A los setenta, mis chalecos no se tocan

Me llamo Lorenzo y cumplí setenta en marzo. Vivo en El Paso, Texas, desde hace más de cuarenta años. Mi esposa, Amparo, falleció hace ocho y desde entonces me quedo con la casa, el perro y mis costumbres. Mi hija gemela, Isabel, vive a veinte minutos, en el lado del valle. Mi hijo mayor, Mario, se fue a Phoenix y aparece dos veces al año, con suerte.

Trabajé treinta y dos años como electricista en una compañía que daba servicio a hospitales y escuelas del condado. Ropa de trabajo: pantalón azul, camisa de mezclilla, botas. Los fines de semana, jeans y una camisa de franela. Todavía visto así. Me corto el pelo con Raúl en una barbería de Alameda que tiene el letrero de Barbas finas a medio despegar. Me pasa la navaja por el cuello, me recorta las patillas y me cobra doce dólares. A mí me parece bien.

El asunto empezó cuando Isabel decidió que yo "ya no me arreglaba". La primera vez fue un domingo que vinieron a comer carne asada. Me dijo: "Apá, esa camisa ya la usabas cuando éramos chicos". Le respondí que no, que la había comprado hacía como nueve años. "Peor", soltó.

Después vinieron las indirectas. Que si el bigote se veía pasado de moda. Que si por qué no me ponía tenis blancos como los que usan los señores del mall. Que si la gorra de los Astros ya estaba toda deslavada. Yo me reía. Isabel no.

Para mi cumpleaños me regaló una chamarra tipo deportiva, azul rey con franjas blancas. Me la puse ese mismo día para que no se sintiera mal. Luego la colgué en el clóset y ahí se quedó. La vi dos semanas seguidas al abrir la puerta y no la toqué.

Un miércoles vino a dejarme un pozole. Entró, puso la olla en la estufa y cuando iba de salida vio uno de mis chalecos de lana sobre el sofá. Lo levantó como si fuera una evidencia en la corte.

—Apá, de verdad. Te ves como si tuvieras diez años más.

El perro se levantó y se fue a la cocina, como si también a él lo hubiera ofendido.

Le pregunté por qué tanto afán en que yo pareciera más joven. Dijo que no era eso, que era "verte más actual". Y entonces yo le pregunté otra cosa, una que ni siquiera sabía que traía guardada:

—¿Y si a mí me gusta verme así?

Se quedó callada. Los dos nos quedamos. El reloj de la sala dando las tres y media, y nosotros sin movernos. Yo no visto así porque no sepa que hay otras cosas. Visto así porque así me siento bien. Punto.

Isabel quiso enmendar la cosa. Dijo que ella nomás quería verme bien, que desde que su mamá se fue yo me había "dejado ir". Esa palabra sí me caló. Le pregunté qué significaba eso. Me baño diario, me rasuro, camino seis millas al día, pago mis cuentas, leo, voy a la iglesia. ¿Eso es dejarse ir?

Ella insistió en que verme con la misma ropa de hace quince años era señal de que no estaba avanzando. Le respondí que nadie le había pedido que me remodelara. Ahí quedó la cosa, con el pozole enfriándose.

Luego me sentí mal. Porque yo sé de dónde viene el miedo de mi hija. Cuando Amparo murió, yo pasé un año entero apagado. No salía, no comía, no contestaba el teléfono. Isabel me traía comida los martes y jueves. A veces se quedaba afuera en el carro, llorando, antes de tocar el timbre. Eso me lo contó mucho después. Creo que todavía me ve como una vela que se puede apagar de un soplido.

Dos semanas después la invité a desayunar a un lugar en Zaragoza donde sirven buenos chilaquiles. Antes de que ella volviera a la carga, le dije:

—Pensé en lo que me dijiste. Y algo de razón tienes. Una chamarra ya está muy gastada. Y el forro de un abrigo se me rompió el año pasado, y en vez de arreglarlo lo dejé así.

—¿Y entonces?

—Entonces quiero ir a comprar. Pero elijo yo.

Fuimos a una tienda de ropa en el centro. Isabel quiso agarrarme tres camisas de una vez, todas de colores que yo no uso. Le señalé la banca de afuera del probador.

—Siéntate.

Elegí unos pantalones, dos camisas de botones y una chamarra café. Ninguna era de su gusto. Me la probé, me vi en el espejo y me gustó. Cuando salí, ella arrugó la nariz, pero luego medio sonrió.

—Sigues pareciendo tú.

—Ese era el plan.

Desde entonces encontramos un acuerdo. No una tregua, un acuerdo. Isabel me manda fotos de ropa por mensaje. Yo le contesto con un pulgar arriba o con un simple "no". Ya no se ofende. Yo compré unos tenis nuevos, aunque siguen sin ser blancos porque con la tierra de aquí se ven sucios en una hora. Me dejé el bigote un poco más tupido y hasta me gusta.

Pero mis chalecos se quedan. Los tres. El gris, el café y el azul con los botones ya flojos. El otro día me puse el gris para ir al cumpleaños de mi nieta mayor. Mi nieto Leo, que tiene nueve y no se calla nada, me dijo:

—Abuelo, ese chaleco está bien de abuelito.

Me agaché un poco, como si fuera a decirle un secreto.

—Soy tu abuelo, Leo.

Se rió tan fuerte que se le salió la soda por la nariz.

A los setenta no me preocupa parecer un hombre de setenta. Me preocupa otra cosa: que hayamos empezado a tratar el envejecimiento como una enfermedad que hay que disimular frente a los demás. Yo quiero estar limpio, cuidado, entero. Pero no me voy a disfrazar de cuarenta para que mi hija, o la gente en el supermercado, respire más tranquila.

Isabel vino el domingo pasado a la casa. Trajo un chocolate caliente de la panadería. Yo estaba sentado en el porche con mi chaleco azul, el perro echado en el pasto. Se sentó en el escalón junto a la cerca y dijo:

—¿Sabes qué, apá? Hace tiempo, cuando te vi con aquella chamarra azul, me di cuenta de que ya no me dabas gusto a mí. Que te dabas gusto a ti.

No dije nada. Le pasé la taza. El perro bostezó. En la calle, una vecina empujaba una carriola con unas bolsas del mercado colgando de las manijas.

Cuando Isabel se fue, no me pidió que me cambiara nada. Me pidió que le prestara uno de esos discos viejos que su mamá y yo bailábamos. Se lo presté. Cedí el de los Cadetes y me quedé con Ramón Ayala.

Eso sí es mío y no lo negocio.

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