—Señor, no voy a volvérselo a decir. El cementerio está cerrado.

—Eran sus flores. Usted no tenía ningún derecho de tocarlas.

—Tengo todo el derecho. Es mi trabajo. Ahora llévese al niño y salga de aquí.

—Abuelo — abuelo, ya está, volvemos otro día. No dejes que te vea llorar.

—No estoy llorando, mi vida. Es que estoy — estoy muy cansado, nada más.

—¿Quién es esa señora que está junto al portón? No para de mirarte.

—No la mires fijamente, cariño.

—Pero abuelo — parece que te conoce. Parece que ella también va a llorar.

—Hay personas que llevan mucho tiempo sin aparecer en nuestra vida y aun así reconocen nuestra cara.

—¿Tú la lastimaste?

—Sí. Hace mucho tiempo. Los dos nos lastimamos mucho el uno al otro.

—Entonces, ¿por qué no viene a pedirte perdón?

El abuelo no respondió de inmediato. Se quedó mirando el suelo, ese suelo de tierra apisonada y piedras pequeñas que nadie había elegido pisar pero que todos pisaban igual.

—Porque el perdón — dijo al fin — no siempre viene de donde lo esperas, cariño. A veces viene de donde menos puedes imaginarlo.

La niña no entendió. Tenía siete años y el mundo todavía era un lugar donde las cosas se arreglaban con un abrazo y un lo siento. El abuelo le apretó la mano un poco más fuerte y siguió caminando hacia la salida, con la vista baja, con los hombros doblados como si cargara algo invisible que pesaba más que su propio cuerpo.

Pero ella seguía ahí.

A veinte pasos del portón, él la vio de verdad por primera vez en diecinueve años.

Elena.

El cabello, antes negro como la pizarra, ahora llevaba vetas de plata en las sienes. Los ojos, esos ojos que él había aprendido a leer como si fueran su idioma natal, estaban hinchados. Había estado llorando antes de que él llegara, o quizás llevaba llorando desde hace diecinueve años. Con Elena siempre era difícil saber dónde terminaba una cosa y empezaba la otra.

—Espera aquí un momento, mi vida —le dijo a la niña.

—¿Adónde vas?

—A un segundo. No te muevas de este árbol.

La niña obedeció, aunque no dejó de mirarlo. Los niños siempre miran lo que los adultos fingen que no sucede.

Caminó hacia Elena con los pasos lentos de alguien que sabe que cada metro lo acerca a algo de lo que no hay regreso. El viento movió las ramas de los cipreses. Olía a tierra mojada y a flores marchitas — las flores que el empleado había arrancado de la tumba de Mateo.

De la tumba de su hijo.

De la tumba del hijo de los dos.

—Elena.

—Ernesto.

Solo los nombres. Solo eso, porque después de diecinueve años lo único que quedaba eran los nombres, como dos monedas viejas que ya nadie acepta pero que tampoco nadie se atreve a tirar.

—Eran tus flores — dijo él.

No era una pregunta. Era un reconocimiento, tardío y torpe, como todo lo que había entre ellos.

—Las pongo cada martes — respondió ella —. Siempre margaritas. Le gustaban las margaritas.

Ernesto sintió que algo en el pecho se le doblaba hacia adentro. Él también lo sabía. Él también lo recordaba. Mateo a los cuatro años persiguiendo mariposas en el jardín, cayéndose de rodillas en la tierra, levantándose a mostrarle una margarita aplastada entre los dedos como si fuera un trofeo.

—Yo vengo los jueves — dijo Ernesto —. Para no coincidir contigo.

Elena lo miró. Había algo en esa mirada que no era odio, aunque durante años él había creído que sí. Era algo más parecido al agotamiento. Al cansancio de cargar sola un dolor que se hizo para dos.

—Lo sé — dijo ella —. Yo también vine un jueves, una vez. Para verte.

—¿Y?

—Y me fui antes de que me vieras.

El silencio entre ellos era el tipo de silencio que ya no incomoda, porque ha durado tanto que se ha vuelto una forma de compañía.

—¿Por qué? — preguntó él.

Elena volvió a mirar a la niña, que seguía junto al árbol, haciéndose la distraída pero sin quitarle los ojos de encima al abuelo.

—¿Quién es?

—Lucía. La hija de Gabriela.

Elena asintió despacio. Sabía que Gabriela se había casado. Sabía que había tenido una hija. A veces las ciudades son pequeñas incluso cuando finges que son enormes.

—Es preciosa.

—Tiene el carácter de su madre — dijo Ernesto, y por un instante, solo un instante, algo parecido a una sonrisa le cruzó la cara. Fue tan breve que casi no existió —. ¿Por qué te fuiste ese jueves sin decir nada?

Elena tardó en responder. Metió las manos en los bolsillos del abrigo gris. Levantó la vista hacia los cipreses como si buscara algo entre las ramas.

—Porque no sabía qué decirte — respondió —. Llevaba doce años ensayando lo que te iba a decir y cuando te vi de espaldas, ahí, con una mano en la piedra de su nombre — se le quebró la voz, apenas, como una grieta fina en el vidrio — no me salió nada. Solo quería irme.

—Nos equivocamos mucho — dijo él.

—Sí.

—Los dos.

—Sí, Ernesto. Los dos.

Era lo que nunca habían podido decirse en aquel tiempo roto, en aquellos meses después del accidente en que el dolor se convirtió en acusación y la acusación en silencio y el silencio en distancia y la distancia en diecinueve años. Había sido más fácil alejarse. Había sido más fácil no verse, no llamarse, no compartir el duelo porque compartirlo significaba revivir que Mateo había existido, y revivir eso significaba también revivir que ya no existía.

—¿Cómo estás? — preguntó Elena, y era la pregunta más sencilla y más imposible del mundo.

—Viejo — respondió él —. Cansado. Pero bien.

—Mientes igual que antes.

—Y tú sigues sabiéndolo.

Se miraron. Y en esa mirada estaban los dos de veintisiete años en un hospital de madrugada, y estaban los dos de treinta con un niño de tres que corría por un pasillo, y estaban los dos de treinta y cuatro en un velatorio al que ninguno de los dos recordaba haber llegado ni haber salido. Estaban todos esos años. Estaban ahí, de pie, frente a un cementerio, con el viento y el olor a tierra y las margaritas que alguien había tirado a la basura.

—Abuelo.

Los dos se giraron. Lucía había dejado el árbol. Se acercó con esa seguridad característica de los niños que no entienden las distancias de los adultos.

—¿Esta es la señora? — le preguntó a Ernesto, con una franqueza que dolió y curó al mismo tiempo.

—Sí.

Lucía miró a Elena con la concentración seria de quien evalúa algo importante.

—¿Y tú también vienes a ver a alguien aquí?

—Sí — dijo Elena, con la voz suave —. A mi hijo.

—¿Cuántos años tenía?

—Siete. Como tú, más o menos.

Lucía procesó eso un momento. Luego dijo, con toda la sencillez del mundo:

—¿Y por qué estás llorando fuera? ¿No te dejan entrar?

Elena no pudo evitarlo. Rió. Fue una risa corta, húmeda, que le tembló en los labios antes de convertirse en algo que no era del todo risa. Ernesto también sintió que algo se le aflojaba en el centro del pecho, como un nudo que alguien desaprieta con cuidado para no romper el hilo.

—Ya me van a dejar — dijo Elena, mirando a la niña —. Vine un poco tarde.

—Nosotros también — dijo Lucía —. Al abuelo le quitaron las flores.

—Lo sé. Eran mías. Las puse yo.

Lucía abrió los ojos.

—¿Entonces son para la misma persona?

Elena levantó la vista hacia Ernesto. Él aguantó esa mirada sin apartar la suya.

—Sí — dijo él —. Para la misma persona.

Entraron los tres.

El empleado los vio volver y abrió la boca para decir algo, pero algo en la manera en que caminaban — el viejo, la mujer de cabello plateado, la niña en medio de los dos — lo hizo reconsiderarlo. Cerró la boca. Se hizo a un lado.

La tumba de Mateo estaba al fondo del segundo pasillo, bajo un ciprés joven que todavía no daba sombra suficiente. La lápida era sencilla. Un nombre, dos fechas, y una frase pequeña que Ernesto había elegido solo porque Elena no estaba para elegirla con él y que ahora, por primera vez, le pareció que no había estado tan equivocado.

*Aquí duerme el que nos enseñó a querer mejor de lo que supimos.*

Elena se detuvo frente a la piedra. Puso los dedos sobre las letras grabadas con el mismo gesto que se usa para leer en la oscuridad.

Ernesto se quedó de pie a su lado.

No dijeron nada durante mucho tiempo.

Lucía, que era una niña de siete años pero también era algo más que eso, se sentó en el borde de la acera de piedra, sacó del bolsillo una goma de borrar con forma de fresa, y se puso a examinarla con toda la atención del mundo, dándoles la espalda sin que nadie se lo pidiera.

—Lo siento — dijo Elena al fin, y no estaba claro para quién lo decía. Para Mateo, quizás. O para Ernesto. O para sí misma. Probablemente para los tres.

—Yo también — dijo Ernesto.

Y era verdad. Era una verdad que tenía diecinueve años de edad y que había estado esperando este momento exacto para poder existir en voz alta.

Elena metió la mano en el bolso y sacó algo: una margarita, sola, que había sobrevivido al bolso con los pétalos todavía cerrados.

La dejó en el suelo, junto a la piedra.

Ernesto miró la flor. Miró la lápida. Miró a Elena.

—Los jueves — dijo él, despacio — podríamos venir juntos. Si quisieras.

Elena tardó. El viento movió los cipreses. Algún pájaro invisible cantó algo breve al otro lado del muro.

—Los jueves — repitió ella, como si sopesara el peso de esa palabra, todo lo que cabía dentro de ella.

Luego asintió.

Solo eso. Pero era suficiente.

Salieron cuando el sol empezaba a bajar detrás de los edificios y el cementerio se llenaba de esa luz anaranjada que lo hace todo parecer antiguo y quieto. Lucía le tomó la mano a Ernesto, y después, con la naturalidad absoluta de los siete años, le tomó la mano a Elena también, y caminó entre los dos sin decir nada más, como si fuera la cosa más normal del mundo, como si siempre hubiera habido alguien faltando en ese espacio y ahora, de alguna manera, sin que nadie lo hubiera planeado, ese espacio ya no estuviera vacío.

Ernesto no lloró.

No hasta que llegaron a la esquina y Elena dijo *hasta el jueves* y se fue por la acera de enfrente, y entonces sí, solo entonces, con Lucía tirándole del brazo y preguntándole si tenían hambre, él levantó los ojos al cielo y dejó que la tarde hiciera lo que él no había podido hacer en diecinueve años.

—Abuelo, ¿estás llorando?

—No, mi vida.

—Pero tienes los ojos mojados.

—Es que estoy feliz — dijo, y era verdad, aunque era el tipo de felicidad que duele, el tipo que solo existe cuando algo que estaba roto lleva tanto tiempo roto que uno ya había olvidado la forma que tenía antes de quebrarse —. Es que estoy muy feliz, nada más.

Lucía lo miró con esos ojos serios de quien no acaba de creerse la explicación pero decide aceptarla porque quiere al que la da.

—Bueno — dijo.

Y siguieron caminando.

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