El doctor Guillermo Sosa no apartó la mirada de la pantalla de la máquina, y Andrés Castillo se lo agradeció en silencio, porque cada latido desbocado que retumbaba en sus oídos le recordaba que el hombro izquierdo todavía no cicatrizaba bien y que la bala había estado demasiado cerca de la clavícula.
— Dígame la verdad, doctor. ¿Cuánto tiempo tengo?
Sosa suspiró y dejó el expediente sobre la mesita rodante.
— Con la miocardiopatía arritmogénica no hay reloj. Usted tiene treinta y nueve años. Su padre murió de esto a los cuarenta y dos. Sin un desfibrilador implantado y sin un cambio radical en su estilo de vida, la próxima subida de adrenalina puede ser cuestión de segundos. ¿Quiere un pronóstico? No le daré uno falso. Usted vive al filo, señor Castillo. Y el filo corta.
Andrés apretó la mandíbula. El dolor sordo del balazo palpitaba debajo de las vendas, pero lo que realmente le comprimía el pecho era otra cosa. La imagen de una niña de tres años con un peluche de jirafa a la que nunca había cargado en brazos.
En ese momento entró Miguel Ortega, su mano derecha, con la misma chaqueta de cuero con la que se había pasado tres noches en vela en la sala de espera del hospital de Los Ángeles. Ni siquiera saludó.
— El Ruso quiere terminar lo que empezó en el puerto de San Pedro — dijo Miguel, dejándose caer en el sillón —. Está moviendo gente. No fue un aviso, Andrés, fue un ensayo.
— Lo sé.
— Y hay más. — Miguel bajó la voz, y ese cambio de tono hizo que Andrés girara la cabeza de golpe —. El tipo de la guardería de la niña le dijo a nuestro contacto que la chiquitina lleva semanas dibujando en clase a un hombre sin cara. Lo llama “mi papá”. Muestra el dibujo a todo el que pasa. La madre no sabe cómo manejar la situación.
Andrés sintió que el estómago se le encogía hasta volverse una piedra fría. Se imaginó a esa criatura, a su propia hija, recortando un garabato de figura masculina y poniéndole crayones de colores alrededor del hueco en blanco. Un hombre sin rostro. Eso era él.
— ¿Crees que me ha visto en alguna foto? — preguntó Andrés, con la voz rasposa.
— Imposible. Carla eliminó todo cuando decidiste desaparecer de sus vidas. Jamás ha visto tu cara. Y sin embargo pregunta por ti todos los días.
Durante tres años, Andrés se había convencido de que alejarse era la única protección real: una niña sin padre visible es una niña a la que nadie puede secuestrar, nadie puede usar como carnada, nadie puede quebrar para quebrarte a ti. Su lógica había sido impecable hasta las nueve y cuarto del martes pasado, cuando su auto estalló en añicos frente a un restaurante y el plomo le recordó que el enemigo siempre iba dos pasos por delante.
Ahora, mirando el techo de la clínica, oyendo el pitido insistente del monitor cardíaco, sintió que su verdadero error no había sido ocultarse, sino no haber corrido hacia esa niña el mismo día que supo de su existencia.
— Necesito verla — dijo.
Miguel se enderezó.
— Con el ruso oliendo sangre, es una locura. Si descubre que existe esa criatura…
— Entonces me aseguraré de que no lo descubra. Duplica la seguridad. Pero ya no voy a observarla desde la acera de enfrente como un enfermo. Este corazón me puede parar en cualquier maldito momento. No voy a irme de este mundo siendo un hombre sin cara para mi propia hija.
Miguel lo evaluó en silencio. Al final asintió y sacó el teléfono.
— Hablaré primero con Carla. Después de tanto tiempo, ella merece saber que no vas a materializarte en su sala sin avisar.
Esa misma tarde, en una cafetería discreta de Echo Park, Carla lo esperaba con los brazos cruzados y los ojos más cansados que nunca. No hubo reproches, solo una pregunta:
— ¿Vas a quedarte esta vez o es otra visita de fantasma?
— Voy a quedarme — mintió Andrés, porque la verdad era que un desfibrilador no lo volvía inmortal, y el Ruso todavía respiraba. Pero no iba a añadir más miedo a esa mesa. — Sólo quiero una hora con ella. Como un amigo tuyo. Nada de “papá” todavía.
Carla negó con la cabeza, pero al final dio la dirección de la casa que compartía con la niña en un vecindario tranquilo del Valle de San Fernando y una hora exacta al día siguiente.
A las cuatro de la tarde, Andrés estacionó una camioneta sin distintivo dos calles más lejos y caminó hasta la casa de paredes color durazno. Dos agentes de seguridad se apostaron en las esquinas. Miguel le entregó un auricular y le palmeó el hombro sano.
— Tienes treinta minutos. Si el Ruso manda a alguien, lo sabremos antes de que pisen la cuadra.
Andrés tocó la puerta con nudillos que no temblaban ni siquiera en un tiroteo, y cuando la pequeña Lucía abrió de la mano de su madre, con su vestido amarillo de flores diminutas y la jirafa de peluche colgándole del brazo, al hombre más temido al sur de la autopista 10 se le secó la boca.
— Hola, soy Andrés. Amigo de tu mami.
Lucía lo observó con la seriedad de quien estudia a un extraño sospechoso. Luego, sin soltar la jirafa, alzó un papel arrugado que sostenía en la otra mano y se lo mostró.
— Mira. Dibujé una familia.
Andrés se agachó lentamente, ignorando el pinchazo en el hombro. El dibujo era un garabato de tres figuras: una mujer alta con falda de colores, una niña minúscula con coletas y una silueta de hombre con traje y corbata mal pintada, la cabeza un óvalo vacío donde apenas se insinuaban dos puntitos como ojos.
— Le falta la cara — dijo Lucía, señalando la figura —. Pero se parece a ti.
A Andrés le dio un vuelco el pecho, un salto eléctrico que le envió una advertencia desde lo más profundo de las costillas. Sintió el auricular vibrar; Miguel susurró algo sobre movimiento en North Hills, pero él ya no escuchaba nada.
— ¿Por qué crees que se parece a mí? — logró preguntar, con la voz rajada.
La niña alzó la manita y le tocó la mejilla áspera.
— Porque hueles a cuento cuando hablas. Y porque Mamá llora poquito cuando dice tu nombre.
La madre, apoyada en el marco de la puerta de la cocina, contuvo un sollozo. Andrés ni siquiera pudo mirarla. Tenía los ojos clavados en esa manita tibia contra su piel, una piel que había ordenado muertes y había sellado pactos entre sangre y concreto, y que ahora temblaba por primera vez en décadas.
Lucía dio un paso más cerca y, sin ningún preámbulo, le agarró el dedo índice con toda la fuerza de sus tres años.
— ¿Puedes tomarme la mano solo una vez? — preguntó con la misma naturalidad con que pedía un vaso de leche —. Como un papá.
El auricular volvió a zumbar. Miguel entró a la casa sin pedir permiso y murmuró que los hombres del Ruso se habían desviado rumbo a Burbank, que todo estaba limpio, que había tiempo. Pero Andrés ya se había desplomado de rodillas en la alfombra desgastada, con el hombro rugiendo y el monitor remoto que llevaba en la muñeca pitando como un condenado.
Y entonces, delante de Carla, de Miguel y de los dos escoltas que se asomaron por instinto por la ventana, Andrés Castillo, el capo que sobrevivió a cinco atentados y jamás derramó una lágrima ni siquiera en el funeral de su propio padre, tomó la mano de Lucía y rompió a llorar como un niño al que acaban de ponerle un rostro.
No hubo discursos, ni promesas vacías. Hubo apenas el crujido de una rodilla en el suelo, el llanto entrecortado de una madre y una niña que, sin entender bien qué pasaba, apretó más fuerte la mano y dijo:
— No llores, Andrés. Ahora ya tienes ojos en el dibujo.
Cinco meses después, en una ceremonia privada en Riverside, Andrés apretó los tornillos del nuevo desfibrilador bajo la piel con la misma resignación con que se aprieta una alianza. En los pasillos del hospital lo esperaba Lucía, que ya había llenado cinco hojas de cuaderno con garabatos donde un hombre con gafas y corbata aparecía siempre sonriendo. Al salir en silla de ruedas, la niña corrió hacia él y le ofreció el dibujo más reciente: esta vez la figura ya no tenía la cara en blanco, sino el rostro torpe de un Andrés color ladrillo.
— Ahora sí te pareces — dijo ella, y le agarró la mano.
Esa noche, mientras los noticieros informaban que el Ruso había sido hallado sin vida en un estacionamiento de Long Beach, Andrés cenó macarrones con queso en la mesa de Carla, respondió veinte veces “¿por qué?” a una niña que no dormía, y al acostarla, apoyó por fin la cabeza en la almohada sin miedo a que el corazón le explotara en la madrugada. Porque si aquel órgano le iba a fallar, que lo hiciera después de que alguien contara que un monstruo se había vuelto hombre con solo una mano pequeña apretándole los dedos.