tipo de estrés que genera su línea de trabajo es exactamente el que mata jóvenes a los hombres con esta condición. Su padre murió a los cuarenta y cinco. Usted tiene treinta y cuatro. Las cuentas no son sutiles.
Sebastián se quedó mirando las losetas del techo del Mercy Hospital de Miami, contándolas como había contado los segundos durante las vigilancias de cinco horas, aferrándose a cualquier cosa para que su mente no chocara contra los dos pensamientos que se destrozaban dentro de su cráneo con la misma violencia que la bala que lo había mandado ahí.
Podría morir en cualquier instante.
Tengo una hija que no sabe que existo.
Se había pasado tres años repitiéndose que la distancia era una forma de protección. Que una niña sin un padre visible no podía ser usada como chantaje, no podía ser secuestrada por un rescate, no podía convertirse en una bala con las huellas dactilares de sus enemigos. Se lo había repetido tantas veces que algunas noches casi lograba creerlo.
Los disparos en la Calle Ocho habían hecho añicos esa creencia junto con los vidrios de su auto.
Porque si una bala podía encontrarlo un tranquilo martes por la tarde, a la salida de un restaurante donde había comido durante quince años, entonces la distancia jamás había protegido a nadie. Solo había postergado el instante en que sus enemigos descubrieran exactamente qué —y a quién— había estado ocultando durante tres años.
Hugo Ramírez lo encontró mirando el techo una hora más tarde, cuando por fin le dieron acceso al cuarto privado, más allá del cerco de seguridad que rodeaba el pasillo.
—Dicen que fue gente de Dmitri Volkov —solté sin preámbulos, dejándose caer en la silla junto a la cama con el agotamiento de un hombre que no había dormido en tres días—. Venganza por el contrato del puerto de Dodge Island que le ganamos. Está escalando, jefe. Este no va a ser el último intento.
—Lo sé.
—Tenemos que hablar de seguridad. La suya, obviamente. Pero también… —Hugo dudó, algo tan poco frecuente en él que Sebastián giró la cabeza para observarlo de verdad.
—Dilo.
—Si Volkov o cualquier otro llegara a enterarse de lo de la niña —dijo Hugo con cuidado—, ella se convierte en la pieza de chantaje más valiosa de esta ciudad. Más valiosa que usted, jefe. Porque usted incendiaría toda la organización para recuperarla, y cualquiera que haya hecho negocios con usted lo sabe.
Sebastián cerró los ojos. Lo había sabido, de manera abstracta, durante tres años. Oírlo pronunciado en voz alta, en el silencio estéril de un cuarto de hospital, tres días después de que una bala casi le arrebatara la vida sin previo aviso, lo transformaba por completo. Ya no era una idea vaga, sino una cuenta regresiva.
—Quiero un informe completo —dijo—. Todo. Su escuela, sus rutinas, quién tiene acceso a su guardería, si los hombres de Volkov han vigilado ese vecindario alguna vez. Y quiero que dupliques la vigilancia sobre Sara y Valentina a partir de esta noche.
—Ya está hecho, jefe. Duplicados desde el tiroteo.
Sebastián asintió. Algo en su mandíbula se aflojó un par de grados. Hugo Ramírez llevaba once años con él, había recibido una bala en su lugar una vez, y jamás, en todo ese tiempo, había necesitado que le repitieran dos veces que protegiera lo que importaba.
—Hay algo más —dijo Hugo, bajando aún más la voz—. La niña ha estado haciendo preguntas. La maestra de la guardería se lo comentó a uno de los nuestros, una charla casual, nada sospechoso de nuestro lado. Pero la cría lleva semanas preguntando por su papá. Hace dibujos de un hombre sin rostro. Sara está pasándolo mal con el tema.
Una presión desconocida le oprimió el pecho a Sebastián, un peso que no tenía nada que ver con la herida de bala ni con los impulsos eléctricos defectuosos de su corazón dañado.
—Un hombre sin rostro —repitió.
—Eso dijo la maestra, jefe.
Sebastián giró la cabeza hacia la ventana, hacia el pedazo gris de cielo de Miami que se colaba entre los edificios del hospital, y pensó en una niña pequeña a la que había observado de lejos durante tres años: sus primeros pasos junto al congelador de un supermercado en Hialeah, un dibujo de una familia con un padre sin cara pegado a un refrigerador que solo conocía por las fotos que traían los hombres de Hugo, un osito de peluche desgastado llamado Don Botones del que Sebastián, en un arrebato de debilidad que jamás confesó a nadie, había comprado un reemplazo idéntico que guardaba en su caja fuerte por si algún día se perdía el original.
Se había dicho a sí mismo, durante tres años, que mirar desde lejos era una forma de amor. Que protegerla de la verdad sobre lo que él era equivalía a protegerla a ella.
Acostado en una cama de hospital, con un agujero de bala en el hombro y un corazón que podía detenerse en cualquier momento impredecible, Sebastián Castillo comprendió, con la brusca y terrible claridad que solo otorga estar a punto de morir, lo profundamente equivocado que había estado.
—Necesito verla —dijo—. No desde lejos. No a través de un archivo. Necesito ver a mi hija.
—Jefe, con Volkov activo…
—Conozco el riesgo, Hugo. Me he pasado tres años calculando cada riesgo de esta ciudad y me he equivocado justo en el que más importaba. Si tengo un corazón que puede apagarse mañana, no voy a gastar el tiempo que me queda siendo el hombre que mi hija dibuja sin rostro. —Sebastián se incorporó a pesar de la protesta del hombro herido, a pesar del monitor que aceleraba sus pitidos de advertencia con el movimiento—. Organízalo. Con cuidado. En silencio. No me importa lo que cueste ni cuántos hombres necesites en el perímetro. Se terminó mirar desde la acera de enfrente.
Hugo lo observó un largo rato. Algo que pudo haber sido alivio, o quizá la simple satisfacción de ver a un hombre elegir por fin lo que debió haber elegido años atrás, le cruzó el rostro curtido.
—Hablaré primero con Sara —dijo Hugo—. Con delicadeza. Merece oírlo de alguien, no que tú aparezcas de la nada.
—Hazlo pronto —respondió Sebastián—. Antes de que pierda el valor. O de que mi corazón tome la decisión por mí.
—
Tres días después, en una banca del Bayfront Park, con el olor a salitre y el sol de media mañana derramándose sobre el césped, Sebastián esperaba. Llevaba un maletín de cuero en la mano, dentro del cual no había documentos ni dinero, sino un oso de peluche nuevo, idéntico a Don Botones pero con el pelaje aún intacto. Alrededor, diez de sus mejores hombres se mimetizaban entre los turistas y los corredores, con Hugo coordinando desde una camioneta estacionada cerca del museo.
Sara llegó puntual, pálida, con la mandíbula tensa. De la mano traía a Valentina, cuatro años, coletas disparejas y un vestido amarillo con margaritas. La niña llevaba un dibujo arrugado en la otra mano.
—Diez minutos —dijo Sara sin sentarse—. Y como ella pregunte algo, yo decido cómo se responde.
—Como tú digas —aceptó Sebastián, con la voz ronca.
Valentina lo miró con la curiosidad sin filtro de los niños. Inclinó la cabeza, observó sus ojos, luego el dibujo en su mano, luego otra vez sus ojos. Sebastián sintió que el corazón le daba un vuelco peligroso, de esos que la doctora Maren le había prohibido, pero no apartó la mirada.
—Tú eres el señor de las fotos —dijo Valentina con seguridad, soltando la mano de su madre y dando dos pasos hacia él.
Sebastián tragó saliva. Sara iba a intervenir, pero no llegó a articular palabra.
—¿Tú eres mi papá? —preguntó la niña.
El silencio cayó como un mazazo. Incluso los hombres del perímetro, que fingían leer el periódico o beber café, contuvieron el aliento. Sebastián sintió el escozor detrás de los ojos, la presión en el pecho, todo el andamiaje de años de frialdad y negocios sucios venirse abajo en un segundo.
—Sí —dijo con un hilo de voz—. Soy tu papá.
Valentina no se echó a llorar ni retrocedió. Dio otro paso, levantó el dibujo arrugado donde se veía a una mujer, una niña pequeña y una figura alta sin rasgos, y lo puso sobre las rodillas de Sebastián.
—Ahora ya tienes cara —dijo—. ¿Me tomas la mano solo una vez? La maestra dijo que a veces los papás se van porque están cansados. Pero si me agarras la mano, ya no te cansas.
Sebastián Castillo, el hombre que controlaba el puerto de Miami sin pestañear, que había ordenado silenciar a traidores y negociado con carteles, se quebró. Las lágrimas le corrieron por las mejillas sin permiso, frente a sus hombres, frente a Sara, frente a la niña que durante tres años lo había dibujado sin rostro. Extendió la mano temblorosa y Valentina entrelazó sus deditos con los de él. Todo el parque pareció detenerse.
Y entonces todo estalló.
El primer disparo reventó la banca a quince centímetros de donde estaban. Los hombres de Hugo respondieron al instante, pero cinco figuras armadas avanzaban desde la fuente central, usando a los civiles como escudo. Dmitri Volkov había seguido el rastro de la filtración —alguien del círculo íntimo había vendido la información— y había venido personalmente a cerrar el capítulo.
—¡Al suelo, al suelo! —gritó Hugo, corriendo hacia ellos.
Sebastián tomó a Valentina en brazos con un solo movimiento, ignorando el desgarro en su hombro. Sara se tiró al piso. Las balas silbaban sobre sus cabezas. Sebastián gateó hacia un quiosco de madera mientras sentía el corazón latirle a un ritmo caótico, errático, como un motor a punto de fundirse. La visión se le nubló en los bordes.
—No tengas miedo, princesa —jadeó contra el oído de la niña—. No voy a soltarte.
—No tengo miedo —dijo Valentina, aferrada a su cuello—. Tú eres mi papá.
Volkov apareció entonces, a menos de diez metros, apuntando directamente hacia el quiosco con una pistola semiautomática. Hugo estaba ocupado con dos de sus hombres, forcejeando entre los árboles.
—¡Castillo! —rugió el ruso—. Tres años escondiendo a la cría, ¿y todo para entregarte como un idiota sentimental? Debería darte las gracias. Ahora tengo dos pájaros de un tiro.
Sebastián se puso de pie, despacio, interponiendo su cuerpo entre Volkov y la niña. El pecho le ardía. El monitor portátil que llevaba bajo la ropa, colocado por insistencia de la doctora, empezó a emitir un pitido agudo y constante.
—Si me matas aquí —dijo, la voz ronca pero increíblemente serena—, en un parque lleno de civiles, con la policía a segundos, no sales vivo de Miami. Tú lo sabes.
—Quién habló de matarte yo —sonrió Volkov—. Un infarto repentino en un hombre con tu diagnóstico es de lo más natural.
El dedo de Volkov se tensó en el gatillo, pero Sebastián ya se estaba moviendo, no hacia atrás, sino hacia delante. Arrojó el maletín del oso directamente a la cara de Volkov y se abalanzó sobre él con la ferocidad de un animal herido. La pistola se disparó, la bala rozó el costado de Sebastián, pero su mano ya había atrapado la muñeca del ruso y la retorcía con una violencia que arrancó un crujido y un grito. Ambos cayeron al suelo. Sebastián sentía el corazón detenerse y arrancar, detenerse y arrancar, como un reloj roto. Golpeó una vez, dos veces, hasta que Volkov dejó de moverse.
Entonces el pecho explotó.
Un dolor blanco, cegador, le subió por el brazo izquierdo y le apagó las piernas. Sebastián cayó de costado sobre el césped, con la boca llena del sabor metálico de la muerte. Lo último que vio antes de que el mundo se volviera negro fue a Valentina corriendo hacia él con los brazos abiertos, gritando “¡papá, papá!”, y a Hugo sujetándola antes de que llegara. Luego, nada.
—
Despertó con el pitido de un monitor. Otra vez.
Pero esta vez, al abrir los ojos, no encontró un techo desconocido ni el vacío, sino a Valentina dormida sobre sus piernas, con Don Botones —el nuevo— apretado contra el pecho. La niña tenía una tirita en la rodilla y el vestido amarillo manchado de tierra, pero respiraba hondo, tranquila.
Sara estaba sentada en la silla de las visitas, con los ojos enrojecidos y una taza de café frío entre las manos.
—El médico dijo que estás vivo de milagro —murmuró—. Que tu corazón se paró durante cuarenta segundos. Los hombres de Hugo te reanimaron en el parque antes de que llegaran los paramédicos.
Sebastián intentó hablar, pero la garganta le raspaba como lija. Apretó despacio los dedos alrededor de la manita de Valentina, que no se había soltado en ningún momento.
—Volkov está bajo custodia —continuó Sara—. Hugo se encargó de que las pruebas apuntaran a su organización. La policía cree que fue un ajuste de cuentas. Nadie involucró a la niña. Nadie va a hacerlo.
—Quiero irme —susurró Sebastián—. De todo. Del negocio, de la ciudad si hace falta. No voy a perderme un día más.
—Eso es justo lo que Hugo dijo que dirías. Ya empezó los preparativos. Al parecer, hay un plan de “retiro por motivos de salud” que llevaba años guardado por si acaso. —Una sombra de sonrisa le cruzó los labios a Sara—. También me pidió que te dijera que Don Botones tiene un gemelo en alguna caja fuerte, y que eres un ridículo sentimental.
Sebastián soltó una risa débil que se transformó en un gemido por el dolor del pecho, pero no dejó de sonreír. Bajó la mirada hacia su hija y notó, con el corazón todavía dolorido pero latiendo con una calma nueva, que en la mano libre la niña sostenía el dibujo. Ahora, en el lugar donde antes había un espacio en blanco, alguien —probablemente la propia Valentina durante la espera en el hospital— había garabateado con crayón azul dos ojos, una nariz y una boca sonriente.
El hombre ya tenía rostro.
Sebastián Castillo apretó la mano de su hija, la misma mano que le había pedido “solo una vez”, y supo que nunca, jamás, volvería a soltarla.