Samuel estaba en contra de un segundo gato en casa: lo que hizo dejó a su familia sin palabras

El gato estaba en la repisa de la ventana, mirando el patio donde las palomas se peleaban un pedazo de pan. Samuel lo observaba desde el sillón. Siete años juntos, si no contaba a su esposa Carolina y a su hija Valeria. Pero el gato Pancho era suyo. Desde el primer día, cuando ese ovillo de pelo de tres meses le clavó las uñas al suéter y se durmió en el doblez de su codo.

Carolina preparaba un caldo de pollo en la cocina y toda la casa olía a cilantro y orégano fresco. Valeria, de doce años, estaba sentada a la mesa pasando el dedo por la pantalla del teléfono. Una tarde de sábado cualquiera, de esas que se repetían idénticas sin que nadie las contara. Pero Samuel notó algo. La niña miraba a su madre con expectación y Carolina, sin dejar de mover la cuchara, le devolvía un gesto casi invisible. Como si llevaran horas ensayando la escena.

—Papá… —arrancó Valeria, con la voz que usaba para pedir un celular nuevo o quedarse a dormir en casa de una amiga.

Samuel dejó el periódico sobre la mesa.

—Dime.

—Es que… la gata de Elena tuvo cría. Y uno de los gatitos nadie lo quiere. Cojea un poco, la patita delantera le quedó torcida. Lo van a… bueno…

No terminó la frase, pero no hacía falta. Samuel miró a Carolina. Ella seguía revolviendo el caldo aunque ya no quedaba nada que revolver.

—No —dijo él. Sin rabia, sin levantar la voz. Sólo no.

—Pero ¿por qué?

—Porque ya tenemos a Pancho. Tiene siete años, está acostumbrado a ser el único. Metemos otro y empiezan las peleas, los marcajes, el triple de pelo. Yo no quiero.

Valeria buscó con los ojos a su madre. Carolina apagó la hornilla, se sentó frente a su marido y apoyó las manos sobre la mesa.

—Sam, es un gatito de tres meses. La patita le soldó mal. Si no lo recogen, Elena lo va a llevar a la perrera municipal, y de allí esos no salen.

Samuel entendía. Pero no dijo que sí.

—Estoy en contra —repitió, y volvió a levantar el periódico.

***

Pasó una semana. Valeria ya no insistió durante la cena, pero le alcanzaba el pan sin mirarlo. Carolina dejó de preguntarle cómo le había ido en el trabajo. Samuel lo sentía como quien siente una corriente de aire: las ventanas están cerradas, pero algo te roza la nuca.

El viernes, Valeria volvió de la escuela con los ojos hinchados. Dejó la mochila tirada en la entrada y se encerró en su cuarto. Carolina entró con ella y, diez minutos después, salió en silencio.

—¿Qué pasó? —preguntó Samuel.

—Elena dijo que mañana temprano se llevan al gatito. Encontraron un refugio en las afueras, pero Valeria vio fotos. Jaulas chiquitas, como doscientos gatos, un olor espantoso…

Carolina no le echó nada en cara. Sólo contó lo que había y se fue a lavar los platos.

Samuel se quedó solo en el pasillo. Del cuarto de Valeria no salía ningún ruido, y eso dolía más que los sollozos.

***

El sábado, Samuel se levantó más temprano que nadie. Sólo madrugaba así para ir a pescar, y la temporada todavía no empezaba. En la cocina la lamparita de la estufa seguía encendida, afuera todo estaba gris. Se puso una chaqueta, agarró las llaves del auto y salió sin hacer ruido.

La dirección de Elena la había sacado la noche anterior del teléfono de su hija, mientras ella dormía. La anotó en un pedazo de papel y se la guardó en el bolsillo.

Estacionó frente al edificio y marcó el número.

—¿Bueno? —La voz sonaba adormilada, de pocos amigos.

—Soy Samuel, el papá de Valeria. ¿Todavía tiene el gatito?

Silencio.

—Sí… todavía. A las once pasan a buscarlo.

—No hace falta. Yo me lo llevo. Subo ahora.

Cortó y se quedó un minuto dentro del auto. Elena le abrió en bata y le tendió una caja de zapatos. Adentro, sobre una toalla vieja, estaba el gatito. Gris, atigrado, flaquito. La pata delantera le apuntaba un poco hacia afuera, como si se la hubieran armado a las apuradas. Dos ojos amarillos enormes, asustados.

—Es tranquilo —dijo Elena—. Casi no maúlla. Come de todo. Ya sabe usar la caja.

Samuel asintió, agarró la caja y la llevó al auto.

***

Volvió a casa cuando todavía no se había despertado nadie. Dejó la caja en el suelo de la entrada y se quitó la chaqueta. Adentro, ni un solo ruido. Se asomó: el bicho estaba hecho una bolita en un rincón y lo miraba de abajo hacia arriba, sin pestañear.

—Y ahora, ¿qué hago contigo? —musitó Samuel.

El gatito levantó la patita torcida como si quisiera alcanzarle el dedo, pero no llegaba.

Samuel resopló. Fue a la cocina, sirvió leche en un platito, se acordó de que a los chiquitos les hacía mal, la tiró, buscó pollo cocido en el refrigerador y lo desmenuzó. Cuando volvió a la entrada con el plato, Pancho ya estaba sentado al lado de la caja, asomándose. La cola quieta, el lomo relajado. Ni un bufido.

El gatito salió renqueando de la caja, llegó hasta el plato y empezó a comer. Pancho soltó un soplido corto y se fue a su sillón. Sin dramas.

***

Valeria lo encontró sola. Samuel oyó desde la cama un grito ahogado, carreras, y la puerta del dormitorio se abrió de golpe. Su hija entró con el gatito pegado al pecho.

—¡Mamá! ¡Mamá, de dónde salió!

Carolina se incorporó, todavía atontada. Miró al gatito, luego a Samuel. Él seguía acostado, las manos detrás de la nuca, los ojos clavados en el techo como quien contempla una obra de arte.

—¿Papá? —La voz de Valeria temblaba—. ¿Fuiste tú?

—Si empiezan a gritar, lo devuelvo —masculló Samuel sin despegar la vista de la lámpara.

Valeria se dejó caer en el borde de la cama y lloró. No como se llora en la escuela, por un raspón o una pelea. Lloró despacio, con el gatito inmóvil contra su suéter, como si se hubiera quedado sin palabras para explicar lo que sentía.

Carolina no dijo nada. Le puso la mano a Samuel en el antebrazo y le apretó un segundo, seco, caliente. Después se levantó y fue a la cocina a preparar café.

***

Al gatito le pusieron Cuco. Valeria quería ponerle Conde, pero Samuel sentenció: “Qué conde ni qué nada, salió de una caja de zapatos, se llama Cuco”. Y Cuco se acopló como si hubiera vivido ahí toda la vida.

La primera semana Pancho le daba la vuelta; la segunda empezó a tolerarlo; al mes ya dormían en el mismo sillón. Pancho, anaranjado y solemne; Cuco, gris, con la patita torcida, apoyado contra su costado como un apéndice ronroneante.

Samuel los miraba por las noches y no comentaba nada. Una tarde Carolina le preguntó:

—Tú estabas completamente en contra. ¿Qué cambió?

Él se quedó callado un momento, le rascó a Cuco detrás de la oreja. El gato cerró los ojos y empezó a vibrar.

—Valeria estaba llorando. Y yo lo escuché todo a través de la pared. Pensé: yo me la paso arreglando cosas, y aquí no había nada que arreglar. Sólo era ir, recogerlo y traerlo. Lo más sencillo del mundo. ¿Y yo peleando por el pelo del sillón?

Carolina sonrió y no añadió nada.

Cuco creció. La pata le quedó torcida para siempre, pero eso no le impedía atravesar la casa como una bala, tumbar las chanclas y encaramarse al armario de un salto. Pancho se limitaba a seguirlo con los ojos, como quien mira un espectáculo inevitable.

Samuel a veces se descubría en el sillón al anochecer, con Pancho sobre las rodillas y Cuco enroscado en su hombro, mientras en la tele pasaban un partido de fútbol cuyo marcador se le escapaba por completo. Porque moverse era impensable. Y eso, tal vez, valía más que cualquier resultado.

***

Pero una noche, varios meses después, Cuco hizo algo que le heló la sangre a toda la familia.

Era enero, el frío calaba los huesos y la calefacción llevaba horas prendida. Samuel y Carolina dormían profundamente. Valeria, en su cuarto, con la puerta entreabierta. Los gatos, como siempre, echados en la sala.

Fue poco después de las dos de la madrugada cuando Samuel sintió un golpe seco contra la puerta del dormitorio. Después, un maullido rasposo que no era maullido: era un chillido, insistente, desesperado.

Abrió los ojos, aturdido. Carolina se removió a su lado.

—¿Qué fue eso?

—No sé… Cuco.

El gato arañaba la madera con las uñas sin parar. Samuel se levantó y abrió la puerta. Cuco salió disparado hacia la cocina, miró hacia atrás y volvió a maullar, como pidiendo que lo siguiera.

Pancho estaba erizado junto a la estufa.

Samuel iba a decir “¿qué bicho te picó?”, cuando un olor le golpeó la nariz. Un olor dulzón, artificial, que no encajaba. Gas. La hornilla de la cocina estaba abierta apenas un susurro, sin llama. Probablemente alguien la había rozado sin querer mientras preparaban la cena, y la perilla había quedado girada lo justo para que el gas escapara silencioso durante horas.

—¡Carolina, Valeria, fuera, ahora!

No preguntaron. Carolina saltó de la cama, Valeria apareció descalza y los tres salieron al jardín en pijama, con Cuco trotando detrás de ellos y Pancho alzado en brazos de la niña.

Samuel llamó a emergencias desde el celular con los dedos torpes. El camión de bomberos llegó en seis minutos eternos. Los bomberos ventilaron la casa y confirmaron lo que ya todos sabían: la concentración de gas estaba a nada de ser letal. Unos minutos más y la familia entera no habría despertado.

Uno de los bomberos, un tipo corpulento de bigote, señaló a Cuco, que se lamía la pata torcida sentado en el pasto.

—Ese gato les salvó la vida. El gas adormece, ustedes no se iban a dar cuenta solos. ¿Cómo supo?

Nadie supo responder.

Carolina se llevó la mano a la boca. Valeria abrazó a Cuco y rompió a llorar otra vez, pero de una manera distinta, más entera. Samuel se quedó quieto, mirando al gato gris que un día llegó en una caja de zapatos porque él, justo él, que no quería otro animal, decidió ir a buscarlo sin que nadie se lo pidiera.

Esa misma madrugada, mientras los bomberos terminaban su trabajo y la casa se enfriaba con las ventanas abiertas de par en par, Carolina se sentó al lado de Samuel en la escalera de la entrada. Estaban envueltos en dos cobijas, las manos entrecruzadas.

—¿Tú crees en esas cosas? —preguntó Carolina en voz baja—. Yo no, pero casi… casi dan ganas.

Samuel no respondió enseguida. Vio a Cuco anidarse en el regazo de Valeria, y a Pancho que, por primera vez, se acercó a lamerle la cabeza al otro gato.

—Yo sólo sé que esa mañana me levanté sin pensarlo —dijo por fin—. Fui y lo traje. Para que ella no llorara. Y mira tú.

Al día siguiente, la historia corrió por el vecindario. Los vecinos no daban crédito. “Samuel, el que no quería ni oír hablar de otro gato, casi se muere por culpa de ese mismo gato, pero al revés”. Así lo dijo alguien, y la frase no tenía sentido, pero todos la entendían.

Valeria, con los ojos todavía brillantes, pegó un cartel improvisado en la cocina que decía: “Cuco, héroe oficial de la casa”. Samuel lo vio, y aunque por fuera refunfuñó que se iba a caer la pintura, por dentro sintió un calor inexplicable.

Esa noche, el sillón pesaba un poco más. Pancho en las rodillas, Cuco en su hombro, y la respiración pausada de los dos gatos mientras el partido en la tele seguía sin que nadie le prestara atención. Carolina apoyó la cabeza en el hombro libre de Samuel y cerró los ojos.

—Ahora sí que ya no nos podemos mudar nunca —murmuró ella.

—Ni falta que hace —dijo él.

Y apagó el televisor. Porque el verdadero espectáculo estaba justo ahí, bajo sus manos, ronroneando.

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